(WA-No)

Una luna enorme alumbraba el pueblo. Al menos, desde aquella colina, le permitía ver hasta la última de las calles. No era capaz de estimar la hora, pero las doce de la noche pasaron hace ya bastante tiempo.

Inspiró profundamente, sintiendo en su piel el aroma primaveral que desprendían los cerezos. Todo lo visible para él, era una decoración típica, anodina. No sabría describir porqué lo veía de ese modo, ya que no conocía algo diferente a todo aquello. A sus 17 años solo podía contar recuerdos repetitivos, decorados con aquella cultura.

Era sabido por todos que su pueblo estaba aislado de la civilización, aunque era conocido también que muchas otras culturas existían. Eran aislacionistas, y él no estaba del todo en desacuerdo, pero algo dentro de él ansiaba más. Era el damyo de Wano, y aún así siempre que miraba a las estrellas sentía su presencia como algo minúsculo. Su existencia no era más que la de cualquier mortal. Luchaba como todos, o incluso con más ahínco, para demostrar que era valedor del título que ostentaba.

- No soy nadie...- se dijo a si mismo mirando fijamente esa luna llena hipnótica. Podría ser cierto que el alcohol le estuviera nublando el sentido de algún modo. El sake era un buen analgésico. Le permitía olvidar el miedo, y soñar sin tapujos, con una vida libre, que le permitiese conocer otras personas o lugares. Los farolillos de la ciudad tintineaban juguetones bajo la luz del firmamento, recalcando las calles solitarias. ¿Un sonido? El silencio.

Sumido en sus pensamientos se sentó en el césped húmedo por el rocío de la madrugada, y la brisa bailaba con las hojas rosas de los cerezos a sus pies.

¿Cuál sería la solución?. En el fondo de sí mismo sabía que un impulso como irse, sin mirar atrás, le costaría su honor, y el nombre de su familia...Kodzuki.

Ser respetado nunca fue algo que le importase, aunque si que era cierto que quería proteger a todos los habitantes de ese pueblo. Pero algo no funcionaba en la ecuación: él no era feliz. Dentro de poco asumiría el papel completo, aún con ayuda, él sería el ultimo responsable de todas aquellas bondadosas personas.

No solo había guerreros, había niños, mujeres... familias enteras a merced de sus palabras. Una sola decisión podría cambiar el destino.

-¿Qué estás haciendo?- le preguntó una voz grave justamente detrás de su oído. El joven se sobresaltó adoptando una postura defensiva, llevando la mano a su katana. - tranquilo... soy yo.- respondió la misma voz sentándose a su lado.

-Kinemon...- respondió el joven relajándose de nuevo.- ¿Qué haces aquí?.

El aludido guardó silencio, mirando hacía el pueblo desde la colina, igual que su acompañante hacía desde horas atrás.

- No puedo dormir... y menos si sé que te has largado hace largo rato.- Kinemon midió sus palabras. Oden sabía que su sirviente siempre trataba de ayudarlo, pero no soportaba esa mesura en sus respuestas, esa educación fina e infinita que percibía. Le irritaba extremadamente ser tratado como alguien superior. Optó por el silencio, ya que nada de lo que pudiera decir sería cortés en su posición.

Pasaron un par de minutos, o quizás más. Hasta que Oden se decidió a hablar, ya más relajado.

- Que interesante, el olor de la primavera- Kinemon le miró de reojo, tratando de disimular su tensión.

- Sí... los cerezos están en plena madurez- respondió.

De nuevo el silencio. La ciudad a sus pies seguía impasible, casi como si aquel momento pudiera durar eternamente.

- Estoy cansado, kinemon- empezó Oden, como si sufiltro hubeira sido retirado- estoy cansado de sonreir, de hablar con sabiduría. De fingir que todo lo sé, y me conformo con saberlo. - siguió acelerando sus palabras, casi como un torrente imparable de ira.- no soy nadie, no sé nada... esta cárcel me tiene loco. No sabría cómo mejorar o empeorar, ya que el camino está marcado con luces fosforescentes. Está claro dónde y cómo he de seguir, pero me siento inútil, sin poder elegir nada- terminó llevándose las manos a la nuca, hundiendo su cabeza entre sus rodillas.

Una suave brisa acarició sus cuellos, dando la bienvenida al amanecer. El alcohol empezaba a desaparecer en esa nube de desconcierto.

- No hay una respuesta para tus dudas...- contestó Kinemon, impasible- la única respuesta se encuentra en tu propio corazón.

Era interesante, cómo aquel muchacho era capaz de comunicarse con él sin a penas palabras. Aunque no sabía si era la propia sugestión, era cierto que hablar con él siempre le hacía ver las cosas de otro modo.

- Y si yo sé la respuesta... ¿pero todo me grita que no es la correcta … para los demás?- susurró Oden visiblemente consternado por su mundo interior.

-Decide, con tu propio juicio si es lo mejor, o lo peor que puedes hacer...

Todo era ambiguo, todo era extraño y a la vez tan normal. Tal y como esa ciudad era.

-Mañana me iré... me marcho de aquí- Kinemon le miró visiblemente nervioso ante esas palabras. Trataba de contenerse, y fingir la sabiduría y entereza que se le presuponía como sirviente de aquel hombre.

- Acaso te necesitan en otro lugar más que aquí?- preguntó, sintiéndose satisfecho de su propia respuesta.

Oden se rió abiertamente, dejándose caer en la hierba de espaldas.

- ¿Quién puede necesitar a un hombre lleno de dudas, más que él a si mismo?

Kinemon sonreía levemente mirando el paisaje desde la cubierta de aquel submarino. La distancia con Wano se acortaba, y empezaba a ser capaz de vislumbrar su imponente silueta en el horizonte. Tantos recuerdos se agolpaban en su mente, que las ganas de llorar eran inevitables. Él jamás lloraría, y lo sabía, pero las ganas eran asfixiantes. El nudo en su garganta era el mismo que el de aquel día. Todo había cambiado, él, el país, las circunstancias... miró a Momonosuke casi sin darse cuenta, y pudo ver el espíritu de su padre dentro de aquel crío, e inconscientemente se aproximó a él, poniéndole la mano sobre la cabeza. Momonosuke le miró exrañado, cruzando sus brazos orgulloso.

- - Estoy bien, no hace falta que me consueles- decía el pequeño con una voz casi quebrada. Un par de lágrimas recorrían sus mejillas, mirando altanero en dirección a la isla.

Kinemon sonrió fraternalmente ante aquellas palabras, era idéntico a su padre.

- Está bien... sé que no estás triste- respondió tratando de borrar el nudo en su garganta tragando saliva. Hacía mucho tiempo que no volvían a su hogar, y lo último que recordaba era a Oden exhalando su último aliento. Si era un recuerdo duro para él, su amigo, no quería imaginar cómo se debía sentir su propio hijo.

Una presencia femenina irrumpió la escena. Robin abrazó su libro sobre el pecho mirando fijamente hacia Wano, deteniéndose al lado de Kinemon.

- - Es preciosa incluso vista desde esta distancia – dijo sonriente. Sus cabellos castaños dibujaban su mandíbula, meciéndose con el viento. Esa enigmática mujer parecía leer los pensamientos de cualquiera. - es imponente pensar, cómo aunque un sitio nos resulte nostálgico, puede exhalar aún más belleza, ¿verdad?.

Kinemon la miró boquiabierto, para toser torpemente a continuación disimulando su sorpresa.

- -La belleza sólo reside en los ojos del que observa... Robin-San- respondió el aludido cruzando sus brazos bajo su kimono.

El silencio se hacía uno con los crujidos del submarino que aminoraba su velocidad. El tiempo devoraba los metros que les distanciaban de su destino. Sus vidas podrían seguir o detenerse en aquel misterioso lugar. Y Robin solo podía pensar en que cada centímetro de esa isla estaba rebosando historia, en cuántas personas habrían caminado por sus calles y muerto en cada metro cuadrado de aquella imponente tierra.

- ¿Cuántos desgraciados habrán muerto en mil años en ese lugar?- preguntó Zoro detrás de ella, sacándole de sus prensamientos. De nuevo ese escalofrío terrorífico le arañó la nuca.

- ¿Y en cada metro cuadrado?- preguntó ella respondiendo al muchacho del pelo verde, en un clima de deliciosa excentricidad.

- ¿Podríais dejar de decir cosas tan espeluztantes?- añadió Usopp saliendo a cubierta.

Zoro miró a Robin y ambos sonrieron con frialdad.

- - ¿Habrá tantas cosas que cortar como las que creo?- preguntó Zoro mientras arqueaba la ceja, pensando en aquel crujido imperceptible que su Katana le regalaba mientras atravesaba los huesos y la piel de algún desgraciado.

- ¿Podrías callarte?- insistió Usopp abrazándose a si mismo, tratando de calmar ese escalofrío que las palabras de su amigo le provocaban siempre- matar no está bien, ¿sabes?, cortar cosas está feo.

Todos miraron en la misma dirección, respirando ese aire que les separaba de su inminente destino. Fuera la muerte, o la victoria, podría decirse que no había vuelta atrás.