Sawamura Eijun.


— No puedo creer que Chris se haya marchado.

Era un día soleado de verano en el que la brisa soplaba con frescura y removía las copas de los árboles con fervor, así como las briznas que llenaban el suelo. Los pétalos de una margarita marchita volaron hasta donde él se encontraba quedando atrapados en el cabello de éste, quien las removió frenéticamente, desordenando su cabello incluso más. A pesar de hallarse cerca del otoño, no parecía que el clima fuese a cambiar de un día para otro, y eso le gustaba. Él era un chico que prefería los días soleados y calurosos en los que podía explorar fuera del castillo, en lugar de quedar atrapado tras esas gruesas paredes mohosas pertenecientes al castillo, donde el aroma a humedad invadía sus pulmones sin el más mínimo pudor. No obstante, a pesar de tratarse de un día impecable, los ánimos del chico se encontraban por el suelo haciendo compañía al verdor del césped.

Su rostro delataba las pocas energías que tenía, y es que éste se hallaba atrapado por una sombra que poco que ver tenía con la presencia del joven bajo un árbol de frondosas ramas, el mismo bajo el cual Miyuki Kazuya acostumbraba a descansar. Los labios del joven estaban torcidos en una mueca que contenía las ganas de llorar que se agolpaban en su pecho dolorosamente. Sus brazos rodeaban aquellas piernas que le servían como punto de apoyo, y aquellas hebras castañas que cubrían su cabeza se desparramaban sobre su rostro acrecentando la imagen sombría que ya lo estaba rodeando. Era imposible negar que Sawamura Eijun se encontraba consumido por la tristeza que le ocasionaban los sucesos recientes que acaecieron bajo sus propias narices, y que no fue capaz de detener de alguna manera.

Takigawa Chris Yuu, su antiguo maestro, se había retirado al Reino del Norte para obedecer las órdenes del príncipe Satoru Furuya como un enviado del Reino del Este. Si bien la partida del joven pretendía realizarse en secreto, la noticia llegó a oídos del príncipe Eijun gracias a la bocaza de uno de los lacayos del Rey, quien abandonó la jornada de caza en la que estaba metido para ir a comprobarlo con sus propios ojos. Al final la noticia resultó ser cierta, e impotente, todo lo que pudo hacer fue observar cómo su mentor guardaba sus cosas en cofres y baúles antes de subirlas a la carreta que lo esperaba a la entrada del reino, empleando una sola mano en todo el proceso ya que había perdido el otro brazo. Lo ayudó un poco, pero mientras lo hacía, las lágrimas nublaron tanto sus ojos, que tropezó varias veces en el proceso.

Ya había pasado un mes desde entonces, y él, Eijun, todavía creía imposible superar tan grande pérdida. Extrañaba a quien no solo fue su mentor, sino también fue su consejero y su más preciado amigo a pesar que las cosas en un principio habían sido tan malas entre los dos. La historia de cómo se conocieron resultaba muy accidentada, y es que en un inicio Eijun creyó que tanto él como Chris no se llevarían bien en lo absoluto, aunque el primero en forjar esa idea no fuese otro más que él mismo.

Lo asignaron como su instructor a los once años. En ese entonces, Miyuki Kazuya ya había logrado conseguirse una buena reputación en todo el reino gracias a su hábil manejo de la espada, e incluso había participado de una batalla minúscula a pesar de su corta edad, logrando salir victorioso. Eijun no había tenido contacto directo con él aún, pero lo admiraba desde lejos e incluso deseaba ser como él: Alguien no solo con gran habilidad, sino con un gran intelecto y una sed de victoria que lo conduciría hasta la gloria. Todos en el reino se encontraban maravillados con la historia de ese joven: Un pequeño ladronzuelo que fue atrapado cazando en el bosque privado del rey, optando por servirle a cambio de que su vida fuese perdonada, y que así, contra todo pronóstico, acabara convirtiéndose en el caballero más joven del reino, y uno de los más respetados.

Ansioso por convertirse en alguien igual de admirable, prácticamente lloró a su abuelo, el Rey, para que éste le consiguiera un instructor adecuado, pues estaba cansado de jugar a clavar a los muñecos de paja del patio, y fue así cómo asignaron a Chris como su mentor. Al inicio Eijun se sintió inmensamente ofendido porque fuese un manco el que llevara a cabo la difícil tarea de enseñarle el uso de las armas (E incluso creyó que se trataba de una burla dirigida a él), además que las primeras palabras que Chris dirigió a él no contribuyeron precisamente a que la imagen que tenía de él mejorara. Esas palabras todavía resonaban en su mente: «Así que quieres ser como alguien más ¿Eh? Qué patético». Eijun, inmensamente herido por haber hecho tambalear la admiración que sentía por Miyuki, lo obligó a demostrar la razón por la que debía aceptarlo como mentor, pues dudaba mucho que un manco fuese capaz de hacer algo bien. Como respuesta a eso, Chris tomó prestada una de las espadas del herrero y ejecutó unas maniobras tan increíbles que lo dejaron con la boca abierta.

Así fue cómo empezó a florecer el respeto de Eijun hacia Chris, respeto que luego se convertiría en una increíble admiración que lo seguiría por muchos años más.

Sin embargo, ahora Chris ya no estaba.

¡Eijun!

Sus pensamientos y recuerdos fueron abruptamente irrumpidos gracias a la voz de alguien más llamándolo y obligándolo a salir de ese ensueño en el que estaba atrapado.

Se frotó los ojos y estiró los brazos como si acabara de tomarse una larga siesta antes de girar su rostro en dirección al sitio del cual provenía aquella voz, y entonces, una sonrisa se formó sobre sus labios al notar cómo Kominato Haruichi, un mago aprendiz, se dirigía hacia él corriendo a gran velocidad.

— ¡Harucchi! —Exclamó poniéndose de pie de inmediato— ¿Qué ocurre? Luces agitado.

— Estaba buscándote por todas partes —Explicó Kominato—. Miyuki quiere comenzar con sus lecciones, y me ha pedido que te buscara. Nunca creí que te hallaría aquí, sin embargo. ¿No es éste el sitio en el que Miyuki suele venir a pasar el rato a solas?

— ¿Así que te ha pedido que me vengas a buscar? ¡JA! ¿Es que él no puede hacerlo por sí mismo? —Se cruzó de brazos y chasqueó la lengua, claramente disgustado. Una gota nerviosa de sudor resbaló sobre el rostro de Haruichi mientras forzaba una sonrisa.

— Eijun... se nota el poco aprecio que tienes por Miyuki —Comentó Haruichi entonces.

— ¿Aprecio? ¡Por supuesto que no tengo ni una gota de aprecio por ese... ese bastardo! —Exclamó Eijun alzando el puño y sacudiéndolo igual que lo hacía su abuelo cuando estaba molesto. Haruichi dejó escapar una pequeña risa que apenas fue audible, entonces palmeó el hombro de su amigo para tranquilizarlo un poco.

— Pero es tu mentor, se supone que debes respetarlo.

— No voy a respetar jamás a ese engreído —Estableció Eijun cruzándose de brazos—. Se cree el mejor únicamente porque es bueno con la espada ¡Eso puede serlo cualquiera! —Y rió histéricamente provocando que más gotas de sudor nerviosas resbalaran del rostro de Kominato, quien dejó escapar un largo y pesado suspiro sin tener ánimos para enfrentarlo— En todo caso —Dijo finalmente— iré a ver qué es lo que quiere. ¿Me acompañas, Harucchi?

— No puedo, en un momento tendré clases con...

— ¡Oh, vamos! ¡Será solo por un momento!

Antes de ser capaz de replicar, Eijun ya había agarrado el brazo de su amigo y lo conducía a través del castillo hasta la zona de entrenamiento. Ese paisaje ya resultaba conocido para él, quien comenzaba a cansarse de ser testigo del mismo esquema prácticamente todos los días. Le gustaría salir fuera del castillo y aventurarse más allá del muro, pero por ser el príncipe llevaba la carga de permanecer siempre dentro de los límites establecidos por su propia seguridad. Kominato no opinaba lo mismo, y es que para él salir de la torre donde estudiaba día y noche para convertirse en el mago del reino ya resultaba mucho. ¿Cómo habían sido amigos si prácticamente casi nunca lograban verse? Ésa era una buena pregunta.

Kominato giró el rostro para contemplar el de Eijun, y se sorprendió al notarlo algo tenso. ¿Tan grande era su odio por Miyuki? ¿Y qué habría ocurrido exactamente para que perdiera el respeto que le tenía? Todavía era capaz de recordar los días en los que Sawamura Eijun anhelaba poder convertirse en alguien similar a Miyuki Kazuya: Una persona fuerte y respetada, hábil con las armas y capaz de liderar victorias hasta en las batallas más insignificantes, además de portar el escudo de honor otorgado por el mismísimo Rey, y todo a una corta edad. Era cierto que estaba tentado a preguntárselo, sin embargo, sentía que el asunto podría ser un tema delicado para Eijun, por eso se mordía la lengua y dejaba sus dudas a un lado.

— Por cierto, ya ha pasado un mes desde que Chris se ha marchado —comentó con el fin de romper el silencio, pero se arrepintió de inmediato de haber tocado el tema al contemplar cómo la expresión de su amigo se ensombrecía. Trató de buscar un tema gracias al cual desviar la atención de Eijun, pero para su sorpresa, éste prosiguió con la conversación como si nada.

— Es verdad. Es sorprendente lo rápido que pasa el tiempo. Me pregunto cómo se encontrará —Y contempló el cielo como si allí pudiera hallar la respuesta a su pregunta. Sin embargo, el cielo se mostró tan límpido como siempre, y una suave brisa sopló desordenando un poco aquellos cabellos rebeldes. Kominato lució increíblemente aliviado de que eso no fuese un tema tabú para Eijun, así que continuó con la conversación animadamente.

— Estoy seguro de que se encuentra bien —Afirmó—. He estado antes en el Reino del Norte, así que puedo asegurar de que vivirá feliz allí.

— ¡Es verdad! ¡Tú y tu hermano provienen del Reino del Norte! —Recordó entonces Eijun— ¿Cómo es allá?

— Es un sitio bastante frío —Declaró Haruichi—. Incluso en verano debíamos vestir abrigos. Sin embargo, las personas de allí son bastante amables, y la comida es deliciosa. Además, el príncipe Furuya es un buen gobernante a pesar que todavía es muy joven, y muy a-apuesto también... —agregó por lo bajo, tratando de que no lo escuchara nadie más, al tiempo que sus mejillas se coloreaban de un vívido carmesí. Eijun no reparó en ese detalle, para fortuna de Haruichi.

— ¿Eeeh? ¿Así que ese tal príncipe Furuya es un buen gobernante?

— ¡Sí! Ha demostrado serlo a pesar que sus padres estén muertos, y que él es muy joven todavía para reclamar el trono como un Rey.

Eijun iba a preguntar algo, pero entonces vio a Miyuki con la espalda recostada contra uno de los pilares, de brazos cruzados, y aquellos ojos clavados fijamente en él. Tragó saliva y continuó arrastrando a Haruichi en contra de su voluntad, a pesar que éste no quería estar allí ya que sus clases iniciarían muy pronto.

— ¡Eres lento! —Reclamó Miyuki— ¿Y se supone que eres el futuro rey?

Eso bastó para que Eijun se enfadara a niveles considerables, pero antes de abrir la boca, Kominato se adelantó zafándose del agarre impuesto por Eijun.

— Entonces, me retiro —dijo rápidamente—. Que tengas buena suerte en tu entrenamiento, Eijun.

— ¡Espera, Harucchi!

Sin embargo, Haruichi ya se marchaba a toda velocidad a la torre donde debía continuar con sus estudios. Ser mago no era una tarea fácil después de todo. Eijun lo observó impotente cómo se alejaba, y Miyuki aprovechó el momento para apoyar la mano sobre el hombro ajeno.

— Sawamura Eijun, tenemos mucho que hacer, así que vamos.


Luego de ser prácticamente arrastrado por Miyuki al centro de entrenamiento y combate, Sawamura se encontraba apretando los dientes a causa de la rabia contenida. No le gustaba ser comandado por ese engreído ¿Pero qué más podía hacer? Su abuelo lo había encomendado a recibir clases con él, y no podía ir en contra de las órdenes del Rey sin importar si éste fuese su familia. ¿Por qué, de entre todos los instructores del reino, tuvieron que asignarle a Miyuki? No soportaba aquella personalidad suya, y no lo haría ni aunque le diesen una montaña de oro. Miyuki lo contemplaba con una sonrisa ladina, claramente divertido con la situación y con el enfado de Eijun, incluso se le escapó una risita cuando el otro joven le dedicó una mirada llena de odio. ¿Cómo podían esperar a que ese pesado fuese igual de bueno instruyendo que Chris? Claramente no tenía ni sus habilidades como instructor. Miyuki solo era un chico que había nacido bajo una buena estrella.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Miyuki suspiró largamente y colocó las manos sobre la cintura.

— Si crees que solo soy bueno en el combate, estás muy equivocado —largó de pronto—. Es verdad que jamás he tenido la ocasión para enseñar a alguien más, pero conozco todas las técnicas necesarias, y estoy capacitado para instruirte en ellas (aunque claramente me tomará mucho tiempo, y además no será fácil). No puedes estar aferrado a las enseñanzas de Chris todo el tiempo. He visto cómo lo hacía, y aunque puedo precisar que estaba haciendo lo correcto, se equivocó mucho respecto a ti —Eijun dejó a un lado aquella mirada de desprecio que estaba lanzándole, y lo observó consternado. Miyuki sonrió triunfal—. Te he observado atentamente y he visto que posees mucha flexibilidad, pero esa flexibilidad es inútil si empleas una espada y un escudo. Sé que es común que el Rey siempre porte un escudo en combate, pues al ser alguien tan importante, el escudo sería capaz de salvar su vida. Pero yo no creo que aferrarse a un escudo sea lo primordial. Gracias a esas observaciones que he hecho, puedo decir que tú no estás hecho para portar uno, sino para portar dos armas.

Eijun lo contempló reflexionando esas palabras. Desde los once años había aprendido que aprender a luchar con un arma y un escudo era primordial, pero Miyuki no se cortaba en arrojar todo ese aprendizaje a la basura diciendo que debía instruirse en el uso de las dos armas. ¿Pero cómo? ¿Tendría que arrojar todo lo que conocía a la basura? Además ¿Qué, acaso, emplear dos armas era algo típico de asesinos, igual que el hermano mayor de Haruichi?

— Sé lo que estás pensando —continuó Miyuki, y Sawamura se sobresaltó, provocando que una nueva sonrisita floreciera sobre los labios de Kazuya—. No estás hecho para portar un escudo, porque cada vez que lo haces, te pones tan rígido como una tabla. Lo ideal sería que te acostumbraras a su uso y aprendieras no solo a defenderte con él, sino también a atacar, pero eso llevaría tiempo: Un tiempo que no tenemos. Si crees que todo lo aprendido lo tendrás que desechar a la basura, estás equivocado. Estoy seguro que Chris te ha enseñado a manejar una espada, así que claramente tomaremos sus indicaciones y las continuaremos utilizando. Y si crees también que utilizar dos armas significa convertirse en un asesino igual que Ryosuke, estás claramente equivocado de igual forma. Un guerrero debe emplear el estilo de combate al que más se adapte su cuerpo, y eso llevará a la victoria —Sorprendentemente, contra toda expectativa, Sawamura oyó con atención cada una de las palabras enunciadas por el mayor, quien dibujó una sonrisa de satisfacción. Pasaron unos minutos más en los que Miyuki continuó hablando y explicando su estrategia a la hora de instruirlo, siendo escuchado atentamente por Eijun, quien, al final, asintió con la cabeza en señal de que captaba todo lo que Miyuki estaba diciendo. Éste, sin ocultar lo pasmado que estaba por el hecho de que el rebelde príncipe le prestara tanta atención, decidió dar término a sus palabras—. Bien, ahora muéstrame lo que sabes.

Ofreció una espada a Eijun, quien la tomó vacilando y se dirigió hacia el muñeco de práctica, comenzando a emplear los movimientos que Chris le había enseñado, y siendo observado atentamente por Miyuki. Éste, tras unos minutos de ver los movimientos de combate de Eijun, batallaba consigo mismo para evitar que la risa aflorara de su garganta.

— Estás muy rígido, de esa forma no harás daño a tu enemigo —aseguró acercándose lo suficiente. Rodeó con un brazo la cintura del príncipe, y con el otro lo ayudó a sostener la espada que sujetaba. La barbilla del mayor se apoyó sobre el hombro del otro, quien frunció el ceño—. La posición correcta es ésta. Asegúrate de centrar tu fuerza en esta parte del cuerpo, y descargarla en el brazo —agregó oprimiendo un poco la cintura ajena. Sawamura asintió con firmeza y dirigió una mirada de soslayo a Miyuki. Al notarlo tan cerca, un sonrojo se apoderó de sus mejillas y se apartó violentamente ante las risas de Miyuki.

¡Tú...! —iba a decir algo mientras lo apuntaba con el dedo, pero uno de los lacayos del rey llegó corriendo junto a ellos, interrumpiendo la clase.

— ¡Príncipe Eijun! ¡Su prometida ha llegado al castillo!