CAPÍTULO 15:

Como cada mañana, Emma se disponía a salir a correr por el bosque, pero justo cuando estaba a punto de salir por la puerta, su cuñada la llamó:

- ¡Emma!

Ella se dio media vuelta y se dirigió a Mary Margaret.

- ¿Qué pasa?

- No sé… Dímelo tú… - comentó ella cruzándose de hombros. – La última vez que hablamos estabas súper enamorada de Killian, según tus propias palabras, y ahora mismo me encuentro con que apenas le hablas…

- Es complicado… - respondió Emma mirando para otro lado. – Si no te importa, no quiero hablar del tema… - añadió mientras se giraba de nuevo para salir por la puerta.

- ¡Emma! – volvió a llamar ella. – Por favor, sabes que puedes confiar en mí. ¿Qué ha pasado?

- Cuando Killian se cogió hace unos meses unos días de vacaciones, vino a verme a Oxford…

- ¿En serio? No teníamos ni idea… A nosotros nos dijo que había tenido que ir a Nueva York a solucionar unos temas de la oficina, algo acerca de una campaña de publicidad importante para la empresa…

- Pues no. Vino a verme – relató Emma. – Y todo fue perfecto, hasta que dejó de serlo. Discutimos y desde esas no hemos vuelto a hablar, hasta mi regreso hace un par de semanas.

- ¿Se puede saber por qué discutisteis? – preguntó Mary Margaret con un suave tono de voz.

- Lo de siempre… - contestó ella con un tono de voz, notando como los ojos se comenzaban a llenar de lágrimas. – En fin… no pudo ser – añadió con la voz entrecortada.

- Emma… - comenzó su cuñada tratando de acercarse a ella, provocando que la chica hiciese lo que hacía siempre cuando se sentía vulnerable: levantar sus muros y escapar.

- Estoy bien – dijo sorbiéndose la nariz y haciéndose la fuerte. – Ahora voy a salir a correr, ¿vale? Te veo luego – se despidió rápidamente, mientras salía por la puerta sin mirar atrás.

Emma corría cada vez más y más deprisa, tratando de no pensar en nada, hasta el punto de que casi le costaba respirar. La conversación con Mary Margaret no le había sentado nada bien. Dio un par de vueltas caminando por el bosque, para descansar un poco y recobrar el aliento, hasta que decidió que era hora de volver a casa.

Cuando estaba llegando, se dio cuenta de que se había olvidado las llaves, así que se dispuso a tocar el timbre. Nadie atendió.

- Mierda… -dijo por lo bajo.

No había nadie en casa. En ese momento recordó que sus hermanos y Mary Margaret iban a ir al pueblo de al lado a ver al señor y la señora Blanchard, y que no volverían hasta la noche. ¿Qué iba a hacer ella? Su teléfono móvil también estaba dentro de la casa, así que tampoco podía avisarlos.

Decidió probar por la puerta de atrás, para ver si por un milagro, había quedado abierta, pero nada, también estaba cerrada. Se había quedado fuera sin llaves, sin dinero y sin teléfono móvil. ¡Estupendo! Después de un rato maldiciendo por lo bajo lo tonta y descuidada que había sido, decidió que iba a hacer lo único que podía, aunque no le apetecía lo más mínimo. Pedir asilo en casa de Killian.

Fue caminando lentamente hasta la casa de él y cuando ya estaba justo enfrente de su portal, tomó aire y se decidió a timbrar.

- ¿Sí? ¿Quién es? – se escuchó su voz por el portero automático.

- Soy Emma. ¿Puedo pasar?

No se escuchó respuesta a la pregunta, sólo el sonido de la puerta al abrirse. Emma entró y cerró tras de sí, corriendo escaleras arriba hasta llegar al segundo piso, donde vivía Killian. La puerta del apartamento ya estaba abierta para que pudiera pasar y así hizo.

Killian estaba de pie en el salón, sin duda extrañado por la inesperada visita. Sus ojos aún se abrieron más de la sorpresa al ver el atuendo de Emma.

- Siento presentarme así aquí y tan temprano… - comenzó ella nerviosa también. – Pero he salido a correr y cuando he vuelto a casa, me he dado cuenta de que no traía las llaves encima y en casa no hay nadie. Se han ido a ver a los padres de Mary Margaret – siguió hablando atropelladamente. – No quiero molestar, pero no sabía dónde ir… ya que ellos no van a llegar hasta la noche…

- Emma – la paró Killian. – Está todo bien. Sabes que puedes venir aquí siempre que quieras.

Ella sonrió tímidamente y automáticamente se tranquilizó.

- No quiero abusar – volvió a hablar ella. – Pero… ¿me puedo pegar una ducha? ¡Apesto! – añadió soltando una risa, mientras arrugaba la nariz.

- Eso está hecho, amor – respondió él riéndose también. – Pasa por aquí – dijo dirigiéndola hacia la habitación. – Te daré algo de ropa limpia y un par de toallas.

De uno de los cajones sacó unos leggings de color negro, claramente pertenecientes a una mujer y rascándose nervioso el cuello, la miró.

- Son de Tink, pero supongo que te quedaran mejor que unos pantalones míos…

- Claro – respondió ella cogiéndolos con una sonrisa. – Está perfecto – añadió como quitándole importancia al asunto.

- Y ten, una camiseta mía – dijo entregándole una camiseta blanca de manga corta. – Y las toallas.

- Gracias… Bueno, voy al baño.

Killian no podía creer su suerte. Iba a tener la oportunidad de pasar el día con Emma, o al menos un rato. Comenzó a pasearse por el salón inquieto, tratando de pensar cómo hablar con ella, cómo dejar claro que él todavía no se había rendido sin provocar que ella saliese corriendo asustada. Después de un rato, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Emma salió del baño vestida con la ropa que le había dado y con el pelo mojado. Al verla con su camiseta, el corazón le dio un vuelco en el pecho y comenzó a recordar los días que habían pasado juntos en Los Ángeles y en Oxford y no pudo evitar sonreír.

- ¿Qué pasa? – preguntó ella. - ¿Por qué me miras así?

- Nada – respondió él meneando la cabeza. – Es sólo que estás preciosa incluso cuando sales de la ducha.

- Seguro – dijo ella resoplando, mientras se secaba un poco más el pelo con una de las toallas.

- Siempre te ha sentado bien mi ropa – añadió él en tono juguetón, levantando las cejas.

- ¿Y la de Tink? ¿Qué tal me queda? – preguntó ella desafiante.

Killian casi se atraganta con el comentario. Fue como si le echaran un cubo de agua helada por encima.

- Lo siento – añadió rápidamente Emma, con cara avergonzada. – Ha estado fuera de lugar.

- No pasa nada… - dijo él restándole importancia, aunque realmente el comentario le había dolido. Sin embargo, conocía perfectamente a Emma y sabía que toda esta fachada era un mecanismo de defensa.

Emma volvió hacia el baño y con toda la confianza del mundo cogió del armario el bote de desodorante de Killian y se lo echó. Él no pudo evitar maravillarse con lo doméstico de la situación. En su cabeza podía imaginarse perfectamente un futuro en el que esto fuera una situación cotidiana: Emma y él viviendo juntos, repartiéndose las tareas de la casa, haciendo la compra juntos, peleándose por el último trozo de pizza mientras veían una película acurrucados en el sofá… Sólo tenía que conseguir que ella le diese otra oportunidad. Y para eso, primero tenía que hacerle entender por qué le había pedido un tiempo en Oxford. Tenía que ser sincero.

- Lista – dijo ella, terminando de peinar y desenredarse el pelo. - ¿Dónde dejo las toallas?

- Ahí mismo – dijo él señalando un perchero de detrás de la puerta. - ¿Tienes hambre? ¿Has desayunado?

- Pues la verdad es que me muero de hambre… - dijo ella tocándose la barriga. – He salido muy temprano a correr y apenas me ha dado tiempo a comer nada.

- No hay problema, amor – dijo él yendo hacia la cocina rápidamente. – Siéntate a la mesa y en un momento preparo algo.

- Te ayudaré – dijo ella acompañándolo.

Killian cogió todo lo que hacía falta y comenzó a hacer la mezcla para las tortitas, mientras Emma exprimía unas naranjas. De reojo, la miraba y de vez en cuando, también notaba los ojos de ella sobre él. Tenía la esperanza de que ella estuviese sintiendo lo mismo.

Emma terminó de hacer los zumos y se giró para dejar las dos copas encima de la mesa. Después volvió a la cocina, y agarró la cintura de Killian, apartándolo suavemente, haciendo que éste notase un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral.

- ¿Me dejas pasar? Voy a coger cubiertos – dijo ella suavemente.

- Claro – respondió él escuetamente, mientras se apartaba.

Cuando estuvo todo listo, se sentaron a la mesa a comer, hablando brevemente de temas sin importancia, tratando de hacer la situación lo menos incómoda posible.

- Estoy llenísima – dijo Emma echándose hacia atrás en la silla. – Estaba todo muy rico.

- Me alegro que te haya gustado – respondió él con una sonrisa de oreja a oreja.

- Menos mal que por la mañana he quemado calorías… - comentó ella riéndose.

- Y podrías quemar muchas más si tú quisieras – contestó él con una sonrisita traviesa.

Emma meneó la cabeza y comenzó a reírse también por lo bajo.

- Eres tremendo – dijo meneando la cabeza. – La cara de tonto que se te iba a quedar si llego a aceptar tu propuesta indecente – le siguió ella el juego.

- Puedes probar y ver – dijo él pasándose la lengua por su labio inferior.

A ella no le pasó desapercibido el movimiento, pero se aclaró la garganta, tratando de disimular, mientras bebía un poco de zumo.

- ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó ella cambiando de tema.

- Yo ya te he dado ideas – respondió él riéndose a carcajadas. – Swan, es que las dejas a huevo…

- Eres asqueroso… Siempre pensando en lo mismo… - replicó ella fingiendo indignación, dándole una pequeña palmada de reprimenda en la parte posterior de la cabeza.

- ¡Anda! Vamos a ver una película o algo en la televisión – dijo él levantándose y tirando de su brazo para levantarla a ella también de la silla.

El tirón hizo que Emma chocase contra su pecho, agarrándose inconscientemente a sus hombros para estabilizarse. Ambos aguantaron la respiración, mientras se miraban a los ojos, luego a los labios, luego otra vez a los ojos.

- Eh…sí…vamos – dijo Emma poniéndose el pelo detrás de las orejas, nerviosa, tratando de disimular para que no lo pareciera.

Cuando llevaban un rato viendo un capítulo de una de sus series favoritas, Killian le dio al botón de pausa y se dirigió finalmente a ella. Había decidido que era hora de coger el toro por los cuernos.

- Tenemos que hablar – comenzó. – No podemos seguir así.

- Killian… - protestó ella. – No empecemos otra vez. ¿No podemos pasar una tarde tranquila como amigos?

- Swan, yo no sé cómo ser tu amigo… No "puedo" ser tu amigo…

- Antes éramos amigos – dijo ella desafiante.

- Eso fue antes de que me enamorara de ti… - respondió él muy sincero.

- Está bien – suspiró ella. - ¿De qué quieres hablar?

- Quiero explicarte por qué me eché atrás en Oxford…

- Entonces lo reconoces – afirmó ella, subiendo los pies al sofá y juntando las rodillas contra el pecho, un poco a la defensiva.

- Lo reconozco – dijo él.

- Te escucho.

- Lo primero que quiero que sepas es que lo que siento por ti es totalmente real. Pero sí que es cierto que hay algo que siempre me acaba tirando para atrás…

- David – dijo ella con cara de pena.

- Tú sabes mi historia – siguió él. – No tengo familia, ha sido así durante mucho tiempo, desde que Liam murió. Tu hermano es lo único que he tenido todo este tiempo. Un amigo incondicional. Una especie de hermano. Siempre a mi lado, en los buenos y en los malos momentos.

- ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

- Lo que estoy haciendo no está bien. Me he enamorado de la hermana pequeña de mi mejor amigo.

- No has matado a nadie, Killian…

- Ya lo sé. Pero me he acostado contigo, hemos tenido una relación…y todo a espaldas de David.

- ¿Pero entonces por qué no contárselo si es lo que te está atormentando?- preguntó ella.

- Porque tengo miedo – respondió él con un hilito de voz. – Como te he dicho, David es lo único que he tenido durante mucho tiempo. Mi familia. Si le contaba lo nuestro, lo perdería para siempre. ¿Y qué pasaría si tú finalmente me dejabas por otro? Me quedaría solo, Swan.

- Entonces yo tenía razón – respondió ella con los ojos llenos de lágrimas. – No crees que lo que yo siento por ti sea real. No confías en mí – añadió mordiéndose el labio inferior, aguantando las ganas de romper a llorar.

- ¿Por qué habrías de quererme? Tú estás empezando tu camino, tienes que ir a la Universidad y vivir la experiencia como te mereces, igual que tu hermano y yo hicimos en su día. Yo no podía quitarte eso, Emma.

- ¡Y no ibas a quitármelo, Killian! – exclamó ella alzando la voz. – Podríamos tener las dos cosas. ¿Cuántas parejas tienen que estar un tiempo separados por temas de trabajo o por otros motivos? Yo nunca te dejaría tirado, Killian… - susurró ella agarrándole una mano.

- Lo siento mucho – dijo él juntando su frente a la de ella.

Después de unos minutos en los que se escuchaban sus respiraciones, Killian volvió a hablar:

- Dame otra oportunidad.

- Killian… - comenzó Emma a protestar.

- Ya no tengo miedo, amor. Ya no – susurró él mientras le acariciaba la mejilla con una mano. – Estoy listo para enfrentarme a todos y a todo. El otro día, cuando te llevé a casa después de la fiesta, no me dejaste decírtelo… pero yo te quiero – dijo mirándola a los ojos, tratando de ver en ellos si Emma sentía lo mismo.

- Y yo a ti también – susurró ella comenzando a llorar. – Nunca he querido a nadie así, y me partiste el corazón, Killian – continuó llorando.

Él no pudo aguantarse más, y la abrazó con todas sus fuerzas contra su pecho, dejándola que llorase y se desahogase en su hombro, sin poder evitar que se le escapase también a él alguna que otra lagrimita.

Cuando ella por fin, se serenó, juntaron de nuevo las frentes y sin poder aguantarse más las ganas, Emma se acercó a él y lo besó. Killian soltó todo el aire que había estado aguantando y le agarró la cara, para evitar que ella se apartase y así poder alargar el beso. Llevaba cinco meses sin besarla y ahora no quería perder ni un segundo.

Emma posó una mano en su mejilla, acariciándolo, disfrutando del roce de la barba contra su palma, mientras profundizaba el beso. Cuando ya se tuvieron que separar por pura necesidad, para coger aire, se quedaron mirando el uno al otro hasta que Emma habló.

- En seis días cumplo dieciocho años – susurró.

- Seis días, once horas y… - añadió mirando el reloj. – Veinte minutos. No me he olvidado, amor – dijo sonriendo mientras se acercaba para darle otro beso, que ella correspondió con gusto.

Se acurrucaron en el sofá y continuaron viendo la televisión en absoluto silencio, pero sin perder el contacto ni un solo momento. Era como si tuviesen miedo de que el otro se fuese a desvanecer si se soltaban.

- El día de tu cumpleaños, hablaré con tu hermano.

- Hablaremos – lo corrigió Emma, frunciendo el ceño.

- Primero hablaré yo con él, amor – repitió Killian. – Se lo debo. Tengo que explicarle todo.

Emma por fin, ahora sí comprendía la situación, así que asintió con la cabeza.

- Por esta vez te daré la razón – masculló por lo bajo, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Killian. – Pero no te acostumbres.

- No se me ocurriría tal cosa – replicó él pinchándole con un dedo las costillas. – Ambos sabemos quién lleva los pantalones en esta relación – añadió comenzando a reírse. – Y no, no soy yo.

- Está bien que lo tengas claro – dijo ella, dándole un beso en la mejilla, mientras le rodeaba la cintura con un brazo.

- Mmmm – gimió él, enterrando la cara en su cabello. – No te puedes imaginar cuánto te echaba de menos.

- Me hago una idea – contestó ella.

De repente, Emma levantó la cabeza y lo miró muy seria.

- Yo también tengo algo que contarte y por lo que pedirte perdón.

- Amor, lo que haya pasado en Oxford, se queda en Oxford. Yo de verdad que prefiero no saberlo – dijo él rápidamente temiendo lo que Emma le iba a contar. – Vivo perfectamente feliz en la ignorancia.

- ¿Quieres dejarme hablar, tonto? – dijo ella dándole un manotazo en el pecho.

- ¡Ouch! – protestó él. – Está bien, está bien, habla – dijo levantando las manos en señal de rendición.

- Te mentí – confesó ella avergonzada.

- ¿En qué?

- Cuando te dije que me había acostado con August – continuó ella sin ser capaz de mirarlo a la cara. – Sé que fue una chiquillada, pero quería hacerte daño. Quería que pensaras que había pasado página.

- ¿Entonces no pasó nada con él?

- Cuando se enteró de que habíamos roto, él me confesó que yo le gustaba y salimos un par de veces. En nuestra segunda cita… - comenzó nerviosa. – Nos dimos un par de besos, pero enseguida noté que eso no estaba bien y no pude seguir. Él se portó como un perfecto caballero y decidimos que era mejor seguir siendo amigos y nada más.

- Me alegro que me lo hayas contado, amor – dijo él retirándole el pelo de la cara.

- ¿No te enfadas?

- No – respondió él con toda tranquilidad. - Borrón y cuenta nueva.

- Creo que podré hacerlo – sonrió ella, pasándole la mano por detrás del cuello y tirando de él para obligarlo a que se juntara a ella.

Al mismo tiempo, ella se echaba hacia atrás en el sofá, con la plena intención de que él se colocase encima. Sin embargo, Killian al ver el camino que estaban tomando las cosas, se separó suavemente de ella y se incorporó.

- No así, Swan – dijo él agarrándole la mano. – Vamos a hacer las cosas bien. Esperemos hasta hablar con tu hermano para continuar con esto.

- Bfff… -resopló ella poniéndose recta en el sofá. – Está bien – cedió. – Pero si me muero de una combustión espontánea, será tu culpa – bromeó mientras comenzaba a reírse.

- Me arriesgaré – contestó él. – Pero hagamos esto bien – repitió muy convencido.

Y así, de la forma más inesperada posible, ambos habían arreglado las cosas, habiendo prometido que en menos de una semana tomarían el paso definitivo en su relación, le pesase a quien le pesase. Emma no podía evitar notar los nervios arremolinados en su estómago, pero estaba lista. Su vida con Killian estaba a punto de comenzar y ella no podía estar más preparada para ello.