Narumiya Mei.
Varios días atrás...
Inaudito ¡Inaudito! ¿Cómo se atrevía Miyuki Kazuya a ignorar sus cartas? Él, que había puesto tanto esfuerzo en escribir con su propio puño cada una de ellas en lugar de emplear a un escriba, como lo haría un príncipe normal, merecía al menos una respuesta digna. ¿Por qué razón Kazuya lo ignoraba con tanta insistencia? ¡Sabiendo que podría llegar a formar parte de algo realmente grande, como lo era el reino de Inashiro! No es que no estuviera conforme con sus propios caballeros, todos ellos eran bastante capaces y podían hacer cualquier cosa, incluso ganar batallas sin gran esfuerzo. Sin embargo, Miyuki Kazuya había conseguido atrapar su atención por completo ¡No cualquiera era capaz de ir a la guerra a los trece años y salir completamente victorioso! Incluso sus caballeros no fueron capaces de hacer algo así cuando tuvieron la oportunidad. Por esta y otras razones, había decidido que tendría a Kazuya en sus filas costara lo que costara.
Caminó a través del salón con furia, mientras su escudero, Itsuki, caminaba detrás de él sin saber muy bien qué hacer ante el enorme mohín que el príncipe estaba realizando. Mei no detuvo su andar, y continuó hasta la sala de la mesa de tácticas, donde se encontraban sus caballeros más confiables: Carlos y Katsuyuki. La mirada de Mei irradiaba fuego, e Itsuki se sintió nervioso por este motivo. El chico rubio tomó asiento en el lugar que le correspondía con los dientes apretados, y dedicó una mirada severa a los otros dos como si éstos acabaran de cometer el peor delito del mundo. Carlos no hizo mueca alguna, se limitó a permanecer apoyado contra la pared, de brazos y piernas cruzados y una sonrisa altanera en el rostro. Katsuyuki se encontraba sacando brillo a su espada por enésima vez en el día, por lo cual tampoco se inmutó. Era como si ambos estuvieran acostumbrados a los berrinches de su príncipe, algo que, realmente, resultaba un poco cierto.
Ambos tomaron asiento junto a Itsuki mientras Mei contemplaba el mapa que se hallaba extendido en la mesa, sobre el cual descansaban figuras de diversos tipos en el área que pertenecía a Inashiro. El príncipe acabó clavando una daga en el mapa correspondiente al reino Seidou, y el aura que irradiaba sobresaltó a su escudero. ¿Qué estaba sucediendo allí?
— ¡Escúchenme todos! —la voz de Mei sonaba fuerte y segura— ¡Atacaremos Seidou! —Pero nadie en la sala pareció sobresaltarse. De hecho, Katsuyuki continuaba puliendo su espada sin inmutarse, aunque ésta se encontraba tan brillante que podría cegar a una persona—. ¡Oigan! ¡Estoy hablando!
— ¿Eh? ¿Atacar a Seidou? ¿Por qué deberíamos hacer algo así? —cuestionó Carlos viendo al príncipe como si éste acabara de realizar una muy buena broma.
— ¿No es obvio? —ladró Mei, quien se cruzó de brazos mientras inflaba el pecho con altanería— Kazuya no ha respondido a ninguna de mis cartas ¡Esto es el colmo!
— Pero la última carta que le has escrito ha sido tan solo hace una semana atrás. Teniendo en cuenta que es el reino de Seidou, probablemente acabe de llegar... —pronunció Itsuki con algo de inseguridad. No le gustaban esos asuntos, y desatar una guerra por una cosa tan simple parecía ser el colmo.
— Conociendo a Kazuya, probablemente también la ignore —enunció dejando brotar un resoplido de sus labios—. Si no ha respondido a mis cincuenta y dos cartas anteriores ¿Qué hará a ésta diferente? ¿Por qué habría de contestarla? — «Si lo sabías ¿Por qué insististe tanto?» fue el pensamiento colectivo que cruzó las mentes de los demás—. Por eso, anoche, tras pensarlo detenidamente, he pensado que si anexamos a Seidou a las tierras de Inashiro, Kazuya ya no podrá continuar negándose a estar bajo mis órdenes ¡Soy un genio! ¿A que sí?
Un silencio incómodo llenó la habitación, uno que obligó a Itsuki a tragar saliva ruidosamente.
— Lo que estás proponiendo es que acabemos con los años de paz que ha existido entre los reinos Seidou e Inashiro ¿Y que los ataquemos porque Miyuki Kazuya te ha rechazado, ignorando las cartas que le has enviado? —cuestionó Katsuyuki contemplando el brillo que reflejaba su espada.
— ¡Y anexaremos ese territorio para que Kazuya pueda estar, finalmente, bajo mis órdenes!
— Eso suena como si te hubieses enamorado de ese tal Kazuya del que tanto hablas —acotó Carlos con una sonrisita. Itsuki se sobresaltó ante esta afirmación, pero más se sobresaltó al ver cómo las mejillas del príncipe se tornaban rojizas.
— ¿¡Por qué habría yo de enamorarme de ese... Ignorador de cartas!? —«Ni siquiera sabe qué palabra emplear para describirlo» fue el pensamiento colectivo— ¡No es como si yo, el gran príncipe de Inashiro, me hubiera quedado impresionado con sus hazañas! ¡Claro que no! Solo quiero a alguien confiable entre mis tropas, alguien que sepa cómo servirme. Aun así, sigo confiando en ustedes, chicos, que son mis más leales colegas, y las personas sobre las que más deposito mi fe.
Hubo un silencio general. Nadie intercambió miradas con nadie.
— Pero ¿Te has pensado en cómo se sentiría el rey al ver que todo lo que él se ha esforzado por conservar cae en picado? —preguntó Itsuki entonces, quien no se había atrevido a compartir su opinión hasta entonces. La expresión de Mei se endureció inmediatamente, y apretó los puños con fuerza.
— Lastimosamente, padre se encuentra muy enfermo —afirmó mordiendo cada una de sus palabras—, y el médico asegura que no abrirá pronto los ojos, así que esto es algo que depende completamente de mí, ya que soy yo ahora el que posee el poder, así que mis decisiones son como si el mismo rey las elaborara, por lo cual me deben absoluta obediencia.
— ¿Así que planeas iniciar esta guerra de cualquier forma? —esta vez, fue Katsuyuki el que habló.
— Kazuya me lo debe. Debió haber pensado detenidamente antes de atreverse a ignorarme de manera tan deshonrosa —El silencio se hizo presente entre los cuatro, las miradas de todos se volvieron completamente serias mientras contemplaban el mapa que se extendía sobre la mesa, con la daga clavada justo en el área perteneciente a Seidou. Itsuki tragó saliva una vez más, y contempló al príncipe con una mirada cargada de incredulidad—.¡Preparen al ejército! Daremos una pequeña visita a las tierras que deben pertenecer a Inashiro por derecho. ¡Marcharemos mañana!
Miyuki Kazuya.
Escoltó a la princesa fuera del castillo entre todo el tumulto que se había creado luego de que el mensajero llegara corriendo a anunciar la marcha del ejército de Inashiro hacia ese lugar. Las personas corrían desesperadas de un lugar a otro, y era imposible que mantuviera la concentración intacta con todo el ruido que invadía el reino en esos momentos. La princesa Wakana estuvo a punto de tropezar un par de veces, pero Miyuki la protegió e impidió que lo hiciera ante la mirada maravillada de las doncellas que la acompañaban. Al llegar al carruaje que la devolvería al reino del sur, sus ojos no pudieron evitar contemplar su alrededor, donde los miles de soldados corrían de un lado a otro, preparando sus armaduras y también sus armas, listos para entrar en combate antes que los soldados de Inashiro continuaran avanzando en dirección al castillo. Al final, el mago del reino había tenido razón. Era una fortuna que todos hubiesen entrenado con todas sus fuerzas al pensar que una nueva guerra se avecinaría. Miyuki sentía que debía estar con ellos, preparándose, pero necesitaba una orden directa del rey antes de actuar. Después de todo, era un simple mentor. Suspiró con pesadez, y eso pareció alertar a la princesa, la cual ya había subido al carruaje junto a sus doncellas.
— No se preocupe, buen caballero, sé que todo estará bien —anunció ella con una suave sonrisa, que enterneció a Miyuki.
— Muchas gracias, princesa, aunque ahora nuestra prioridad es sacarla de aquí —afirmó él con voz firme y decidida, lo cual provocó que ella suspirara. Él la contempló algo extrañado, y ella replicó de la siguiente manera:
— La verdad es que no deseo irme —replicó ella—. Quiero apoyarlos, aunque sé que mi presencia aquí no hará más que estorbar —Miyuki contempló cómo ella apretaba los puños, y por un instante admiró el valor de esa mujer— ¿De verdad no hay oportunidad de que lo haga?
— Mire, princesa, la elección de marcharse es completamente suya —afirmó él—, pero quedarse aquí en estos momentos puede resultar peligroso. No sabemos si nuestras fuerzas serán lo suficientemente capaces de evitar que el ejército enemigo continúe avanzando hacia aquí. Si, de alguna manera u otra, el castillo cae, usted también se encontrará en peligro.
— ¡Pero...!
— Sin embargo, sé que al príncipe lo alentará su presencia aquí, majestad, y tendrá otro motivo por el cual debe evitar que el reino caiga ante Inashiro.
Las mejillas de ella se sonrojaron. Miyuki pudo advertir que ella estaba completamente enamorada del príncipe, y que las palabras que había dictado habían sido lo suficientemente poderosas para hacer temblar a su corazón. En ese instante, sintió cómo algo similar a una espina se clavaba en el suyo, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, pues Kuramochi se acercó corriendo a él, ya completamente vestido con la armadura, a excepción del casco, el cual llevaba bajo el brazo. Lucía apresurado, así que Miyuki dejó de centrar su atención en la princesa, y en lugar de eso, se la prestó a su mejor amigo.
— ¡Miyuki! Al fin te encuentro. Estaba buscándote por todas partes —aseguró deteniéndose frente a él y respirado agitadamente. Al parecer, realmente lo había buscado en todas direcciones—. El rey solicita hablar contigo, dice que es urgente —afirmó haciendo lo posible por ponerse firme, lo cual casi provocó que una risita brotara de los labios de Kazuya.
— Entendido, inmediatamente iré junto a él —declaró. Kuramochi asintió y se marchó, dejando una vez más a Miyuki y a Wakana, junto a las doncellas de ésta.
— Le deseo buena suerte, buen caballero —dijo ella con una sonrisa amable, él asintió con la cabeza—. Creo que la decisión de quedarme o no hacerlo recae ahora en mis manos.
— Gracias, su majestad —elaboró una educada reverencia—. Confío en su buen juicio.
Y tras decir aquello, caminó alejándose del carruaje, todavía sintiendo aquella espina clavada en su corazón. No trató de comprender lo que ocurría con él mismo porque ahora mismo existían problemas bastante graves, y quedarse a pensar en cosas insignificantes. Caminó entre la multitud de soldados que correteaban de un lado a otro, y chocó en un par de ocasiones con aquellos. El ejército de Inashiro se encontraba muy cerca, y todos debían apresurarse para evitar que continuaran avanzando. Miyuki anhelaba encontrarse en las filas de soldados pero ¿Le permitiría el rey acudir al campo de batalla? Se preguntaba si la audiencia que le había pedido tenía que ver con ese anhelo. Si tan solo pudiera volver a blandir su espada en lugar de perder el tiempo tratando de enseñar a un chico chillón sobre cómo luchar... Se sentiría completo.
La noche ya había caído hacía unas buenas horas atrás, probablemente estaban cerca de la medianoche, pero en el castillo lejos se encontraba la posibilidad de que todos fuesen a dormir. Todos, incluso aquellos que no iban a luchar, se hallaban agitados por la proximidad del ejército hostil. Miyuki se preguntaba qué habría cruzado por la cabeza del príncipe de Inashiro para que repentinamente corrompiera la paz que existía entre los reinos. Si Inashiro clamaba por guerra, probablemente el Reino del Norte, encabezado por el príncipe Furuya, se aliarían a Seidou, lo cual era un alivio, ya que siempre hubo una gran amistad entre esos dos reinos, por lo cual contarían con más hombres. Sin embargo, Inashiro era bastante fuerte. Miyuki se preguntaba si realmente serían capaces de soportar un repentino asalto hasta la llegada de los hombres del Norte. Qué problemático.
Mientras pensaba en todas esas cosas, subió las escaleras que lo conducirían hasta la sala del trono, donde probablemente el rey se hallaba aguardando pacientemente a su llegada. Se preguntó qué querría exactamente de él, y si es que de verdad tenía esperanzas de ser enviado al frente de batalla. Después de todo, como Primer Caballero no tenía otra elección más que acudir al auxilio de sus camaradas. Kominato Ryosuke aguardaba a la entrada de la puerta con los brazos cruzados. Como era un mercenario, un asesino a sueldo, no tenía razón para estar en el campo de batalla a menos que se lo ordenaran. Miyuki tenía cierto respeto por él, ya que siempre lo había considerado como un felino muy peligroso. Tragó saliva antes de cruzarse con él. Su expresión se veía preocupada, probablemente a causa de la partida de Kuramochi. Aunque los dos básicamente acababan de empezar a salir, Miyuki podía asegurar que se amaban con intensidad. Kominato elaboró un gesto con la cabeza, señalando el interior del salón, y Miyuki comprendió que se había quedado a mirarlo por mucho tiempo. Se apresuró a ingresar, sintiéndose algo avergonzado, y vio que, efectivamente, allí se encontraba el rey, discutiendo con su nieto.
— Lamento interrumpir la escena familiar, pero ¿Me ha llamado, majestad?
La charla entre rey y príncipe se cortó abruptamente, por lo cual Miyuki no tuvo más alternativa que forzar una sonrisa. Se acercó hasta el rey con las esperanzas puestas en que lo enviaría al campo de batalla, sin embargo, si el príncipe estaba presente, eso significaría inevitablemente que en realidad se trataba de algo relacionado a éste. Sus esperanzas fueron desvaneciéndose.
— ¡Miyuki! —exclamó el rey con energía. El aludido no sabía si el rey estaba feliz de verlo o de si, por lo contrario, se hallaba molesto porque había interrumpido su importantísima charla con su nieto— ¡Al fin estás aquí! ¿Dónde te habías metido?
— Mis disculpas, su majestad, me encontraba ocupado escoltando a la princesa de vuelta a su carruaje, lo cual no ha sido fácil por todo el caos que se ha desatado —aseguró inclinando la cabeza en una educada reverencia—. ¿A qué se debe el honor de haberme llamado?
Como si hubiera leído las sospechas de Miyuki, el rey posó una mano sobre el hombro de su nieto.
— Quiero que protejas a este niño con el fulgor de tu espada—enunció. Miyuki sintió que el alma se le caía a los pies. Con solo oír esas palabras, pudo asegurarse de que sus sospechas estaban en lo cierto: significaba que no lo enviaría a la batalla. Tendría que continuar haciendo de niñera del príncipe.
— ¿¡Qué!? —exclamó inmediatamente Eijun, librándose del toque que su abuelo imponía sobre su hombro— ¡Pero si ya has oído hablar a Miyuki esta misma mañana! ¡Él dijo que estoy más que capacitado para manejar una espada sin problemas!
El rey contempló a Eijun largo y tendido, Miyuki suponía que estaba sopesando la probabilidad de que eso fuese cierto, y sus sospechas -una vez más- fueron confirmadas cuando el monarca suspiró y observó al caballero con una mirada inquisidora. Miyuki tragó saliva duramente, esperando a que la pregunta brotara de los labios del rey de una vez por todas, y así sucedió.
— Eso que has dicho respecto a mi nieto ¿Es verdad?
Miyuki tragó saliva.
— Verá, su majestad, lo cierto es que no quería decirlo frente a la princesa, pero la verdad es que Eij- El príncipe no está preparado para librar una batalla. Acabamos de empezar con el entrenamiento, y nada de lo que Chris le ha enseñado funcionará. Estoy comenzando con él desde el principio, lo básico. Planeo instruirlo en el arte de las Dos Armas.
El silencio se hizo presente entre los tres. Miyuki empezó a temer que hubiera enfadado al rey, sin embargo, éste lucía bastante calmado mientras examinaba con la mirada a su nieto, quien estaba enteramente petrificado por las palabras de Miyuki.
— Esto es grave —reflexionó el rey—. Tenía las esperanzas de ver a mi nieto liderando nuestras tropas —tosió e hizo un gesto a Miyuki para que se acercara, éste así lo hizo, y el rey susurró a su oído—: Si esto es el inicio de una guerra, me temo que no viviré lo suficiente para ver el final de ésta —y se apartó con una expresión sumamente tranquila a pesar de lo que acababa de dictar. En cambio, Miyuki se hallaba completamente pasmado. Eso significaba que el rey... ¿Iba a morir?
— ¡Pero...! ¡Su majestad! ¡Usted no puede...! —el rey hizo un gesto pidiendo silencio, pero las ganas de protestar no se alejaban de Miyuki.
— En ese caso, Miyuki Kazuya, te ordeno que permanezcas al lado de mi nieto y lo entrenes lo mejor que puedas.
— Así lo haré, su majestad.
— ¡No es justo! —ya era hora, pero finalmente, tras una larga pausa, Eijun finalmente se dignó a protestar— ¡Yo SÉ que puedo ir a pelear! ¡Si tan solo sigo las enseñanzas de Chris, de seguro yo podré...!
— No podrás —lo cortó Miyuki rápidamente—. Ya te he dicho que no sirves para el combate con escudo. Tus instintos no están hechos para esa clase de lucha.
— ¡Tú no sabes nada! ¡Estuviste por un mes entero sin hacer absolutamente nada! ¿Y ahora vienes a fastidiarme diciendo que no soy apto para ir a pelear en el frente? ¿Quién te ha nombrado "rey", eh?
— Príncipe...
— ¡Abuelo! ¡Quiero que me dejes ir al campo de batalla! ¡Yo sé que puedo combatir decentemente! Este presumido nada más quiere llevarse toda la gloria.
— Príncipe...
— Prometo que no te defraudaré, abuelo, pero por favor, déjame marchar. Quiero pelear. Quiero defender nuestro reino así como tú lo has hecho de joven.
— ¡Príncipe!
— Me dejarás ir ¿Verdad? ¿Verdad que permitirás que salga a combatir con las enseñanzas de Chris? Yo puedo defender al castillo, puedo defenderte a ti ¡Por los mil demonios, abuelo! ¡Déjame ir! ¡Déjame pelear!
— ¡Ya basta, Eijun! —la voz severa del rey resonó en toda la sala del trono— Harás lo que he comandado, y no como tu abuelo, sino como tu rey, así que has de obedecerme.
El príncipe apretó los dientes y salió corriendo. El rey suspiró larga y pesadamente, y ordenó a Miyuki que lo siguiera antes de que el menor cometiera una estupidez. Miyuki así lo hizo. Eijun comprendió inmediatamente que Miyuki lo estaba siguiendo, y le pidió que se marchara. Sin embargo, terco como una mula, Miyuki respondía que estaba siguiendo el mandato del rey y que no lo desobedecería. Eijun abandonó el castillo y se dirigió corriendo hacia el bosque encantado, tratando de liberarse del mayor, pero éste continuó siguiendo sus pasos con insistencia. No iba a abandonarlo por nada en el mundo. Cuando menos lo esperó, Eijun ya estaba internado en la penumbra del bosque, y Miyuki solo podía seguir su rastro gracias al crujido de las ramas al ser pisadas. Escuchó un par de quejas por lo bajo, producto de los tropezones que se había dado contra las raíces de los árboles, y luego, finalmente, Miyuki lo tomó del brazo y lo abrazó contra sí mismo para no continuar perdiéndolo de vista.
— Te tengo~ —susurró, sonriendo ladino al percibir los fuertes latidos del corazón ajeno.
