CAPÍTULO 3:

Emma abrió los ojos incluso antes de que sonara el despertador. Se dio medio vuelta y alargó la mano para coger el teléfono móvil de la mesilla. Marcaba las 7:00. Podía todavía remolonear media horita antes de tener que levantarse. Killian había quedado de pasar a recogerla con el coche a las ocho en punto. A quién se le contase que estaba madrugando un sábado para ir a trabajar…

Finalmente, se levantó y se pegó una ducha rápida. Se envolvió en la toalla más suave y acolchada del mundo y se enfrentó a su armario. ¿Qué se iba a poner? Supuestamente hoy sería un día tranquilo en la oficina, sólo rellenando papeleo atrasado y cosas así, así que suponía que Killian tampoco iría de traje. Decidió apostar seguro y cogió unos pantalones negros y una blusa flojita blanca. Ni demasiado arreglada ni demasiado desaliñada. En los pies unas bailarinas negras y el pelo ondulado y suelto. Un poco de máscara de pestañas y andando. Se miró una última vez en el espejo y complacida con lo que allí vió, cogió su bolso y bajó las escaleras hacia la cocina para tomarse su tan necesitado café matutino.

A las ocho como un clavo, se escuchó la bocina del coche de Killian, indicando que ya estaba esperándola enfrente de la puerta de su casa. Le dio un rápido beso en la mejilla a Henry, al mismo tiempo que se despedía de todos los demás y salió.

- ¡Buenos días! – dijo Emma con la mejor de sus sonrisas mientras entraba en el coche.

Killian la saludó con la cabeza, sin decir ni una palabra. Sólo de vez en cuando la miraba a través de sus Rayban oscuras, pero no decía nada. Estaba muy serio. No parecía él.

- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? – preguntó Emma, sin poder aguantar ya más el incómodo silencio que se había formado en el coche.

- Nada. Sólo tengo un poco de resaca – contestó él de forma muy escueta.

- ¿Tanto bebiste anoche? – dijo ella con una sonrisa vacilona. – Te estás haciendo mayor… - continuó mientras comenzaba a reírse.

- ¡Sí, ya sé que yo soy mayor y que tú eres una cría! – dijo él alzando un poco la voz.

Emma se quedó mirando para él con la boca muy abierta. ¿Qué coño le pasaba? ¿Se había vuelto loco de la noche a la mañana?

- ¿Pero se puede saber a qué mierda viene todo esto? – gritó Emma. - ¡Da la vuelta! ¡Llévame otra vez a casa!

- Emma, lo siento, no he querido gritarte… He tenido una mala noche – se disculpó Killian avergonzado por haber saltado así sin motivo.

- ¡He dicho que dés la puta vuelta, Killian! – siguió ella gritando.

Killian paró el coche en un ensanchamiento de la carretera y apagó el motor. Emma salió del coche rápidamente y se echó a andar en dirección contraria a la que venían, de vuelta a casa.

- ¡Emma! ¡Emma, por favor! – gritó Killian corriendo detrás de ella, tratando de impedir que continuase. - ¡Por favor, no me hagas esto! – añadió mientras la agarraba de un brazo y la giraba.

- ¿Vas a seguir gritándome? – preguntó ella muy enfadada, a la vez que se soltaba de su agarre.

- Te prometo que no – dijo él muy serio. – Me he despertado con el pie izquierdo. ¿Me perdonas? – continuó poniendo cara de bueno.

- Está bien – dijo ella cruzándose de brazos. – Pero tienes que contarme lo que te pasa. Yo confío en ti siempre. Es hora de que tú hagas lo mismo conmigo.

- Emma… - comenzó él mirando hacia otro lado, buscando una excusa para no hablar.

- Killian… - lo imitó ella con una sonrisa, haciendo que él también se riera.

- Anda, ven aquí, patito – dijo él abrazándola fuertemente. – Perdón.

- ¡Te he dicho que no me llames patito! – protestó ella tratando de deshacerse del abrazo al mismo tiempo que intentaba pisarlo para vengarse.

- De pequeña te gustaba que te llamase patito – explicó él.

- Ya no soy pequeña, Killian. Ya no soy un patito – dijo ella entornando los ojos.

- Tienes razón – le concedió él. – Ahora eres más un cisne – dijo mientras la miraba con una sonrisa en la cara. – Te llamaré "Swan" a partir de ahora.

- ¿Swan? – preguntó Emma levantando una ceja.

- Emma Swan – repitió Killian. – Suena bien. Si algún día necesitas un nombre artístico para algo, acuérdate de éste. Y por supuesto, yo me llevaré una comisión – añadió guiñándole un ojo.

- Anda, vamos – dijo ella empujándolo suavemente en dirección al coche de nuevo. – Que al final vamos a llegar tardísimo y no quiero pasarme todo el sábado encerrada en una oficina.

- ¿Ni siquiera conmigo, Swan? Soy un chico muy simpático.

- Ya me duele el estómago y no llevo ni media hora contigo. Me va a acabar saliendo una úlcera – replicó Emma mientras se subía de nuevo al coche.

- Eso serán los nervios de estar a solas conmigo, amor – contestó él haciéndose el gallito.

- ¿Tienes respuesta para todo?

- ¿Tengo que contestar a eso? – preguntó él riéndose de nuevo

- Eres un coñazo – gruñó Emma.

Killian abrió la boca para contestar también a eso, pero antes de que pudiera decir nada, Emma levantó una mano.

- ¡No! ¡Ni se te ocurra! Calla y conduce – dijo fingiendo seriedad, aunque se estaba aguantando la risa.

Él comenzó a reírse a carcajadas, pero le hizo caso. Arrancó el coche y emprendieron de nuevo el camino hacia las afueras de la ciudad, donde se encontraba la oficina en la que trabajaba Killian.

Después de unas cuantas horas cubriendo formularios y ordenando carpetas, Emma estaba segura de que si cerraba los ojos seguiría viendo letras por todos lados. Estaba agotada. Y esto supuestamente era un día relajado. Aunque, por otro lado, tenía que reconocer que pasar la mañana con Killian estaba siendo muy agradable. Ambos tenían un humor muy parecido y no paraban de reírse todo el rato.

A la hora de comer, se tomaron un merecido descanso y bajaron a comer al restaurante italiano que había enfrente de la oficina.

- Mmmm… ¡qué hambre! – dijo Emma abriendo el menú. - ¿Alguna recomendación? Nunca he estado aquí.

- A mí me encanta el risotto de setas – dijo él. - ¿Quieres que pidamos un entrante para compartir?

- Claro – dijo ella.

Después de mirar la carta durante un rato, el camarero se acercó a ellos para anotar el pedido.

- ¿Sabe ya la parejita lo que va a tomar? – preguntó de forma amistosa.

- ¡Oh! – exclamó muy colorado Killian. – Nosotros no… no somos… nosotros no somos pareja – dijo muy nervioso.

- Mis disculpas – dijo el camarero un poco avergonzado también. – Una pena, por otro lado, una chica guapísima.

- A mí las que son tan guapas no me hacen caso – bromeó él con el camarero. – En fin, yo tomaré un risotto de setas.

- Yo otro – contestó Emma rápidamente, un poco sonrojada después de la breve conversación con el camarero.

- ¿Para beber?

Emma miró a Killian y puso pucheros.

- Dos cervezas – dijo él, esperando a que el camarero tomase nota. – Y una botella grande de agua, por favor.

El camarero se despidió, diciéndoles que la comida estaría enseguida en la mesa. Una vez se marchó, Killian levantó un dedo y le dijo a Emma:

- Ni una palabra de esto a tu hermano. Si sabe que te he dejado pedirte una cerveza… me los corta.

Emma soltó una carcajada.

- ¿Le tienes miedo a mi hermano? – preguntó burlándose de él.

- ¿Qué le voy a hacer, Emma? Es más alto y más grande que yo – dijo encogiéndose de hombros, haciéndose el pobrecito.

- Anda… - dijo Emma. – Si no recuerdo mal le pateabas siempre el culo cuando érais más pequeños.

- ¿Cómo te acuerdas de tantas cosas? Tú eras mucho más pequeña que nosotros.

- Tampoco tanto – protestó ella. – Me llevas ocho años, Killian, no veinte.

- Casi nueve, de hecho – replicó él. - ¿No te parecen muchos? – preguntó Killian.

- Creo que depende de para qué – contestó Emma encogiéndose de hombros mientras se metía un trozo de pan en la boca.

- Explícate – dijo él haciendo un gesto para que continuase.

- Pues veamos – comenzó ella. – Depende mucho del rango de edad. No es lo mismo llevarse ocho años mientras eres pequeño, que entonces sí, es una diferencia enorme, que llevarse ocho años en la treintena, donde yo creo que apenas se notaría.

- Sí, eso es cierto – le dio él la razón. – Pero por ejemplo, para una pareja, ocho años de diferencia es mucho, ¿no?

Por un momento, Emma se quedó en silencio mirando para Killian. ¿A dónde quería llegar con estas preguntas? ¿Por qué ahora de repente le estaba dando tantas vueltas al tema de la edad? Primero había saltado en el coche y ahora todas estas cuestiones.

- Pues también depende. Si la mujer es la mayor… ¡por supuesto que es demasiada diferencia de edad! – dijo ella horrorizada. – Los hombres sois unos inmaduros. Sin embargo, si el mayor es el hombre… creo que podría funcionar – finalizó encogiéndose de hombros. – Las chicas solemos ser mucho más maduras y entonces la diferencia de edad no se nota – apostilló soltando una carcajada.

- ¡Ja! – fingió él haciendo que se reía. – Yo soy muy maduro.

- Estoy segura de que sí – soltó Emma con ironía, mientras comenzaba a comer su risotto. - ¿Y tú qué opinas?

- ¿Yo? – preguntó nervioso. – Lo mismo que tú, supongo – añadió. – No sé, nunca me he visto en el caso, ni en un sentido ni en el otro. Tink tiene la misma edad que yo.

- ¿Qué tal te van las cosas con ella? – preguntó de repente Emma.

- Eh… - comenzó Killian mientras se rascaba la parte de atrás de la oreja. – Bien, supongo que bien.

- ¿Supones? – insistió Emma.

- No lo sé, Swan… No quiero aburrirte con mis problemas.

- No, no – lo cortó ella. – Puedes contarme lo que sea. Ya te lo he dicho.

Killian la miró durante unos segundos y finalmente, se decidió a hablar:

- Llevamos casi dos años juntos y… no sé… no me malinterpretes. Ella es estupenda y yo la quiero, pero… - se paró dejando la frase en el aire.

- ¿Pero?

- Últimamente creo que hay algo que falla.

- ¿Habéis discutido?

- No, nada de eso – dijo él negando con la cabeza. – Pero es como si… no sé… como si faltase algo.

- No entiendo qué quieres decir – respondió Emma frunciendo el ceño.

- ¿Alguna vez has estado enamorada de verdad? – preguntó Killian de forma muy directa.

Emma abrió la boca para contestar, pero las palabras no salían. No sabía muy bien qué decir. Así que decidió mentir, aunque realmente tampoco se le podía considerar una mentira, porque aunque estaba segura de que sentía algo por Killian, no tenía nada con lo que comparar.

- No, supongo que no – contestó finalmente mientras jugueteaba con su servilleta, evitando mirar para Killian.

- Yo creo que tampoco – dijo él muy serio.

- ¿No estás enamorado de Tink? – preguntó ella muy sorprendida ante la revelación.

- No lo sé, ya te lo he dicho. Creo que falta algo. Estamos bien, pero no hay chispa… - siguió explicando él. – Cuando ella me roza, no se me pone la piel de gallina. ¿Entiendes lo que te digo?

- Una vez alguien me dijo que sabes cuando has encontrado tu hogar en el momento que te vas de él y automáticamente lo echas de menos.

- ¿Y qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando?

- Un hogar no tiene por qué ser una casa o un pueblo. Puede ser una persona a la que quieras.

- ¡Guau! – exclamó Killian mirándola con admiración. – Al final vas a tener razón, ocho años de diferencia no son nada – masculló por lo bajo, seguramente sin la intención de que Emma escuchase. Sin embargo, ella lo escuchó perfectamente, aunque decidió que por el momento era mejor no hacer ningún tipo de comentario.

- Bueno, ahora ya te he dado la clave para que sepas si estás enamorado o no – concluyó ella mientras se limpiaba suavemente los labios con la servilleta, movimiento que no pasó inadvertido para Killian, que no pudo evitar mojarse los labios al verla.

- Eres increíble, Emma - comentó él maravillado. – Bueno, ¿y qué hay de ti?

- Ya sabes lo de Neal. No tengo muy buen gusto con los chicos.

- ¿Y Graham? – preguntó Killian de repente. – Ayer parecíais estar muy a gusto.

- He quedado hoy con él. A las ocho.

Killian que estaba masticando, paró de repente. Tragó con dificultad y notó el nudo en el estómago al momento. Esta sensación que tenía últimamente cada vez que estaba con Emma lo estaba confundiendo cada vez más y más.

- Está muy bien – dijo finalmente, tratando de disimular la desilusión.

- Sí… Bueno – comenzó ella quitándole importancia. – Veremos qué pasa.

Al terminar de comer, salieron del restaurante y pusieron rumbo otra vez a la oficina. Sobre las seis de la tarde, acabaron todo el papeleo que tenían pendiente. Se levantaron de las sillas y ambos estiraron sus brazos por encima de las cabezas, dejando que crujiera cada vértebra de sus espaldas.

- ¡Por fin! Pensé que no acabábamos nunca – dijo Emma recolocándose la camiseta que se le había subido un poco dejando entrever su tripa.

- Y que lo digas…

Una vez más, se quedaron en silencio, mirándose, sin saber muy bien qué decir. Finalmente, Killian habló.

- Cerca de aquí hay un pequeño teatro que dicen que está poniendo una función que está muy bien, ¿te apetece que vayamos? – preguntó esperanzado de que dijera que sí.

- ¡Claro! – exclamó ella con una sonrisa, sin poder creerse su suerte.

- Ya tenemos plan – dijo Killian mientras cogía las cazadoras del perchero y se disponía a cerrar con llave la oficina.

- ¡Espera, Killian! ¡Creo que vamos a tener que dejarlo para otro día!

- ¿Por qué?

- A las ocho he quedado con Graham – explicó un poco avergonzada.

- Es verdad – respondió él. – Lo había olvidado.

Siguieron caminando hacia el coche. Emma trataba de descifrar lo que le pasaba a KIllian por la cabeza, pero por más que lo intentaba, le estaba resultando complicadísimo. Llevaba todo el día mostrando interés en estar con ella, incluso se atrevería a decir que estaba fastidiado por no poder ir juntos al teatro. Así, que por primera vez en mucho tiempo, Emma decidió que iba a tener un poco de fé y que se iba a arriesgar por lo que quería de verdad.

- Tal vez… - comenzó ella. – Pueda cancelar lo de Graham y cambiarlo para otro día. Estoy segura de que no le importará.

- ¿De verdad? No quiero que pierdas de hacer planes por mí. Podemos ir otro día.

- Está bien, Killian. De verdad – insistió Emma.

Fueron juntos al teatro. Se rieron un montón con la función. Era una especie de mezcladillo de los cuentos de hadas clásicos, donde todos los personajes estaban entrelazados entre sí y los finales eran muy diferentes a los típicos.

- Ha estado bien – dijo él mientras salían de la sala.

- ¡Me ha encantado! – exclamó ella. - ¿Cuál ha sido tu preferido?

- El capitán Garfio tenía su gracia.

- Si el capitán Garfio estuviese así de bueno en todas las versiones, yo me pediría ser Wendy o Campanilla – añadió Emma riéndose.

- Así que te gustan morenos, de ojos azules y con un poquito de barba… - dijo Killian pensativo. - ¿Me estás intentando decir algo, Swan?

- Cállate, idiota – dijo ella empujándolo en broma. – Eres un creído.

Cuando por fin salieron del teatro con intención de ir caminando hasta el coche, se dieron cuenta de que estaba cayendo el diluvio universal.

- ¡Maldita sea! – dijo Killian mirando hacia arriba. – La están lanzando a cubos.

- ¡Vamos! –dijo Emma tirando de él.

- ¿Qué haces? ¿Estás loca? Nos vamos a empapar.

- ¿Cuánto hace que no haces una locura, Killian? – le preguntó ella con una sonrisa de oreja a oreja, antes de comenzar a correr. – ¡El primero en llegar al coche, conduce! – gritó ella. – ¡Y créeme, no quieres que conduzca yo! – añadió a pleno pulmón para luego volver a empezar a correr.

- Maldita sea… - susurró Killian para sí con una sonrisa en la cara, antes de decidirse y comenzar a correr tras ella.

Corrió con todas sus fuerzas, hasta irle pisando los talones a ella. Finalmente, la agarró de la cintura y la volteó, provocando que ella gritase y se riese a carcajadas. La bajó y caminaron juntos bajo la lluvia los últimos metros hasta el coche.

- ¡Madre mía! – exclamó Killian. – ¡Cómo nos hemos puesto!

Emma no contestó, simplemente siguió riéndose, mientras se escurría el agua del pelo. Killian la miró ensimismado, sin poder apartar sus ojos de ella.

Fue una locura, un acto reflejo, pero se abalanzó sobre ella y sin pensarlo ni un momento, la besó en los labios. La pilló por sorpresa, pero ésta enseguida se sobrepuso y le correspondió al beso con todas sus ganas, enterrando sus manos en su pelo mojado, haciendo que cada rincón de su piel se estremeciese con el contacto. Ésta era la chispa que Killian había estado buscando durante tanto tiempo. Siguieron besándose apasionadamente durante unos segundos, hasta que algo saltó en el cerebro de Killian, que lo hizo apartarse de golpe.

- ¡Dios mío! – exclamó horrorizado mientras se pasaba las manos por el pelo. - ¿Qué he hecho? – dijo dándose la vuelta y mirando al suelo mientras recobraba el aliento después de ese pedazo de beso.

A su lado, Emma lo miraba tratando de recuperarse también.

- Killian… - comenzó ella.

- Esto no ha pasado, Emma, ¿vale?

- ¿Qué?

- Esto que ha pasado no puede volver a pasar. Jamás.

- Hablas como si hubiera sido yo la que empezó el beso y te recuerdo que fuiste tú el que me besó – replicó Emma.

- ¿Qué he hecho? – repitió él apoyándose contra el coche.

- ¡Deja de decir eso!

- Emma, lo siento, fue un impulso. No sé qué me pasó – trató de justificarse él.

- ¿No lo sabes? Sé que tú también lo sentiste, Killian – dijo ella muy seria.

- No, no, no – negó él fervientemente con la cabeza. – Yo no sentí nada. ¿De qué hablas?

- Mírame a la cara y dime que no te gustó.

- ¡Joder, Emma, eres una niña! ¡La hermana pequeña de David!

- Eres un cobarde – finalizó Emma la conversación, para luego girarse y meterse en el coche.

Killian se compuso durante unos minutos y después se subió al coche también, conduciendo en silencio hasta llegar a la casa de Emma. Justo antes de que ésta pudiera abrir la puerta del coche para salir, la agarró del brazo y muy serio, habló:

- Emma…

- Tranquilo – dijo ella con un tono de voz muy frío. – Tu secreto está a salvo conmigo. No le diré nada a nadie, ni a mi hermano ni a Tink. Puedes estar tranquilo.

- Emma… - repitió él tratando de explicarse.

- Te veo el lunes en la oficina. No hace falta que me vengas a buscar. Ya me las apañaré.

- Por favor… - dijo él.

- Adiós, Killian – se despidió ella rápidamente antes de bajar del coche.

Killian se quedó allí aparcado, mirando que entrase en casa sana y salva. Después, comenzó a golpear el volante con rabia una y otra vez.

- ¡Mierda! – gritó con todas sus fuerzas.

Killian Jones tenía un gran problema. Se estaba enamorando perdidamente de Emma Nolan.