Este fanfic pertenece a Dioxa, quien hace aproximadamente un año desapareció de facebook y de fanfiction y con su cuenta, todos sus fics incluyendo éste. Hace una semanas una usuaria conocida como "Romantikona" plagió esta historia y a partir de que varios autores comenzamos a reportarla y desenmascararla, la muy descarada ha dicho que es un homenaje, siendo que se vio forzada a admitir el plagio y, en su perfil asegura que éste fanfic es de su autoría, mentira.

Este fanfic fue publicado, si la memoria no me falla, entre el 2006 y el 2009 por la autora Dioxa de España, fue uno de los UA pioneros en el fandom hispano y de verdad, uno de los mejores que se han escrito, incluso fue inspiración para crear uno de mis fanfictions los cuales pueden leer en mi cuenta principal "Odette Vilandra".

Subo esta historia con la única intención de desenmascarar y arruinar a esta usuaria que sólo busca atención del modo más bajo: plagiando. Y por otro lado, si tanta gente tiene tantas ganas de conocer este fic, que lo puedan leer sabiendo quién lo creó.

Espero no recibir reviews alabándome a mí puesto que por ésta historia no merezco mérito alguno, puesto que yo no la escribí, si desean dar un comentario positivo por favor, que sea para Dioxa, la creadora de éste fanfic.

Por otro lado, si desean conocer mi trabajo reitero, soy "Odette Vilandra" así pueden encontrarme y encontrar mis historias.

Gracias.

Grisell Morgan,

Aka. Odette Vilandra.

SUMMARY ORIGINAL:

Los saiyajins conquistan la Tierra. Vegeta es el príncipe, Bulma una terrícola que trabaja para ellos

Antes de nada quiero explicar que esta historia es un universo alterno, basado en lo que hubiera ocurrido si los saiyajins hubieran conquistado la Tierra. En esta historia, Goku no fue enviado a la Tierra y no existen ninguno de los guerreros Z. Los protagonistas son Bulma y Vegeta. Ella como terrícola y él como príncipe de los saiyajins.

CAPITULO 6

Una misión imprevista

Bulma se percató del asombro del príncipe y, en el fondo, eso le gustaba. Durante toda su vida en la Tierra, ella siempre se enorgullecía de ser una mujer guapa y atractiva, se preocupaba de ir siempre a la última moda, y cuidaba mucho el físico y su imagen. Desde que era jovencita, le había gustado vestir de forma algo provocativa divirtiéndole el efecto que ello causaba en el sexo masculino. En aquellas ocasiones, ella siempre

tenía el control, pero esta vez era distinto, su vida y su destino dependían exclusivamente del saiyajin que tenía enfrente y que la observaba sin ningún tipo de disimulo. Este hombre era completamente diferente a todos los que ella había conocido en toda su vida, un hombre completamente seguro de sí mismo, su voz era grave y muy varonil, derrochaba virilidad por todas las partes de su cuerpo y también por su forma de comportarse, era extremadamente orgulloso y egocéntrico, y a buen seguro, bastante astuto e inteligente. ¿Qué podía hacer ella contra un hombre así?. En la Tierra, ella siempre había controlado a los hombres que la rodeaban, tanto en el terreno laboral como en el personal, ninguno se había resistido ante su carácter temperamental y orgulloso, ni tampoco ante sus dotes femeninas. También es verdad, que en aquél entonces, ella era una mujer muy poderosa, y su empresa una de las mayores multinacionales del mundo, y eso le proporcionaba grandes facilidades a la hora de enfrentarse a cualquier persona, fuera hombre o mujer.

Ahora, no era nadie, sólo una esclava sometida a las órdenes de una cruel y despiadada raza de seres extraterrestres, cuyo príncipe y señor, estaba humillándola en estos mismos instantes. Sintió rabia y odio, señal de una enorme impotencia ante lo que estaba viviendo. Tenía dos opciones: una era demostrarle a ese maldito saiyajin que Bulma Briefs no se rendiría fácilmente sin luchar al menos, y la otra era doblegarse ante él y su imperio, y mostrarse sumisa y débil. Eligió la primera. Después de todo, ella nunca había sido buena actriz, se mostraría tal y como es, exhibiendo en todo su esplendor la auténtica esencia de su carácter.

- ¿Y bien? – Preguntó Bulma con decisión. Su expresión de enojo cambió y ahora esbozaba una amplia sonrisa que iluminaba su rostro.

Vegeta se sorprendió ante la actitud de la mujer, que hacía tan solo unos segundos parecía que intentaba fulminarle con su mirada. Inmediatamente, su cerebro asimiló lo ocurrido y captó con rapidez la jugada de la mujer. Ella creía poder dominarle con sus artimañas femeninas, pero él era mucho más inteligente que todo eso. No caería en su trampa. Sonrió para si mismo.

- No está mal. Demasiado vulgar para mi gusto.- Dijo con aparente indiferencia.

Bulma se enfureció con esas palabras, pero se contuvo.

- Desde luego que lo es. Al fin y al cabo, no fui yo quien lo eligió. – Respondió casi sin pensarlo, para después continuar diciendo: - Y ya que el pase de modelos ha concluido, señor, podemos comenzar a trabajar en la verdadera finalidad de esta reunión -

Vegeta sonrió malévolamente. La mujer pretendía echarle un pulso, y el no había perdido uno jamás. Conseguiría ponerla nerviosa hasta el punto de hacerla llorar. Se estaba hartando de este jueguecito estúpido. Se levantó de su asiento, y caminó acercándose a ella hasta que tan sólo les separaron unos pocos centímetros. Miró a su escote y senos sin ningún tipo de disimulo, recreándose después en su cuello hasta llegar a su rostro y con la misma sonrisa de antes, le dijo aproximando sus labios a su oído izquierdo:

- Y según tú..Bulma...¿cuál es la verdadera finalidad de este encuentro? – Volvió a penetrar sus negros ojos en los de ella.

Bulma se quedó casi paralizada al sentir el aliento de Vegeta rozar su piel. Su respiración comenzó a agitarse, a la vez que los latidos de su corazón. Nunca había experimentado algo así cuando un hombre se le acercaba de ese modo. Intentaba buscar una explicación a esa extraña reacción en su cuerpo y sólo encontró una¿miedo¿temor?, si, probablemente eran esas las señales que su cerebro le mandaba. Decidió, finalmente, no rendirse y continuar con su plan:

- Obviamente, señor, la finalidad es comunicarme su decisión en relación a la creación o no del prototipo -

- Bueno...tal vez fuera así antes de verte con ese traje, pero ahora...- Continuó Vegeta en la misma actitud de antes. Faltaba poco para que la mujer se hundiera y le suplicara perdón por insultar a su inteligencia.

- Creí que no era de su agrado, señor, incluso estaba pensando ahora mismo en ocultarlo con el largo abrigo para no enturbiar su visión ante tal espectáculo de vulgaridad. – Exclamó Bulma sonriéndole, mientras hacía ademán de descender hasta el suelo y extendía su mano izquierda para intentar recoger la negra prenda. Mientras realizaba este acto, su escote se abrió un poco más y Vegeta dirigió su mirada precisamente ahí, observando como casi la totalidad de sus pechos se mostraban ante sus ojos mientras que el resto se encontraba cubierto por un sugerente y sensual sostén blanco. Sin pensarlo, Vegeta agarró la muñeca izquierda de la mujer, obligándola a ascender de nuevo hasta arriba. Bulma observó cómo la mirada del hombre se endurecía. Estaba empezando a arrepentirse de haber intentado jugar con él. Casi había olvidado de lo que ese hombre sería capaz de hacerle a ella y a cualquiera, sin piedad ninguna.

- Te cubrirás sólo cuando yo te lo ordene, mujer. – Replicó Vegeta alzando la voz. Soltó la mano de Bulma y se separó de ella, dándole la espalda. Estaba furioso. ¿Qué era lo que pretendía esa terrícola?. ¿Acaso deseaba morir, porque si era eso, casi lo había conseguido. Entre su actitud de hoy y la falta de respeto del otro día, la mujer se estaba ganando un hueco en el reino de los muertos. Ninguna hembra, y mucho menos una esclava, se había atrevido a desafiarle de ese modo. Pero no lo haría, no la mataría aún. De momento la necesitaba en el laboratorio, y cuando ya no le fuera útil, la poseería, para inmediatamente después eliminarla. Sin volverse, y con la voz fría continuó diciéndole: - Y ahora, dejémonos de tonterías. Quiero que todo el laboratorio empiece hoy mismo a trabajar en la creación de ese prototipo. Mis soldados te acompañarán hasta allí, pero antes, pasarás por tu cuarto y te vestirás de nuevo con tu anterior uniforme, no quiero que nada distraiga el trabajo de ningún científico. Ahora, vete. -

Bulma se quedó parada unos instantes sin saber qué decir o hacer. Por unos momentos, pensó que él la mataría, y sin embargo, le anunciaba que iba a confiar en ella para su nuevo proyecto, y no sólo eso, si no que encima no iba a obligarla a vestirse con ese uniforme de puta barata. Este acto la estaba desconcertando por completo.

Vegeta, al notar que ella no se había movido, se dio la vuelta, y le dijo algo enfurecido:

- ¿Es que no me has oído, mujer?. Márchate ya. -

- Sí, señor – Contestó mientras se encaminaba hacia la salida para marcharse. Abrió la puerta, y dirigiendo una última mirada al príncipe, abandonó la sala seguida por los dos soldados que la custodiaban.

Vegeta se quedó meditando durante unos minutos sobre todo lo acontecido anteriormente. Recordó la extraña sensación que experimentó cuando se acercó tanto a ella que pudo percibir el aroma que desprendía su cabello azulado, el tacto suave de su piel cuando agarró su muñeca, la visión de su escote, los enormes y azules ojos clavándose en los suyos... Acto seguido, decidió no pensar más en ello, tan sólo era una insignificante y débil mujer terrícola, de una raza insultantemente inferior a la suya, y extraordinariamente hermosa, eso sí, hecho por el cual ardía de deseo por ella, pero...¿a cuantas mujeres había él deseado en toda su vida¿decenas¿cientos?. Si...Bulma era una más de todas las hembras que lo habían embriagado con su belleza y que más tarde, compartieron su lecho. Y ella, cuando fuera el momento apropiado, sería la siguiente...

Al caer la noche, Syra se encontraba en el dormitorio conyugal que compartía con su marido, el príncipe. Su larga y negra cabellera estaba siendo cepillada suavemente por una esclava, mientras ella lo observaba todo a través del espejo que tenía frente a sí. Estaba satisfecha por el rumbo hacia el que se había encaminado su vida...sus expectativas se habían cumplido por fin. Se había convertido en una de las personas más importantes e influyentes de todo el imperio, era respetada y admirada por todo el mundo y sus órdenes se obedecían de inmediato. Lo siguiente sería convertirse en reina, pero antes, tenía que darle a Vegeta un hijo, un heredero con su sangre y la de él. Quería que este hecho se produjera cuanto antes, y dada la continuada actividad sexual que mantenía con él, lo más seguro es que no tardara mucho en quedarse embarazada.

Las puertas del dormitorio se abrieron, y apareció Vegeta entrando en él. Syra le sonrió, y con un gesto de su mano, indicó a la esclava que se marchara y ella obedeció dejando solos a los dos cónyuges.

El príncipe comenzó a desvestirse quitándose su uniforme para dejarse puesto únicamente unos boxer. Se tumbó en la cama boca arriba con los brazos por debajo de su nuca, intentando meditar sobre algunas ideas que pasaban por su mente. Mientras, Syra se había adentrado en el baño y al salir, observó a su marido, y se acercó a la cama postrándose a su lado.

- ¿Ocurre algo, Vegeta?. ¿Has tenido un mal día?. – Preguntó mientras comenzaba a rozar con sus dedos los musculosos abdominales del príncipe.

- Nada importante. Es sólo que estoy cansado. – Repuso Vegeta sin mirarla siquiera.

Ella no se quedó conforme con su respuesta y se giró hacia él. Empezó a besarle el cuello suavemente mientras sus dedos recorrían todo su torso.

- Ahora no, Syra. Déjame descansar – Dijo Vegeta apartándose de ella y girándose dándole la espalda.

La mujer se sorprendió ante esta actitud de su marido. El nunca la había rechazado como lo estaba haciendo ahora. Era una reacción bastante extraña en Vegeta y por ello, decidió insistir:

- ¿No quieres contarme qué es lo que te pasa?. Vamos, soy tu mujer, confía en mí...- Dijo mientras ponía sus manos en los hombros de el príncipe.

Vegeta se giró rápidamente, y con el ceño fruncido le dijo:

- Ya te he dicho que no me ocurre nada. ¿Qué es lo que no entiendes, Syra?. – Alzó un poco su tono de voz.

Ella se molestó un poco con esta acción y le contestó:

- Lo que no entiendo es tu actitud. Te conozco lo suficiente como para darme cuenta de que algo está pasando. Si no quieres contármelo, al menos podrías decírmelo, pero no trates de engañarme. Te recuerdo que no soy ninguna de esas estúpidas esclavas con las que te relacionas, soy tu mujer, la princesa de Vegetasei.-

- Bien, si esto es lo que quieres escuchar, por mi de acuerdo: lo que me ocurre no es de incumbencia, mujer. Y ahora, déjame dormir de una maldita vez. – Contestó Vegeta de mal humor, volviendo a su posición anterior y dando por concluida la conversación.

Al dia siguiente, Vegeta se presentó de nuevo al laboratorio acompañado por Nappa y por Raditz. Comunicó a Bulma y a todos los científicos que la creación del prototipo sería supervisada a diario personalmente por él. Para ello, necesitaba que todos los días, a última hora, se realizara un informe detallado del trabajo realizado durante la jornada, y que éste fuera entregado a Raditz, el cual se lo llevaría de inmediato a su príncipe.

Los meses transcurrieron sin ninguna novedad. Vegeta estaba satisfecho por la rapidez y precisión con la que se estaba llevando el experimento y, hasta el momento, todo estaba saliendo según lo previsto. Si todo seguía igual, probablemente en poco tiempo el prototipo estaría listo. Ansiaba el momento de mostrarle a su padre y a esos estúpidos del Consejo su trabajo, demostrándoles que él no les necesitaba ni tampoco su imperio. Así se lo había hecho saber a su padre, al cual la actitud de su hijo no le agradaba demasiado. Al Rey le preocupaba el hecho de que Vegeta se creara enemistades y antipatías entre los miembros del Consejo, ya que, la mayoría eran personas muy influyentes y su poder se extendía en todos los rincones del imperio. La tensión entre padre e hijo por este tema iba creciendo día a día. Incluso se habían realizado reuniones del Consejo a las que Vegeta había rechazado asistir, evidenciando claramente su desprecio hacia todos sus miembros. La última vez, fue la tarde anterior a esta y Vegeta había sido requerido por su padre para reunirse con él para intentar aclararlo de una vez por todas:

- No puedes seguir con esta actitud, Vegeta. Te recuerdo que yo sigo siendo el Rey, y además, tu padre. Me debes respeto y obediencia. – Dijo el Rey.

- Por mucho que te respete y te obedezca, no vas a conseguir que cambie mi opinión sobre el tema. Si lo que quieres es que asista a esas reuniones, lo haré siempre que no tenga otra cosa más importante que hacer.- Repuso el príncipe con frialdad.

- Bien. Entonces no me dejas otra alternativa. Hoy me han informado que por lo visto se ha levantado una rebelión entre los habitantes de la colonia Barrom. Ordeno que tú y tu

escuadrón os dirijáis inmediatamente allí para acabar con los enfrentamientos y que todo vuelva a la normalidad. – Exclamó el Rey con tranquilidad.

Vegeta se enfureció al escuchar esas palabras de su padre y le gritó elevando su ki:

- Supongo que estás bromeando¿no?. Sabes perfectamente que esa misión la puede realizar cualquier escuadrón de soldados de tercera clase. ¿Qué es lo que pretendes?. -

- ¡Lo que pretendo es que obedezcas mis órdenes!. – Gritó levantándose de su asiento – Y ahora, márchate. -

Vegeta lo miró con la ira reflejada en su rostro y se marchó visiblemente enfurecido. Sabía perfectamente que su padre le mandaba a esa misión para hacerle ver al Consejo que aún mantenía el control sobre su hijo, y que de momento, no había motivo para preocuparse más de lo que ya lo estaba todo el mundo. Una orden militar impuesta por el Rey no podía ser desobedecida por nadie, ni siquiera por su hijo, el príncipe, porque de lo contrario, eso suponía claramente un desafío a su majestad el cual se resolvería en un combate a vida o muerte contra él. Y eso era algo que Vegeta no deseaba. Según su criterio, su padre estaba equivocado y él trataría de sacarle de su error, pero no con un estúpido combate que claramente concluiría con una victoria a favor suyo, ya que Vegeta hacía ya bastante tiempo que había superado a su padre en cuanto a fuerza y poderes de combate.

Después de ordenarle a su escuadrón, incluidos Nappa y Raditz, que lo prepararan todo para su marcha la mañana siguiente hacia el planeta Barrom, decidió dirigirse al laboratorio para comunicar su ausencia durante un tiempo a Bulma y a su departamento.

Cuando llegó allí, se encontró con el laboratorio vacío, percatándose de que la jornada de trabajo había concluido y que todos los científicos ya se habían retirado cada uno a su habitación a descansar hasta el día siguiente. Entonces, se dirigió a uno de los soldados que vigilaban el recinto:

- Tu, necesito que me indiques dónde se encuentra el cuarto de Bulma, la encargada de laboratorio.

- Si, señor. Espere que lo mire en la lista...si, aquí está...es el número 35. En este mismo pasillo, al final del todo. ¿Quiere que lo acompañe? – Contestó el soldado.

- No es necesario. Continúa con tu trabajo. – Repuso el príncipe comenzando a caminar hacia allí con la intención de hablar con ella. No habían vuelto a encontrarse a solas desde aquél día en que la obligó a vestirse con ese provocativo uniforme. Sonrió al recordar ese momento. Lo cierto es que la mujer estaba haciendo muy bien su trabajo, llevaba a la perfección el control de todo el laboratorio y todos los demás científicos la admiraban por sus extraordinarias habilidades e inteligencia. No había nadie mejor preparada que ella y los informes que redactaba a diario eran excelentes, tanto en su contenido como en su redacción. Era orgullosa y tenaz, lo había dejado claro en algunas ocasiones cuando él había mostrado alguna clase de discrepancia en algún detalle de la creación del prototipo y ella se le enfrentó defendiendo su trabajo y la de todos sus compañeros, produciéndose una discusión bastante acalorada entre ambos, ante el asombro de todo el resto del equipo de científicos, y también de Nappa, que no entendía

cómo su príncipe, siendo como era, no había acabado con la vida de esa mujer que osaba dirigirse a él en ese tono. Lo cierto es que ni él mismo podía explicárselo.

Cuando llegó al cuarto número 35, se detuvo. Se quedó pensando durante unos segundos, y al final, decidió llamar a la puerta...

-CONTINUARÁ-

Gracias si leíste éste capítulo, reitero, escrito por Dioxa quien merece todo reconocimiento por éste trabajo.

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