CAPÍTULO 18:

Emma no paraba de dar vueltas en la cama, incapaz de dormir después de todo lo que había pasado. El corazón todavía le latía a cien por hora cada vez que recordaba la fuerte discusión que había tenido con su hermano mayor. Sabía que había hecho lo correcto, que había tomado la mejor decisión posible, ya que ella quería seguir adelante con lo que tenía con Killian, pero el hecho de estar peleado con la segunda persona más importante de su vida, hacía que se le revolviese el estómago.

A su lado, Killian respiraba profundamente. Se había quedado dormido hacía un rato después de muchas vueltas y mucha inquietud. Se acercó con suavidad a él y vio que la herida de la ceja no tenía peor pinta que antes, lo cual la dejó más tranquila. Con un poco de suerte, podrían evitarse la visita al hospital y sobre todo, las explicaciones.

Se levantó de la cama de forma silenciosa, para no despertarlo y se envolvió en la manta gris que tenía Killian a los pies de la cama, caminando de puntillas hasta la puerta de la habitación y dirigiéndose al salón. Miró el reloj de la cocina al entrar para prepararse un chocolate, con la esperanza de que su bebida preferida pudiera calmarla, y vió que eran las cinco y media de la madrugada. Se dirigió hacia el gran ventanal que tenía Killian en el salón y se quedó mirando la calle.

Todavía estaba oscuro, pero no por mucho tiempo. Una tenue luz bañaba Storybrooke. Tenía pinta de que iba a ser un día soleado y caluroso. Un día perfecto, de los que a ella más le gustaban, sino fuera por el panorama que tenía en casa.

Caminó hacia la entrada, recogiendo las cazadoras que tanto él como Killian habían dejado en el suelo al llegar y cogió su teléfono móvil del bolsillo. Como era de esperar, tenía cientos de llamadas y mensajes tanto de su hermano David como de su cuñada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y abrió el primero.

DAVID (00:00): No lo repetiré, ven a casa ya!

DAVID (00:30): Hablo en serio, Emma, ven a casa de una maldita vez. Tenemos que hablar.

A continuación de estos, había una serie de mensajes de Mary Margaret pidiéndole que fuera para hablar las cosas, que Killian podía ir también, pero que esto tenían que hablarlo y arreglarlo. También había algún mensaje de voz de David en el que básicamente le decía a gritos que dejase de comportarse como una cría y volviese.

Sin embargo, a medida que habían ido pasando las horas, el tono de los mensajes había ido cambiando.

DAVID (03:30): Al menos dime que estás bien. Estamos preocupados.

Emma soltó una risotada amarga al leer el mensaje. "Si no fueras tan intolerante y tan incomprensivo, no estaríamos así", pensó ella para sus adentros.

El último mensaje de texto era de hacía una media hora, lo que le indicaba a Emma que su hermano tampoco había pegado ojo en toda la noche.

DAVID (05:00): Por favor, vuelve a casa.

Emma dejó el móvil otra vez en el bolsillo de su chaqueta de cuero roja y volvió hacia el salón, donde retomó su posición frente al ventanal, con su humeante chocolate en la mano.

Cuando ya llevaba un rato así, se escucharon unos suaves pasos por el pasillo, hasta que apareció Killian, todavía con cara de dormido, vestido sólo con los pantalones de cuadros que usaba de pijama y el pelo todo revuelto.

- ¿Emma? – preguntó con la voz rasposa, de estar recién levantado.

- Estoy aquí – respondió ella desde el salón.

En unos segundos, Killian se unió a ella y la abrazó por detrás, hundiendo la cara en su cuello y dándole un beso en el hombro.

- ¿Qué pasa?

- No podía dormir – contestó ella, respondiendo a las muestras de afecto, girando la cabeza para darle un beso en la sien. – Y tú por fin te habías quedado dormido, así que no quería despertarte.

- Pues muy mal, amor – dijo él muy serio. – Cuando sea así, me despiertas y nos haremos compañía mutuamente.

Emma dejó la taza encima de la mesa y se giró en sus brazos, dedicándole esa sonrisa que sólo le ponía a él, a la vez que comenzaba a acariciarle tiernamente la cara, haciendo que él también comenzase a sonreírle.

- ¿Te sigue doliendo? – preguntó ella pasando sus dedos con suavidad por las zonas de su rostro que estaban heridas.

- Mucho menos – respondió él, girando la cara para darle un beso en la mano a ella. – No te preocupes.

- La ceja tiene buena pinta – continuó ella, frunciendo el ceño mientras inspeccionaba la herida con atención.

- Tuve una buena enfermera – dijo él guiñando un ojo.

Emma soltó una carcajada, pero siguió revisando las heridas.

- El pómulo yo creo que se te ha hinchado un poco. Tienes que ponerle hielo…

- ¡Amor! – dijo él cogiéndole la cara entre las manos. – Estoy bien, de verdad – añadió mirándola fijamente a los ojos. – Y la del labio tampoco me duele ya – dijo él levantando una ceja de forma seductora, tratando de hacer que se riera, y consiguiéndolo.

- ¿Ya no? – respondió ella poniendo también un tono juguetón.

- No, no me duele para nada – insistió él. – Si quieres comprobarlo… - siguió, agarrándola por la cintura y pegándola a él todo lo posible.

Ella se dejó llevar y le rodeó el cuello con los brazos, haciendo que sus labios se juntasen y se diesen un tierno beso.

- Mmmm… - gimió él cuando se separaron. – La mejor medicina de todas.

- Y tanto… - respondió ella con los ojos cerrados, golpeando su nariz con la suya.

- Volvamos a la cama, amor – dijo él pasándole un brazo por encima de los hombros y llevándola de nuevo hacia la habitación.

Se tumbaron de nuevo y automáticamente, Killian le rodeó la cintura desde detrás, haciendo que su pecho contactase de arriba a abajo con la espalda de ella. Con su mano derecha, comenzó a acariciarle el costado a Emma, hasta posarla en su cadera, al mismo tiempo que le besaba el cuello y los hombros, haciendo que ella gimiese con suavidad.

- Te quiero tanto, Emma… - susurró él contra su piel, haciendo que ella se estremeciese por completo.

Ella giró la cabeza y se besaron por fin, como llevaban queriendo hacer desde que habían reestablecido su relación. Killian enseguida subió su mano y comenzó a estrujarle con suavidad uno de sus pechos por debajo de la camiseta, pellizcando ligeramente el pezón, provocando que Emma soltase un gran gemido, que a su vez hizo que toda la sangre se le fuese hacia el sur.

Sin poder aguantarse más, ella se giró y agarrándole la cara entre sus manos, lo besó profundamente, poniendo todo su corazón y sus sentimientos en el beso, haciendo que ambos se quedasen sin aliento con la intensidad.

A partir de ahí, la cosa comenzó a escalar de nivel. Killian la empujó hacia atrás suavemente y se colocó encima de ella, separándole las piernas para poder colocarse entre ellas con comodidad. Sin perder tiempo, le sacó la camiseta y atacó de nuevo sus pechos, haciendo que ella se retorciese de placer debajo de él. Ella tampoco se quedó sin participar y enseguida tiró de sus pantalones y de los de Killian, para rápidamente quedar desnudos también de cintura para abajo.

- Vamos, Killian… -susurró ella, poniendo las manos en sus caderas y empujándolo hacia ella.

- Espera, tengo que coger un condón – dijo él echándose un poco para atrás.

- No hace falta – dijo ella rápidamente, agarrándolo por el collar para que no se separase de ella. – Llevo unos meses tomando la píldora. Y no he estado nunca con nadie más que no seas tú – añadió.

- Yo también estoy limpio – susurró él. – Tampoco he estado con nadie desde Oxford.

- Entonces estamos bien – dijo ella con una sonrisa nerviosa.

Killian sabía que era un paso importante en la relación, que implicaba confianza ciega el uno en el otro, así que se lo tomó con la importancia que merecía.

La besó y poco a poco se posicionó, entrando en ella lentamente, notando de pleno su calor, volviéndose loco.

- Ah… - jadeó él cuando por fin se introdujo hasta el final. - ¿Bien? – preguntó entre dientes mirando hacia Emma.

Ella asintió rápidamente con la cabeza, rodeando la cintura de Killian con sus piernas y dándole un pequeño empujón para que continuase. Él comenzó a moverse poco a poco sobre ella, haciendo que ambos se dirigiesen sin remedio hacia el placer final.

- Mírame – dijo él, agarrándola suavemente por la barbilla. – Mírame – repitió.

Los ojos verdes de ella se encontraron con los azules de él y justo en ese preciso instante, ambos explotaron, soltando un suave gemido y moviéndose lentamente hasta que por fin pararon para reponerse.

Killian se dejó caer sobre ella, incapaz de sostener más su peso, después de la intensidad del orgasmo. Había sido más que una simple conexión física, habían conectado de todas las maneras posibles, ambos quedándose desnudos en todos los sentidos enfrente del otro.

Emma debía de estar pensando lo mismo, cuando comenzó a acariciarle a él la espalda de arriba a abajo, mientras una sola lágrima de felicidad resbalaba por su mejilla. Él levantó la cabeza y la recogió con sus labios, haciendo que ella sonriese de oreja a oreja, contagiándolo a él también.

- Ha sido genial – susurró ella, sin atreverse a alzar la voz y romper la magia del momento.

- ¿Tú también lo has notado? – contestó él también en un tono muy bajito, de forma casi imperceptible.

Ella asintió con la cabeza de forma tímida, mientras Killian se dejaba caer a su lado, saciado y agotado. Emma se incorporó sobre sus codos y lo miró.

- Eh… - comenzó nerviosa. – Voy al baño a limpiarme – añadió poniéndose roja como un tomate.

- Swan, eres adorable cuando te sonrojas… Y lo haces con tanta facilidad… - la vaciló él con una gran sonrisa en la cara.

- Idiota… - contestó ella echándole la lengua. – Vuelvo ahora.

Mientras Emma estaba en el baño, el teléfono fijo de casa de Killian comenzó a sonar y éste, soltando un gruñido, se levantó para contestar.

- ¿Diga?

- Al otro lado de la línea sólo se escuchaba una respiración.

- ¿Hola?

- Soy yo – dijo alguien por fin. Era David.

- Hola David – saludó Killian, sin saber muy bien cómo dirigirse hacia él.

- Eh… - comenzó él, con una voz que dejaba entrever lo nervioso que estaba. - ¿Está mi hermana contigo?

- Sí, claro.

- ¿Le puedes decir que se ponga?- preguntó David. – Por favor – añadió.

Killian miró para Emma que estaba saliendo del baño y le indicó por señas que era su hermano el que estaba al otro lado del teléfono. Emma negó con la cabeza, haciéndole saber que le dijera que no quería hablar con él.

- Ahora no se puede poner – respondió Killian.

- Killian, por favor… Dile que se ponga. Sé que está ahí.

Él volvió a mirar para Emma y ella, finalmente se dirigió hacia el teléfono para hablar con su hermano.

- ¿Qué? – preguntó muy seria.

- ¡Emma! – exclamó él aliviado. - Por fin damos contactado contigo, estábamos preocupados.

- Tranquilo, Killian no me ha secuestrado, ni violado ni nada así… He venido por mi propio pie – dijo ella con sorna.

- Por favor, ven a casa – repitió David, igual que había hecho en todos sus mensajes de texto. – Tenemos que hablar.

- Ya sabes lo que pienso, David. Yo iré a casa, cuando tú aceptes el hecho de que estoy con Killian. Y por supuesto, él viene conmigo.

Emma notó por el cambio en la respiración de su hermano, que se estaba comenzando a poner tenso.

- Esto es algo entre tú y yo… - dijo muy serio. – Ese traidor no pinta nada en esta casa. Ya no.

- ¿De verdad te crees tus propias palabras? – preguntó ella. – Es tu mejor amigo, por el amor de Dios. Y mi novio, que no se te olvide.

- Un amigo no le hace esto a otro…

- Entonces sigues sin entender nada. Llámame cuando cambies de opinión. Hasta entonces, no tengo nada que hablar contigo. Dile a Henry que lo quiero y que mañana iré a verlo a la salida de la academia.

Dicho eso, colgó el teléfono, notando como sus ojos ardían, llenos de lágrimas contra las cuales Emma estaba peleando para que no salieran.

Killian se acercó a ella y le puso una mano en el hombro a modo de consuelo.

- ¿Por qué no vas y hablas con él? De verdad que no me importa. Lo entiendo perfectamente.

- Pues yo no – respondió ella secándose las mejillas. – Si él no es capaz de aceptar esto que tú y yo tenemos… no tengo nada más que hablar con él – agregó con voz firme. – Me voy a la ducha.

En la casa de los Nolan, el panorama tampoco era muy alentador. David, colgó el teléfono con más fuerza de la necesaria después de hablar con su hermana Emma, sin conseguir nada. Mary Margaret lo observaba desde el otro lado del sofá, pensando qué debía decir para tratar de que las cosas volvieran a su sitio.

- Realmente… - comenzó ella frunciendo el ceño. - ¿Qué es lo que te molesta tanto?

David giró bruscamente la cabeza hacia ella, sin creerse de verdad lo que estaba escuchando.

- ¿De verdad tienes que preguntarlo?

- Pues sí, la verdad es que sí… Porque yo no creo que la cosa sea TAN grave, como para haberte peleado con tu mejor amigo, provocando que Emma se haya marchado de casa.

- Mi mejor amigo comenzó a salir, y Dios sabe qué más, con mi hermana pequeña, que por entonces todavía era menor de edad… Por Dios, ¡es asqueroso!

- No seas tan puritano, cariño – le dijo Mary Margaret. – Nosotros también empezamos a salir con diecisiete años y no éramos unos santos precisamente. Así que no me vengas con ésas.

- No es lo mismo… Yo no te quitaba casi nueve años…

- ¿Te hubiera impedido eso estar conmigo?

David se quedó callado sin saber qué decir.

- Siempre hemos presumido de estar locamente enamorados el uno del otro. Amor verdadero desde el primer momento que nos vimos. ¿Renunciarías a esto que tenemos sólo por el hecho de ser más mayor que yo? Porque si tu respuesta es sí, entonces no eres como yo creía.

David seguía en silencio.

- ¿Lo ves? Ni tú sabes qué contestarme, porque sabes perfectamente que en la situación de Killian, tú habrías hecho exactamente lo mismo.

- No lo sabes.

- Sí, cariño – respondió ella acariciándole la mejilla. – Sí que lo sé. Porque eres la persona más cariñosa y romántica que conozco y sé que cuando quieres a alguien, lo haces sin condiciones. Habrías hecho lo mismo. Te habrías arriesgado.

- Yo no le habría mentido durante diez meses a mi mejor amigo.

- ¡Ahí está! – dijo Mary Margaret, señalándolo con el dedo. - ¡Eso es lo que te ha molestado!

- ¿Por qué lo ocultaron? ¿Por qué no confiaron en mí?

En ese momento, fue Mary Margaret la que se quedó en silencio, pensando en cómo iba a decirle a su marido que ella ya lo sabía todo desde hacía tiempo y temiendo la reacción que éste iba a tener.

- A mi Emma me lo contó todo – dijo con un hilillo de voz.

- ¿Cuándo? ¿Ayer mientras estaba yo con Killian?

- No – negó ella con la cabeza. – Hace meses, antes de marcharse a Oxford.

David se quedó pálido con la confesión, mirando a su mujer con los ojos muy abiertos a causa de la sorpresa.

- ¿Por qué no me lo contaste?

- Porque no era cosa mía el hacerlo. Era algo que Emma quería contarte personalmente cuando llegase el momento y me pidió que le guardase el secreto.

- Mi mejor amigo se estaba enrollando con mi hermana pequeña a mis espaldas ¿y tú decidiste que era buena idea guardarles el secreto? ¿En qué estabas pensando, Mary Margaret?

- ¿Lo ves? Quieres que la gente confíe en ti, pero tú mismo no confías en nadie. ¿De verdad crees que Killian se "enrollaría" con tu hermana como si fuese una cualquiera si no sintiese algo fuerte por ella? Tal vez es él el que debería de estar decepcionado contigo por pensar así. De hecho, yo estoy decepcionada.

- Increíble… - soltó David con una risotada amarga. – Ahora el malo de la película soy yo.

- ¡No hay malos aquí! Son sólo dos personas que se han enamorado. ¿Por qué eres tan cabeza dura? Te daré un último aviso, David. Como no arregles las cosas con tu hermana y con Killian, que te recuerdo que es tu mejor amigo de toda la vida y casi como un hermano para ti, entonces los problemas los vas a tener conmigo.

Mary Margaret fue hacia las escaleras, sin mirar atrás, dejando a David solo en el salón dándole vueltas a la cabeza y analizando todo lo que su mujer le había dicho.

Tenía razón en parte. Él conocía a Killian y sabía que nunca le haría daño a Emma, pero le partía el corazón que su mejor amigo le hubiese estado ocultando algo tan importante durante tantísimo tiempo. Aunque, bien pensado, ¿podía culparlo? Seguramente habría reaccionado exactamente igual que ahora.

Se pasó las manos por el pelo y miró de nuevo para el teléfono. ¿Debía volverlos a llamar? Emma había dejado muy claro su opinión en el caso. Suspiró y se dejó caer hacia atrás en el sofá.

En ese momento, Henry entró en el salón, con su eterna sonrisa, tirándose en el sofá al lado de su hermano mayor.

- ¿Qué te pasa?

- Nada, enano – contestó él fingiendo una sonrisa.

- A mí no me engañas. Soy pequeño, pero no tonto.

- He discutido con Killian – dijo él sin entrar en más detalles.

- ¿Por eso Mary Margaret está enfadada?

- ¿Cómo sabes que está enfadada?

- Porque ha entrado en mi habitación hace unos minutos con la excusa de que tiene que ordenarme el armario y sacar la ropa vieja que ya no uso. Y eso sólo lo hace cuando está enfadada – contestó el niño muy seguro de lo que estaba diciendo.

David lo miró divertido. Su hermano pequeño sin duda era un personaje.

- ¿Cómo eres tan listo con lo pequeño que eres?

Henry se encogió de hombros.

- Una vez discutí con Fynn por un juego. Y me sentí mal. Lo echaba de menos en los recreos. ¿Tú no echas de menos a Killian?

David miró hacia su hermano y asintió con la cabeza.

- Lo echo de menos – susurró.

- Pues entonces habla con él. Él seguro que también te echa de menos a ti – dijo el niño con una sonrisa.

Desde lo alto de las escaleras, se escuchó la voz de Mary Margaret llamando a Henry.

- ¡Henry! ¡Ven a probarte ropa!

Henry suspiró y se levantó del sofá.

- Y arregla las cosas con ella también – agregó el niño. – Odio probarme ropa – dijo frunciendo el ceño y arrugando la nariz, de la misma forma que hacía Emma cuando algo no le gustaba o no le apetecía.

En ese momento, tomó una decisión. Cogió el teléfono y llamó de nuevo a su hermana, cruzando los dedos para que respondiese.

Killian estaba recogiendo un poco la habitación y haciendo la cama, cuando el teléfono sonó de nuevo.

- ¿Diga?

- Soy yo otra vez – dijo David. – Tenemos que hablar. Dile a Emma que os espero en una hora en casa. Convéncela para que venga. No podemos estar así.

- ¿Debería de llevar un protector dental? – preguntó Killian, forzando un poco la situación.

- Ëres idiota, Jones. Tú ven con ella y ya hablaremos.

Killian colgó el teléfono, con una pequeña sonrisa en la cara. En ésas estaba, cuando Emma salió del baño, envuelta en una gran toalla de color azul cielo.

- ¿Qué pasa? ¿Quién era? – preguntó mientras se secaba el pelo con otra toalla del mismo color.

- Tu hermano.

- ¿Qué demonios quería ahora?

- Hemos quedado con él en una hora en tu casa.

- ¿Hemos?

- Sí. Tú, él y yo. Ha dicho que tenemos que hablar.

- ¿Qué querrá decirnos ahora? Porque hace un rato no quería ni escuchar tu nombre.

- Pues sólo hay una forma de averiguarlo, amor – dijo él acercándose y dándole un beso en el medio de las cejas, tratando de disolver la tensión entre ellas. – Me voy a la ducha. Tenemos una cita.