Tribulaciones y Congoja.

Luxanna siguió a sus instintos y caminó hacia las fauces de la bestia. Entró a la destrozada habitación al momento en que Darius partía la barra con su hacha y gritaba con la misma ira que ella lo había visto derrochar en los campos de batalla. Asustada no hizo ningún ruido mientras él se bebía lo que quedaba en el barril de cerveza. Darius acababa de ver con sus propios ojos el amor de Katarina por Garen, y el de Garen por Katarina. Había vuelto a sentir el insondable vacío de quién tiene el corazón muerto desde la cuna, la soledad de no haber sido querido por nadie y odiado por todos y la angustia de un hombre que no es necesario para nadie, y al que nadie extrañará al morir. Draven y él mantenían una relación basada en la conveniencia, juntos antes para sobrevivir y tener un buen puesto en ejército noxiano y juntos ahora para conservar el poderío. La vida siempre estuvo llena de violencia y dificultades, y ahora que su última esperanza por obtener un resquicio de humanidad se la había llevado un demaciano con cara de bebé, ya no tenía motivo para usar su corazón de algo más que bombeador de sangre. Entregado al alcohol y permitiéndose a sí mismo perder los estribos por un día, bebió a destajo hasta que una voz conocida le hizo soltar la jarra.

- Debería ir a dormir por hoy. - Katarina lo miró con una expreción que nunca le había visto antes. - Mañana inventaremos este desastre fue obra de Ziggs y Jinx. - La chica sonrió tímidamente. Le estaba hablando con una ternura imposible, y cuándo su mano delicada se posó en su hombro desprovisto de armadura, él la tomó bruscamente de las muñecas y la besó. Ella hizo una ligera exclamación y no supo como seguir el ritmo de los labios del noxiano. Pero no lo apartó con asco cómo él pensó que haría. La Mano de Noxus se puso de pie.

- ¿Por qué ese debilucho? - Darius se inclinó a su altura mientras ella retrocedía con cautela. - Eres la más bella y fuerte, ¿Por qué él? ¿Por qué? - Le recriminó con un tono que no ella no supo leer, aún retrocediendo.

- D-Darius, de-debería calmarse y analizar la situación. - Suplicó, chocando con una pared extraña, que hizo un sonido hueco cuándo su espalda la tocó. - No está en sus cabales ahora mismo...

- ¡Respónde! - Le ordenó, lanzándose sobre ella. La chica sintió el terror de una presa notablemente superada por su cazador cuándo la pared cedió, y ambos cayeron en la oscuridad. Toda clase de demonios la invadieron al escuchar que la puerta se cerraba sin dejar ningún haz de luz entrar al cuarto secreto y olvidado, que carecía del olor a alcohol y humedad que tenía toda la taberna. Inmediatamente buscó las paredes, intentando hayar otra salida que la sacara de la oscuridad. Sintió una mano rozar su muñeca y se apartó del lugar ágilmente. Pero no contó con que su cazador lograra hacerla cambiar de parecer. - No huyas de mí... No lo hagas... Ven aquí... - Aquellas palabras detuvieron a la joven, quién se dejó ser encontrada ya sin salida. Porque ella odiaba la oscuridad, le temía, la evitaba. Sabía que el terror le iba a invadir si el abismo la engullía, por ese motivo se aferró al brazo de Darius. La besó con los ojos cerrados y recargando a ambos en la pared, ella intentaba apaciguarlo. Pero era inútil. La avidez y el deseo ya lo habían invadido, con las manos desnudas la recorrió en la oscuridad absoluta. Le destrozó la parte de arriba sin esfuerzo y ella empezó a intentar detenerlo.

- Darius, por favor... - La voz trémula se le escapaba entre los besos y mordidas. - Deténgase... - Pero ya era completamente imposible. Las manos del noxiano abrazaron sus pechos, su boca bajó y mordió al rededor del pezón para luego succionar su centro. En ese punto ella ya no podía hablar, lo único que se le escapaban eran gemidos y si la pared no hubiera estado detrás, ella hubiera perdido el equilibrio y caído al piso sin fuerza en las rodillas. El miedo la hizo reaccionar al instante en que él retiraba la tela que cubría desde su vientre hacia abajo, hasta sus piernas. Los dedos índice y medio de la mano derecha entraron en ella sin permiso. El dolor le sacó un quejido y suplicó que parara, que estaba borracho, que no entendía, que la confusión lo cegó, que se equivocaba. Pero él movió ambos dedos sin hacerle caso, y con la otra mano bajó un poco su pantalón, para después subir una pierna de la joven a su cadera. Retiró con lentitud sus dedos y Lux lo escuchó lamerse la mano con anhelo. Ya sin poder evitar lo que iba a ocurrir comenzó a llorar y decir su nombre a cortos suspiros de temor. Su magia se estaba revolviendo en sus entrañas y lentamente comenzó a emanar de ella una estela ligera de energía incolora. Darius ya sin control agarró su rostro con una mano y sus caderas con otro. Entró en ella de una estocada certera, escuchó un grito de dolor y se confundió por haber sentido algo inusual en su interior. Dándole besos para acallar los sollozos se empezó a mover, grabando en su memoria la increíble estrechez, la forma en que se aferraba a él y lo delicado que era su cuerpo. Deseaba verla, mirar su cuerpo, sus expreciones, su mirada. Sonrió al momento en que ella le tomaba una mano con fuerza, él le correspondió con un ligero apretón y dejó ambas manos entrelazadas sobre su cabeza, apoyadas al igual que ellos en la pared de madera. Su respiración comenzó a agitarse, sabiéndo que el clímax se avecinaba, susurró su nombre en la oscuridad. "Katarina..."

- ¡No...! - La sintió removerse en sus brazos, llorándo con más angustia. Luego la jovencita le rodeó con más fuerzas las caderas y con su mano libre tocó su rostro. Su unión palpitaba con cada vez más fuerza, por lo que él aumentó gradualmente su ritmo, besándola mientras ella lo nombraba suplicante. La joven agónica perdió sus reservas de energía cuándo lo sintió llegar al orgasmo en su interior, al mismo tiempo en que ella sentía un primer clímax rodeada en la oscuridad a la que tanto temía. Él selló el momento con un beso y ella encendió las pequeñas partículas de energía, iluminando muy ligeramente, con el color de las velas la habitación. Pudo al fin apreciar su mirada, teñida de sorpresa, pero sus párpados no lograron seguir abiertos por mucho tiempo más. Se desmayó esbozando una sonrisa triste y adolorida.

A Darius se le contrajo el corazón con el mismo terror que sintió en la muerte de su madre. Había sido humillada y violada, y murió antes de que su padre pudiera apuñalarla con la intención de oírla gritar por última vez. Y él acababa de hacer lo mismo. Estaba habituado a las matanzas, la violencia, las ejecuciones, la brutalidad, el sexo, la oscuridad, la agonía y al dolor. Su conciencia era cada vez más desplazada por el riguroso divorcio que hizo con su espíritu. Aún así, en ese momento, mientras dos hermosos y claros orbes celestes cielo lo miraban con dificultad, sintió la culpa, que tal y como el Carkaj Maldito solía decir, dió lugar a la agonía. Se acercó a su pecho para asegurarse de que su ritmo cardiaco fuera constante, y para su alivio, sí lo fue. La joven había caído desmayada de miedo, dolor y frustración. Acababa de ser violada porque el agresor la confundió con otra persona. Lux en antes de cerrar los ojos no sabía que qué había sido peor, ser violada en la oscuridad o que la persona a quién amaba la hiciera suya pensando en otra mujer. Darius por su parte no entendía como diablos la chiquilla había llegado a la taberna para apaciguar a un asesino violento y muy bebido. De pronto recordó los sutiles comentarios de Cassiopeia y el silencio otorgador de Katarina cuando Draven, hace un par de días, había comentado casualmente y con el poco tino que se caracteriza que creía que la rubia le tenía ganas. Él por supuesto quiso arrancarle el bigote por decir idioteces que no venían al caso; pero ¿Qué tan equivocado había estado? Entonces, ahora más lucido, comenzó a unir cabos sueltos. Ella se le quedaba viendo con ojos de cordero desde hace mucho tiempo, pero él lo atribuía a lo extraño que debía ser luchar codo a codo con un noxiano. Entonces vino a él el momento en que alguien le pidió que se fuera a la cama. Aquella voz clara y delicada no era por ningún lado la de Katarina DuCoteau. En sus recuerdos, cuándo se volteó, en lugar de la campante pelirroja apareció por arte de magia una bella y joven rubia, con aquella mirada inocente y una sonrisa timida, repleta de una dulzura a la que Darius nunca había tenido acceso. Ella, con buenas intenciones y delicadeza le había pedido que se fuera a dormir, asegurándole que ella daría su testimonio para protegerlo.

Se quitó la estola roja de un tirón, la dejó en el suelo y luego puso a la chica sobre ella con las manos trémulas del shock que no lo dejaba respirar con normalidad. Después llevó sus manos a su cabello y retrocedió hasta chocar más allá con una de las esquinas de la habitación. Cayó al piso sintiendo que el aire le faltaba y las paredes en cualquier momento lo aplastarían, como lo estaba haciendo la enorme congoja que sentía. Intentó sacudirse las emociones recordándose a si mismo quién era: Darius, La Mano de Noxus, un general de alto rango y prestigio, un asesino que nunca se había puesto a pensar en la familia o seres queridos de los cadáveres que dejaba a su paso. Pero ésto fue puñeteramente diferente, acababa de violar a una chica inocente. No era directamente su enemiga, no estaban en el fragor de la batalla o ella lo intentó asesinar o perjudicar. Había sido todo lo contrario. Darius deseó haber muerto hace años, cuándo su padre volteó a verlo con los ojos brillantes, y hacha en mano. Pero la miró, no muy lejos de él. Partículas de luz flotaban cerca de ella, como velando su sueño. El hombre se arrastró hacia la luz como un alma en pena, y se quedó contemplando a la muchacha en silencio. Estaba completamente desnuda, tenía hematomas en las muñecas y rastros de mordidas en sus senos y labios, aún así, su hermosura real le quitó en aliento. Darius estaba acostumbrado a las mujeres de caderas amplias y senos descomunales, que gemían obsenidades en medio del coito, pero el cuerpo frente a él le aseguraba que estaba soñando y Draven lo despertaría con un grito de guerra en cualquier momento. Analizó con detenimiento, pies delicados y pequeños, piernas largas, finas y esbeltas, caderas y hombros armoniosos, una cintura que dejaba en duda la anatomía común del cuerpo humano y senos redondos, perfectos y voluptuosos, con pezones de un color rosa jovial y puro. Nuevamente el pensamiento de "¿Qué mierda acabo de hacer?" vino a él, pero la tentación y necesidad pudieron más que su congoja y la tocó, en su pierna derecha. Estaba completamente fría. Afloró en ese instante un instinto clavado en el subconsciente de los machos desde el principio de los tiempos: el instinto protector. Se quitó la camiseta de mangas largas y la vistió con ella, pero luego de unos minutos se dió cuenta de que no era suficiente. Reptó como una fiera y quedó cara a cara con la joven, que dormía profundamente. Puso su brazo bajo su nuca, quedándo más cerca del rostro de ángel y disfrutó de la respiración acompazada. Más la quietud le empezaba a desesperar, la sombra del deseo quería apagar las luces y devorarla. Pero él estaba disfrutando el poder observarla con detenimiento. Con la mano libre trazó su contorno y en el final, subió despacio por la piel nívea y demasiado suave para ser real. La sintió moverse un poco, pronta a despertar, y la inquietud de ya no poder tocarla con libertad por mucho tiempo lo hizo actuar de una forma en la que jamás se pensó capaz. Su mano se movía, acariciando suavemente los senos de la chica y él le dio besos cortos, como un gorrión, en sus mejillas, labios y rostro completo.

Luxanna Crownguard pasó de un sueño a otro cuándo despertó con lentitud, y sintió músculos de almohada, manos con dedos habilidosos en sus pechos y labios suaves que la mimaban. Con atrevimiento impropio de ella agarró el rostro ajeno y lo besó con torpeza y dulzura. Darius con una media sonrisa metió su lengua, enseñándole como seguir el ritmo, retiró despacio su brazo bajo la nuca de Lux y subió la camiseta para descubrir sus pechos. La vió enrojecer y dándole una creciente sensación de seguridad en sus actos y besó sus erectos botones color rosa. Cortos gemidos agudos se volvieron roncos a medida en que su lengua la rozaba con la ya enterada habilidad. Pero eso no era nada, a diferencia de la Diva de su hermano, a Darius le gustaba lucir sus habilidades en privado. Sin previo habiso descendió a su entrepierna. Lux se arqueó de placer inesperado mientras la boca del noxiano le atacaba. Gimió su nombre una y otra vez, pero esta vez no sollozaba. En la voz se le escuchaba el placer que estaba sintiendo, completamente diferente al que anteriormente le había dado. Cruzaron miradas y llegó a un orgasmo que le arrancó gemidos por medio minuto. Lo miró relamerse los labios y sonreír ligeramente. Se acercó y quedaron cara a cara nuevamente. Ella con timidez tocó su cuerpo, acarició sus cicatrices de batalla y los músculos esculpidos con fuerza bruta y mortal. Él respiraba profundamente, intentando bajar la erección que los gemidos de Lux y la vista de su cuerpo le provocaron, y se tensó de pies a cabeza cuando la pequeña mano de Luxanna se detuvo dubitativa en su bajo vientre. Evidentemente para ambos Darius necesitaba con urgencia atención en su entrepierna, pero ella no tenía idea de que hacer, y la timidez le impedía improvisar. Él se descubrió de poco, mirándola fijamente, para asegurarse de que no la llevaría nuevamente a un punto que le perjudicara. Ella estaba roja, pero su mano tocó de todas formas, entendiendo por qué había sentido tanto dolor cuándo él había penetrado su interior. Aquello amenazaba con desgarrarla justo a la mitad. Con su mano envolvió la punta del miembro, notando que esto le gustaba por el gruñido que se le escapó contra su boca. Lo recorrió de arriba a abajo y entendió que necesitaría ayuda. Con ambas manos le masturbó, mientras se besaban y él masajeaba sus senos con desesperación, suplicando que aumentara el ritmo poco a poco. Y así lo hizo. Pero de todas formas el tiempo que estuvieron tocándose, y murmurando el nombre del otro en gemidos no fue corto. Darius era resistente, en todos los sentidos de la palabra. Aún así era humano, y luego de varios minutos se corrió en las manos de una agotada Lux. Quedamente se acomodaron uno al lado del otro, frente a frente.

- ¿Qué rayos haces aquí, niña? - Le preguntó mirándola a los ojos significativamente.

- Usted fue quién me trajo. - Respondió, en una de sus habituales sonrisas deslumbrantes. - Usted debería saber el por qué. No yo. - Por respuesta Darius la tomó y dejó sobre él. Podría dormir por toda la vida en esa posición, estaba impresionado por lo liviana que era. Juró sentir que su hacha pesaba más que aquella joven. Acomodó sus manos en las nalgas níveas y ella aún timida ocultó su rostro en el pecho de él. En un silencio cómplice él abandonó la oscuridad y la congoja mientras se dormía abrazado a Lux, que aún no podía creer lo que su destino le había regalado.

Esa noche el silencio no dejó que la oscuridad lo invadiera, flotando junto a las partículas de luminocidad les dio una bendición a los pecadores, a los agresores y las víctimas. Perdonando a medias las violaciones y el maltrato, únicamente porque la maldad dio lugar al afecto y las ternuras en personas que habían dado por muertos sus corazones. La soledad se disipó con una sonrisa, dándole su lugar gustosa a la complicidad.