Un medio día con un cielo perfectamente celeste era el protagonista del paisaje. Nubes deformadas, manchas blancas, se abrían paso con lentitud por lo más alto, y el sol se asomaba por una de ellas con delicadeza, como si se tratase de un cazador cauteloso y las personas fueran su presa. Presas del calor del verano.
La reflexión de la luz daba pequeños detalles brillosos a la nada, pero apreciarlos suponía una relajación que una pareja en el parque no tenía.
— ¿No crees que es raro?
—Estamos en Gravity Falls, aquí todo es raro. —Rodó los ojos, el comentario causó risas en ambos.
Un bello día para hacer un picnic con tu pareja, sin duda.
—Lo sé, lo sé. ¡Pero vamos! ¿Besar un trozo de cartón tamaño real de la periodista local Shandra Jimenez? ¡No sé si sentir lástima o reírme como desquiciada!
—No sé, qué tal... ¿Ambas cosas?
—Qué va, eso es malo. —Se tapó la boca para ocultar fallidamente sus carcajadas.
Un castaño le contaba a una peliazul curiosas anécdotas de sus vacaciones pasadas en el poblado. La última contada fue de aquella vez que buscaban al responsable de decapitar la escultura de cera de Stan, su último sospechoso había sido Toby que comprobó su inocencia en el caso con una evidencia un tanto... peculiar.
—No me he topado con algo tan trillado, eh. Sí sé que este lugar es rarito... pero mi estadía aquí ha estado normal, según lo que considero normal, claro. —Rió, rodó los ojos y se encogió de hombros.
—Tienes suerte, yo pude llegar a perder la cordura incontables veces... —Desvió la mirada al vacío del paisaje, a los pequeños destellos de luz, y soltó un suspiro —... Me alegra que mi hermana haya permanecido a mi lado. —Esbozó una sonrisa por la comisura de los labios ante sus propias palabras, llena de recuerdos.
—Aw, que lindo que te lleves tan bien con ella.
—Tenemos nuestros momentos de discusión, claro, pero son escasos. Siempre veo que los hermanos no se llevan tan bien —Se rascó la nuca, había cierta incomodidad en aquella afirmación—, supongo que somos distintos al resto.
Gianira volteó su mirada para verlo con una sonrisa. —Ey, siempre me hablas de una forma grandiosa sobre tu hermana y no me la has presentado, me encantaría conocerla.
El castaño se ruborizó levemente, casi de manera imperceptible, al escucharla. Era cierto, no había tenido ninguna conversación con la de ojos jade, fuera esta por chat o actualmente en persona, donde Mabel no haya sido mencionada por su persona.
Volteó a verla, encogiéndose de hombros. —Podemos ir ahorita a la cabaña para que la veas.
—Hm, no sé, no podría, en unos minutos ya tengo que ir a casa.
—Oh... ¿Qué tal en la boda de mi amigo?
— ¿La de Soos?
—Sí, bueno, tampoco es que conozca a otro que se vaya a casar. —Ríe, al tiempo que recibe un leve codazo— Sería perfecto para que la conozcas allí, no faltan muchos días para que sea de todos modos.
—¡Bien! —Juntó sus manos como si fuera a aplaudir. —Por ahora, creo que deberíamos ir recogiendo estas cosas —Opinó refiriéndose a los platos, servilletas, vasos, el mantel y la canasta que conformaban el picnic.
Dipper comenzó a reunir las cosas mientras su acompañante las guardaba en la canasta. Ella estaba inclinada y su cabello caía a la derecha por la espalda dejando a la vista la piel de su cuello. El chico alzó la mirada y la vio, nunca se había fijado en su cuello por lo que le sorprendió un poco lo que veía en él. Tenía una marca. Tenía un polígono perfectamente estructurado.
Tenía un triángulo.
Gianira sintió la mirada de su pareja en ella, elevó el rostro y le miró extrañada. —¿Qué sucede?
—Tu cuello.
— ¿Eh? —Recobró la postura y se cubrió la marca con su cabello algo sobresaltada, estaba sonrojada y se mordía el labio inferior desviando la mirada al suelo. Estaba nerviosa. —E-es... Una marca de nacimiento... Sé que es raro —Suspira—, no es normal que nazcas con una figura geométrica en tu piel...
El castaño dudó un poco, pero le creyó. Después de todo, él también tiene una marca un tanto curiosa.
—Ey —Captó la atención de la peliazul—, igual tengo una, mira. —Levantó el cabello que cubría su frente, dejando a la vista la constelación que poseía.
—¿Es... La Osa Mayor?
—Sí.
—Grandioso, tengo un novio tan raro como yo. —Pronunció irónica.
Ambos rieron y terminaron de recoger sus cosas aun manteniendo la conversación. Tomaron camino a la salida del parque, no muy lejos de donde iban se escuchaban las típicas campanitas de los carros de helado. Una chica estaba deseosa por uno.
—Ve por uno si quieres, yo pago.
— ¡Ay, gracias! —Se apresuró para llegar rápido al carrito y elegir el que querría.
Dipper se acercó a paso lento mientras sacaba su cartera del bolsillo para buscar el dinero y pagar por el helado, pero al buscarla, sintió otro objeto en su bolsillo. Lo tomó.
— ¿Y esto qué hace aquí? —Observó el objeto en su mano, era un brazalete con cuatro dijes.
Realmente, las cosas pueden ser tan curiosas a veces. Podríamos evitar tantos detalles, tantos problemas, tantos errores y sin embargo llegaríamos al mismo resultado que deseamos.
Qué mal que la vida no sea así.
El chico vio al frente a su novia ordenando su frío dulce y luego volvió la vista a la cadena. Parecía un lindo regalo. Para ella.
Guardó la billetera luego de sacar el dinero y se acercó al carrito, pagó por el helado y ambos prosiguieron su camino; Dipper le robó un poco de la paleta antes de que ella pudiera empezar a comerlo.
— ¡Ey! Te acepto que lo hagas sólo porque lo pagaste...
El castaño rió, quitando del borde de sus labios los restos de su crimen. —Oye, ten esto —Le mostró la cadena.
La chica lo tomó con la mano que tenía libre y la examinó con cuidado. —Ow, Dipper, está súper linda. —Sonrió y se la colocó, para luego admirar cómo se veía en su muñeca. — ¡Muchas gracias! —Se le acercó y besó su mejilla.
—No es nada, sólo la encontré y pensé que te gustaría.
Continuaron hasta la salida del parque y se despidieron, tomando cada uno el camino a sus respectivos hogares.
Al llegar a la cabaña subió a su habitación para bañarse y cambiarse de ropa a una más cómoda para estar en casa: Una simple franela blanca con un short gris. Bajó a la sala y encendió la televisión, se sentó en el sofá estirando sus piernas sobre una mesita que había en frente y cambió varias veces los canales hasta hallar alguno que no fuera tan aburrido.
Sus ojos fueron cubiertos por dos suaves manos.
— ¿Quién soy? —Preguntó una voz carrasposa fingida.
—Um... No sé, quizá... ¿Pato? —Preguntó con clara ironía, sonriendo.
— ¿Qué? ¡No! —Exclamó una castaña con la voz normal, apartó sus manos y se encorvó para quedar con el rostro frente a su hermano boca abajo. — ¡Pato no tiene manos, tonto!
Dipper rió y la apartó colocándole la mano en la cara —Ya sabía que eras tú.
—No, admite que te engañé. —Aunque el otro intentaba apartarla, ella seguía igual.
—No soy tan tonto Mabel, quítate. —Recibió una lamida en la mano como respuesta, la limpió con su franela enseguida. — ¡Joder Mabel, qué asco!
Su hermana recobró la postura entre risas.
—Ya, ni que fuera para tanto. —Dio la vuelta pues estaba tras el sofá, se paró junto al brazo izquierdo de éste y vió las muñecas de su hermano, ¿No había visto aún su pequeño regalo acaso? —Oye, Dipper...
Luego de haber limpiado la palma de su mano voltea para ver a su hermana. — ¿Sí?
— ¿No te has encontrado con alguna cosa pequeña en algún lugar como, no sé... en tu almohada, tu bolsillo, o tu billetera? —Desviaba la mirada mientras hablaba, su manera de articular aquella interrogante no había sido la mejor.
—No, bueno... ¡Espera, sí! Ahora que lo mencionas, hoy encontré una pulserita en mi pantalón.
— ¿En serio? —Esbozó una sonrisa, a la final sí lo había visto.
—Sí, fue raro porque no recuerdo haber puesto eso ahí o siquiera verlo antes, pero fue un lindo regalo para Gianira.
Una sonrisa se esfumó. Su hermano no se dio cuenta.
— ¿Por qué lo preguntas, Mabel?
No recibió respuesta, ella sólo se volteó con la mirada perdida y caminó hacia la salida del lugar.
— ¿Mabel?
Antes de salir de la sala, se deshizo del objeto plateado que yacía anteriormente en su muñeca, dejándolo caer en el suelo. Dipper vio el objeto caer, ¿Qué le pasaba a su hermana que se puso así de repente?, se levantó del sofá y se acercó al punto del suelo donde había caído, lo tomó y lo observó. Ya había visto una cadena como esa antes.
Se sintió abrumado, culpable. Su mente lo castigaba.
¿Qué hiciste, Dipper?
