CAPÍTULO 8:

Emma no se podía creer lo que estaba escuchando por el teléfono. Sin embargo, por un momento puso sus sentimientos de lado y se preocupó de lo que era importante.

- ¿Cómo está ella?

- Físicamente bien… - respondió Killian con un suspiro. – La están atendiendo ahora mismo. Sólo he salido un momento a llamar por teléfono a su madre y a ti.

- ¿Y tú? ¿Cómo estás? – preguntó de nuevo Emma, temiendo la respuesta.

- Más o menos… - susurró. – Emma… - comenzó.

Aquí venía la conversación. Emma se mordió el labio para aguantar las lágrimas y se adelantó:

- No tienes que decir nada – dijo ella con voz temblorosa. – Lo entiendo perfectamente. De verdad que sí.

- Sólo necesito tiempo – contestó él. – Sigo sintiendo lo mismo.

- Lo sé – dijo ella escuetamente, ya que no quería que él se diera cuenta de que estaba llorando.

- Te llamaré después, ¿vale?

- Vale.

- Te quiero – dijo con la voz cargada de emoción.

- Lo sé – repitió ella con un hilito de voz, antes de colgar.

Se quedó mirando durante unos segundos para el móvil. La pantalla se volvió a iluminar y la foto de Killian volvió a aparecer en ella, indicando que estaba llamando otra vez. Le dolía en el alma, porque sabía que él no lo estaba pasando bien tampoco, pero no le cogió. Necesitaba digerir todo lo que había pasado y estar un momento sola. Se secó las lágrimas y se levantó de la cama, decidida a dar un paseo y airearse. Cogió la cazadora y la bufanda y se las puso. Por último, agarró el móvil, pero en el último momento decidió que lo dejaría en casa, ya que si lo llevaba iba a estar todo el rato pendiente de él, y no podía ser.

Bajó corriendo las escaleras y se encontró con David y Mary Margaret en el salón, poniéndose los abrigos.

- Emma, vamos al hospital que están allí Killian y Tink – dijo su hermano apresurado mientras se abrochaba la cremallera.

- Ya lo sé – contestó ella inconscientemente.

- ¿Lo sabes?

- Sí, Killian me mandó un mensaje para que te lo dijera a ti – añadió ella para disimular.

- Bueno, pues al final nos ha llamado a nosotros también. ¿Tú vienes?

- Sabes que no me gustan los hospitales – dijo ella con la voz temblorosa.

Era cierto. Desde que sus padres habían tenido el accidente, Emma no había sido capaz de poner el pie en un hospital. Todo le recordaba a aquella noche que David había llegado de repente a casa para decirles que ambos habían muerto.

- ¡Oh, Emma! – dijo David abrazándola fuerte contra su pecho. – No es lo mismo. Estarán bien.

- Lo sé – dijo ella sin aguantarse ya más las lágrimas. - ¿Les darás un abrazo de mi parte?

- Claro – contestó él con una sonrisa, mientras le daba un beso en lo alto de la cabeza. – No llores más, pequeña.

- Volveremos en un rato, ¿vale? – dijo Mary Margaret acariciándole la cara y secándole las lágrimas. – Y hablaremos – añadió poniendo una cara que indicaba que se estaba enterando de más cosas de las que parecía.

Emma asintió y ellos sin más demora, se marcharon, dejando a una sola y confundida Emma en el salón.

- ¿Estás bien? – se escuchó una voz infantil desde las escaleras.

Henry.

- Claro que sí, enano – respondió ella sorbiéndose la nariz. - ¿Por qué no bajas y vemos una película?

- ¡Guay! – dijo él con una sonrisa de oreja a oreja, bajando rápidamente. - ¿Cuál?

- Tú eliges, Henry – contestó ella.

- Mmmm…no sé… ¿Piratas del caribe?

- Hecho – dijo ella estirándose por completo en el sofá.

Su hermano Henry era uno de los niños de once años más dulces y más perceptivos del mundo y, aunque no le había dicho nada, había notado que algo no estaba bien. Así que hizo lo que él mejor sabía hacer, reconfortar a su hermana mayor. Había sido así desde siempre, incluso cuando murieron sus padres.

Se acostó al lado de Emma en el sofá, su espalda contra el pecho de ella, apoyando su cabeza en el brazo de su hermana. Ésta sonrió y lo abrazó por la cintura, dándole un beso en la parte posterior de la cabeza.

- Gracias, enano – susurró ella.

- Te quiero, Emma – contestó él. – Y no quiero que estés triste.

- Yo también te quiero – dijo ella sonriendo por primera vez desde la llamada de Killian.

En esa misma posición los encontraron David y Mary Margaret cuando volvieron un par de horas después del hospital. La película acababa de terminar hacía apenas cinco minutos, pero Henry se había quedado dormido al poco de empezar y Emma no había tenido el corazón para despertarlo, así que se había quedado mirándolo dormir, en la misma posición desde entonces.

Al verlos, David soltó una risotada.

- ¿Necesitas ayuda para salir de ahí detrás, Emma?

- Llévalo a la cama, que está agotado – respondió ella, apartándole el pelo de la cara a Henry que hizo una pequeña mueca, pero no se despertó.

David se acercó y le pasó un brazo por debajo de la cabeza y otro por detrás de las rodillas y lo aupó, subiendo poco a poco las escaleras para dejarlo en su habitación.

- No siento el brazo – se quejó Emma moviéndolo lentamente, con un pequeño gesto de dolor en la cara.

- ¿Me vas a contar qué te pasa? – preguntó Mary Margaret con su dulce voz, sentándose a su lado en el sofá.

- Nada – contestó Emma nerviosa comenzando a jugar con las mangas de su camiseta. – Estoy bien.

- Te conozco, cariño, y las dos sabemos que no es así. Puedes contarme lo que sea – añadió poniendo una mano sobre las de Emma, mostrando apoyo.

- Te he dicho que estoy bien – dijo ella levantándose. – Voy a dar una vuelta.

- Emma, es tardísimo y tenemos una tormenta encima. Te vas a congelar – dijo Mary Margaret yendo detrás de ella hacia la puerta.

- Iré sólo hasta Granny´s, a ver si están allí mis amigos. Volveré en un rato. No te preocupes – respondió ella dándole un beso en la mejilla y marchándose sin darle tiempo a rechistar.

Su cuñada tenía razón. Hacía bastante frío y llovía a mares, pero aún así no dio la vuelta.

De camino al bar donde se reunían siempre, se encontró con todo el grupo de amigos del instituto, encabezado por Elsa y Graham.

- ¡Emma! – exclamó ella. - ¡Has vuelto! Te he estado llamando hace un rato pero no me cogías el teléfono.

- Sí, lo siento. No sé dónde lo he metido – mintió ella. – Iba a buscaros al bar por si queríais tomar algo, ¿a dónde os dirigís?

- Hay una fiesta en casa de Neal, por eso te llamaba. ¿Te vienes? A sus padres los pilló la tormenta en Boston y no están en casa, y como mañana las clases se han suspendido… ¡Anda, vente! Puede ser divertido.

- No sé, Elsa… - contestó Emma dubitativa. – Ya sabes que Neal y yo no acabamos de la mejor de las maneras…

- Va a haber un montón de gente. Ni siquiera tienes que hablarle – insistió ella. – Hacemos un trato. Vienes un rato y si te aburres, yo misma te acompañaré a casa.

- Está bien – cedió Emma. – Pero sólo un rato.

La fiesta fue bastante bien. Como Elsa había dicho, Emma no había hablado ni cinco segundos con Neal. De hecho, sólo lo había visto a lo lejos con Tamara, su nueva novia. Y no pudo importarle menos. Neal era el pasado. Ella ahora sólo tenía a Killian en mente. Y por eso, para sacárselo a él también de la cabeza comenzó a beber. Mucho. Hasta que apenas se tenía en pie.

Unas horas después, ya muy entrada la madrugada, entre Graham y Elsa la llevaron a casa. Cada uno la agarraba de un lado para que no se cayese y ella iba dando voces por Storybrooke. Cuando llegaron a su portal, Emma sacó sus llaves y comenzó a intentar meterlas en la cerradura, sin conseguirlo. Se escucharon unos pasos desde dentro, que se acercaban a la puerta, sin duda alertados por los ruidos y ésta se abrió, dejando paso a un enfadado David.

- ¡Al fin llegas! – vociferó. – ¿Te haces una idea de lo preocupados que estábamos? Íbamos a salir Killian y yo a buscarte ahora mismo.

¿Killian estaba en casa? ¿Por qué?

- Estoy bien – contestó ella con un tono de voz que indicaba que no lo estaba, mientras entraba en casa tambaleándose.

- Lo que estás es borracha. Hueles a alcohol que tira para atrás – dijo alzando la voz.

- No grites, Dave – lloriqueó ella poniéndose las manos en las sienes.

- ¡Y con vosotros ya hablaré mañana! – dijo su hermano, dirigiéndose a Graham y a Elsa, antes de cerrar la puerta con fuerza, haciendo que Emma se sobresaltase.

Caminó como pudo y vio que en el salón estaban su cuñada y Killian, que la miraba con la mandíbula muy apretada, seguramente enfadado y preocupado a partes iguales.

- ¡Ya ha llegado la señorita! – los informó David. - ¡Y viene borracha como una cuba! – añadió muy cabreado.

Emma siguió caminando hasta las escaleras, donde se paró en seco, poniéndose una mano delante de la boca y corriendo rápido hasta el baño que había en el piso de abajo. Mary Margaret fue detrás de ella como una madre.

Vomitó una y otra vez, mientras ella le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la nuca.

- Emma… -susurró. - ¿Qué pasa?

- Killian… - susurró ella dejándose caer sentada al suelo.

- Estará bien – explicó Mary Margaret frunciendo el ceño. - Son cosas que pasan, pero tanto él como Tink estarán bien.

- No… - dijo ella apoyándose en el inodoro. – Nada va a estar bien – añadió comenzando a llorar desconsolada. – ¿Qué voy a hacer yo ahora?

Mary Margaret se quedó muy callada, como hilando todo en su cabeza.

- Emma, ¿qué pasa con Killian? – preguntó muy seria.

Emma recuperó un poco de lucidez con la pregunta y se quedó un rato en silencio.

- Nada – susurró tratando de no meter más la pata. – Es sólo que todo me ha recordado a la noche en que papá y mamá murieron.

Su cuñada frunció el ceño, sin creerse exactamente lo que Emma estaba diciendo, pero no insistió más y la ayudó a levantarse del suelo, a la vez que le pasaba una toalla para que se pudiese refrescar la cara.

- Vamos, es hora de irse a la cama. Ya seguiremos hablando mañana – dijo en tono maternal.

En cuanto se dirigieron hacia las escaleras, allí estaban David y Killian mirándola preocupados.

- ¿Ha vomitado? – preguntó su hermano.

- Todito – contestó Mary Margaret. – Y ahora es hora de meterla en cama y que duerma la mona un rato.

- Esto es increíble. ¡Pensé que estabas comenzando a madurar! – gritó David.

- David – interrumpió Mary Margaret. – Ya está. No le riñas más – añadió con una mirada que trataba de decirle a su marido que Emma no estaba bien.

- Está bien. Hablaremos mañana – se rindió David, levantando las manos.

Killian se quedó en el salón, viendo como subían a Emma entre David y Mary Margaret. Se sentó en el sofá y se pasó las manos por el cabello, soltando todo el aire que tenía dentro. ¿Cómo se había podido complicar todo de esta manera? La cabeza le iba a estallar. Se encontraba perdido, sin saber qué hacer. Por una parte, Tink estaba fatal después de lo ocurrido y él no podía abandonarla en este momento. Pero por otro lado, Emma tampoco se merecía estar en un segundo plano hasta que todo pasase. ¿Y qué le iba a decir a Tink? Él se veía incapaz de seguir actuando como su pareja después del fin de semana con Emma. Simplemente no le salía.

- ¿Estás bien? – se escuchó la voz de David entrar en el salón.

- Sí – respondió él frotándose la cara con las manos. – Cansado, nada más.

- No me extraña. Ha sido un día de mierda.

- ¿Cómo está Emma? – preguntó preocupado.

- Se le pasará. Una borrachera como cualquier otra – dijo él. – Lo que me preocupa es verla otra vez así. Pensé que la habíamos logrado encaminar entre los dos.

- Mañana hablaré con ella – dijo Killian.

- No te preocupes, tío. De verdad, ya has hecho un montón por ella. Yo me encargaré, tú sólo ocúpate de Tink.

- Hoy iba a dejarla – dijo Killian de repente.

- ¿Cómo dices? – preguntó David abriendo mucho los ojos.

- A Tink. Iba a cortar con ella – repitió él.

- ¿Y eso por qué?

- No estoy enamorado de ella – respondió Killian, sintiéndose de pronto aliviado ante la parcial confesión.

- ¿Has conocido a alguien? – preguntó David curioso y extrañado al mismo tiempo.

- No – mintió Killian. – Pero sé que no estoy enamorado de ella y hoy estaba decidido a romper nuestra relación. Pero ahora, después de lo que ha pasado…

- Quieres estar ahí – finalizó David la frase por él.

- No creo que sea el momento de soltarle la bomba. Pero tampoco creo que pueda actuar de forma normal con ella… ¿Qué hago, Dave? – preguntó angustiado.

- Dale un tiempo y habla con ella. Y hasta entonces, tienes que hacer de tripas corazón y estar ahí para ella…

Killian asintió en silencio y se dejó caer derrotado contra el respaldo del sofá.

- ¿Por qué no te quedas a dormir aquí en casa con nosotros? No te conviene estar solo – dijo David dándole una palmadita amistosa en el hombro. – Te prepararé la habitación de invitados en un momento y mañana a primera hora te acompaño al hospital – dijo levantándose.

- Gracias.

- Lo que sea por ti. Eres mi mejor amigo – sonrió David comenzando a subir las escaleras hacia el piso de arriba.

- Perfecto. Ahora aún encima se sentía como una mierda por haberle mentido a David. O más bien, por no haberle contado toda la verdad. Pero, ¿cómo le dices a tu mejor amigo que te has enamorado perdidamente de su hermana pequeña de diecisiete años? Y no sólo eso, sino que estás dispuesto a dejar a tu pareja de dos años para tener un futuro con ella.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por David de nuevo.

- Listo. Puedes subir ya, si quieres. Te he dejado un pijama mío encima de la cama para que te pongas cómodo.

Killian subió las escaleras y se metió en la habitación de invitados, quitándose la ropa lentamente para ponerse el pijama. Cuando se tumbó por fin en la cama, no pudo evitar estirar la mano hacia el otro lado, el lado en el que Emma había dormido en el hotel de Los Ángeles. Parecía mentira que habiendo pasado tan sólo dos noches con ella, la pudiese echar tanto en falta a la hora de irse a dormir. Pero era cierto, echaba de menos sus pies fríos contra sus rodillas y su pelo largo rubio dándole en la cara en mitad de la noche. No podía soportar estar aquí tumbado, sabiendo que dos puertas más hacia delante estaba su habitación.

La casa estaba en absoluto silencio cuando se levantó. Caminó de puntillas hasta la habitación de Emma y cerró la puerta detrás de él. Allí estaba, toda estirada en la cama, con las mantas todas arremolinadas en las rodillas. Se acercó despacito a ella y la tapó, para que no cogiera frío. Acto seguido, se tumbó a su lado, pasándole un brazo por la cintura y pegándose a ella todo lo humanamente posible, enterrando su cara en su pelo, inspirando profundamente para olerlo y así, reconfortarse. Era la primera vez desde que habían llegado, que se sentía como en casa. Emma tenía razón. Un hogar podía ser una persona especial y si Killian había aprendido algo hoy era que Emma era el suyo.

Era mitad de la noche, pero algo despertó a Emma. Se incorporó sobresaltada al notar que había alguien en su cama. Se relajó rápidamente al ver quién era.

- ¿Killian? – preguntó en un susurro, moviéndolo suavemente para que se despertase.

- Emma… - susurró él frotándose los ojos. – Me he quedado dormido.

- Eso ya lo veo, Einstein – contestó ella, de forma un poco brusca. - ¿Qué haces aquí? ¿Estás loco?

- Lo siento, pero tenía que verte. Me estaba volviendo loco yo solo en la cama.

- Pues ya me has visto – contestó ella levantándose. – Ahora tienes que irte antes de que David se levante para ir a la oficina.

- Emma… - repitió él poniendo cara de pena. – No me trates así, por favor.

- Killian, sé por lo que estás pasando. Y quiero que sepas que te apoyo al 100%. Pero yo no quiero sufrir más. Y que tú estés aquí en mi cama, sabiendo que no vamos a poder estar nunca juntos, me hace daño.

- Emma, yo no he dicho que no vayamos a estar juntos nunca. Es sólo cuestión de un tiempo - trató de razonar él.

- Killian, tenemos que asumirlo. Nunca va a ser un buen momento para dejar a Tink, y menos después de esto…

- No me hagas esto – suplicó él. – No te rindas antes de intentarlo – añadió con los ojos llenos de lágrimas. – He tenido un día de mierda. No me dejes tú también, por favor – dijo con voz temblorosa.

- Oh… Killian… - dijo ella, sentándose de nuevo en la cama y abrazándolo de forma que su cabeza quedase apoyada contra su pecho. – No me iré a ningún lado – añadió contra su pelo, mientras seguía consolándolo.

- ¿Me esperarás? – preguntó él un poco más tranquilo, mirándola a los ojos.

- Siempre – susurró ella.

Killian no pudo evitarlo y la besó. Un beso suave, tierno, sin más pretensiones. Se separaron y juntaron sus frentes, mientras sus respiraciones se mezclaban.

- Háblame, Killian – dijo Emma. – Confía en mí.

Al principio él no contestó, pero después de unos segundos, se separó completamente de ella y después de tomar aire profundamente y soltarlo, habló:

- Me siento culpable – comenzó. – Y a la vez aliviado – continuó. – Lo que hace que me sienta más culpable todavía – siguió explicándose muy deprisa, casi atragantándose con sus palabras.

- Killian, despacio… - le dijo Emma mientras le agarraba la cara con las dos manos y lo obligaba a centrarse. – Respira.

- Me siento aliviado por no tener un hijo en camino – susurró él. – Y sé que eso me hace ser una persona horrible… Era mi hijo, al fin y al cabo. Y créeme, Swan, te juro que si hubiese seguido hacia delante el embarazo, yo lo habría cuidado y lo habría querido, pero… por más que trato de evitarlo, no puedo dejar de sentirme aliviado…

- Ey.. No tienes que sentirte culpable por no estar preparado para ser padre… - dijo Emma.

- Y me siento culpable porque no quiero estar con Tink y ella piensa que todo está bien, que superaremos esto juntos. Hoy en el hospital me ha dicho que todo esto que había pasado, le había hecho darse cuenta de que quiere que intentemos tener un bebé… ¿qué se supone que tengo que contestar yo a eso? – preguntó angustiado. – Estaba destrozada, así que no pude contarle la verdad.

- Todo irá bien – dijo Emma. Era lo único que se le ocurría decir en estos momentos. Sabía que no era un gran consuelo, pero no era capaz de pensar nada mejor. – Te lo prometo – añadió.

Killian la abrazó de nuevo, susurrándole una y otra vez al oído cuánto la quería y que haría lo que fuese necesario para estar juntos de verdad.

- Lo sé – le contestó ella, empujándolo suavemente para separarlo de ella. – Pero ahora, tienes que volver a tu habitación o mi hermano te matará.

Él soltó una risa casi sin ganas y se levantó de la cama.

- ¿Por qué no me lo dices? – preguntó.

- ¿El qué? – cuestionó ella con el ceño fruncido.

- Ya no me contestas cuando te digo que te quiero – afirmó él.

- Ya sabes lo que siento por ti –respondió ella mirando hacia otro lado.

- ¿Y entonces?

- No sé… - dijo ella encogiéndose de hombros. – Simplemente ahora mismo no me sale, Killian. No puedo decirlo – añadió con un hilillo de voz.

- Me has vuelto a dejar fuera de tus muros – dijo él apretando la mandíbula.

- Yo también necesito tiempo, Killian. Esto tampoco es fácil para mí.

Él asintió una y otra vez, hasta que se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se giró y la miró con determinación.

- Te lo diré todos los días, a todas horas, hasta que me contestes. No me rendiré. Y espero que tú tampoco te rindas.

Dicho eso, se marchó, dejando a Emma todavía más confusa y más sumida en sus pensamientos de lo que ya estaba.