CAPÍTULO 21:

- ¿Qué te parece éste? – preguntó Emma mientras le enseñaba un precioso apartamento tipo loft en la pantalla de su ordenador.

- Mmmm… no sé… - dijo Killian arrugando la nariz al verlo. – Parece una caja de zapatos… es muy pequeño. Y no me gusta que la cocina no esté separada del resto de la casa…

- Killian, ¡es Nueva York! ¿Tú sabes lo que cuesta el metro cuadrado? – preguntó Emma exasperada.

- ¿Qué tal éste? – preguntó él pasándole a Emma la tablet.

- ¡Guau! – exclamó Emma con los ojos muy abiertos.

- Es bonito, ¿verdad? – dijo Killian guiñándole un ojo. – Además está exactamente a medio camino entre tu universidad y mi trabajo.

- Killian, mi cara de sorpresa era por el precio… ¿Te lo has pasado por alto?

- Podemos permitírnoslo… - afirmó él.

- No sé…

- Emma, ¡vamos! Entre los dos, podemos pagarlo de sobra… Incluso yo puedo aportar un poco más hasta que tú empieces a trabajar. Ya te he dicho que me han hecho jefe de sección y que cobro mucho más que aquí…

- Ya, pero eso no es justo… - protestó Emma. – Yo no quiero que me mantengas, Killian.

- No seas así, Emma – dijo él robándole un pequeño beso en los labios, para hacer que la tensión se disolviese. – Sabes que no lo hago en ese plan.

- ¿Y éste otro? – siguió ella mirando otros pisos.

- ¡Eres imposible! – suspiró Killian echándose hacia atrás en el sofá. - ¿Eso es un no al otro piso? Realmente me gusta, ¿sabes? Y puedes hacerme un gran regalo por Navidad o algo así para compensar, o pagar tú los gastos de luz y agua… yo que sé…

- ¿Me dejarías hacer eso? – preguntó Emma. – Porque así sí que podríamos hablarlo entonces.

- Vayamos a verlo por lo menos – pidió Killian agarrándole una mano. – Estoy seguro de que en cuanto lo veas, querrás mudarte de inmediato.

Emma se quedó mirando hacia él, mientras se mordía el labio, pensando qué contestarle. Era obvio que Killian estaba encantado con ese apartamento y a ella, también le gustaba. Mucho. Pero no quería que él cargase con todos los gastos, quería que fuese algo construido entre los dos.

- Está bien – concedió ella finalmente. – Pero también visitaremos los otros dos que yo digo.

- Hecho – dijo él con una sonrisa de oreja a oreja, antes de echarse sobre ella en el sofá y besarla apasionadamente, mientras ellas se reía a carcajadas.

/

Poco a poco, los días se fueron pasando y el día de la mudanza definitiva se iba acercando. Killian y Emma se pasaban los días metiendo todas sus pertenencias en cajas, que dejaban almacenadas en una esquina del apartamento para que a finales de semana, la empresa que llevaba la mudanza viniese a buscarlas.

- ¿Has pensado ya que vas a hacer con el piso? – preguntó Emma mientras ayudaba a Killian a vaciar su armario y guardar la ropa en cajas.

- Creo que de momento lo voy a dejar todo como está – contestó él. – Podría ser nuestro hogar para cuando vengamos aquí. Si más adelante queremos algo más grande, lo venderé y cogeremos otra cosa.

- ¿Más adelante? – preguntó ella con los ojos brillantes. - ¿Te voy a tener que aguantar mucho tiempo más?

- Oh, Emma… - susurró él con tono amenazador mientras se acercaba a él como un cazador a su presa. – No te haces una idea... Ahora ya no te libras de mí ni con agua caliente– añadió mientras le pasaba un brazo por la cintura y la acercaba a él.

- Bien… - susurró ella mientras le pasaba las manos por el pecho, hasta unirlas finalmente en la parte posterior de su cuello.

Killian bajó la cabeza y cogió sus labios entre los suyos, introduciendo rápidamente su lengua para juntarla con la de ella. Después de unos segundos, la fue arrinconando poco a poco hasta que la parte de atrás de sus rodillas tocaron la cama y ella cayó sentada en ésta.

- ¿Qué haces? Tenemos que seguir colocando todo – protestó Emma mientras soltaba un gemido y besaba el abdomen de Killian. – Mañana vienen a por las cajas.

- Hay tiempo, Swan… - susurró él mientras comenzaba a sacarse los zapatos, a la vez que ella sin aguantarse más le desabrochaba rápidamente el cinturón.

Killian se separó un momento para quitarse el pantalón y la camiseta, quedando tan sólo en sus cada vez más apretados boxer de color negro. Emma, a su vez, se quitaba por encima de la cabeza el vestido de rayas que llevaba, mientras se deshacía también la coleta, dejando que su pelo cayese libre por su espalda.

- Swan… - gimió Killian, mientras ella comenzaba a besarle el abdomen desde su postura sentada en la cama, mientras él todavía seguía de pie enfrente de ella. – Me estás volviendo loco…

Ella sonrió de lado, con cara seductora, a la vez que empezó a besarlo muy levemente por encima de la ropa interior, casi sin hacer contacto, apenas rozándolo, pero siendo suficiente para que él temblase con cada pequeña caricia. Ella rodeó su cadera con las manos, posándolas en su trasero y bajándole poco a poco el calzoncillo, hasta que quedó desnudo enfrente de ella. Miró hacia arriba y la cara de Killian hizo que el corazón le comenzase a latir a cien mil por hora.

La miraba con los ojos brillantes, oscurecidos por el deseo, y las mejillas sonrojadas, mientras su boca estaba entreabierta, dejando salir el aire de forma apresurada, al compás de su pecho que subía y bajaba pesadamente debido a la excitación.

Emma subió lentamente las manos por los muslos de él, haciendo que éste contuviese el aire de la anticipación. Lo acarició lentamente de abajo a arriba con un solo dedo donde más la necesitaba, haciendo que él cerrase inmediatamente los ojos, a la vez que le ponía una mano en la mejilla, acariciándola con ternura. Era la primera vez que Emma iba a hacer esto por él.

- Emma, no tienes por qué hacer… - susurró él con la voz ronca. – No es necesario.

- Quiero hacerlo – contestó ella, mientras se acercaba y lo besaba en los huesos de la cadera. Primero en un lado, luego en el contrario.

Killian estaba a punto de explotar, y eso que Emma aún no lo había tocado propiamente. Trató de componerse un poco, mientras cerraba los ojos y respiraba profundamente, tratando de que su corazón bajase el ritmo antes de que le diese un infarto, pero su momento fue interrumpido al notar la boca de Emma besándolo en su parte más sensible. Soltó un fuerte gemido, a la vez que automáticamente ponía una mano en la parte de atrás de la cabeza de ella, retirándole el pelo de la cara.

- Mmmm… - gimió él, sin poder evitar mover un poco las caderas. – Dios… - susurró con la voz entrecortada.

Emma nunca se había sentido tan poderosa. La excitaba el pensar en lo que Killian estaba disfrutando, así que duplicó sus esfuerzos por hacer que él se sintiese igual de bien que cuando él hacía lo mismo por ella.

- Emma… - dijo él pasados unos minutos, poniéndole una mano en el hombro a modo de advertencia. – Estoy a punto… - la avisó.

Emma se levantó y lo besó, sin dejar de acariciarlo, cada vez más rápido, de la forma que a él más le gustaba, hasta que éste interrumpió el beso de repente y soltó un gruñido contra su cuello, a la vez que explotaba de placer.

Killian siguió respirando, mientras Emma le acariciaba la espalda para ayudarlo a recuperar el aliento después de uno de los mejores orgasmos de su vida. Cuando notó que volvía a estar con los pies en la tierra, agarró su cara con ambas manos y la besó apasionadamente, haciendo que ambos cayesen en la cama, entrelazados el uno con el otro.

- Ha sido…- susurró él mientras le besaba la parte superior de los pechos que asomaban por encima de su ropa interior. – Creo que ahora es tu turno… - continuó mientras bajaba poco a poco su mano derecha hasta llegar a su destino, haciendo que a Emma se le cerrasen los ojos de placer. – Prepárate porque voy a hacer que sea increíble para ti también. Al fin y al cabo, tenemos que despedirnos de este piso en condiciones – prometió con un susurro contra su oreja, haciéndola temblar.

/

Había llegado el momento. El avión que los llevaría a NY, salía ese mismo día a última hora de la tarde, lo que les dejaba margen para poder comer con su familia y despedirse de ellos.

Se reunieron todos en la casa familiar de Emma. Colocaron una gran mesa en el jardín, aprovechando el sol y las suaves temperaturas de esos días.

- ¿A qué hora tenéis que estar en el aeropuerto? – preguntó David muy serio.

Llevaba unos cuantos días enfadado y triste al mismo tiempo. Emma creía que el hecho de que Killian se marchase con ella lo estaba afectando más de lo que él estaba dispuesto a admitir. Ella lo entendía perfectamente. Desde niños, habían sido uña y carne. Killian había sido una constante en la vida de David y viceversa.

- En un par de horas tenemos que irnos – respondió Killian mientras daba un sorbo al vino de su copa. – Pasamos por mi casa a por las maletas y tiraremos para el aeropuerto.

- Yo os llevaré – se ofreció David.

- ¿Seguro? – pregunté yo. – Podemos tomarnos un taxi.

- Ni de broma – rebatió él. – Iremos con vosotros.

Henry llevaba toda la comida muy callado también, lo que hacía que a Emma se le partiese el corazón. Tenían una relación muy estrecha. Aunque pasasen los años, para ella, Henry siempre sería "el enano".

- Enano, ¿me pasas el pan? – preguntó ella desde el sitio de enfrente del niño en la mesa.

Sin decir nada, Henry le pasó el plato que contenía el pan, aguantándolo hasta que Emma cogió un pedazo. Ante su actitud, Emma miró a David implorando por ayuda para animarlo.

- Al venir del aeropuerto, si quieres podemos parar un rato en el centro comercial y comer una hamburguesa en el sitio éste que tanto te gusta – dijo su hermano mayor, tratando de animar al pequeño.

- No me apetece – respondió Henry.

- ¿Ni siquiera si añado una partida de bolos al plan? – insistió David.

Henry levantó por fin la vista del plato, pero no para mirar a David, que le estaba hablando, sino para mirar fijamente hacia su hermana.

- ¿Por qué te tienes que ir?

- Henry, ya sabes por qué… - respondió ella, notando como el corazón se le partía. – Tengo que ir a la universidad.

- Hay universidades más cercanas que la de Columbia… - rebatió él con lágrimas en los ojos.

- Henry… - comenzó Emma levantándose y dirigiéndose hacia la silla del niño, levantándolo y sentándose en ella, colocando al niño en sus piernas. – Vendré tan seguido a verte, que no te daré tiempo a que me eches de menos.

- ¿Prometido? – dijo él levantando el dedo meñique para que Emma hiciese el juramento típico que hacían desde siempre.

- Por supuesto – respondió ella cogiendo el meñique ofrecido con el suyo propio y dándole un fuerte abrazo al niño.

- Así tengamos que traerla por las orejas – añadió David, intentando que el niño se riera y consiguiéndolo. – La tendremos aquí seguido.

Después de esto, Henry se relajó un poco, aunque estaba excesivamente cariñoso con Emma y no quiso bajarse de su regazo ni soltarle la mano, hasta que llegó el momento de dirigirse a buscar las maletas para marcharse al aeropuerto.

Condujeron hasta allí en absoluto silencio. Llegaron con antelación, con lo cual se sentaron todos ellos en uno de los bancos del vestíbulo, esperando a que dieran por megafonía el aviso de que ya era posible dirigirse a hacer los controles de seguridad.

- Voy a por un café – dijo Killian levantándose de repente. – Aún nos queda un rato de espera. ¿Alguien quiere algo?

- Yo quiero otro – dijo Emma mirando hacia arriba desde su sitio y sonriéndole.

- Ahora mismo te lo traigo – respondió él inclinándose y dándole un pequeño beso en la frente.

- Te acompaño – dijo David, levantándose también. - ¿Quieres algo, cariño? – preguntó dirigiéndose a Mary Margaret. - ¿Henry?

Ambos dijeron que no con la cabeza y Killian y David se marcharon caminando hasta la cafetería más cercana.

- No me puedo creer que te estés yendo a vivir con mi hermana pequeña a Nueva York – soltó David de repente mientras caminaban.

- Ni yo, Dave… - suspiró Killian. – Todavía no me creo que sea verdad…

David se paró en seco y miró para su amigo, muy serio.

- Cuídamela, ¿vale?

- Claro – respondió él también con un gesto muy solemne y serio. – Es lo más importante que tengo.

- Y ten paciencia con ella – añadió David con una carcajada. – Ya sabes que puede llegar a ser muy terca – dijo mientras se reía. –Pero… aunque nunca pensé que diría esto, te quiere y me alegro de que os hayáis encontrado el uno al otro.

- ¿En serio?

- De verdad – asintió él conla cabeza. –Te conozco posiblemente mejor que nadie, Killian, y sé que no podría haber nadie mejor para ella. Y ella… ¿qué voy a decir? Es increíble y tú te mereces a alguien así también.

Killian rodeó a su amigo fuertemente con sus brazos, tratando de mantener las lágrimas a raya, mientras David hacía lo propio.

- Te voy a echar de menos, cabrón… - susurró Killian. – Venid a vernos.

- Lo mismo digo. Hablaba en serio antes… os iré a buscar de las orejas como estéis más de un mes seguido sin venir a vernos – amenazó levantando el dedo índice hacia él.

Ambos comenzaron a reírse mientras por fin, cogían los cafés y volvían con su familia. Killian le pasó el suyo a Emma, mientras se sentaba a su lado en el banco y ésta le ponía una mano en la rodilla.

- ¿Todo bien? – preguntó con el ceño fruncido.

- Todo perfecto – respondió él besándole el entrecejo, provocando que ella arrugase la nariz.

El momento llegó y la despedida fue dura. Emma no pudo evitarlo y se abrazó a sus hermanos llorando.

- Os quiero mucho – dijo.

- Y nosotros a ti, Emma – respondió David, agarrándole la cabeza de modo paternal, como hacía siempre. – Te vamos a echar mucho de menos.

Después se dirigió a Mary Margaret, que le estaba retirando el pelo de la cara a Killian, mientras le daba un beso en cada mejilla.

- Haz que coma y que duerma sus horas, ¡cuídala! – le decía mientras miraba para Emma.

- Así haré – respondía Killian, casi con miedo. – No me atrevería a desafiar la ira de una embarazada – añadía entre risas, haciendo que Mary Margaret también se riese.

Acto seguido, Emma y Mary Margaret se enfrascaban en un eterno abrazo.

- Te quiero – susurró Emma. – Sé que no nos llevamos muchos años, pero para mí esta última temporada has sido lo más parecido a una madre que tengo – añadió haciendo que a su cuñada se le saltasen las lágrimas. – Y te quiero dar las gracias por eso, porque sé que nunca te lo he puesto demasiado fácil y tú siempre has estado ahí, apoyándome en todo, incluso arriesgando que mi hermano se enfadase contigo.

- Eres mi niña – susurró ella dándole un beso en la mejilla. - Valió la pena todo por verte tan feliz ahora. Estás radiante.

- Tú sí que estás radiante – añadió Emma mientras le acariciaba la barriga. – Espero que me vayas informando diariamente con fotografías de cómo va creciendo esta panza – dijo con una sonrisa. – Vas a ser una madre estupenda.

Después de un par de abrazos más, KIllian por fin se puso al lado de Emma, pasándole un brazo por encima de los hombros, apretándola contra su costado.

- Bueno… - dijo con voz temblorosa, cargada de emoción. – Nos vamos. Os llamaremos al llegar.

Caminaron hacia la zona donde se estaban haciendo los controles y una última vez, se giraron y se despidieron con la mano, antes de girar la esquina y perderlos de vista.

Pasaron los controles y subieron por fin al avión. Antes de que éste arrancase, Killian le cogió la mano y le dio un beso en el dorso.

- ¿Lista?

- Siempre – respondió ella con una sonrisa, acurrucándose contra su pecho.

Él sonrió y en bajito, repitió esa misma palabra que había sido una constante en su relación. "¿Me esperarás?" se habían preguntado el uno al otro una vez; "¿Me quieres?" se habían dicho otras tantas. Y la respuesta siempre había sido la misma. Siempre.