CAPÍTULO 9:
Desde que Killian se había marchado de la habitación, Emma no fue capaz de pegar ojo, así que decidió dejar de intentarlo y se puso una vieja sudadera por encima del pijama para bajar a la cocina y desayunar algo.
Mientras bajaba por las escaleras, ya se escuchaba bullicio procedente de la cocina. Entró y estaban allí Mary Margaret y Henry, ambos terminando de desayunar entre risas. Emma sonrió al entrar y verlos. Su cuñada era genial con Henry, lo trataba como si fuera su propio hijo. Estaba segura de que cuando les llegase el turno de tener un bebé, David y ella iban a ser los mejores. Tragó saliva para evitar que las lágrimas cayesen, ya que no pudo evitar acordarse de su madre. Ella también era increíble.
- ¿Qué tal? – preguntó Mary Margaret en tono maternal. - ¿Estás mejor?
- Sí, gracias – contestó ella tímidamente. – Gracias por ayudarme ayer.
- Claro, Emma – dijo ella apartándole el pelo de la cara. – Para eso está la familia.
- ¿Y David? – preguntó casi con miedo, mientras comenzaba a servirse los cereales en un tazón.
- Está en la ducha ahora mismo. Supongo que Killian y él bajarán enseguida.
Emma asintió mientras hundía la cuchara en sus cereales y comenzaba a empujarlos contra la leche.
- Emma, ¿estás bien? – repitió Mary Margaret poniendo una mano encima de la suya.
- Claro – respondió ella rápidamente. - ¿Por qué no iba a estarlo?
Mary Margaret la miró sin creérselo, pero no insistió. Sin embargo, por su expresión, Emma sabía que se avecinaba una conversación seria en cuanto estuviesen solas. Comenzó a darle vueltas a la cabeza y a preocuparse. ¿Se le habría escapado algo mientras estaba borracha? Dios, ¡menudo lío!
Sumida en sus pensamientos estaba, cuando entraron David y Killian en la cocina también.
- ¡Buenos días, cariño! – dijo su hermano, dándole un pequeño beso en los labios a su mujer.
- ¡Buenos días a todos! – dijo a su vez Killian, mientras le tocaba la espalda de una forma casual, pero que hizo que a Emma le recorriese un escalofrío de arriba a abajo.
- Buenos días… - contestó ella con un susurro, sin levantar la vista del desayuno.
- Contigo quería hablar yo… - comenzó David cruzándose de brazos. - ¿Qué ha pasado ayer?
Emma levantó la vista por fin y lo miró.
- Lo siento. Me pasé un poco…
- ¿Un poco? – preguntó David incrédulo, levantando un poco la voz. - ¡Maldita sea! Apenas te tenías en pie.
- ¡Ya te he dicho que lo siento! – replicó Emma, levantando la voz también. - ¿Qué quieres que haga? ¿Que me flagele?
- ¡Venga, chicos! – dijo Mary Margaret dando un par de palmadas, para tranquilizar la situación. - ¡Siempre estáis igual! David, cariño, tu hermana ya se ha disculpado – añadió mirando a su marido. – Estoy segura de que no volverá a repetirse algo así – añadió también, en este caso mirando hacia Emma. - ¿Verdad?
- Claro – respondió ella de mala gana. – En cuanto cumpla los dieciocho… - masculló por lo bajo.
- En cuanto cumplas los dieciocho, ¿qué? – gritó David dando una palmada en la mesa.
- ¡Me iré de aquí! – gritó ella también. - ¡Lo más lejos que pueda! – añadió marchándose de la cocina con lágrimas en los ojos.
- ¡Pues vete! – gritó David fuera de sí. - ¡Ya sabes dónde está la puerta!
- ¡Emma! – la llamó Mary Margaret. - ¡Vuelve aquí!
Emma no respondió y se la escuchó como subía corriendo las escaleras. Mary Margaret se giró muy enfadada hacia su marido y le dijo, con los brazos en jarras:
- ¿Ya estás contento? Siempre le dices que tiene que crecer, ¡pues tú también deberías, querido!
- Pero… - rechistó David.
- No hay peros que valgan. Te comportas como si tuvieses la misma edad que ella. ¿Quién es el adulto, David? Porque tú desde luego, no – dijo tirando la servilleta a la mesa. – Vamos, Henry – dijo Mary Margaret. – Ya sé que han suspendido las clases, pero hoy vendrás conmigo hasta el colegio y me ayudarás con un par de cosas, ¿te parece? – continuó mientras ambos se marchaban de la cocina.
Se quedaron Killian y David en silencio.
- Me he pasado – preguntó David un poco arrepentido.
- Te has pasado – repitió Killian, dando vueltas a su café.
- Es que no sé cómo manejarla… Cuando pienso que estamos cerca otra vez, pasa algo como lo de ayer y se me escapa de nuevo entre los dedos – dijo pasándose una mano por el pelo.
- Tiene mucho carácter – reconoció Killian con una pequeña sonrisa.
- Pues sí… - agregó David. – El chico que esté finalmente con ella tendrá que ser un santo para aguantarla – añadió con una risa.
Killian soltó una triste sonrisa mientras miraba para su café. Después de unos segundos de silencio, se levantó y dijo:
- Hablaré con ella
- ¿Seguro? Killian, no tienes de que preocuparte.
- No hay problema, Dave. Yo voy – dijo levantándose y dirigiéndose hacia las escaleras.
Cuando llegó a la puerta de Emma, tomó aire y llamó tres veces, esperando que ella lo dejase pasar. La puerta se abrió y Emma allí estaba, con los ojos rojos de llorar y el pelo todo revuelto.
- ¿Puedo pasar? – preguntó él.
- ¡Lárgate, Killian! – protestó ella. – No estoy de humor para más dramas – añadió comenzando a llorar otra vez.
- Por favor – pidió él.
Emma lo miró durante unos instantes, hasta que finalmente se decidió a abrirle la puerta. Killian entró y se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón, esperando a que ella hablase, sin saber muy bien qué decir.
- ¿Estás bien?
- No, no estoy bien, Killian – preguntó Emma dejándose caer sentada en la cama. – ¿De verdad tienes que preguntar?
- Me pareció una buena forma de empezar una conversación – dijo él riéndose casi sin ganas mientras se sentaba también en la cama, pero haciendo que ella soltase una pequeña risa también, mientras apoyaba su cabeza en su hombro.
- Esto es una mierda… - dijo ella con la mirada fija en un punto delante de ellos.
- Lo es – susurró él dándole un beso en el pelo.
Se quedaron unos minutos así, en calma, sin decir nada, disfrutando el momento. Emma se incorporó otra vez, sacando la cabeza de su hombro y secándose las mejillas. Él la miró, y sintió dolor por ella. Estaba destrozada. Y todo era en parte por culpa de él.
- Emma… - comenzó él. – Siento mucho haberte puesto en esta situación. Nunca fue mi intención…
- Estoy en esta situación porque quiero – respondió ella mirándolo fijamente. – Tú no me has obligado a nada, Killian. Yo solita fui y me enamoré de ti.
Killian se acercó para darle un beso y tratar de reconfortarla, pero en el último momento ella se apartó.
- No… -susurró. – No podemos seguir así. Creo que tenemos que darnos un tiempo – añadió temblorosa.
- ¿Emma? – preguntó él aterrado. - ¿Qué quieres decir?
- Lo he estado pensando y creo que es lo mejor.
- ¿Lo mejor para quién? Porque te puedo asegurar, que para mí no es lo mejor.
- Killian, necesitamos mirar las cosas en perspectiva y si estamos juntos, no vamos a ser capaces de hacerlo.
- Habla por ti, Swan – replicó él apretando la mandíbula. – Yo no necesito distancia ni perspectiva. Sé muy bien lo que siento.
- ¡Yo también sé lo que siento! – dijo ella alzando la voz.
- ¿Lo sabes? – preguntó él. – Porque a mí me parece que estás algo confusa.
- ¿Y te parece raro que lo esté? Míranos, Killian.
- ¡Ya lo hago, Emma! – gritó él también, mientras se levantaba de la cama. - ¿Y sabes lo que veo? Me veo a mí mismo peleando, dándome cabezazos contra una pared, mientras tú ya tiraste la toalla hace un rato.
- Yo no he tirado la toalla, Killian – respondió ella con ojos brillantes.
- ¿Y entonces? – preguntó él con voz temblorosa, volviéndose a sentar a su lado.
- Necesito un tiempo – repitió ella.
- ¿Quieres dejarlo? – preguntó él, rompiéndose.
- No – dijo ella.
- Me estás volviendo loco – masculló él por lo bajo, mientras se revolvía el cabello con las manos.
- Necesito estar separada de ti hasta que las cosas vuelvan a su cauce, Killian. Porque no puedo estar contigo como si tal cosa, cuando tú todavía estás con Tink. Por el amor de Dios, ¿tan difícil es de entender? – preguntó ella frustrada. - ¡Quiero que seas mío de verdad!
- Soy tuyo, Emma – susurró él, mientras le acariciaba la cara.
Ella se dejó acariciar, pero finalmente, se aclaró la voz y dijo:
- He pedido una beca.
- ¿Una beca? – preguntó Killian, frunciendo el ceño. - ¿Para qué?
- Para acabar el curso en el extranjero.
- ¿Cómo? ¿Cuándo has hecho eso?
- La solicité antes de empezar nuestra relación. Quería salir de casa. No tenía pensado seguir adelante, pero…
- ¿Pero?
- Hoy me ha llegado un correo electrónico diciéndome que me han aceptado.
- O sea que te vas… -afirmó él muy serio, mientras le soltaba la mano que tenía agarrada.
- Serían sólo seis meses en Oxford – dijo ella, tratando de calmarlo.
- ¿Oxford? – preguntó él alzando la voz. – Eso está al otro lado del océano. ¿Y seis meses?
- Nos vendría bien – dijo ella.
- ¡A mí no me metas! Di que te vendría bien a ti – dijo él seriamente.
- Bueno, pues me vendría bien a mí – repitió ella.
- Vale, pues ya está decidido. ¡Buen viaje! – dijo él levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.
- Killian, por favor…
- ¿Qué? – preguntó él con los ojos llorosos. – ¿Me estás dejando y tengo que estar de acuerdo? Pues no lo estoy, Swan.
- Nada va a cambiar lo que siento por ti – añadió ella.
- Yo creo que ya ha cambiado, Emma – dijo él derrotado. – Haz lo que creas conveniente – agregó antes de marcharse rápidamente de la habitación, dejando tras él una Emma rota.
Pasaron dos semanas desde que Emma y Killian habían tenido su última conversación y en este tiempo, apenas se habían visto. Ella lo había intentado llamar varias veces, pero él nunca respondía sus llamadas, así que el único contacto que habían tenido, habían sido un par de veces en su casa para cenar o comer.
Poco a poco se acercaba el día en el que Emma tendría que coger el avión hacia Europa. Y no quería irse así, con Killian enfadado, pero no sabía qué hacer para revertir la situación, para hacerle entender que esto realmente les vendría bien. Cuando ella volviese, estaría a punto de cumplir por fin los dieciocho años, y entonces podrían intentarlo de verdad, sin que nadie los mirarse raro, sin tener que dar explicaciones.
David había estado encantado con la idea de que se fuera por unos meses, había dicho que le vendría bien para centrarse y madurar, para crecer, para ver lo que es arreglarse por una misma y contra todo pronóstico, le había dado todo su apoyo. Al igual que Mary Margaret, que Emma estaba segura de que se estaba enterando de todo lo que estaba pasando con Killian, pero nunca le había dicho nada. Lo cual agradecía enormemente, porque no quería tener que lidiar con eso ahora mismo.
El día llegó y mientras Emma estaba terminando de hacer su equipaje, se escuchó como alguien llamaba a la puerta de su habitación. Era su cuñada.
- ¿Puedo pasar? – preguntó asomando la cabeza.
- Claro – dijo Emma gesticulando con la mano para que entrase.
- ¿Cómo lo llevas? ¿Necesitas ayuda?
- Bueno, conociéndome, seguro que me olvido un montón de cosas aquí. Pero bueno, mamá siempre decía que con el pasaporte en regla y algo de dinero…
Mary Margaret se rió y asintió con la cabeza.
- Sí que es verdad que lo decía siempre – comentó mientras le ayudaba a doblar algunas camisetas que tenía encima de la cama. - ¿Todo bien, entonces?
- Sí – respondió Emma con el ceño fruncido. - ¿Por qué lo preguntas?
- Emma – comenzó Mary Margaret poniéndose seria. – No he querido sacar el tema hasta ahora, porque esperaba que tuvieses la suficiente confianza para contármelo, pero necesito preguntártelo… ¿Qué sucede con Killian?
- ¿Con Killian? – preguntó ella nerviosa. – Nada – respondió finalmente encogiéndose de hombros.
- Emma, os he visto. Apenas os habláis. Y además, el día que llegaste tan borracha a casa, lo vi salir de tu habitación en mitad de la noche. No quiero pensar mal, pero…
- No es lo que piensas, Mary Margaret… - dijo Emma tratando de tranquilizarla.
- Entonces… ¿qué tengo que pensar?
Emma se mordió el labio, tratando de pensar qué debía contestar a eso. Finalmente, tomó una decisión, dándose cuenta de que no valía de nada seguir ocultándolo.
- No puedes contarle nada a David – advirtió ella. – No quiero que se enfade con Killian.
- Emma, me estás asustando…
- Me he enamorado de Killian – dijo ella muy seria. – Y sé que me vas a decir que es una etapa, que se me pasará, que lo tengo idealizado, pero no es así. Hablo muy en serio.
Mary Margaret se quedó con la boca muy abierta, mirando para ella como si le hubiese salido otra cabeza.
- ¿Y él?
- Él también me quiere.
- ¡Dios mío! – exclamó Mary Margaret poniéndose una mano en el pecho. - ¿Y Tink?
- Iba a romper con ella el mismo día que ella tuvo el aborto – respondió Emma siendo totalmente sincera con su cuñada.
- ¡Jesús! – volvió a decir su cuñada. - ¿Y David? ¿Sabe algo?
- ¿De verdad crees que si David supiera algo, estaría tan tranquilo?
Mary Margaret soltó una risa por lo bajo y meneó la cabeza.
- Probablemente no. Killian tendría la nariz rota y tú estarías en un convento, y no de camino a Reino Unido.
- Efectivamente. Y por eso, no puedes decirle nada a mi hermano. Todavía no – continuó Emma.
- Emma, es mi marido. No puedo esconderle un secreto como éste. Eres su hermana pequeña. Killian jamás debió…
- Intentó evitarlo, Mary Margaret. Se comportó siempre como un perfecto caballero conmigo – dijo Emma. – Fui yo la que le anduvo detrás hasta que me hizo caso – lo defendió ella.
- Aún así. Él es el adulto… Tiene que saber que esto no está bien.
- ¿El qué no está bien, Mary Margaret? ¿No está bien que dos personas se quieran sólo porque una es más joven? – preguntó muy seria. – Te creía mucho más abierta de mente que eso. Siempre con tus discursos sobre el "amor verdadero". No a todos nos viene todo tan rodado como a ti y a mi hermano – continuó comenzando a enfadarse.
- Emma, eres menor de edad… - dijo ella con tono maternal.
- No voy a ser menor para siempre. En menos de ocho meses, cumplo los dieciocho. Y en ese momento, ni David ni nadie se podrá interponer.
- ¿Y entonces por qué te vas?
- Porque me estoy ahogando aquí, teniendo que esconderme seguido. Además, Killian aún tiene que resolver su situación con Tink y yo no quiero estar en el medio. Esta distancia durante un tiempo nos vendrá bien.
- Pero KIllian no opina lo mismo… - afirmó Mary Margaret.
- No – dijo Emma. – Apenas me habla. Cree que lo estoy dejando. Pero no es así, simplemente le estoy dejando espacio para que ponga su vida en orden y después podamos estar juntos.
- Lo quieres de verdad – dijo Mary Margaret. No era una pregunta, era una afirmación. – Es la primera vez que te escucho hablar con tantísima madurez, Emma.
- Lo quiero más que a nada en el mundo – respondió ella muy segura de lo que estaba diciendo. – Y por eso te pido que me dés este tiempo. Después, yo misma se lo diré a David.
Mary Margaret se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que finalmente decidió que la iba a ayudar, que quién era ella para juzgar de quien se enamoraba el resto del mundo. Killian era una buena persona y sabía que jamás le haría daño a Emma.
- Te lo prometo. Me costará, pero no le diré nada a tu hermano. Pero tienes que prometerme que hablarás con él en cuanto las cosas se pongan serias de verdad. No quiero que se entere por terceras personas.
- Lo prometo – dijo Emma aliviada, mientras le rodeaba el cuello a su cuñada con los brazos. – Gracias.
- Recuerda que yo siempre voy a estar de tu lado, Emma. Aunque tengo que reconocer que estoy un poco dolida de que no hayas confiado en mí.
- Me daba miedo que no lo entendieses… - añadió ella con lágrimas en los ojos.
- Bueno, nada de llorar – dijo Mary Margaret limpiándose también las lágrimas. – Vamos a terminar de hacer esta maleta, que no se va a hacer sola.
Emma sonrió y siguió metiendo la ropa en la bolsa, mucho más aliviada que antes de tener esta conversación con su cuñada. Si ella lo entendía, tenía la esperanza de que con el tiempo, David también se diese cuenta de que se querían. Ahora sólo faltaba que Killian le cogiese el teléfono y la dejase despedirse como Dios mandaba de él. Porque no podría soportar marcharse sin hablar con él antes y dejarle claro sus intenciones para la vuelta.
Todos estaban en el salón para despedirse de ella. Todos menos Killian.
- Bueno… - dijo Emma con la voz temblorosa. – Llegó el momento de despedirse.
- No lo digas así, que parece que no vas a volver jamás – dijo su hermano, sorbiendo la nariz para que las lágrimas no cayesen. - ¿Seguro que no quieres que te lleve al aeropuerto?
- Seguro. No quiero más despedidas allí – contestó ella.
David se acercó a su hermana y le dio un abrazo muy fuerte.
- Cuídate, ¿vale? Y avisa en cuanto aterrices para que no nos preocupemos. Y llámanos por el Skype todos los días para saber que estás bien…
- ¡Venga, David! – lo interrumpió ella. – Que no me voy a la guerra.
Después Mary Margaret se acercó y la abrazó también.
- No ha venido – susurró Emma con voz temblorosa en el oído de su cuñada. – Le he dicho que me iba hoy y no ha venido.
- Entrará en razón – susurró Mary Margaret también. – Yo me encargaré de él – añadió separándose por fin y dándole un beso en la mejilla. – Te lo prometo.
Finalmente, Henry se encaramó a su cintura, lloriqueando.
- No te vayas, Emma – dijo él.
- Ey… - comenzó ella agarrándole la carita con las dos manos. – En cuanto menos te lo esperes, estaré de vuelta.
- ¿Prometido? – preguntó el niño secándose las lágrimas.
- Prometido – dijo Emma.
Se despidió una vez más de todos y salió de la casa, con los ojos llenos de lágrimas.
Y allí, apoyado en la farola de enfrente de su portal, estaba Killian. En ese momento, Emma no pudo aguantar más y comenzó a llorar desconsoladamente, mientras corría hacia él y lo abrazaba. Killian enseguida le correspondió al abrazo, hundiendo su cara en el pelo de ella, tratando de no llorar.
- Vamos – dijo él. – Te llevo al aeropuerto.
- ¿Qué? No, no quiero más despedidas – contestó ella separándose. – Sólo necesitaba darte un abrazo.
- Yo necesito más, Emma. Así que estaré contigo hasta que te subas a ese maldito avión.
- Vale – susurró ella finalmente, mientras asentía con la cabeza.
Caminaron hasta el coche y condujeron hasta el aeropuerto. El avión iba con un poco de retraso, así que se sentaron en una mesa de una de las cafeterías y pidieron la cena.
- Killian… - comenzó ella.
- No, déjame que hable – interrumpió él. – Lo siento mucho, Emma. Estas dos últimas semanas me he comportado como un auténtico gilipollas.
- Pues sí – le dio la razón ella.
- Pero no lo entendía… - continuó él. – No entendía por qué querías irte. Ahora lo veo.
- ¿En serio? – preguntó ella esperanzada.
- Tenías razón. Necesitamos este tiempo para poner todo en orden. Y cuando vuelvas… - dijo él. – Es cuando empieza la diversión – añadió con una sonrisa pícara, intentando sacarle una sonrisa a ella.
- ¿Entonces me esperarás? Yo entendería si no quisieses esperarme, es mucho tiempo… - continuó ella nerviosa.
- Siempre – le contestó él, repitiendo las palabras que ella le había dicho unas noches atrás en su habitación. – No lo dudes ni por un momento.
Emma se levantó de su silla y se sentó en su regazo, besándolo apasionadamente, haciendo que él gimiese muy bajito ante el asalto. Se separaron, ambos claramente afectados por el beso y juntaron las frentes, dándose un tiempo para recobrar el aliento.
- Cenemos – dijo él. – Después te acompañaré para que factures la maleta.
Siguieron cenando, agarrándose una mano por encima de la mano, sin ser capaces de soltarse. Finalmente, había llegado el momento.
Se pusieron a la cola para facturar, Killian con un brazo sobre sus hombros, mientras de vez en cuando le daba un beso en la sien o en el pelo. Emma se sentía como volando, no podía creer que hubieran arreglado las cosas de verdad y que él estuviera dispuesto a esperarla durante estos seis meses.
Mientras estaban esperando, se escuchó por megafonía:
- Vuelo JK765, con destino a Londres. Retrasado hasta las 2:15 a.m
- ¿Qué? – exclamó Emma mirando rápido los billetes para comprobar que fuese realmente el suyo. – No me lo puedo creer. ¿Y ahora qué hacemos?
- Esperar, Swan – contestó Killian. – Vamos a buscarnos un rinconcito para tirarnos en el suelo. Porque a casa no nos vale la pena ir.
Así que así hicieron. Encontraron un rinconcito apartado donde poder sentarse y descansar un rato.
- Killian, si te tienes que ir… Tú mañana trabajas. Deberías de descansar.
- No hay ningún sitio en el que prefiera estar que aquí contigo – respondió él mientras se sentaba en el suelo con la espalda apoyada contra una pared y abría las piernas, indicándole a Emma que se sentase entre ellas.
Emma se sentó y apoyó su espalda contra su pecho, haciendo que él le rodease la cintura con los brazos. Estuvieron así tranquilos, en silencio, sin atreverse a romper la tranquilidad del momento.
En un momento, Emma echó hacia atrás la cabeza, apoyándola en su hombro, para poder mirarlo a la cara.
- Te quiero – dijo por fin.
Él sonrió instantáneamente de oreja a oreja, mientras los ojos le brillaban al escucharla. Se inclinó hacia ella y la besó durante un largo rato, sin importarle lo incómodo de la postura.
- No sabes lo mucho que deseaba volver a escucharte decir eso – susurró contra su pelo. – Yo también te quiero, Emma.
Así continuaron, felices por un momento, hasta que la despedida final llegó.
- Nos vemos en seis meses – dijo ella, abrazándolo una última vez.
- Aquí estaré esperándote – respondió él, inclinándose para darle un último beso en los labios. – Vuelve conmigo, Swan – dijo finalmente.
Se separaron y con las lágrimas en los ojos, Emma embarcó hacia el avión, mirando una sola vez para atrás y encontrándose con la mirada apenada de Killian, y sus labios que le decían una vez más: "Te quiero, Swan".
