CAPÍTULO 17:
Había llegado el día. Hoy, después de mucha espera y mucho nerviosismo, era el día de su cumpleaños. Por un momento, Emma barajó la posibilidad de no levantarse de la cama y hacerse la enferma todo el día, para no tener que enfrentar a su hermano, pero sabía que eso era lo que comúnmente se llamaba ser una cobarde, así que cogió aire, sacó valor de donde pudo y se levantó de la cama, con disposición. Hoy era el día.
Killian le había dicho que saldría con David a comer por ahí y a hacer algún plan de amigos, y que en ese momento, se lo contaría todo. Emma se había reído amargamente, diciéndole que era una idea inteligente contárselo en público, ya que así evitaría salir de la conversación con la nariz rota.
Bajó al salón y allí estaba sentada Mary Margaret viendo las noticias mientras terminaba de tomarse su desayuno.
- ¡Emma! – exclamó ésta en cuanto la escuchó bajar las escaleras. - ¡Feliz cumpleaños, cariño! – añadió con una sonrisa de oreja a oreja mientras se acercaba para darle un gran abrazo y un beso en la mejilla.
- Gracias – dijo ella correspondiendo con gusto el abrazo.
Cada vez que abrazaba a su cuñada, sentía una mezcla de sentimientos. Ella era lo más parecido a una madre que tenía, siempre preocupándose por ella, incluso desde antes de que sus padres murieran. Cuando la abrazaba se sentía bien, tranquila, como cuando su madre Ruth la calmaba cuando lloraba con un peculiar beso en la punta de la nariz y una taza de cacao con nata y canela, pero a la vez triste, por hacerle recordar algo que, por desgracia, ya no tenía.
Se separó y Mary Margaret notó de inmediato el cambio de actitud de Emma.
- ¿Qué pasa, cariño?- preguntó con tono maternal.
- Nada… - dijo ella secándose el par de lágrimas que habían escapado de los ojos. – Es sólo que en días como éste, todavía echo más de menos a papá y a mamá.
- Ya lo sé… - susurró ella. – Ellos te adoraban. Eras la niña de sus ojos. Pocas veces vi tan contenta a Ruth como cuando te trajeron a casa definitivamente.
Emma sonrió. David le había contado la historia cien mil veces, aunque no hacía falta. Emma recordaba ese día perfectamente. Tenía seis años cuando la pusieron en la familia de acogida de los Nolan. Al principio le costó mucho abrirse, porque tenía miedo de cogerles cariño y que después la separasen de ellos, pero poco a poco, la niña se había ido abriendo, hasta que tanto Ruth como su marido James no pudieron desprenderse de ella y decidieron llevar a cabo todo el papeleo para adoptarla definitivamente. Emma recordaba a la perfección el día que se lo dijeron, después de llevar casi un año viviendo con ellos en acogida. Sus padres la habían llevado a su habitación para hablar con ella a solas y ella, pensando que le iban a decir que se tenía que marchar, había empezado a llorar desconsoladamente.
- Me portaré bien, lo prometo – había dicho entre sollozos. – Pero no me quiero ir. Por favor.
Ruth enseguida la había cogido en sus brazos, apretándola contra su pecho.
- Eres mi niña, Emma. No te irás nunca de mi lado – le había susurrado con la voz entrecortada en la oreja, mientras la balanceaba suavemente hasta que la niña había dejado de llorar.
No había mentido. Los nueve años siguientes fueron maravillosos, pero al final, sin poder evitarlo, su querida madre se había ido.
Emma tragó saliva, sonriendo ante el recuerdo.
- ¿Y David?
- En el jardín – respondió ella. – Está en la piscina con Henry.
Se dirigió hacia la puerta que comunicaba el jardín con la cocina y enseguida escuchó risas de niño, pertenecientes a Henry, que estaba disfrutando de una batalla de agua con su hermano pequeño.
En cuanto la vieron aparecer de reojo, ambos se miraron el uno al otro, poniendo sendas sonrisas malévolas en la cara mientras se acercaban peligrosamente a ella, David con globos de agua y Henry con la manguera echando agua a toda presión.
- Ni se os ocurra… - advirtió Emma levantando el dedo índice.
Sus amenazas no surtieron efecto y ambos la atacaron con todas sus armas, hasta que finalmente David la tomó en brazos y la tiró al congelada agua de la piscina, mientras ambos y Mary Margaret, que se había unido a ellos, comenzaban a reírse a carcajadas.
Emma no pudo evitarlo y también comenzó a reírse, nadando hacia la escalera para continuar la guerrilla con sus hermanos. Cuando ya todos habían pasado varias veces por la piscina, los dos se acercaron a Emma y la rodearon con sus brazos.
- Felices dieciocho, hermanita – dijo David dándole un beso en la sien.
- ¡Feliz cumple, Emma! – exclamó Henry mirándola con sus enormes ojos castaños.
- Gracias chicos – respondió ella, dándole primero un beso en la mejilla a David y otro en la cabeza a Henry. – Sois los mejores.
Cuando se acercaba el mediodía, David se levantó de la tumbona y anunció que se marchaba, que había quedado a comer con Killian. Su estómago dio un vuelco al escuchar su nombre.
- ¿Estás bien? – preguntó Mary Margaret, preocupada.
- Killian se lo va a contar – respondió Emma, temblorosa.
- Todo irá bien – dijo su cuñada con seguridad.
- Se va a enfadar – replicó Emma. – Lo sabes.
- Sí, tienes razón – contestó ella. – Se enfadará. Y mucho. Pero al final del día, se va a dar cuenta de que Killian es su mejor amigo y eso va a prevalecer sobre lo demás.
- ¿Tú crees? Mi hermano es muy terco cuando quiere.
- Pero también os adora a Killian y a ti, y se dará cuenta de que ningún chico te podría tratar mejor que él. Killian es de la familia.
- Espero que tengas razón… - susurró ella.
Killian estaba esperando a que David tocara el timbre anunciando que estaba ya abajo esperando por él. Nunca había estado tan nervioso en su vida. Era un momento clave. Tenía que contarle a su mejor amigo que estaba enamorado de su hermana pequeña, y no solo eso, sino que tenía que confesarle que llevaban una temporada ya grande teniendo una relación con ella. Diez meses y medio para ser exactos. ¡Cómo había pasado el tiempo!
Recordaba con ternura el primer día que se habían besado bajo la lluvia, casi de película. O la primera vez que habían hecho el amor en Los Ángeles después de que ambos hubiesen confesado que estaban locos el uno por el otro.
También habían tenido momentos agridulces, como la despedida de Emma en el aeropuerto y momentos realmente malos, como cuando rompieron su relación entre lágrimas y gritos en Oxford. Ése día pensó que la había perdido de verdad. Sin embargo, aquí estaban. A punto de hacer completamente oficial su relación.
Se escuchó el timbre y Killian dio un pequeño respingo, sobresaltado. Cogió la chaqueta y se acercó al telefonillo, para decirle a David que ya bajaba.
Condujeron en el coche de Killian hasta la mejor pizzería de Storybrooke, la favorita de ambos y se sentaron en una de las mesas a esperar a que el camarero llegase para tomar nota de lo que querían.
- ¿Estás bien? – preguntó David, sospechando que algo estaba pasando.
- Sí, claro – contestó él fingiendo una sonrisa.
- ¿Seguro? Te noto nervioso. ¿Quieres contarme algo?
- Eh…
- ¿Has conocido a alguien? – interrumpió con una sonrisa.
Afortunadamente para Killian, el camarero llegó justo en ese momento, dándole la excusa perfecta para cambiar de tema. Una vez les tomó nota, David lo señaló con el dedo índice.
- No creas que no sé lo que estás haciendo, amigo – comenzó. – Lo dejaré pasar y voy a hacer como que no me acabo de dar cuenta de tu cambio de tema tan repentino, pero no soy tonto. Y en algún momento me vas a tener que hablar de ella.
Killian sonrió para sí, de forma amarga. ¡Menuda sorpresa se iba a llevar David cuando le dijera de quién se trataba!
Después de comer, comenzaron a caminar sin un rumbo fijo, aunque Killian sabía exactamente a donde lo quería llevar. Llegaron al pequeño parque infantil abandonado que había justo al lado de una de las playas.
- ¿Sabes dónde estamos? – preguntó Killian mirando hacia el viejo tobogán.
- Claro – respondió David con una carcajada. – Aquí nos conocimos, el verano que te mudaste a Storybrooke. Te empujé desde arriba del tobogán y te partiste un brazo.
- ¡Eh! – protestó Killian, dándole un pequeño empujón a su amigo. – ¡No te rías! Gracias a ti, puedo predecir el tiempo con el codo. Si duele, se avecina tormenta.
David siguió riéndose.
- Ahora en serio, Killian – comenzó David. - ¿Por qué me traes aquí?
- Tengo algo que contarte – empezó nervioso Killian.
- ¿Es éste el momento en el que me dices que eres gay y que has estado todos estos años enamorado de mí en secreto? – bromeó David. – Porque me sentiría halagado, pero soy un hombre casado, Killian – añadió llevándose una mano al pecho, fingiendo estar escandalizado ante la idea.
Killian soltó una risotada por lo bajo, y comenzó a hablar.
- Es verdad. Estoy enamorado – confirmó él. – Pero obviamente, no de ti.
- ¡Lo sabía! – exclamó David. - ¿Quién es?
Killian apretó la mandíbula, tratando de juntar el valor para por fin decir el nombre.
- ¡Venga! A mí puedes decírmelo. Prometo guardar el secreto si todavía estáis en esa fase – dijo poniendo su mano de nuevo encima del corazón, de forma teatrera, a modo de juramento.
- Emma – dijo él finalmente.
- ¿Emma? – preguntó David frunciendo el ceño. - ¿Qué Emma? ¿La conozco?
- Emma – repitió Killian, mirando a su amigo a los ojos, dándole a entender con la mirada, todo lo que con palabras no era capaz de decir.
David se quedó callado, procesando toda la información, hasta que se volteó, llevándose las manos a la cabeza. Después de unos segundos, volvió a mirar para Killian.
- Dime que no estamos hablando de mi hermana pequeña.
- Lo siento – respondió.
- ¡Joder, Killian! – gritó David. - ¡Es una niña! ¡Cómo te acerques a ella te mato!
- David, por favor, escúchame – pidió él. – La quiero y ella también me quiere a mí.
- ¿Cómo? – preguntó poniéndose rojo de rabia. - ¿Pero te estás escuchando?
- ¿Te crees que no he pensado lo mismo que tú miles de veces? – gritó Killian también. – Pero no pude evitarlo. Lo intenté, pero no pude evitarlo. Me enamoré de ella.
- ¡Pues debiste intentarlo más fuerte! – gritó David, acercándose con gesto amenazador. - ¿Hace cuánto que me estáis ocultando esto?
- Eso no importa, David…
- ¿Cuánto? – bramó él, su voz resonando como un trueno.
- Diez meses – dijo Killian en un susurro.
- Dios mío… - susurró David también, echándose las manos a la cabeza de nuevo. – Ahora me cuadran tantas cosas. Todas vuestras risitas, vuestras conversaciones secretas, lo nerviosa que estaba Emma a tu alrededor… ¡Os habéis estado riendo de mí durante todo este tiempo! – gritó.
- Quisimos contártelo antes – continuó Killian, tratando de hacerlo entrar en razón.
- ¿Y por qué no lo hicisteis?
- No sabíamos cómo.
- ¡No me puedo creer que me hagas esto! ¡A mí! ¡Tu mejor amigo! – gritó agarrándolo del cuello de la camisa. - ¡Es mi hermana pequeña! ¿Cómo pudiste ponerle las manos encima? – bramó antes de descargar toda la rabia y darle un puñetazo en la cara a Killian, que no se lo esperaba y cayó de espaldas en la arena.
David enseguida se echó encima de él, mientras Killian forcejeaba y se defendía, evitando que David le dejara la cara echa un cromo.
- ¡Mereces que te mate!
- ¡Para ya, David! ¡O juro por Dios que me defenderé! – chilló Killian, empujando a David para que se sacara de encima.
Su amigo hizo oídos sordos y siguió golpeándolo, hasta que ambos se vieron enzarzados en una pelea. Cuando ya llevaban así unos minutos y ambos estaban doloridos y agotados, David se separó con lágrimas en los ojos y comenzó a caminar hacia el lugar donde habían dejado el coche. Killian lo siguió sin decir nada.
Se metieron en el coche y condujeron hasta la casa de David en absoluto silencio. En cuanto aparcaron, Emma y Mary Margaret salieron a la puerta al escuchar el coche, llevándose las manos a la boca al ver el estado en el que llegaban los dos. Killian tenía una ceja y un labio partido y el pómulo derecho estaba muy colorado. David tenía un ojo que se estaba comenzando a hinchar y el labio también partido, con la sangre reseca en la comisura.
- ¡Emma! ¡Métete en casa! – gritó David con aspecto duro.
- David, tienes que escucharme – pidió Emma. – Por favor.
- ¡He dicho que te metas en casa! – volvió a gritar con todas sus fuerzas. - ¡Y tú, lárgate! - dijo dirigiéndose a Killian.
- ¡No! – gritó Emma. – ¡Ahora voy a hablar yo! ¡Y tú quédate justo donde estás! – le gritó a Killian.
Se puso enfrente de David y comenzó a hablar, o más bien a gritar.
- ¿Quién te crees que eres para ponerte así? ¡Tú no tienes el poder para manejar mi vida! ¡Tú no decides con quién puedo o no puedo estar!
- Pues yo creo que sí. Soy tu tutor – dijo David cruzándose de hombros.
- ¡Ya no! – chilló Emma comenzando a llorar. - ¡Tengo dieciocho años ya! Y si no haces las paces con Killian, me iré de casa con él.
- No te atreverás – la retó él.
- No quieres probar, David – respondió ella con el mismo tono desafiante. - ¿Cómo puedes no entenderlo? Estoy enamorada de él.
- ¿Qué sabréis vosotros de estar enamorados? Los dos sabéis que esto está mal. Si fuera de otra manera, me lo habríais contado mucho antes.
- ¿Para qué? ¿Para que pudieras partirle la cara a Killian mucho antes? ¿Sabes por qué no te contamos nada? Porque sabíamos que ibas a reaccionar justo así. ¡Como el hombre de las cavernas que eres! – gritó pinchando a su hermano mayor con el dedo índice en el pecho.
- Emma… - comenzó Killian tratando de poner algo de orden.
- ¡Tú te callas! – gritó Emma en su dirección, roja de rabia. – Esto ahora mismo no va contigo. No lo entiendes, ¿verdad? – preguntó con la voz temblorosa, dirigiéndose de nuevo a David. – Él me quiere. Por primera vez me siento querida y deseada por alguien.
- ¿Cómo puedes decir eso? En esta casa todos te queremos – respondió David frunciendo el ceño.
- No es lo mismo, Dave – susurró ella. – Vosotros sois mis hermanos. Tenéis que quererme pase lo que pase, igual que yo os quiero a vosotros. Killian es la primera persona en mi vida, después de mamá y papá que me hace sentir así… - explicó poniendo una mano en el pecho. -Por primera vez, alguien me elige a mí por encima de todo – añadió mientras se sorbía la nariz y las lágrimas caían sin parar por sus mejillas. – Él lo es todo para mí. Sé que puede sonar cursi o exagerado, pero es el amor de mi vida – siguió con la voz entrecortado. – Por favor, no me hagas escoger – concluyó mientras se quedaba mirando para David, soltando un fuerte sollozo.
David, terco como él era, siguió en silencio, incapaz de dar una palabra. Objetivamente, sabía que estaba exagerando con su reacción, pero estaba muy dolido. Sobre todo por la mentira y el ocultamiento durante todo este tiempo.
- Supongo que está todo dicho – susurró Emma, mientras cogía la cazadora y se la ponía, dirigiéndose al mismo tiempo hacia la puerta, donde estaba Killian apoyado, con lágrimas en los ojos, sin duda causadas por la confesión de Emma. – Vámonos, Killian – dijo.
- ¡Te prohíbo que te vayas! – gritó David yendo hacia la puerta también, hasta que Mary Margaret lo agarró de un brazo para impedírselo.
- ¡No puedes prohibirme nada! ¡Ya te he dicho que soy ya mayor de edad y no eres mi padre!– respondió ella también con un grito. - ¡Es mi vida y yo elijo como vivirla! En el momento que decidas sacar la cabeza de tu propio culo y dejar de pensar en ti, para pensar un poco en cómo nos sentimos los demás, ya sabes dónde encontrarnos – dijo agarrando a Killian por la mano y saliendo de la casa por fin.
David seguía llamándola a gritos desde la puerta, pero ella ni siquiera se giró a mirarlo. Caminó de la mano de Killian hasta el coche, donde sin aguantar más, comenzó a llorar desconsoladamente, sin que éste pudiera hacer nada por calmarla.
- Emma, lo siento mucho – dijo él.
Ella negó con la cabeza y le agarró la mano.
- No lo sientas. Estamos juntos y eso es lo que cuenta – dijo dándole un beso en la mano.
Condujeron hasta el apartamento de Killian. Éste abrió la puerta con la llave y dejó caer la cazadora en el suelo de la entrada, sin fuerzas ni siquiera para colgarla en el perchero. Emma hizo lo mismo y después caminó hasta el baño, donde comenzó a buscar y sacar cosas de los armarios.
- Siéntate – le ordenó con voz firme, pero suave al mismo tiempo. – Tenemos que hacerte las curas.
Killian le hizo caso y sentó en el sofá, mientras que ella quedaba de pie, mojando un par de algodones en alcohol para desinfectar.
- Te va a escocer un poco – advirtió ella antes de aplicárselo en la herida.
Él soltó un pequeño quejido entre dientes, haciendo que Emma automáticamente le soplase en la herida para aliviarlo lo máximo posible.
- Te voy a poner unas tiritas de aproximación en la ceja y si mañana no lo tienes mejor, iremos al hospital a que te den un par de puntos – dijo ella inspeccionando la herida con concentración.
- Lo que tú digas, amor – contestó él con una sonrisa.
Y ahora vamos a ponerle algo de hielo a ese pómulo, antes de que se te hinche la cara como una pelota – añadió mientras se dirigía al congelador para sacar una bolsa de guisantes congelados. – Esto valdrá.
Se sentó a su lado en el sofá y lo ayudó a sujetar la bolsa contra su cara. Cuando ya llevaban así unos minutos, en completo silencio, Killian se decidió a hablar.
- Todo lo que le dijiste hoy a David acerca de mí… ¿De verdad te sientes así? – preguntó.
- Como me vuelvas a preguntar una tontería como ésa, juro que te pondré el otro pómulo igual que éste – contestó ella enfadada. – Parece mentira… con todo lo que hemos pasado… - masculló por lo bajo.
Killian soltó una risotada y le pasó un brazo por encima de los hombros, obligándola a apoyar la cabeza en su hombro, acercándose para darle un beso en la frente.
- Te escogería cien mil veces – dijo contra su sien.
- Bien… - respondió ella girando la cabeza y besándole el pecho.
- Yo también te quiero, Emma – añadió.
Emma sonrió y lo besó en los labios, haciendo que él se separara soltando un quejido y llevándose la mano a la herida que tenía en ellos.
- Lo siento, lo siento, lo siento – dijo ella apresuradamente, poniendo una sonrisa culpable. – No me di cuenta.
- Valió la pena, amor – respondió él guiñando un ojo.
Después de unos segundos en los que sólo se escuchaban sus respiraciones, Killian suspiró.
- Con la de planes que tenía yo para esta noche… y estoy como si me hubieran dado una paliza…
- Te la han dado, Killian –afirmó ella, resabida.
- Bueno, él también tuvo lo suyo… - respondió frunciendo el ceño, aunque en el fondo toda la situación lo estaba machacando por dentro. - ¿Crees que alguna vez me perdonará? – preguntó él angustiado.
- Lo hará – respondió ella. – Sólo tenemos que darle algo de tiempo.
- ¿Cómo estás tan segura?
En ese momento, se le vino a la cabeza la conversación que había tenido a la mañana con su cuñada, y supo que todo iría bien.
- Porque te quiere. Igual o más que yo – dijo. – Lo cual no sé si debería de hacer que me preocupase – añadió tratando de animar un poco a su chico.
- Oh, no estés celosa, amor – respondió él con ojos brillosos. – Eres la única para mí.
- Más te vale, Jones, más te vale.
Cuando se fueron a la cama esa noche, ambos estaban exhaustos, sobre todo emocionalmente. Así que todos esos planes que ambos tenían para celebrar el dieciocho cumpleaños de Emma, tuvieron que ser aplazados para otro momento. No importaba, lo importante era que por fin, después de mucho luchar, estaban juntos.
