-AVARICIA: Snow-

Una vez le hice notar a la señorita Everdeen que yo no soy ningún despilfarrador…

Por razones obvias, uno debe medir cada uno de sus actos para poder conservar el poder que posee, ese era el motivo por el cual me desagradaba tanto despilfarrar dinero y vidas. Ambas cosas son necesarias y por eso las regule de tal forma que aseguraron mí reinado por casi 25 años. Claro que gastar un par de billetes no está de más, como tampoco lo está sacrificar la vida de 23 niños de los Distritos cada año, y también algunas vidas inservibles de gente que puede ser una molestia más adelante. Cuando me aburro de ver un rostro amenazante solamente saco mi lista y lo borro de ella, con un poco de veneno y un bello arreglo de rosas firmo tu sentencia de muerte.

A la gente del Capitolio le gusta el buen entretenimiento y tener sus estómagos bien llenos. Los Distritos son la respuesta a ese pedido tan primordial. La gloriosa competencia de los Juegos del Hambre siempre ha sido un arma de doble filo, darles la esperanza de supervivencia atreves de los vencedores a los pobladores de los Distritos es un riesgo, uno necesario, pero un riesgo al fin. ¿Quién sabe cuál sea la chispa que puede hacer explotar esta enorme nación inflamable llamada Panem? Por esa razón hay que tener a los vencedores bien vigilados, nadie sabe cuando esa esperanza que inspiran se pueda volver peligrosa.

Toda esa ostentación de armas de plata, provisiones de guerra primitivas, escenarios que son trampas mortales y cámaras hasta en el último árbol, todo eso que se ve en los juegos es pagado por los contribuyentes, los doce Distritos solo deben aportar la vida de dos jovencitos cada uno, hombre y mujer, para que luchen a muerte en una apasionante competencia. Muchos pueden decir que odian la muerte pero el ser humano es curioso, nadie puede dejar de ver el espectáculo que es un niño matando a otro a golpes.

El precio de la vida nadie está exento de pagarlo, ni siquiera los habitantes del Capitolio. ¿Tienes deshonrosas deudas? Debes pagarlas. ¿No puedes pagarlas? Entonces convertiré a tus hijos en agentes de la paz para que vivan en uno de esos infernales Distritos por el resto de su vida.

El Capitolio es mi hogar, un enorme y lujoso palacio transitado por personas de clase alta y belleza artificial. Mi laberíntica mansión es la Torre del Homenaje del Capitolio, la prueba de qué tan imponente es mi poder y cuan avasallante es mi buen gusto. Dentro de ella está mi jardín de rosas, mi obra maestra, las rosas blancas son mis favoritas, los colores son muy bellos pero nada expresa más perfección que el color blanco. Yo soy una rosa blanca, impregnado de su embriagador perfume, rodeado de antinaturales espinas venenosas que se clavan en la carne de quién intente cortarme, mostrando mi implacable perfección al mundo.

Cada hombre es lo que sus actos denotan, yo soy un asesino, no lo niego, pero soy muchas cosas más. Soy presidente, soy jardinero, soy un coleccionista de arte y también artista. Los Juegos del Hambre son una magistral obra de arte, todo lo que me rodea es magistral y, si no lo es, simplemente lo elimino.

Todo lo que eh hecho para mantener mi poder vivo, mis arcas llenas de riquezas que siguen acumulándose, mi lista de muerte que parece no tener un final. Nadie lo sabe, pero hay personas a las que mi contaminado veneno les robó su dinero, dinero que me pertenecía por derecho porque, después de todo, todo lo que está en mi Capitolio me pertenece. Grandes fortunas que arrebaté solo para tener en una bóveda de oro, ya que no hay nada más gratificante que ver pilares de dinero y cajas de plata repletas de joyas rodeado de la cegadora luz que refleja el costoso metal. No hace mal ostentar un poco de mis posesiones.

Mi perdición llegó cuando un puñado de bayas venenosas encendió una chispa que no fui capaz de apagar. Yo sabía que el filo mortal de los juegos pronto llegaría hasta mi, pero nunca imagine que hubiese un Vigilante Jefe tan estúpido cómo para admitir dos vencedores.

La señorita Katniss Everdeen, el adversario que marcó mi final pero no mi muerte, mi vida era uno de mis dones más preciados y nunca hubiese permitido que una niña tonta me la arrebatara.

Matar con veneno fue mi debilidad, mi diversión. Beber de la copa envenenada fue un error, pero el dulce y ardiente sabor del veneno pasando por mi herida garganta era demasiado tentador. Mis victimas caían, yo continuaba con vida gracias a los antídotos. Amigos y enemigos por igual, todos vivían en mi inmensa casa, estaba en todo mi derecho de despedirlos de allí cuando me viniese en gana y no encontré mejor forma que sacarlos que en ataúdes, con sus fríos cuerpos llenos de veneno.

La sangre de las llagas en mi garganta me ahogó, no me mató una flecha y tampoco una estampida humana. Mi obra destruida, mi Capitolio sucumbiendo ante los rebeldes, no hubo peor crimen que haber poblado de ignorantes a mi grandioso hogar. Creo que mi maldición sobre esas posesiones destruidas fueron las que arrastraron a Coin conmigo hacia el infierno…

Así es, yo resido en el infierno. Un residente común aquí, sin tratos preferenciales ni objetos que me sirvan de recuerdo de mi inmenso poder. Soy una perfumada rosa blanca que se achicharra lentamente en las llamas demoniacas.

Yo le dije a la señorita Everdeen que no era mi estilo despilfarrar, pero daría todas las vidas del mundo para que bajen mi bóveda de oro con mis riquezas hasta este infierno. Seguiré siendo una rosa blanca achicharrada, pero lo seré en una jaula de oro.