Miyuki.

Una risa brotó de los labios del mayor al contemplar la expresión que sostenía el pálido rostro del joven príncipe. Si la prometida de éste acababa de llegar, se suponía que Eijun debía de recibirla vestido de gala para complacer los ojos de la princesa y a su séquito de doncellas. Miyuki conocía de buena gana lo mucho que el príncipe detestaba esas ropas que lo hacían lucir ridículo, pero eran órdenes del rey, y no podía desobedecerlo. Al final, Eijun decidió subir a su cuarto arrastrando consigo a Miyuki, sin que éste consiguiera comprender la razón detrás del comportamiento del menor.

— ¡Eres mi maestro! ¡Se supone que debes acompañarme incluso en estos momentos! —bramó el príncipe señalándolo con un dedo.

De acuerdo, Miyuki había olvidado esa "pequeña" parte en su contrato, así que suspiró cansino y lo empujó a sus aposentos para ayudarlo a vestirse adecuadamente. Eijun susurraba cosas entre dientes, y en otras circunstancias Miyuki lo habría considerado como algo divertido, pero como había sido arrastrado a esa situación en contra de su voluntad, le costaba encontrar el lado gracioso de todo eso. ¿Cómo es que había pasado de librar importantes batallas, a ser el niñero de un crío que apenas sabía cómo controlar una espada? Le costaba todavía creer que el rey hubiese optado por prescindir de uno de sus mejores hombres solo para cumplir con el capricho de un antiguo tutor que se había marchado a otro reino.

Extrañaba matar el tiempo que tenía libre en la taberna del pueblo, donde solía encontrarse con Kuramochi Youichi, otro de los muchos guerreros que servían en la tropa, y con la pareja de éste, Kominato Ryosuke, hermano mayor del mejor amigo de Eijun, y también un mercenario conocido por su astucia y temido por sus habilidades. Los tres solían emplear ese espacio para charlar acerca de cosas amenas y beber un poco. Un mes había pasado desde la última vez que se habían encontrado, pues en esa fecha el rey lo había nombrado como nuevo instructor, y no estaba demás decir que extrañaba mucho esos encuentros. Ese mes lo dedicó enteramente a estudiar técnicas de instrucción, y por ese motivo tampoco había tenido tiempo para volver a verlos. Había esperado encontrarse con Kuramochi en alguna de esas ocasiones en las que salía a tomar aire fresco, pero éste se hallaba ocupado entrenando en el campo junto a los demás soldados. Según el mago del reino, que también podía vaticinar el futuro, se acercaba una guerra, por lo cual el rey había ordenado a sus tropas a entrenar diariamente. Cuánto deseaba Miyuki formar parte de ellos, pero en su lugar, tenía que hacer de niñera de un mocoso que, a pesar de ser un año menor, se comportaba como si tuviera tan solo cinco años.

Miyuki no comprendía el vaticinio del mago. ¿Quién querría atacarlos en esos tiempos de paz? La última batalla la habian disputado seis meses atrás, cuando un séquito de nómadas intentó ingresar a esas tierras sin pedir permiso, lo cual desató la ira del rey. Por supuesto que ellos salieron victoriosos, y los nómadas perdedores necesitaron regresar por el camino por el cual habían venido y rodear todo el reino hacia su destino con un número de hombres considerablemente más bajo. Creía que las sospechas del mago se encontraban en un error, pero no iba a decir nada contra alguien en quien la confianza del rey estaba enteramente puesta.

Debido a que se hallaba tan ensimismado en estos pensamientos, no se percató de que el mensajero había llegado corriendo hasta él y le tendía insistentemente un pergamino: Una carta procedente de otro reino ¿Sería Chris preguntándole acerca de sus avances con el entrenamiento del príncipe? Lo veía poco probable, pero no por eso la ignoró. Desenrolló el pergamino sin muchas ganas, y halló la pulcra caligrafía de un escriba en ella. Parpadeó y leyó el contenido en voz alta.

Miyuki Kazuya. Éste es el quincuagésimo tercer mensaje que estoy enviándote, y continúo a la espera
de una respuesta proviniente de ti. No creas que me rendiré con tanta facilidad ¡Porque nadie ignora al
Grandioso Príncipe del reino Inashiro! (A excepción de ti, pero ésa es otra historia).
Como bien imaginarás, a mis oídos han llegado tus valerosas hazañas. Nunca habría creído que alguien
de mi edad pudiera tener un talento tan único. Por ese motivo, te invito honorablemente a que seas mi
siervo. ¡Te prometo riquezas, glorias, y a todas las mujeres que desees tener! ¡Te ofrezco todo aquello
que en tu preciado reino no te han dado! Si quieres tierras, las tendrás; si deseas riquezas, las pondré
en tus manos; si deseas reconocimiento, me encargaré que en todos los reinos pregonen tu nombre.
¿Qué dices, Kazuya? Ven a trabajar para mí y no te arrepentirás.
Atentamente, el Grandioso y Valeroso Príncipe del reino de Inashiro, Narumiya Mei.

— Se está volviendo cada vez más insistente —musitó Miyuki partiendo el mensaje a la mitad.

— ¿¡Ah!? ¿Quién es ése? —cuestionó Eijun, quien había oído el contenido de la carta.

— ¿Cómo es posible que no lo sepas? —inquirió Miyuki casi con indignación frente a la ignorancia del príncipe—. Narumiya Mei es el príncipe heredero al trono del reino de Inashiro. ¿En qué clase de mundo estás viviendo para no saberlo? ¿Siquiera sabes qué reino es Inashiro?

— ¡Por supuesto que lo sé! —replicó Eijun rápidamente— Es el reino que limita con el nuestro en el oeste ¿Cierto? Se supone que son nuestros principales enemigos con quienes peleamos constantemente por las tierras, pero desde hace varias décadas nuestra relación con ellos ha sido neutral, si mal no recuerdo.

— Bien, me alegra saber que no tienes solo polvo en la cabeza —este comentario hizo gruñir al menor, pero Miyuki lo ignoró por completo.

— ¿Y dice que quiere que trabajes para él?

— Oi, oi, no trates de involucrarte en asuntos que no te conciernen —la mirada que Miyuki le dedicó fue tal, que Sawamura tragó saliva y continuó con su camino—. En cualquier caso, sí quiere que lo haga. Incluso ha enviado al rey algunas cartas mostrando su interés en mí, pero le he pedido que las ignore o las rechace —al ver la expresión que ponía Sawamura, una gota nerviosa de sudor resbaló de su rostro—. A ti te encantaría que yo me fuera y ni siquiera lo ocultas ¿No es así?

— ¿Qué? ¿Yo? ¡Para nada! —se defendió Eijun rápidamente sin molestarse en ocultar su aspecto culpable. Miyuki dejó escapar un largo suspiro y le dio un pequeño empujón.

— Como sea, vamos a cambiarte de ropa, y luego a ver a tu prometida.


Miyuki ayudó a Eijun a ponerse casi toda la ropa, como si de un niño pequeño se tratara. Cuando lo hizo, admiró ese cuerpo cuyos músculos aún se encontraban en etapa de desarrollo. Su piel bronceada se hallaba cubierta de sudor a causa del breve entrenamiento, y también por el acto de subir apresuradamente unas largas escaleras que conducían a la torre en la cual se encontraban sus aposentos. Algunas gotas de sudor todavía recorrían su espalda; lo ayudó a quitárselas de encima con un paño húmedo, aprovechando el momento para tocar esa piel aterciopelada y así sentir un poco de ese cuerpo tan exquisito.

— ¿P-Por qué estás mirándome tan fijamente? —El enrojecido rostro del príncipe se hallaba vuelto hacia él. Aquellos ojos ámbar lo observaban fijos en busca de una respuesta. Al parecer, estaba sintiendo vergüenza de que su tutor lo viera de ese modo. Miyuki tragó saliva y se obligó a ocultar aquellos deseos que habían surgido momentáneamente desde su interior dándole una palmada en la nuca.

— Eres tú el que me está viendo de ese modo. Ahora vístete, que la princesa se halla esperando por ti.

No era la primera vez que se sentía así. Esas emociones también habían surgido en el momento en que su brazo rodeó la cintura del menor mientras se encontraba instruyéndolo. Había podido sentir el aroma salado del sudor mezclándose con su propia esencia. Había percibido lo delgada que en realidad era aquella cintura, y gracias a un roce inesperado, descubrió la buena forma del trasero ajeno. Miyuki se relamió, sintiendo cómo sus labios se secaban ante toda esa imagen, y la obligó a salir de su mente mientras sacudía vigorosamente la cabeza de forma negativa.

El príncipe Eijun no tardó en terminar de vestirse, tal vez apremiado por la mirada que le dedicaba su instructor, y luego bajó junto con éste al jardín, donde la princesa se hallaba bebiendo el té en compañía del rey y de su séquito de doncellas. Al marchar, el príncipe estaba tan pendiente de llegar a su destino, que tropezó accidentalmente con una de las criadas que servían al reino. Eijun se detuvo momentáneamente y se disculpó antes de salir corriendo hacia donde se hallaba la princesa y su abuelo. Miyuki la ayudó a levantarse y chasqueó la lengua ante la torpeza del joven príncipe.

— Discúlpalo, está un poco alterado por la repentina visita de su prometida —dijo mientras trataba de recordar el nombre de la joven a la que estaba ayudando. Se llamaba Haruno o algo así ¿No?

— No se preocupe, no sucede nada, señor Miyuki —respondió ella con voz suave—. Además, soy yo la que se interpuso repentinamente en el camino del joven príncipe. No ha sido culpa suya.

Miyuki observó cómo ella giraba sobre sus talones, y observaba atentamente a Eijun, quien se encontraba charlando animadamente con la princesa y con su abuelo. Miyuki percibió el sonrojo en las mejillas de Haruno, e inmediatamente comprendió que ésta se encontraba enamorada del príncipe. Una extraña sensación comenzó a a aflorar en sus entrañas, sintiéndose incómodo.

— Si lo miras de ese modo, todo el mundo sabrá que él te gusta —comentó sobresaltando a la joven, quien se llevó las manos a las mejillas, completamente enrojecidas.

— ¿Es tan obvio? —cuestionó ella soplándose con las manos para bajar la temperatura de su rostro, y Miyuki sonrió de lado.

— Aunque me sorprende que ese niñato pueda gustarle a alguien.

— ¡No diga eso! ¡El joven príncipe es alguien muy amable y sincero! Una vez me defendió de unos patanes que pretendían hacerme cosas. No lo golpearon por ser el príncipe, pero lució tan valeroso que no pude evitar enamorarme de él. Sé que él jamás se fijará en mí, que lo nuestro es imposible porque está comprometido con alguien más, así que quiero, al menos, tener el placer de verlo desde lejos.

Miyuki no pudo decir nada. Al parecer, los sentimientos de esa joven eran realmente sinceros ¿Pero por qué se sentía tan incómodo escuchándolos? Sentía cómo un nudo en su pecho iba formándose hasta oprimir su corazón. Era una sensación reciente, pero resultaba realmente molesta.

A lo lejos contempló al rey llamándole. La princesa estaba charlando animadamente junto al príncipe, y un suspiro brotó de sus labios. ¿Qué querría ese anciano? Aun así se acercó a regañadientes, dejando atrás a la joven que estaba enamorada del príncipe. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la princesa puso sus ojos en él, y Miyuki comprendió que ella era bonita. ¿Cuál era su nombre, otra vez? Al parecer, era Wakana.

— Éste es el instructor de mi nieto. Probablemente ya habrás oído hablar de él: Su nombre es Miyuki Kazuya —lo presentó el rey sin reparos. Miyuki, más por cortesía que por ganas, inclinó la cabeza en una educada reverencia.

— ¡Oh! ¡Por supuesto que he oído hablar de él! —declaró ella juntando las manos, encantada—. Sus hazañas han llegado hasta los oídos de mi reino, aunque me sorprende todavía lo joven que es.

— Sus elogios me complacen, alteza —replicó Miyuki mostrándose educado. Pudo ver que Eijun contenía la risa, y una vena saltó en la frente del mayor.

— Eso me recuerda ¿Qué tal ha ido el entrenamiento con mi nieto? —cuestionó el rey acomodándose en su asiento.

Miyuki tragó saliva. No podía dejar en vergüenza al príncipe frente a la princesa, así que mintió descaradamente.

— ¡Oh! Bastante bien, alteza —dijo tratando de no ver a Eijun—. Presiento que muy pronto será el mejor espadachín del reino.

— Eso era lo que quería oír —enunció el rey con una sonrisa satisfecha.

— ¿Es verdad eso, Eijun? ¡No lo puedo creer! —exclamó la princesa Wakana mientras Eijun reía como idiota frotándose los cabellos de la nuca.

— No es para tanto —dijo éste sacudiendo una mano, tratando de quitarle importancia al asunto. Miyuki suspiró para sus adentros, alegrándose de que creyeran sus palabras. Eijun era realmente malo en el uso de la espada -aún-, pero él podría ayudarlo a mejorar si es que sus planes salían como esperaba. De lo contrario lo probable sería que el rey lo decapitara por decir mentiras descaradamente. Una gota nerviosa de sudor resbaló del rostro de Miyuki al pensar en esa probabilidad, así que rezó porque todo saliera bien.


Luego de que la noche cayera, en el reino entero se celebró una fiesta por la presencia de la princesa, quien trató de minimizar la importancia de su llegada a ese lugar con una sonrisa y palabras amables. Eijun estuvo acompañándola todo el tiempo luciendo una sonrisa incómoda de idiota que a Miyuki le causó gracia mientras lo observaba desde lo lejos. Éste no pudo evitar percatarse de que algo se encendía dentro de sí cada vez que lo veía, lo cual le llamó la atención y generó varias preguntas en la mente de Kazuya. Trató de no prestar demasiada atención a ese pequeño aspecto, pero le resultaba imposible ignorarlo. Para distraerse, buscó entre la multitud que invadía el castillo en esos momentos en busca de rostros conocidos, y no tardó mucho hasta hallar el rostro de su mejor amigo sobresaliendo junto al de la pareja de éste. Miyuki sonrió y se dirigió en torno a Kuramochi Youichi para saludarlo luego de un largo mes de no haberlo hecho.

— ¡Qué sorpresa! ¡Miren quién ha aparecido de entre los muertos! —exclamó éste luego de haber lanzado una risa escandalosa— ¿Cómo te ha ido, Miyuki? He oído que te has convertido en la nueva niñera del príncipe~

— Yo también me alegro de verte —murmuró Miyuki entre dientes, estrechándole la mano. Inclinó la cabeza saludando a Kominato Ryosuke, quien no se molestó en devolver el gesto y simplemente ensanchó la sonrisa que ya se encontraba sobre sus labios— ¿Qué tal ha ido todo?

— ¡Hombre! ¡Las cosas se encuentran muy agitadas por culpa de ese mago! Dudo mucho que haya una guerra pronto, con lo pacíficas que están las cosas... —se quejó Kuramochi colocando los brazos tras la cabeza.

— Pero no hay que olvidar que él jamás se ha equivocado antes en una predicción —acotó Kominato.

— Aun así creo que es muy improbable que alguien vaya a atacarnos pronto —replicó Kuramochi, viendo a su pareja con una clara expresión de incredulidad.

— Veo que se han estado divirtiendo bastante sin mí —enunció Miyuki tomando uno de los vasos que Haruno le estaba pasando. Kuramochi lo imitó, pero Kominato prefirió pasar de la bebida—. Extraño empuñar una espada decentemente.

— ¡Qué va! ¡Las cosas no son las mismas desde que te has convertido en el instructor del príncipe! De hecho, estábamos pensando en secuestrarte uno de estos días para volver a beber en la taberna como lo hacíamos antes.

Una sonrisa amarga cruzó los labios de Miyuki.

— Dudo que pueda hacer eso —dijo luego de haber lanzado un suspiro—. Las órdenes del rey son muy estrictas, y debo cumplirlas al pie de la letra. Para fin de mes, el príncipe ya debe aprenderse lo básico del manejo de dos armas.

— Oh ¿Así que desecharás las enseñanzas de Chris y lo entrenarás en el manejo de dos armas? —Kominato repentinamente se vio interesado en el tema, y Miyuki recordó que ese mercenario era un experto en ese ámbito—. Eso suena como algo muy atrevido.

— Pero es lo único que puedo hacer. Cuando porta un escudo se pone tan rígido como esta mesa. Tiene habilidades para convertirse en un asesino de élite, lo malo es que tomará tiempo.

Los tres continuaron charlando acerca del tema, cuando repentinamente las puertas se abrieron dejando pasar al mensajero, Kawakami, al interior del salón con el rostro pálido y la respiración agitada.

— ¡Un ejército viene en camino! —anunció con la apariencia de que caería desmayado en cualquier momento. Miyuki dejó su bebida durante unos instantes.

— ¿Qué? ¿Un ejército? —preguntó alguien.

— Eso es imposible —señaló otro.

Miyuki se abrió paso entre la multitud y tomó a Kawakami por los hombros. Éste lucía demasiado espantado para estar mintiendo.

— ¿Quiénes son, Nori? —cuestionó— ¿Qué bandera portan?

— Inashiro.

El silencio se hizo presente en el salón rápidamente. Las risas y conversaciones callaron mientras Miyuki analizaba la situación mentalmente.

— ¡Corran!

Y entonces se desató el caos.