PARTE DOS.

Ser un depredador conlleva más que sólo tener colmillos puntiagudos y filosas garras . Ser depredador iba más allá de la fortaleza, la agilidad y los dotes que la madre naturaleza brindaba para dominar sobre el más pequeño. No era simplemente la superioridad en la cadena alimenticia, los aires de grandeza y la total y completa posibilidad de infundir las más aterradoras pesadillas.

Para Nick P. Wilde haber nacido depredador era una maldición y una bendición.

Sí, quizá el pobre e indefenso zorro infante no pudo unirse al grupo de exploradores. Sí, tal vez vio muchos de sus más grandes sueños truncados por aquella molesta e ignorante etiqueta de carnívoro tramposo y embustero. Pero "No hay mal que por bien no venga" o al menos ese era el lema que a Nick le gustaba aplicar.

No pudo ser un ridículo zorro explorador. Pero aprendió a controlar sus emociones, a jamás permitir dale la satisfacción a los demás de verlo herido o derrotado. Muy bien, quizá nunca pudo aspirar a ningún tipo de confianza por parte de sus prójimos animales. Pero aquello le enseñó a ser un maestro en el arte de la astucia, del engaño.

Puede que su maldición fuese haber nacido como un temible y tramposo depredador. Pero su bendición también fue que serlo le permitía proteger al único animal por el que alguna vez ha sentido cariño.

Judy Hopps es una coneja en todo el estricto sentido de la palabra. La hembra era enclenque, ingenua, risueña y adorable. Todas las cualidades que un mamífero con rabo y orejas grandes debe tener.

Siendo él un zorro y, a demás de todo, el de mayor edad, lo racional hubiese sido que él ocupara el papel de guía, de protector. O al menos era lógico en el extraño y loco universo en el que la "presa" y el "depredador" se toman de la mano y conviven hombro con hombro.

Pero contra cualquier pronóstico que pudiese tener su relación. Fue y es Judy y sólo Judy la encargada de velar por él, cuidarle y recatarle de sus incontables demonios.

¡Vamos! La pequeña conejita le salvó el pellejo de un jaguar. ¡Un maldito, salvaje y peligroso jaguar!

Quien la conocía lo suficiente durante su estancia en Zootopia sabía que la oficial Hopps era difícil de vencer. Era la heroína. La valiente coneja que arresta y se enfrenta contra gorilas, leones, jaguares y osos polares.

"Invencible" era una palabra que se quedaba corta a lado de su querida Zanahorias.

O al menos eso creía. Hasta que comenzó a conocer más y más sobre ella.

— ¿Es en serio? Es la décima vez que olvidas ponerle azúcar— Judy puso los ojos en blanco y hurgó en el cajón de su escritorio en busca de algún sobre perdido de endulzante para el café de esa mañana.

—Te estoy haciendo un favor. Ya cargas con demasiado dulce siendo una coneja — Nick sonrió ante el gruñido de su compañera, sentándose en el escritorio contiguo. Subió las patas a la misma mesa al tiempo que degustaba su café americano. Tan amargo como el humor de Judy en las mañanas.

— No hagas eso. Las mesas no son para que pongas tus gigantescas patas — el típico regaño, la usual forma en que le fruncía el ceño.

Jamás iba a cansarse de fastidiarla.

Quien le haya dicho que enojada inspiraba miedo, bueno… Es una coneja. ¿Alguna vez han visto a un conejo enojado? Se trata de la escena más adorable que sus ojos canídeos pudiesen ver.

— Estás loca por mis patas. No trates de negarlo…

— ¡Ugh! No hables y ponte a trabajar.

—A la orden, señorita.

Y así lo hizo. Al menos las primeros 45 minutos. El resto del tiempo lo dedicó a juguetear con la engrapadora y los utensilios de oficina, lanzar bolitas de papel o simplemente observar a su compañera terminar los últimos reportes. No es que fuese un flojo en su totalidad, no al menos por completo. Pero el papeleo no era lo suyo y eso era algo que tanto Judy como Bogo sabían a la perfección.

Perdido en sus cinco minutos de holgazanerías, Nick pegó los ojos a la pequeña coneja, quien concentrada, no dejaba de teclear sobre la vieja computadora para terminar los últimos detalles. El zorro sonrió, notando como ella fruncía el ceño a la pantalla cuando sus dedos dejaban de teclear. Judy siempre miraba al techo en busca de ideas; como si estas fuesen a llegarle desde el cielo por arte de magia.

Fue entonces cuando lo notó.

Allí, justo en su mejilla derecha. Casi impredecible por su suave pelaje grisáceo y la escasa luz de la oficina.

— ¿Es eso un zarpazo? — cuestionó con voz monocorde, sin poder despegar la mirada de la mejilla ajena.

Las orejas de Judy bajaron en ese instante. Ella se movió inquieta, cubriendo la parte afectada con una pata para bloquear la vista de Nick. Las orbitas de sus ojos evadieron la figura del zorro, indispuestas a sostener su mirada fija; — No es nada que valga la pena recordar.

Nick quiso gruñir "¡Claro que vale la pena recordarlo! Quiero saber más de ti, coneja tonta. Quiero que confíes" anheló decirle a pesar de su miserable orgullo. De cualquier manera, no era un misterio adivinar lo sucedido, no con la evidencia tan clara frente a él ni los esfuerzos de Judy por evadir el tema.

— Fue un depredador — Nick no lo preguntó y ella sólo pudo respigar, afirmando débilmente con la cabeza — Fue un zorro.

Entonces Judy por fin lo miró, incrédula de lo rápido que su compañero pudo descifrar aquel incidente de su niñez sin que ella si quiera le diese la oportunidad de una pista, de una palabra al menos.

— Conozco a mi especie. Sé la clase de marcas que podemos dejar — el sosiego en la voz de Nick y su rostro circunspecto la hicieron sentir un hueco en el estómago.

Eran pocas las circunstancia en que el zorro dejaba atrás su particular rostro de burla y francamente Judy las detestaba en lo más profundo. "Por favor. Dime en qué estás pensando" se moría por preguntar cada vez que una situación como esa se repetía.

Al final suspiró, esforzándose por sostener la juiciosa mirada de Nick Wilde; — Fue en mi niñez — comenzó, jugueteando con sus patas, nerviosamente — Su nombre es Guideon Gray. Era un brabucón en ese entonces. Sabes como odio a los brabucones. El tipo le había arrebatado unos boletos a uno de mis amigos y…

—…Te metiste con él para recuperarlos — prosiguió él con la historia, llegando por sí solo a la conclusión.

No era una tarea ardua. Prácticamente podía imaginarse la escena nítida frente a sus ojos, como si esta fuese una película con un final fastidiosamente predecible. Nick podía ver a una pequeña Judy de quizá unos ocho o nueve años, haciéndole frente al típico Bully estereotipado . Imaginó al mencionado Guideon Gray como un zorro robusto, amenazante, mucho más alto que ella y, por obviedad, cinco veces más fuerte.

La escena de él golpeándola con sus garras lo enfermó desde las entrañas.

—¿Por qué nunca lo mencionaste? — no quería reclamarle. No tenía razón para hacerlo. Pero a pesar de ello, Nick no pudo contener por más tiempo el sentimiento de impotencia y resentimiento.

No es que estuviese molesto con ella. Quizás sí. La verdad es que el enojo y la ira eran sentimientos que tanto tiempo se había dedicado a reprimir que, cuando estas por fin lograban relucir, provocaban en el zorro una profunda confusión.

¿Qué era lo que le molestaba? Podría ser la ridícula manía de la coneja por tratar de ocultarle sus debilidades. O quizá era el irónico mimetismo entre su niñez y la de ella, con la única diferencia en que Judy había decidido no rendirse a pesar de cualquier pronóstico. No como él, quien se había dado por vencido en la primera ocasión de abuso.

O tal vez, sólo tal vez. Era la inevitable culpabilidad que le invadió en ese momento.

Nick pudo recordar entonces la primera y única vez en que ellos habían peleado de verdad. Ese día en la comisaría, donde Judy había dicho aquellas cosas erróneas sobre casos de animales depredadores volviéndose salvajes. El zorro recordó como la acosó, al punto de querer asustarla para probar su punto. La manera en que frunció su hocico, como le mostró sus colmillos y ejecutó la actuación de un verdadero depredador. Como si él fuese nuevamente Guideon Gray; dispuesto a clavarle las garras otra vez.

Entendió entonces su miedo. El ademán que hizo con el repelente de zorros. Lo reflejos que la obligaron a alejarse de él a pesar de sus esfuerzos por no hacerlo.

Judy había recibido un ataque traumático de un zorro y a pesar de ello no flaqueó en su primer encuentro con él. No dudó en confiar a pesar de la especie a la que pertenecía. ¿Y qué había hecho él? Juzgarla por unas cuantas palabras mal dichas y una reacción meramente natural ante sus estupideces.

Sus pensamientos debieron reflejarse claramente en su rostro, pues repentinamente ya tenía las patas de Judy sobre las suyas, estrechándolas con fuerza mientras lo miraba con ojos comprensivos; —Porque es algo que ya superé. Así como sé que tú ya superaste los tropiezos de tu niñez.

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Claro. Para él era estupendo que la coneja hubiese superado su incidente con Guideon Gray con rapidez. ¡Pero tampoco era para exagerar!

Y es que mirar la figura regordeta de Gray entrar a la recepción de las oficinas la ZPD era una cosa, pero el que cargara consigo un ridículo pay de zanahoria y un miserable ramo de rosas era algo irreal. La situación era graciosa, sí. Pero también patética y completamente estúpida.

"Pero qué descaro" pensó para sus adentros.

—¿Judy Hopps?. ¡Oh, claro! Permíteme, en un segundo la localizo— habló un enternecido Clawhauser desde la recepción.

"Oh, no. Claro que no"

— No te molestes, garras. Yo me hago cargo — se adelantó, posando su brazo en el hombro del otro zorro con toda la confianza que sólo él se podía tomar. Como si Nick lo hubiese conocido de toda la vida — Así que, ¿Buscas a la oficial Hopps? — cuestionó con su ya acostumbrada sonrisa ladina y encaminándolo dentro del edificio.

— Sí. Sus padres me dijeron que trabajaba aquí y quise hacerle una visita — argumentó el otro con simpleza.

Nick lo evaluó de reojo. El tipo era robusto, tal y como lo había imaginado. Pero, lejos de encajar con la imagen de abusivo depredador, el animalejo parecía más un grandulón confundido y bonachón.

Negó con la cabeza. Las apariencias siempre engañan y, aún cuando fuese verdad y Guideon de hubiese cambiado, para Nick el tipo siempre seguiría siendo la sombra de terror que alguna vez vislumbró en los ojos de Judy. La única razón por la que ella alguna vez podría llegar a temerle a él.

— Oh, ya veo. ¿Judy sabe que estás aquí? — preguntó entonces Nick, deteniéndose a la mitad de un pasillo completamente vacío. Rotundamente lejos de las oficinas donde él y Judy trabajaban.

— Eh… No. De hecho iba a caerle de sorpresa — admitió Guideon, rascándose la nuca. Observó el lugar y entonces fue cuando miró a Nick con recelo — ¿Y tú quién eres de cualquier modo?

La sonrisa de Nick se amplió de modo petulante; — Oh, disculpa por no presentarme. Oficial Nick Wilde, Judy es mi compañera — reveló antes de que la expresión engreída desapareciera de su rostro repentinamente, dejando en su lugar una mirada llena de fiereza y advertencia — Y yo que tú mejor regresaba por donde viniste.

El leve chispazo de miedo en los ojos de Guideon fueron un deleite para Nick. El tipo debería entenderlo de una vez. Que en aquel sitio sólo había espacio para un zorro.

— ¿Es una amenaza? — gruñó entonces Gray y allí estaba. El depredador abusivo que había imaginado desde el inicio.

— Tómalo como quieras, gordinflón. Sólo diré que quién porta una placa aquí soy yo — Nick no se sorprendió del gutural sonido de su voz. Tampoco le importó la forma en que usó su alta estatura ni el modo en que sus colmillos sobresalían de su hocico con cada palabra pronunciada — Conozco tu historia, Gray. Puede que Judy y sus padres te hayan dado una segunda oportunidad. Pero en lo que a mi respecta, será mejor que alejes tus garras de ella. A no ser que quieras familiarizarte con las mías.

Como era de esperarse. Pronto Nick no fue el único zorro siseando en aquel pasillo. Guideon devolvió el porte amenazador hasta que un par de policías hicieron presencia en el lugar. Entre ellos el mismísimo Jefe Bogo.

— ¿Ocurre algo aquí, Wilde? — interrogó el búfalo, mirando a ambos zorros de modo amenazante.

— En absoluto, jefe. De hecho este caballero estaba a punto de irse — contestó entonces Nick, quien mágicamente había recuperado su característica personalidad socarrona.

Guideon, inerme ante la presencia de ambos animales. Gruñó de mala gana, chocando apropósito contra el cuerpo de Nick antes de salir del pasillo con dirección a la puerta.

— No me gustan los alborotos, Wilde — advirtió Bogo seriamente una vez estuvieron ambos solos— Que sea la última vez.

— Usted manda, jefe — contestó a sus espaldas, antes de salir de aquel pasillo con rumbo a su propia oficina.

Allí la encontró. Tecleando como loca con su tradicional café lleno de glucosa a lado. Ignorante de lo que hacía unos cuantos segundos había pasado.

Judy movió una de sus enormes orejas en el momento en que él entró al lugar. Separó su vista del monitor y le sonrió con ese singular brillo en sus ojos. Tal y como lo hacía todas las mañanas.

— Toma. Agrío y sin sabor. Tal y como te gusta — musitó Judy en cuanto él tomó su lugar, extendiéndole el café de esa mañana.

— Ya me vas conociendo, Zanahorias — su sonrisa contagió a la coneja, quien negó con la cabeza y volvió su vista a la computadora.

Él la miró unos segundos y lo comprendió todo.

¿Qué si había sido egoísta? Sí. ¿Embustero? También. ¿Qué si había sido uno de esos animales cerrados de mente, ortodoxos y prejuiciosos de los que siempre renegó? Probablemente.

¡Bah! No valía la pena negarlo. Nick había echado a Guideon Gray del lugar sin permitirle saludar a Judy, verla si quiera. Él lo había juzgado y despreciado por una acción del pasado que ni siquiera le concernía. Y ahora probablemente le mentiría a ella, ocultándole la situación a toda costa.

Pero la peor parte de todo aquello era que Nick Wilde no se arrepentía en lo más mínimo. Si quiera un poco, ni siquiera nada.

Judy al final tuvo algo de razón. Muy en su interior aún existía este patrón natural. Un gen oculto que puede ser activado en ciertas situaciones. Aquello que lo obliga a ser un depredador astuto y traicionero incluso. Un zorro por naturaleza.

La diferencia era que, esta vez no le daba miedo admitirlo. Es más, no flaquearía ni por un solo segundo en relucir aquel patrón salvaje nuevamente. Todo con tal de mantener a esa torpe y dulce coneja que tenía frente a él a salvo.

Sí, tal vez en el mundo todos hayan evolucionado. Pero muy en el fondo, Nick seguía siendo un animal y dentro de él aún permanecía ese irremediable instinto de protección; uno que lo obligaría a defender a Judy Hopps sin importar el costo.

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NOTA DE LA AUTORA:

¿Qué tal?

La verdad es que me siento muy contenta y agradecida con todos los comentarios que hicieron sobre esta historia. No pensé que fuese a tener tanto éxito, la verdad.

Quise hacer una pequeña segunda parte, espero que sea de su agrado y nuevamente quiero extenderles mi agradecimiento por tomarse un tiempecito y leer este pequeño fic.

¡Gracias!

Marianne.