Sawamura Eijun.
Canción: A Historic Love (Trevor Morris).
A la luz de la luna, su corazón latía acelerado mientras contemplaba las facciones de Miyuki, quien le devolvía la mirada con apariencia de querer decir algo, pero sin mencionar absolutamente nada. Ambos se perdían en los ojos del otro en un inevitable intercambio que no parecía hallar el fin. A pesar que la noche los cubría con su negro manto, Eijun no sentía siquiera una pizca de frío gracias a la cercanía existente entre su cuerpo y el de Miyuki, ambos pegados sobre un conjunto de hojas secas que cubrían el terreno y cumplían un papel perfecto como cama. No necesitaba de cobijo. Con estar de esa forma, ofreciendo -y a la vez recibiendo- calor bastaba para sentirse reconfortado. En su mente se habían disuelto las lúcidas imágenes de bestias hambrientas acechando en la oscuridad, y habían sido reemplazadas por la de su mentor, apenas un año mayor que él, ofreciéndole un momento de grata paz luego de haber pasado un día bastante intenso. Eijun temía a esos sentimientos que se revolvían en su interior, ocasionando una revolución en su pecho que era incapaz de detener. A pesar de la cercanía, no era consciente respecto a si el pecho de Miyuki pudiera encontrarse en situaciones similares, pero eso... ¿Lo haría feliz? ¿O lo enfurecería? Tener tantas preguntas respecto a sí mismo en su propia cabeza no parecía alentarlo a encontrar las respuestas que buscaba con tanto anhelo.
Miyuki tomó la mano de Eijun, y mantuvo las palmas juntas, elevándolas luego, comparando el tamaño de éstas. La mano de Eijun, cálida y suave, contrastaba con la del mayor, más fría y llena de callos a causa del entrenamiento que realizaba desde que se había incorporado a las filas del rey. El príncipe ansiaba ser capaz de romper el cascarón en el que su mentor se encontraba encerrado, de romper esas barreras que los separaban, y conocer más a profundidad a quien era considerado como el Primer Caballero, el hombre más poderoso y respetado del reino, aquel que se había enfrentado a adversidades inmensas y había salido victorioso en varias batallas, todas ellas insignificantes a comparación de la presunta invasión de Inashiro, pero batallas a fin de cuentas. Quería conocer al Miyuki real, no a ése que disfrutaba gastándole bromas pesadas y diciéndole las cosas de forma directa con el fin de molestarlo. Quería arañar esa superficie y sacar al Miyuki que había visto reflexionando en el Gran Salón a la hora de la comida, al que a veces se mostraba serio y contemplativo, a ese que -a pesar de portar una espada y portarla con orgullo como el Primer Caballero- no lucía feliz luego de haberse granjeado una victoria. Pero a la vez que quería esas cosas, el miedo lo invadía. Un miedo terrible a la forma en la que sus emociones reaccionarían cuando encontrase a ese Miyuki.
— ¿En qué piensas? —preguntó de pronto, arrepintiéndose inmediatamente de ello.
— No lo sé —confesó Miyuki dejando escapar un suspiro—. En lo duro que es el suelo, en que a partir de mañana seré tu guardián, en que estamos al inicio de una guerra que mi mejor amigo tendrá que batallar y yo no estaré allí para luchar a su lado, y además, estoy pensando en ti.
Por unos momentos Eijun creyó que Miyuki estaba tomándole el pelo una vez más, tratando de avergonzarlo para luego reírse de su reacción, pero en el rostro de su mentor, o mejor dicho, guardián, no se hallaba rastro alguno de la sonrisa engreída que dibujaba cada vez que tenía la oportunidad de burlarse de él. ¿Qué era lo que Miyuki realmente estaba pensando? se cuestionaba Eijun, cuyas mejillas habían adoptado un tenue color carmesí. Rogó internamente porque Miyuki no fuese capaz de percibir el insistente golpeteo en su pecho y, tentando el terreno, entrelazó sus dedos con los del contrario. Esta pequeña acción pareció haber tomado por sorpresa a Miyuki, una pequeña victoria que Eijun saboreó con gusto, pero ¿Era adecuado hacer esas cosas? Estaba comenzando a arrepentirse de haber hecho eso, cuando comprendió que Miyuki no lo quería soltar.
— Tus manos son suaves —proclamó el Caballero, sin apartar los ojos de él.
— Y las tuyas son ásperas —replicó Eijun—. Has estado entrenando muy duro. No es justo.
— Pero me gusta cómo están las tuyas —replicó Miyuki—. Hace tiempo que no he sentido algo así —cerró los ojos, y Eijun se preguntó si se refería a sus sentimientos, o a la piel que cubría sus manos. Sin importar si fuese lo uno o lo otro, Eijun sintió que sus mejillas nuevamente se sentían acaloradas.
Guardó silencio y no ofreció ninguna respuesta a las palabras del contrario, disfrutando de ese momento de paz en el que Miyuki no lo estaba atacando con bromas pesadas, y estaban simplemente... así, ofreciendo compañía al otro en esa noche fría en el que el destino de ambos estaba a punto de cambiar para siempre, sin que ninguno de los dos lo supiera.
Eijun, sintiendo que la vergüenza empezaba a colmar sus células, cerró entonces los ojos, dispuesto a recordar.
Cuando Miyuki llegó al reino, él tan solo tenía siete años y apenas sabía acerca del mundo exterior porque se pasaba los días encerrado en el castillo frente a la compañía de sus padres, quienes no lo dejaban avanzar fuera de los límites, incluso si su curiosidad era mayor. A los cuatro años le habían regalado una pequeña espada de madera, la cual no era filosa, pero que dolía mucho si uno resultaba ser golpeado por ésta. Incluso a los siete años, él continuaba cargándola en todos lados, simulando que era un Caballero que derrotaba enormes dragones. Cuando Miyuki llegó, sucio, con harapos en lugar de las prendas de gran calidad a las que Eijun estaba acostumbrado, y con un semblante bastante duro para un niño de su edad, no pudo evitar sentir curiosidad hacia él. Lo habían descubierto cazando ilegalmente en los bosques que le pertenecían al Rey, y aunque no había conseguido matar nada, su sola presencia en esos terrenos lo convertía en un delincuente al cual ofrecieron la posibilidad de servir al mandatario para no ser ejecutado. Eijun lo seguía a todas partes, completamente curioso, lo cual probablemente había sacado de sus casillas a Miyuki, quien en un momento dado señaló la espada de madera que portaba y sonrió de forma burlona.
— ¿De verdad piensas matar a un dragón con esa cosa? Morirás antes de poder lograrlo.
Ésa fue la primera ocasión en la que Eijun se sintió irremediablemente molesto con él, al punto en que empezó a llorar buscando el consuelo de sus padres, quienes no tardaron en aparecer. Al verse en los fuertes brazos de su padre, Eijun sacó la lengua a Miyuki, sabiendo perfectamente que éste no tenía progenitores. Probablemente fue increíblemente cruel de su parte, sin embargo, Eijun no lo sabía. Se permitió a sí mismo disfrutar de esa pequeña victoria mientras Miyuki desviaba la mirada y la ocultaba bajo mechones de cabello. Ahora que lo pensaba, quizás lo había herido seriamente con ese simple gesto. Nunca se había puesto a pensar seriamente en ello hasta esos instantes.
A la edad de diez años, sus padres viajaron para entablar conversaciones respecto a negocios con el Reino del Norte. Eijun entonces ya era más consciente respecto a sus acciones, y había dejado atrás a la espada de madera para emplear una de acero y oxidada, sin filo, para comenzar con su entrenamiento al lado de un veterano de la guerra de la triple alianza: Una guerra en la que tanto el Reino del Este (Seidou), el Reino del Norte y el Reino del Sur se habían unido para expulsar a los invasores del Reino de Inashiro de una isla que, originalmente, pertenecía al Reino del Norte. Este hombre le enseñó lo básico acerca del manejo de una espada: Los movimientos esenciales, la forma de cuidar y empuñar una espada, alguna que otra táctica defensiva. Eijun no lo respetaba mucho, pero aun así tenía en cuenta cada uno de sus consejos, pues su mayor anhelo era el de ser un príncipe capaz de cuidar de su propio reino. Miyuki, entonces, ya era todo un experto. En apenas dos años había logrado consagrarse como un genio, y el Rey lo tenía muy en cuenta para introducirlo en sus tropas a pesar de su corta edad. Había logrado demostrar su habilidad en el arte de la esgrima, y por ello, se había granjeado la admiración de Eijun, aunque éste jamás lo admitiría abiertamente.
— Todavía no creo que seas capaz de matar a un dragón —dijo Miyuki un día viendo cómo Eijun practicaba con un maniquí de paja. Éste apretó los dientes y optó por ignorarlo, cuando llegó un mensajero cubierto en sangre, anunciando que tenía un mensaje urgente para el Rey y los caballeros de éste antes de desfallecer.
Tras eso, días grises se sumieron sobre todo el reino. El príncipe heredero al trono, el padre de Eijun, junto a su esposa, la futura reina, habían sido asesinados brutalmente en el camino de regreso por unos nómadas que anhelaban poder hacerse con las tierras de Seidou. Eijun pasó los días encerrado en su habitación, llorando amargamente esa pérdida, hasta que, un día, Miyuki decidió irrumpir en su lecho, portando una espada recién hecha por el herrero.
— La mejor manera de sacar fuera esa tristeza es luchando —le dijo mientras le tendía la espada. Eijun lo contempló consternado—. Vamos, tómala, y lucha contra mí. ¿Serás capaz de vencerme, alteza?
Eijun, olvidando momentáneamente que se encontraba tumbado sobre su cama, llorando como nunca lo había hecho por la pérdida de sus padres, le arrebató la espada de las manos deseando únicamente poder borrar esa sonrisa engreída del rostro contrario. Atacó a Miyuki una y otra vez, sin detenerse a pensar siquiera que esa espada estaba hecha a su medida, o que era la primera vez que portaba un arma verdadera. Miyuki la había mandado forjar para animarlo un poco, pero todo permanecía dentro de la ignorancia del príncipe, quien solo quería descargar su frustración y tristeza. Miyuki era muy hábil en la esgrima, todos los ataques a ciegas de Eijun fueron detenidos o bloqueados por él. Al final, Eijun se dejó caer al suelo, agotado y ya sin una lágrima brotando de sus ojos. Miyuki se arrodilló a su lado, y susurró:
— Éste es un regalo mío. No la pierdas jamás ¿Vale?
Fue entonces la primera vez que Eijun sintió algo hacia Miyuki. No sabía qué exactamente, era muy joven para ese tipo de cosas, pero de lo que sí estaba seguro era que quería pelear al lado de Miyuki. Quería ser tan bueno como él en la esgrima. Quería... estar a su lado y demostrarle lo que realmente valía. Miyuki fue quien lo catapultó hacia esos anhelos y el deseo de ser mejor, de poder vengar algún día a sus padres.
A partir de ese día, Miyuki y Eijun practicaron juntos casi a diario antes de que, dos años después, le asignaran a un muchacho llamado Chris Takigawa como su nuevo instructor.
Entonces muchas cosas acaecieron y los eventos cambiaron. Miyuki y Eijun dejaron de entrenar juntos a diario. Miyuki estaba centrado en las batallas que tenían contra los nómadas que trataban de invadir Seidou, mientras que Eijun profundizaba su aprendizaje y trataba de ser el mejor. A menudo, Miyuki y él se encontraban, pero Miyuki no hacía más que sacarlo de sus casillas, provocando que la admiración de Eijun hacia él quedara en segundo plano y que, en lugar de ella, un sentimiento de profunda irritación se hiciera cargo de él.
Sin embargo, a medida que ambos iban creciendo, unos nuevos sentimientos aparecían en Eijun a medida que lo veía, en especial a esa sonrisa cargada de burla que el mayor portaba cada vez que lo veía. Eijun no sabía qué era, o quizás sí lo sabía, pero se negaba a admitirlo, después de todo, era gracias a Miyuki que su interés por la esgrima se había afianzado a pesar de las burlas de éste o de su arrogancia. Y ahora que estaba así, junto a él, se daba cuenta de que en realidad no era un idiota. De verdad sabía qué era aquello que hacía palpitar a su corazón furiosamente, pero tenía miedo de admitirlo en voz alta. Si lo hacía, era probable que se volviera débil, que comenzara a depender de él y que, especialmente, quisiera estar a su lado por siempre. Pero ¿Qué sentiría Miyuki exactamente? Eijun tenía miedo de conocer las verdades que atravesaban la mente de su guardián. Temía que fuese completamente unilateral.
Repentinamente, sintió que alguien lo sacudía con fiereza.
— Despierta, ya es de día —era la voz de Miyuki la que lo arrebataba del sueño. Eijun se quejó un poco, pero al final abrió los ojos, contemplando cómo los rayos del sol se colaban tímidamente a través de las copas de los árboles. Tomó asiento sobre su improvisada cama de hojas mientras Miyuki se sacudía algunas del cabello. Ambos se pusieron de pie, y Eijun tomó con timidez la mano contraria, causando el sobresalto de éste.
— Vamos, ahora sí seremos capaces de ver el camino por el que transitamos —enunció evitando la mirada ajena. Podía percibir que Miyuki sonreía. Para su propia sorpresa, el mayor entrelazó sus dedos, decidido a no dejarlo atrás.
— Sería un crimen si todos desayunaran antes que nosotros ¿No?
Eijun levantó la mirada y sonrió un poco.
Después de todo, Miyuki Kazuya le gustaba mucho.
Sanada Shunpei.
Canción: Norwegian Pirate (Two steps from hell).
— Así que estoy en problemas —una sonrisa nerviosa trazó sus labios.
Mientras él y Raichi intentaban escabullirse, tratando de hallar la forma de bordear el campo de batalla en el que se podían oír los gritos de coraje de miles de hombres que trataban de atacar, y otros de defender aquella tierra, fueron interceptados por algunos soldados cuyas armaduras, regias y brillantes, portaban los colores blanco y granate típicos de Inashiro. El sudor recorrió el cuello de Shunpei, quien precisamente había tratado de evitar un posible enfrentamiento con los soldados de cualquier bando. El bosque se encontraba plagado de invasores que incursionaron en las tierras de Seidou, el reino al que él había estado intentando llegar desde hacía semanas de viaje desde el Reino del Sur, y él, sin saberlo, había tropezado de lleno con un campamento cargado de soldados que planeaban tácticas contra el enemigo.
Raichi, a su lado, que comía una banana y portaba una espada con la otra mano, trató de adelantarse, pero Sanada sabía que sería imposible que pudieran escapar o vencer de todos esos soldados que lo superaban de cien a uno. Tragó saliva nerviosamente e ideó un plan que no lo ayudaría personalmente, pero que -al menos- serviría para que el otro consiguiera escapar de esa red. Suspiró airadamente mientras movía su bastón de mago hacia el frente, y giraba el rostro hacia el menor.
— ¡Huye! —Raichi no pareció comprender la exclamación que brotó de labios del mago, razón por la cual lo observó a Sanada sin comprender—. Vamos, uno de los dos tiene que irse de aquí, Raichi —Sanada se mostró exasperado. Los soldados se acercaban a él cada vez más. Si conseguían rodearlo, ambos caerían prisioneros—. Debes llegar a Seidou al menos tú.
— Pero... ¡Pero yo quiero pelear al menos contra dos o tres! ¿Puedo, Sanada? ¿Pueeeedooo?
— ¡No, idiota! Yo me enfrentaré a ellos. Tú céntrate en escapar. Si consigues llegar a las puertas del castillo, puedes pedir que me rescaten luego —una sonrisa nerviosa se apoderó de los labios de Sanada. Raichi era conocido por querer ser el mejor espadachín del mundo, así que comprendía que no sería fácil arrancarlo de allí, pues sin duda querría poner a prueba su fuerza, pero sería imposible con tantos enemigos frente a ambos— ¡Largo!
— Pero, Sanada... ¿Y qué pasará contigo?
— Yo los retendré mientras tú consigues escapar. Ahora ¡Hazlo!
Raichi titubeó. Se notaba que no quería dejar a Sanada allí, completamente solo, pero no tuvo más opción que obedecerlo. Sanada probablemente era el único al que obedecía de todas formas. Corrió internándose en la espesura del bosque, y Sanada pudo oír cómo los soldados exclamaban algo parecido a: "¡Uno se escapa! ¡Atrápenlo!"
« No lo conseguirán, no si yo se lo impido » pensó Sanada con una sonrisa, antes de convocar un muro de hielo que evitó que unos cuantos soldados fueran tras Raichi « ¿Qué esperan? Su presa soy yo. Vengan por mí »
Hizo girar el bastón y convocó otra muralla de hielo que lo protegía de los soldados que aparecían e iban tras él. Generó algunas runas brillantes en el suelo, las cuales los soldados pisaron sin darse cuenta, y acabaron quemados o congelados. Una sonrisa de satisfacción apareció sobre los labios de Sanada, quien empezó a sentirse seguro de sí mismo. Su magia probablemente no era la más poderosa, pero al menos era lo suficientemente listo para saber cómo emplearla. Hizo girar el bastón entre sus dedos e invocó llamaradas que asó vivos a unos cuantos soldados, y generó más runas sobre el suelo que impedían que éstos se acercaran incluso más. No obstante, el uso de la magia agotaba mucho su energía espiritual, y los soldados eran demasiados, por lo cual no podía prestar atención a todos ellos a la vez.
Corrió y trepó un árbol rápidamente. Desde la altura sería capaz de manejarlos mejor. El muro de hielo que había convocado ya se había convertido en agua, así que esa táctica había sido una buena idea. Levantó un muro de fuego, pero unos cuantos soldados rápidamente se encargaron de sofocar las llamas. Sanada chasqueó la lengua y oró para que un espíritu de hielo lo ayudara. Por esa razón, Sanada logró congelar a más soldados, pero todavía eran demasiados para él solo. Invocó llamaradas, más hielo, e incluso brindó parte de su energía vital a un árbol para que éste cobrara vida propia y lo ayudara a luchar contra los soldados. Sin embargo, su energía iba agotándose. Estaba empleándola demasiado, y eso resultaba fatal para él mismo. Apretó los dientes y se obligó a continuar, pero una flecha pasó rozando su oreja, haciendo que se tambaleara sobre la rama, y acabó cayendo. De esa forma, todas las runas del suelo desaparecieron, y el árbol dejó de moverse, permitiendo que los soldados lo tomaran, le encadenaran las muñecas y lo metieran a una jaula de tamaño descomunal ¿Desde cuándo el ejército de Inashiro gastaba su dinero en esas cosas?
Mientras recuperaba el aliento, oyó a un par de soldados hablar acerca de su destino.
— ¿Qué hacemos con él?
— No podemos tenerlo como prisionero por siempre. Los magos son extremadamente peligrosos.
— Ha llegado una carta. El príncipe está de camino hacia aquí junto a uno de sus Chevaliers. Él sabrá qué hacer con éste.
Sanada sonrió amargamente.
Sus problemas estaban por comenzar.
