Violación.
Ezreal quedó hecho piedra de la impresión: Garen y Katarina se habían comido a besos, para luego retirarse como los trágicos amantes que eran desde hace años. El Explorador Prodigio no pudo hacer más que aumentar la admiración que le tenía a Garen. No dudó en tomar a la Hoja Siniestra en sus brazos, a vista y paciencia de un puñado de guerreros, noxianos. Pero la euforía fue asesinada por la desesperación al ver a su querida Lux acercarse a un encolerizado Darius. El rubio de inmediato caminó en su dirección para detenerla o ayudarla a calmar a la Mano de Noxus. Pero una mano helada le agarró la muñeca con brusquedad y lo hizo voltearse. Se encontró con un par de ojos brillantes que le paralizaron.
- No te metas dónde no te llaman, crío. - Le dijo el Ángel Caído con su habitual tono impenetrable. - Ellos dos tienen asuntos serios que tratar.
- ¿De qué hablas? - Le preguntó él, al tiempo que forcejeaba sólo para darse cuénta de que ella lo superaba en uno diez con su fuerza sobrenatural. - Ellos nunca han platicado más de tres palabras entre sí...
- No se necesita hablar para enamorarse. - Le contestó con tono neutral ella. - Luxanna lo ama desde hace tiempo, y ésta es una oportunidad única para hablarle y acercarse a él. - Lo empujó fuera del pasillo aprovechando su estado de shock.
- ¡Eso no es cierto! - Gimió él, en completa negación. - ¡Ella no lo ama a él! - Una risotada sádica lo dejó pálido.
- ¿Y crees que ella te ama a tí, niñato? - Rugió Morgana con crueldad. Ezreal la empujó y ella le dejó un moretón en la cara de un golpe ligero con el dorso de su mano, aún sin soltarle la muñeca con la otra. - ¿Por qué crees que una chica hermosa y madura se fijaría en un rubio con pinta de homosexual? ¡Ni Taric te haría caso, miserable humano! - Las ganas de llorar le dieron la fuerza que necesitaba para soltarse. Quiso correr a detener a Lux y preguntarle si lo que Morgana había dicho era verdad, pero nuevamente el Ángel Caído lo detuvo y arrastró en dirección opuesta.
- ¡Suéltame, maldita sea! - Le gritó él, forcejeando. - ¡Debo ir a preguntarle si es verdad, debo detenerla, tengo que decirle que la amo!
- ¿Crees que lo que tu le digas hará que su corazón cambie de parecer? - Le respondió ella, tirándo de su débil muñeca. - Luxanna ya había intentado olvidarlo, no lo logró. - Una puerta se abrió sin que ella la tocara y los metió a ambos a una habitación privada y muy disimulada en las paredes de la Liga. - Acepta de una vez por todas que perdiste.
- Pero... ¿Por qué? - Las lágrimas que intentaba retener se le escaparon, al igual que el amor de Lux. - ¿Por qué?
- Porque la vida junto a tí hubiera carecido por completo de emoción, pasión y maticez. - Le explicó, moviendo sus manos. Una luz tenue se encendió mientras Ezreal caía al piso de rodillas. - Ustedes son iguales, pero no por eso deben estar juntos. - Morgana sonrió y se relamió los labios. Los corderos olvidados de la venia de Dios siempre tenían mejor sabor.
- No... No puede ser cierto. - Un sollozo se le escapó de los labios, mientras intentaba calmar su agonía. - Yo la amo...
- El amor no siempre es correspondido, idiota. - Ella era el mejor ejemplo de ésto. Se había enamorado aún sabiendo que estaba prohibido. Y se enamoró de tal forma y de tal persona, que su falta solo pudo caer en la categoría de pecado y su castigo en el destierro. Aún hoy la persona a quién ama le guarda rencór, por haberla arrastrado junto a ella al mundo mortal. - El amor es caprichoso. Nunca sale como lo planeas. - Con una amarga sonrisa, lo contempló. Adoraba el cabello rubio y los ojos celestes, porque le recordaban a su amada. Morgana hubiera preferido raptar a Lux, pero Ezreal fue lo único que le quedó en vista de que la demaciana amaba el fatal Darius. Al Ángel Caído le gustaban más las chicas, pero no estaba en condición de regodiarse: había encontrado estas sobras en la basura, olvidadas por una chica que quería algo mejor, o mejor dicho, diferente. El placer era placer, viniera en el disfraz que viniera. Pensó en las formas que podía complacerse usando al chico. Lo bueno era que el mocoso no era un superdotado en términos de sexo, ella no quería dolor por esa noche. Sólo burdo y vacío placer.
Dejó caer su falda. El chico admiró la cintura inhumana, las largas piernas blancas y las voluptuosas caderas. Tragó saliva confuso y extrañamente nervioso. Caminó hacia él y se inclinó para robarle su primer beso con desdén. No le pidió permiso y le amarró las muñecas con un conjuro y bendas malditas. Lo obligó a levantarse tomando el cuello y apretando un poco con sus uñas afiladas. Contra la puerta le quitó la ropa con la habilidad de una mujer fatal que suele asaltar féminas desprevenidas por la noche. Tenía un cuerpo armonioso, unos cuántos centímetros más bajo que ella. Metió con descaro la mano dentro de la ropa interior del chico y agarró su miembro con intenciones claras. Ezreal la intentó apartar de si mismo sintiéndose un asco. No quería tener sexo por despecho, Morgana eligió mal: Ezreal no tenía ninguna experiencia sexual, y ella parecía querer mucha acción aquella noche sin luna. Más el Ángel Caído lo sabía, y lo estaba haciendo con la visión ilusora de su persona amada. Era virgen como el chico frente a ella, y quería quitarle la virginidad pensando en ella, soñando que los labios trémulos e inexpertos le pertenecían a una hermosa rubia, y no al mocoso demaciano. Ezreal se abandonó, perdiendo la esperanza de escapar. Cerró los ojos y pensó en Lux, en su rostro travieso y sus manos suaves, excitándose con el pensamiento de que era ella la que terminaba de desnudarlo y lo tiraba a la cama. Morgana de despojó de su brassier y la tanga negra como su corazón. Con las piernas separadas juntó ambas intimidades y las frotó, complaciendo a ambos por igual. Dejó que el chico se adentrara en sus entrañas dejandose caer. Lo apretó con sus piernas y comenzó a moverse con violencia, le embestía con fuerza y el chico evitó mirar su rostro. Si esta pseudo violación tenía pretenciones de únicamente setir placer a su costa él haría lo mismo. Miró como sus pechos revotaban y le escuchó gemir, evocando a la dulce y bella Luxanna. Morgana tocó sus pechos y se decidió a soltarlo, para que la tocara. Cerró los ojos y soñó que las manos inexpertas pero suaves le pertenecían a otra persona. Cuándo el clímax le llegó, sintió el vacío y la añoranza por su amada. Gritó su nombre en un quejido placentero y triste.
- ¡Kayle! - Lágrimas negras escurrieron de sus ojos. - ¡Kayle! - La llamaba, le suplicaba que viniera a sacarla de su oscuridad, de su vida miserable, que la rescatara de sus propios pecados. Se separó antes de que el chico llegara al orgasmo, y Ezreal se corrió en soledad, cayendo en la horrenda verdad de que Luxanna no lo amaba, ni estaba allí con él.
- Lux... - Murmuró, haciendose un ovillo. - Esto es injusto... - La necesitaba, quería darle un abrazo, ir a tomar un helado de su mano, practicar juntos nuevas habilidades y ser su conejillo de indias para los hechizos que descubría en los libros de la biblioteca real demaciana. Le extrañó con todas su fuerzas, y lloró en silencio.
Morgana miró el cielo con ira, lamentando haber nacido como un Ángel. Hubiera deseado ser un Serafín, y acompañar por toda la eternidad a su hermosa hermanita, con un amor silente. Prefería no haberla besado jamás, no haberle dicho que la amaba con ese amor apasionado que sufren los humanos, quedarse callada mientras la observaba dirigir y pelear en el frente de los siete ejércitos de Dios. Pero ella había sido maldecida, estaba maldita de amor no correspondido, que estaba prohibido en el paraíso. Arrastró a Kayle con ella, quitándole su propósito de vida. La rubia ya no podía luchar en batallas que duraban siglos contra legiones de demonios liberados, tenía que conformarse con vigilar y luchar contra mortales en la Liga de las Leyendas. La paciencia que le tenía se transformó en un completo rencór y répelus hacia su persona, y la de pelo negro se volcó a los pecados que podía cometer entre humanos. Ni ella ni su amada volvieron a ser felices, viviendo entre pecadores quedaron maltrechas y se alejaron mutuamente, odiando su suerte y sus destinos.
Morgana miró al crío milenios más joven que ella, y el poder de su mirada lo hizo voltearse. Se miraron entre sí y volvieron a entrelazar sus cuerpos, intentando mantener a raya a la soledad, pero sin lograr parar de llorar hasta que cayeron dormidos, susurrando los nombres de las mujeres que no los amaban, ni los amarían jamás.
