Narumiya Mei.

Varios días después del ataque inicial, el príncipe de Inashiro llegó al campamento que habían montado a las afueras de Seidou. No pudo dejar de sentirse orgulloso de sus hombres, pues éstos estaban dispuestos a dar la vida por él en el campo de batalla sin ninguna mira. Podía percibir que Katsuyuki lo seguía de cerca, quejándose en voz baja acerca de la limpieza de ese lugar, pero él no objetó absolutamente nada. No tenía por qué hacerlo de todas formas ¿No? Mei estaba orgulloso de sus tropas tal como estaban. Esos hombres lo conducirían a la gloria, y conquistarían las tierras de Seidou por él, convirtiéndolo en el futuro emperador de ese lugar. Recordó fugazmente a Masa, su antiguo mentor, quien murió un día a causa de una epidemia de tifus. Esta persona trató de meterle en la cabeza discursos baratos acerca de humildad y otras cosas que apenas recordaba desde que era muy joven, sin embargo, Mei creía que no era necesario refrenar el poder que uno tenía. ¿No era mejor, en ese caso, emplearlo para el bien del reino? Aunque su propio padre estaba al borde de la muerte, Mei lo honraría poniendo en sus manos aquellas tierras que debían pertenecerle por derecho, pues Seidou una vez fue parte de Inashiro, hasta que algunos señores feudales se pusieron en contra del rey de aquel entonces y decidieron formar su propio reino. Así pues, Seidou era el producto de una extensa y encarnizada batalla que duró más de cien años. Así que él no estaba haciendo nada malo en teoría ¿No? Estaba reclamando lo que, por derecho, pertenecía a Inashiro.

« Este reino de mujeres gordas y perros apestosos debe ser mío. Seré recordado como el príncipe que ha devuelto a su hogar lo que le pertenecía desde el inicio»

Mientras caminaba a su tienda, fue interceptado por el Caballero Comandante que se encontraba al frente de las tropas, quien lo puso al día con todos los sucesos acaecidos mientras esperaban su llegada. Confirmó que los hombres de Seidou eran bastante fuertes y parecían haber anticipado de alguna forma u otra el ataque, pues ya se encontraban listos para entrar en combate desde que llegaron. Esto no le preocupó en lo absoluto ¿Coincidencias, quizás? Sabía que Seidou era un reino que gozaba de buena fortuna, pero esa fortuna tarde o temprano debía acabarse.

— ¿Ha habido algo en particular digno de mencionar? —cuestionó deteniéndose tan repentinamente, que Katsuyuki estuvo a punto de chocar contra él.

— Hace dos días enviaron un mensajero, que en realidad era un mediador. Lo tomamos prisionero mientras usted venía para saber qué hacer con él, alteza.

Mei no se mostró muy interesado por el hecho de dejar prisioneros, pero tenía curiosidad sobre ese mensajero.

— ¿Tenía un mensaje que ofrecer?

— Se cuestionaba la razón del ataque repentino. Además, quería saber si había alguna manera de detener el conflicto. Al parecer, Seidou teme perder a sus más valiosos hombres en el combate y prefieren recurrir a métodos pacíficos para solucionar esto.

Mei se mostró pensativo mientras Katsuyuki resoplaba. Estaba claro que el Segundo Caballero del Reino tenía mucho de lo que quejarse además de la limpieza del lugar. Mei se frotó la barbilla, y continuó caminando con su comandante a su lado.

— Sácalo. Dile que no habrá negociaciones. El príncipe Narumiya Mei reclamará las tierras de Seidou y las anexará a Inashiro. ¡Oh! Y, por supuesto, en conjunto con eso, Miyuki Kazuya no tendrá más opción que acabar bajo mi poder. Si quieren culpar a alguien del conflicto, cúlpenlo a él.

— Entendido, Majestad —el comandante se llevó la diestra al pecho en señal de que obedecería, hasta que, repentinamente, recordó algo que se le había pasado por alto—. Por cierto, hemos encontrado a un mago. Originalmente iba acompañado, pero el otro ha escapado. Se trata de un viajero, pero es bastante peligroso, por eso hemos decidido capturarlo y sujetar sus manos para que no emplee magia. Ha dejado inconscientes a más de cincuenta de mis hombres él solo antes que su energía espiritual acabara. ¿Qué hacemos con él, su Majestad?

Mei escuchó el breve relato, y enarcó una ceja ¿Un mago? En los tiempos que corrían, era muy difícil ver a uno, pues se encontraban casi extintos. De lo poco que había prestado atención a sus clases de historia, el conocimiento mágico se había ido perdiendo con el transcurrir de los años, con los libros cargados de conocimiento antiguo quemados o desaparecidos. Los que todavía practicaban la magia solo tenían un conocimiento superficial de esas artes, pero aun así podían resultar ser enemigos difíciles ya que empleaban las fuerzas de la naturaleza a su favor empleando un tipo de energía conocido como energía espiritual. Mei no sabía mucho sobre esos temas, ya que desde pequeño se apasionó por las espadas y decidió convertirse en el mejor espadachín de su generación. Sin embargo, conocía a alguien que sí poseía conocimiento sobre esos temas. El único que se preocupó por la magia considerándola como peligrosa, y lo acompañaba a él. Se giró a ver a Katsuyuki, quien contemplaba el campamento con expresión aburrida, como si deseara estar en cualquier otro lugar a excepción de ése.

— ¿No habías, por si acaso, entrenado para repeler hechizos y todo ese tipo de cosas?

Katsuyuki apenas reaccionó a sus palabras. Suspiró y asintió con la cabeza con aspecto hastiado.

— Lo había hecho porque no quería entrenar en el mismo sitio que Carlos. Era agotador verlo despojándose de sus prendas superiores, así que escogí algo que no tuviera muchos estudiantes. Por demás está decir que fui el único.

— ¡Perfecto! Entonces tú te encargarás del mago prisionero... Espera ¿Desde cuando tenemos prisionero a un mago? —inquirió viendo al comandante.

— Desde hace varios días, Majestad. Se supone que iba viajando junto a otro, pero a ése lo perdimos. Según ha dicho él, su destino era Seidou, pero se encontraron con el campamento en el camino. Quisimos capturarlo porque no sabemos si es que se trata de un espía. Si no lo es, lo mejor es no soltarlo porque sabe mucho acerca de nosotros.

— Bien, está decidido. Entonces mi guardia de honor se hará cargo de él ¿No es así, Shirakawa? —miró al otro, quien se limitó a desviar la mirada y a cruzarse de brazos, claramente no deseando obedecer esas órdenes, pero como se trataba del príncipe, no tenía opción—. Entonces yo me haré cargo de Kazuya. ¿Todavía no hay señales de él en el campo de batalla?

— No, mi señor.

— Esto es raro ¿Es que, acaso, no planea enfrentarse a mí cara a cara? ¡Luego de haberme ignorado todas esas cartas, que me ignore también en la guerra es inaudito! ¿Cómo se atreve...? —mordió un pañuelo con furia, pero el comandante carraspeó.

— Hablando de él... Nuestros espías han confirmado que ahora, al parecer, es el guardia personal del príncipe de Seidou.

— ¿¡Qué!?

— Además, se encuentra instruyéndolo en esgrima. Es por esa razón por la cual el príncipe de Seidou tampoco ha aparecido en el campo de batalla.

— ¡No lo puedo creer! ¿Decide ignorarme y prefiere enseñar a un chiquillo sobre cómo pelear? ¡Se acabó! Mañana mismo estaré en el frente de combate ¿Entendido, comandante?

— ¡E-Entendido, Majestad!

Mei caminó furioso hasta su tienda de campaña. ¿Así que Kazuya lo ignoraba incluso en esos momentos? Pues él, con gusto, le haría saber que estaba allí.


Miyuki Kazuya.

Detuvo uno de los ataques de Sawamura con la espada, y lo contempló con una sonrisa altanera, algo que provocó que el otro apretara los dientes, y girara sobre sí mismo mientras efectuaba un ataque tras otro con las dagas. Miyuki lo detuvo una vez más pero con algo de dificultad. Demonios, cada vez era más difícil esquivar los ataques contrarios y dar un contraataque. Eijun aprendía rápido el uso de dos armas y lo estaba poniendo en un severo aprieto. Sin embargo, aun le faltaba mejorar antes de convertirse en un asesino de élite. En esos momentos, Miyuki decidió que era su turno de atacar, así que avanzó poniendo algo de presión sobre el otro. Sonrió. Eso bastó para que Eijun lo contemplara de forma determinada. Un ataque y luego otro más. El príncipe los detenía con las dagas mientras iba retrocediendo hasta que su espalda tocó la pared de piedra. La sonrisa de Miyuki se ensanchó, y Eijun soltó un gruñido mientras volvía a atacar. Miyuki elaboró un simple movimiento que hizo volar una de las dagas ajenas, y colocó su espada bajo la barbilla del príncipe.

— Bien, vas mejorando, pero todavía estás muy rígido cuando efectúas tu ataque. Trata de llegar a la espalda de tu enemigo y apuñalarlo desde allí —le aconsejó mientras caminaba hasta el punto en el cual había caído la daga para levantarla—. Emplea el espacio a tu alrededor para moverte, no te quedes quieto en un simple lugar, usa tu flexibilidad y... ¡Ah! Trata de ser sigiloso, de deslizarte suavemente hasta alcanzar la garganta de tu enemigo. Recuerda que siempre debes estar atento y emplear los puntos débiles de la otra persona a tu favor, aunque sea mínimo-

Se inclinó para recoger la daga y, al levantarse nuevamente, sintió el filo de la otra daga justo sobre su nuez. Tragó saliva y observó a su aprendiz. Eijun trazó una sonrisa de oreja a oreja que claramente decía "¡Te tengo!". Luego de salir de la sorpresa inicial, Miyuki sonrió y elevó la mano, despeinándolo, lo que provocó que un tenue carmín se asomara sobre sus mejillas. Eijun había estado comportándose extraño desde aquel episodio dentro del bosque ¿O eran imaginaciones suyas? En todo caso, se apartó para librarse del filo de la daga, y se giró a encararlo.

— Buen trabajo, ya vas tomándole el truco —informó con una sonrisa. Eijun sonrió a su vez, mostrándose bastante emocionado.

— ¿A que sí? ¿Eso significa que podré ir a la batalla muy pronto?

La sonrisa de Miyuki desapareció, y sus ojos se ensombrecieron, lo cual provocó que Eijun dejara de sonreír a su vez. Miyuki no quería que Eijun fuese al combate, había altas probabilidades de que saliera lesionado de algún modo u otro, y es que los soldados que pertenecían a Inashiro eran increíblemente buenos, aunque todavía le sorprendía que se les hubiera escapado un prisionero. Un chico llamado Raichi había llegado unos días atrás con los ojos llorosos, pidiendo que lo ayudaran a rescatar a la persona que lo acompañaba, la cual había caído presa de las garras del ejército enemigo mientras ambos viajaban a Seidou. Eijun inmediatamente había sentido simpatía por este chico, por eso últimamente insistía más en unirse a las filas de los soldados que combatían a Inashiro, pues quería ayudarlo a rescatar a dicha persona. Raichi no ofreció mucha información sobre esa persona además de que estaba viajando con él, y que decidió encargarse del ejército enemigo por sí solo mientras él mismo corría para salvar su vida. Cuando insinuaron que, presumiblemente, dicha persona podría estar muerta, tanto Raichi como Eijun comenzaron a lloriquear.

«¡No permitiré que un aliado muera en manos del ejército enemigo!» Había soltado Eijun con los ojos como un par de llamas. Miyuki no supo si eso lo dijo porque realmente pensaba en eso, o porque quería impresionar a la princesa Wakana, quien había optado por quedarse para apoyar al ejército. En todo caso, lo segundo funcionó, y pronto él estaba riendo como idiota, con un sonrojo en las mejillas, mientras ella le dedicaba frases que solo servían para alimentar su ego. Aunque ellos dos estaban prometidos, no pudo evitar que, durante ese instante, en su estómago se acumularan ¿Celos? que parecían arañar su interior mientras sus labios formaban una sonrisa forzada. No comprendía la naturaleza de esos celos, pero sí sabía que había algo que le impedía estar tranquilo cuando Eijun y Wakana estaban juntos. Además estaba esa doncella... ¿Cómo se llamaba? Oh, sí, Haruno, quien a veces charlaba junto al príncipe, a solas, en los momentos en los que ella no se encontraba trabajando.

No supo cómo ni por qué empezó a pensar en esas cosas, pero se llevó la mano a la frente y se la frotó mientras veía el emocionado rostro de Eijun tan cerca de él...

— Ni lo sueñes, todavía tienes un largo camino que recorrer antes de presentarte en la batalla —afirmó en respuesta a la cuestión que salió de los labios del príncipe—. Uno no puede, simplemente, aprender todo lo necesario en uno o dos días.

— ¡Pero si yo puedo hacerlo! —la protesta no se hizo esperar, y Miyuki entornó los ojos con impaciencia—. ¡He demostrado mi valía!

— Espero que seas consciente de que hemos decidido dejar a un lado todo el entrenamiento que recibiste junto a Chris. Aunque lo normal es que prosigamos con él, un entrenamiento de uso de arma y escudo no va contigo. Te pones muy rígido cuando debes hacerlo, así que hemos decidido comenzar con el empleo de doble armas, así que tomará un tiempo para que, finalmente, seas capaz de enfrentarte a un enemigo en el campo de batalla. Recuerda que la guerra no te dará batallas fáciles como durante los entrenamientos. Será muy duro, y encontrarás adversarios difíciles de derrotar.

— ¡Pero no es justo! ¡Soy el príncipe, así que mi deber es estar en el campo de batalla junto a los hombres que protegen el reino!

— No pienso dejar que un príncipe inexperto vaya al campo de batalla.

Eijun le dedicó una mirada cargada de furia, que Miyuki ignoró olímpicamente mientras veía cómo las puertas se abrían para dejar que una contingencia reducida de soldados ingresara al castillo. Se adelantó, y contempló a un acalorado Kuramochi junto a tres soldados cuya expresión no auguraba nada bueno. Dejó a un lado la discusión que estaba sosteniendo con Sawamura para ir a hacerles frente. Kuramochi se detuvo nada más verlo, e inspiró profundamente, como si tratara de recuperar el aire perdido en aquella batalla que se desarrollaba en el campo.

— ¿Qué ocurre con esa expresión? —inquirió Miyuki—. Es como si el alma se te hubiera escapado por la boca.

— Debemos reunirnos, y pronto —el tono de Kuramochi era completamente serio, y carente de la expresión burlona que solía tener hacia Eijun. Eijun tragó saliva y se acercó temeroso, pues no estaba seguro acerca de si se encontraba bien que él tratara de inmiscuirse en esos asuntos, aunque Kuramochi no objetó nada al respecto. Es más, su mirada pareció indicarle que él también podía acudir a esa reunión. Miyuki asintió con la cabeza, e hizo un gesto con la mano a Eijun para que lo acompañara. Éste lo hizo sin rechistar. Moría de ganas por saber lo que estaba sucediendo en el campo de batalla, lugar al cual le habían prohibido acudir.

Fueron hasta la cámara de los consejeros: Un cuarto circular situado en una de las torres donde los más sabios del reino se reunían a discutir los pormenores y el destino que debían afrontar. El rey evaluaba un mapa mientras se rascaba la barba con una mano cuando el contingente decidió irrumpir. El rey, al ver a sus soldados, tomó asiento y los invitó a ingresar con un gesto de los brazos. Kuramochi y los demás, a excepción de Eijun, inclinaron la cabeza en señal de respeto antes de ingresar al salón.

— Traemos noticias, Majestad —afirmó Kuramochi con el mismo tono serio. Eijun no terminaba de acostumbrarse a él. Era tan... extraño oírlo de esa manera—. Nuestros espías han confirmado la llegada del príncipe de Inashiro al campamento enemigo.

— Me lo temía —dijo el rey tras una breve reflexión— Eso solo significa una cosa —contempló a Eijun y a Miyuki—: Ustedes, en compañía de dos más, tendrán que acudir al Reino del Norte como una delegación oficial en busca de ayuda.