Había mucho silencio. El día había acabado ya y su mente estaba perdida de nuevo. A su lado había una pipa y un encendedor. Era la única manera que tenía de poder recordarlo, porque con el paso de los años había olvidado su voz.

Esa vez recordó el último día que pudo verlo con vida y escucharlo, el peor día de toda su vida.

Cuando murió no asistió al funeral, no asistió al de Ichiko tampoco. Estaba cansado de la muerte. No supo cómo murieron ambos, no quería enterarse, ya era lo suficientemente malo saber que no estaban, que no escucharía sus voces o vería sus ojos.

Tuvo más presentaciones después de que ella murió aunque lo hacía con el corazón vacío. Sus hermanos no dejaban de llamarlo al teléfono pero no contestaba, incluso intentaba no pasar demasiado tiempo en el departamento pues Todomatsu estaba casi todo el tiempo ahí esperando por él en representación de sus hermanos.

Osomatsu había viajado el día del funeral para acompañarlo, estuvo en su departamento y se quedó tanto como pudo para asegurarse que estuviera bien. Le sorprendió encontrarlo tan mal después de tantos años de no verse frente a frente. Karamatsu, por su parte, no habló mucho de nada, no contestaba a sus preguntas más que las que eran absolutamente necesario.

Cuando Osomatsu se fue nada cambió para él. De regreso a la soledad, a un mundo superficial lleno de luces. Estaba más vacío que nunca.

En su mente se repetían una y otra vez las palabras que Ichiko le dijo en sueños.

"Canta desde el corazón"

No recordaba cuando había dejado de hacerlo. Al principio la mayoría de sus canciones las componía él, todas románticas referidas a ese amor imposible por su hermano. Nadie lo sospechó, todos pensaban que salían de la nada y que era una persona fría y sin corazón si podía escribir tan bonitas letras sin sentirlas realmente.

Pero no estaba vacío, se desbordaba y por eso cantaba, para mantener todo controlado.

Cuando murió siguió cantando con el corazón roto. Todos esos sentimientos frustrados, el dolor por haberlo abandonado cuando le prometió ayudarlo, por aprovecharse y herirlo, todo lo cantó. Sacó todos sus sentimientos hasta que ya no hubo más en su corazón. Su música se volvió comercial, cantaba lo que le decían y aunque intentó componer más canciones, ya no tenía más de donde sacarlas.

¿Dónde se habían quedado todos sus sentimientos? Aun amaba a su hermano, lo extrañaba cada vez más, ¿Por qué no podía cantarle?

—Tal vez porque ya no quieres cantar más.

Ichiko se sentó a su lado y se apoyó en su hombro. Él la miró sorprendido por un momento, pero al final también le sonrió.

—Me gusta cantar —murmuró apoyando su cabeza en la de Ichiko. Volvió a aspirar su aroma a lavanda, pensó que jamás volvería a tenerla tan cerca.

—¿Quieres cantarle por la eternidad?

—Para eso nací… ¿verdad?

Ella no dijo nada, cerró sus ojos y comentó a tararear una canción que le sonaba familiar. Cerró sus ojos también para recordar el origen de esa tonada. De la nada vino a su cabeza el funeral de su hermano en un día lluvioso, pero se mantenía en la lejanía detrás de algunas lápidas, observando a sus hermanos llorar frente a la que pertenecía al cuarto de ellos.

Ya lo recordaba, había asistido aunque no se lo dijo a nadie. Se quedó lejos para que los demás no lo vieran, esperó paciente y cuando se fueron se acercó. No lloró cuando se enteró de su muerte, no lo hizo mientras escuchaba a Todomatsu insistir para que asistiera, tampoco lo hizo al viajar hasta el distrito o al observar el llanto desgarrador de sus hermanos, todo era como si se encontrara dentro de una ilusión, una pesadilla o una extraña visión entre la bruma. Pero ahora, al estar frente a la tumba y leer su nombre ahí fue como si la verdad cayera de pronto sobre él. Sus ojos se empañaron y cayó arrodillado con los temblores de sus sollozos. Desahogó todo en ese día, gritó hasta desgarrarse la garganta, lloró, maldijo y deseó la muerte hasta que el agotamiento lo hizo detenerse, pero no se marchó, se quedó toda la noche en la tumba, no le importó que comenzara a llover, se mantuvo recostado contra la lápida sin contener su llanto. Fue ahí que compuso esa canción.

Recordando todo eso comenzó a tararearla también junto a Ichiko y la letra vino rápido a su cabeza. Nunca la sacó al público porque era una canción solo para él, para ellos. En ella cantó su situación e imaginó lo que su hermano debió vivir en ese más de un año como callejero.

And they scream the worst things in life come free to us —murmuró mientras Ichiko tarareaba.

Ella sonrió al ver que estaba recordando la canción donde alivió todos sus sentimientos aquella noche. Era lo que ella quería, que llorara de nuevo y regresara a ser el Karamatsu despreocupado y entregado a su música que fue antes, el que desapareció poco después de conocerlo.

And he don't want to go outside tonight. And in a pipe he flies to the Motherland. Or sells love to another man.

Las lágrimas volvieron a sus ojos mientras seguía entonando la canción, la última que escribió con el corazón. Aunque Ichimatsu no pudo escucharla, aunque ya no podría escucharla jamás, la cantó para él, ahora cantaba tan fuerte como podía para que su voz llegara hasta donde estaba.

It's too cold outside, for angels to fly.

¿Por eso había dejado de cantar? ¿Porque él no lo escuchaba? A pesar de que prometió cantar para siempre solo para que él pudiera elogiarlo de nuevo, no lo hizo. Ichimatsu debía estar demasiado decepcionado de él, seguramente.

—Nunca fuiste muy inteligente, Kusomatsu.

Abrió los ojos al escuchar esa voz que hacia tanto tiempo se había apagado detrás de él, pero no quiso giró para confirmar que era él, temía que fuera una mala jugada de su mente. Se sorprendió al ver frente a él la costa. De inmediato todos sus sentidos se llenaron del aire salino y el tranquilo oleaje. No entendía que estaba pasando, pero no iba a cuestionarlo mucho, era un hermoso paisaje y si era una ilusión, era muy real.

—El mar… siempre fue mi lugar favorito.

De nuevo esa voz. Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando que la presencia a su espalda lentamente se acercaba para sentarse del otro lado. Ichiko aún estaba ahí pero parecía no escuchar esa voz o la ignoraba por completo.

Sin poderlo evitar giró el rostro con lentitud para encontrarse con el rostro de Ichimatsu que observaba hacia el mar también, tenía los ojos cerrados y había una tenue sonrisa en sus labios, además llevaba ropas blancas. Fue como si nunca se hubiera marchado, todas las memorias en su cabeza, las que poco a poco se iban desvaneciendo volvieron a ser tan claras como antes solo por verlo una vez más.

—Ichim…

No pudo decir su nombre, hacia tanto que no lo decía en voz alta, temía que si lo hacía sus sentimientos volverían a lastimarlo, le había costado tanto enterrar todo lo que sentía y ahora estaba ahí, como una maldición o una bendición. Tal vez un poco de ambas.

—Lo siento, Karamatsu, viviste mucho tiempo solo.

Su sonrisa desapareció al decir eso y lo miró directamente a los ojos. Todas las defensas de Karamatsu desaparecieron. Sin pensarlo siquiera, aferró a Ichimatsu entre sus brazos, todavía sin poder creer que estaba ahí, que podía verlo y escucharlo, estrecharlo entre sus brazos como aquella última noche.

—Está bien— Murmuró Ichimatsu correspondiendo el abrazo—. Eso ya se acabó.

No sabía que decirle. Pensó tantos años en las palabras que le hubiera gustado decir antes de perderlo y ahora que lo tenía de frente todas se habían borrado. Solo había una frase atrapada en su corazón. Comenzó a murmurarla apenas pudo recuperar su voz.

—Te amo —decía repetidas veces a su oído.

Ichimatsu no le contestó. Tal vez no correspondía su sentimiento, pero eso nunca le hizo cambiar de parecer, lo amó con la misma intensidad y deseó siempre lo mejor para él, para que fuera feliz. Esa fue la meta de su vida, nunca esperó otra cosa de él e incluso ahora pensaba igual.

Sentía como una luz cálida lo envolvía en ese momento. Toda la ansiedad, tristeza y furia que sintió todos esos años desapareció con su simple abrazo. Sentía que ahora estaba listo, podía seguir adelante.

—Sigamos entonces— murmuró Ichimatsu al adivinar su pensamiento.

—Pero…

Ichimatsu tomó su mano y lo obligó a ponerse en pie sobre la arena. Karamatsu no objetó y comenzó a andar detrás de él con una sonrisa en el rostro. A donde fuera que lo llevara, si era con él estaría bien, si iban a estar juntos todo lo demás importaba muy poco.

—Espera —dijo de pronto regresando la mirada hacia atrás, donde antes se encontraba sentado, Ichiko seguía ahí—, Ichi… tu…

—Está bien —sonrió ella dirigiéndole una dulce mirada—, ya todos tuvimos una vida, ¿no es así?

Ambos la miraron atentos mientras ella se ponía en pie.

—Yo estuve conforme con la mía, ¿ustedes no? —Les dio la espalda y comenzó a andar al lado contrario que ellos—, encontré la felicidad a tu lado, aunque no me amabas como yo a ti, me hiciste sentir amada. Cometí errores, pasé por alegrías y tristezas, pero crecí con todas ellas. Al final de mi vida me siento orgullosa, puedo decir que realmente me esforcé. Claro que… me hubiera gustado cumplir algunas metas, como ser tu esposa. Pero estaré bien.

Se detuvo y los observó de nuevo. Comenzó a tomar una apariencia etérea, parecía flotar junto con el viento, ligera y hermosa como un ángel de luz.

—¿Ustedes pueden decir lo mismo?

Desapareció dejando a los dos hermanos más que confundidos reflexionando sus palabras. Al final fue Karamatsu quien rompió el silencio con una pequeña risa culpable por lo escuchado.

—Supongo que… me faltó esforzarme, ¿verdad?

—Sí, es verdad —dijo tajante su hermano sin soltar su mano.

De nuevo comenzó a andar rumbo a las olas, llevando a su hermano mayor con él. Karamatsu lo observó con una sonrisa, incluso ahora trataba de mantener reservado lo que sentía.

—¿Y tú, Ichimatsu? ¿Te esforzaste?

Él se quedó callado unos instantes, pero al final sonrió y apretó más su mano.

—No, supongo que ambos somos patéticos, basura incombustible.

Eso lo hizo sonreír. Lo eran, de verdad lo fueron desde siempre, pero estaba bien por él, porque era algo en lo que se parecía a la persona que amaba. Y a pesar de serlo, pudo tener un final así.

—¿Crees que los demás estén bien?

—Lo hicieron bien hasta ahora —contestó Ichimatsu con el semblante relajado, por lo que pudo creerle.

—Tienes razón… realmente espero que tarden un poco más en venir aquí.

—Estaremos aquí para recibirlos de cualquier manera.

—¡Si! —dijo con una sonrisa animada.

Juntos, comenzaron a andar sobre las olas. Pronto también fueron figuras etéreas, espíritus que podían seguir en paz en ese camino. En paz a pesar de todos los pesares de su vida, la única recompensa.

En el cementerio, cuatro personas se encontraban reunidas frente a dos lápidas. Mantenían las cabezas abajo mientras oraban por las almas de sus dos hermanos fallecidos. Ninguno sabía que decir, siempre supieron que el algún momento dejarían de ser seis… cinco, pero nunca pensaron que sería antes de los treinta años.

Una sobredosis, fue lo que dijo el forense.

Los cuatro hermanos restantes siempre supieron de la adicción de su hermano, pero el segundo Matsuno nunca permitió su intervención. Debieron ser más firmes y ahora se lamentaban por ello. Ya no tendría caso, era el pensamiento del mayor del todo, y a pesar de pensar de esa manera no dejaba de lamentarlo.

—Yo era quien estaba más cerca —comenzó con el llanto el menor de todos—, debí estar más atento… debí saber…

—Nadie podía saber algo así, Todomatsu —dijo Choromatsu regalándole un abrazo que el menor aceptó sin réplicas—. Lamentablemente ninguno podía saberlo.

—Supongo que ya pueden descansar. Están juntos otra vez —dijo con una enorme sonrisa Jyushimatsu, aunque en sus ojos se veían la tristeza.

—Después de todo, tardó un poco en seguirlo, ¿no es así? —sonrió con tristeza Choromatsu.

Osomatsu los observó con una sonrisa. Era muy difícil que todos ellos se ocultaran algo, sobre todo si se trataba de sus sentimientos. Claro que para algunos era más difícil que para los demás intentar esconderse. Ichimatsu siempre fue muy bueno con eso cuando se esmeraba. Por el contrario, Karamatsu fue como un libro abierto toda su vida, era fácil saber lo que pensaba y sentía solo con mirarlo a los ojos.

Para nadie pasó desapercibido el cariño que Karamatsu le tenía a Ichimatsu. No sabía si sus hermanos habían concluido que estaba enamorado de él tal como lo hizo él muchos años atrás, tampoco lo discutirían porque para todos sería una especie de secreto que se llevarían a la tumba, todo para honrar la memoria de su hermano, así que no había necesidad de mencionarlo siquiera.

—Bueno, mamá y papá deben estarnos esperando, es hora de irnos, chicos.

—Sí, de vuelta.

Todos hicieron una reverencia a las lápidas y se alejaron a paso lento. No había palabras ni bromas. Aunque intentaban mantenerse serenos todos se encontraban demasiado afligidos por perder a otro de ellos y en una situación bastante parecida. En el fondo se sentían culpables, pero no lo admitirían pues no hacía la diferencia.

Antes de perder de vista las lápidas, Osomatsu regresó la vista para echar una última mirada. Lo que vio lo dejó con un escalofrío, pero con una especie de calidez en el pecho. Ahí, sentados frente a la lápida, estaban los dos hermanos despidiéndose de él, sonrientes, tranquilos y relajados como fueron en vida cuando los seis estaban juntos.

Osomatsu sonrió y asintió. Al menos sabía ahora que cuando su momento llegara, el de todos ellos, volvería a verlos. Los seis estarían juntos otra vez.


Muchas gracias por leer mi historia y a quienes se tomaron la molestia de dejarme un comentario. Tal vez no era el final que hubieran deseado y a mi me hubiera gustado detallar mas la historia, pero no había mucho tiempo antes de que mis ideas desaparecieran y pudiera escribir con los sentimientos a flor de piel.

Saludos.