— ¿Segura que no quieres que te acompañe?
—En serio, insisto. Mi casa está algo lejos, no quiero que tengas que ir y volver sólo por acompañarme, se te haría más tarde y podría ser peligroso—. Lo tomó de la mano y lo vio a los ojos con una delicada mirada, resplandeciente en la oscuridad de la noche. Qué adorable se veía.
Suspiró resignado y la besó en la mejilla.
—Ten cuidado.
—No empieces a sobre-protegerme —burló, girando la vista.
Rieron.
Una peliazul se comenzó a alejar para volver a su casa y un castaño entró a la cabaña. Subió las escaleras y abrió la puerta de su cuarto con cuidado, su hermana estaría seguro adentrada en sus sueños, y sí que lo estaba; se quitó las zapatillas y luego el pantalón, quedando sólo en suéter y calzoncillos, tiró la ropa a un lado y se recostó en su cama sólo para quedar viendo al techo como si fuera una pantalla y disfrutar de la proyección de los momentos de esa noche que su mente emitiría antes de dormir.
Dos chicos comían pizza en un restaurante, ella terminó con la comisura de los labios manchada de salsa y él la limpió con su pulgar, se miraban sonrojados; paseaban por el parque iluminado por la luna y las estrellas, él compró algodón de azúcar y se dieron de comer entre ambos; veían una película de terror en un cine al aire libre, ella le tomó de la mano por el susto, no, lo hizo adrede, él la abrazó para calmarla. Se miraron, se besaron.
Una alarma sonó, 8:30 am.
Dipper durmió 5 minutos más.
Algo comenzó a golpear sus mejillas, fueron los 5 minutos extra de sueño más cortos de su vida.
—Cuenta to-do — musitó una golpeadora de mejillas con una sonrisa muy grande para ser tan temprano. Fue detenida por las manos de su gemelo; éste se giró para verla, estaba apoyada en la orilla de la cama, muy cerca. Demasiado para un chico en plena pubertad.
Se tapó el rostro con vergüenza, se había sonrojado ¿Por el hecho de que su hermana quisiera saber sobre su cita, o por tenerla tan cerca de su rostro?, es muy temprano para pensar en esos detalles, sólo quería el color natural de sus mejillas de regreso.
—Nada que no puedas imaginar; sólo fuimos a comer, paseamos y vimos una película —respondió, esperando que no hubiesen más preguntas por parte de la chica.
— ¿Son novios?
Él sabía que no se detendría tan fácil, pero igual tuvo su corto tiempo de esperanza. Antes de responder a la interrogante, Dipper se levantó y se colocó unas bermudas beige.
— ¡BroBro no me dejes con la duda! —Se levantó y se le acercó para insistirle, jalándole de la manga del suéter con el que se quedó para dormir.
—Sí.
— ¡Ay, Dippy! —Lo abrazó por la espalda, tuvo que alzarse con la punta de los pies para que su abrazo fuera por sobre los hombros de él. Ambos comenzaron a reir.
— ¡Mabs, me vas a estrangular! —Advirtió mientras intentaba separar el agarre de sus brazos, pero su hermana lo jaló hasta la orilla de la cama de él, se subió y se abalanzó sobre el castaño, cruzando sus piernas alrededor de su cintura. — ¡Mabel! —Se sorprendió un poco, no se lo esperaba, pero le siguió el juego entre risas tomándola de los muslos para que no cayera.
— ¡Al menos ya no te estrangulo!
-¡Todos a bordo del Dipper-Express!
— ¡Wo-ho! —Exclamaron al unísono en lo que Dipper bajaba las escaleras trotando. Mabel se aferró más a él.
—Llegamos a caer y me las pagarás. —Amenazó bromeando.
— ¿Cómo planeas castigarme?, ¿Me vas a pegar acaso? —Comenzó a tambalearse adrede a la mitad de los escalones.
— ¡Dipper! —Escondió su rostro en el hueco que formada su cuello y le golpeaba en el pecho — ¡No me quiero caer!
Su hermano aceleró el paso aún tambaleándose hasta la sala y la tumbó sobre el sofá— Ya ha llegado a su estación, señorita. —Pronunció con un todo elegante de voz, haciendo una reverencia intentando no reír para no arruinar el papel.
La respiración de su hermana se había agitado un poco, por un segundo pensó que realmente la dejaría caer, mas eso no detenía sus risas. Se acomodó en el sofá y se sentó, Dipper hizo lo mismo pero en el brazo del mueble.
— ¡Eres un tonto!
Se echó hacia atrás con las manos en su nuca y con los ojos cerrados, quedando sobre el regazo de la castaña.
— ¡Soy tu tonto!
—Sí... Mi tonto favorito.
Enredó sus dedos en el alborotado cabello de su gemelo, acariciándolo, dando un paseo con su mirada por su rostro, sus ojos cerrados, su nariz, sus mejillas, sus labios. Un tono carmesí asomó en sus mejillas, se veían tan suaves, tan necesitados de atención, de tacto, de unión. Los rozó con el dedo índice.
Dipper abrió los ojos y se alzó rápido volviendo a quedar sentado en el brazo del mueble, viendo a su hermana que se había sobresaltado un poco cuando él se levantó tan de repente.
— ¿Qué hacías? —preguntó pasando su mano por su boca, se había sonrojado levemente.
—N-nada... ¿Qué tiene de malo que te acaricie? Ni que fuera tan extraño, somos hermanos —maldecía en su interior que lo fueran—, y te veías adorable, ¿Sabes? —Ladeó la cabeza sonriendo, encogiéndose de hombros.
Lo decía de una manera tan inocente, ¿Cómo podría tener otras intenciones?
Oh, Dipper, puedes ser tan ingenuo a veces.
Rió y desordenó el cabello de su hermana, que fue respondido con otra risita y un ¡Deja! como regaño.
— ¡Chicos, vengan a comer antes de que se les enfríen los panqueques! —Gritó su tío abuelo desde la cocina.
— ¡Ya vamos, Stan! —El castaño se levantó y se dirigió a la cocina. Antes de salir de la sala, se giró para ver a su hermana que aún se hallaba sentada. —Vamos, Mabs —le invitó con un movimiento de cabeza, señalando a la cocina.
— ¡Sí, ya voy! —Dejó que él se adelantara y aprovechó de quedarse unos cuantos segundos en el sillón, soltó un gran suspiro y se tapó la cara con las manos— Casi lo arruinas Mabel, eres tan tonta —susurró para sí misma, se dio unos golpecitos en las mejillas, sonrió y se levantó para ir a desayunar.
El día anterior no se trabajó en La Cabaña del Misterio para que los tres familiares pasaran todo el día juntos -exceptuando la noche por parte de Dipper, claro está-, fue un extraño, muy extraño, pero lindo detalle del mayor. Sin emabrgo, éste día y el resto del verano en las que estarían ahí los chicos, el mayor sí abriría La Cabaña del Misterio.
— ¡Wendy! —exclamó una animada chica que corrió hasta la puerta para abrazar a la pecosa, siendo correspondido el abrazo con fuerza.
— ¡Mabel, mira que grandes estás! —La apretujó un poco antes de separarse, tomándola de los hombros — ¡Y estás más bella! ¿A cuántos chicos ya has conquistado?
—Ow, Wendy, me halagas con esas cosas, y créeme que no querrás saber del tema de los chicos. —Rodó los ojos, divertida.
—Lo sé, son toda una molestia.
Rieron y la pelirroja la soltó, encontrando a un lado al otro gemelo.
— ¿Qué tal Wendy? —Extendió sus brazos para abrazarla y ella correspondió.
—Tú tranquilo, eres la excepción a los chicos molestos —le consoló. Se dieron unas palmadas riendo y se separaron. — Mira nada más, pensar que no hace mucho ustedes eran unos críos, ¡Y ahora me repasas en altura!
El menor de los hermanos se rascó la nuca —El tiempo cambia muchas cosas.
—Cambia todo menos a su tío y ésta sucia cabaña.
—No crean que no los escucho —Pronunció un amargado Stan que entraba a la tienda.
Los tres rieron a carcajadas y Wendy fue a su puesto como cajera. No tardó mucho en llegar otra persona a la tienda, que también era esperada ansiosamente por los gemelos.
— ¡Soos! —gritaron al unísono el par de hermanos al escuchar la furgoneta estacionarse cerca de la cabaña, salieron corriendo a su encuentro y lo recibieron con un abrazo grupal fuera de la cabaña.
— ¡Los Gemelos Pines! —Los abrazó con mayor fuerza, incluso los levantó unos milímetros del suelo—. ¿Cómo están niños? —Los soltó— Aunque no sé si aún decirles niños, hmm.
—Muy bien —afirmó riendo—. No te preocupes por eso, Soos, dinos como quieras. —Lo animó Dipper.
Mabel lo golpeó suavemente en el estómago como si se tratara de un saco de boxeo — ¿Cómo está nuestro Soos favorito?
—De maravilla —musitó mientras caminaba junto a los chicos al interior de la cabaña—, y tengo una noticia que estoy seguro que a ustedes dos les encantará.
Los hermanos voltearon para mirarse mutuamente, intrigados, y volvieron la vista al mayor.
— ¿Qué es? —Preguntaron en una misma voz.
— ¿Recuerdan a Melody?
—Sí, ajá—. Asintieron para que continuara.
—Me casaré con ella.
