—Es deseo de la señora tomarme en la cama, es decir... tomar el desayuno sobre mi... Me refiero a quedarse en la cama gozándome como desayuno —se parte de risa él solo para estas alturas cubriéndose de un cojinazo seguro.
No, claro y con bastante puntería y unos gritos histéricos de SHUT UP.
—Traed cerveza, pan, fruta y miel —susurra mientras cierra la puerta muerto de risa, aun protegiéndose.
—¡Yo no dije que fuera a comer nada sobre... Ni tomarte... Nada!
—¿Y no se te antoja? —se señala a si mismo con una sonrisa del millón de dólares, acercándose a la cama otra vez.
—¡No! —la mirada dice OOOOTRA cosa
—Pues a mí sí se me antoja cubrirte toooda de miel y luego reseguir todo tu cuerpo lamiéndote entera —se sube a la cama y le gatea por encima.
—Nooo! Shut uppp!
Y la vuelve a besar hasta que golpean la puerta. Una de las esclavas de Roma, empuja a la otra porque se le está cayendo la charola mientras el romano se separa del beso abruptamente y otra vez se va a la puerta de un salto. Britania no creo que sepa ni dónde demonios está.
Toma las cosas de las manos de las esclavas, les pregunta rápido por los niños, los cuatro y cierra la puerta otra vez diciendo que les cuiden.
—Toda la casa sabe que estoy aquí —se lamenta.
—Pues te vieron llegar y tu hijo está por ahí con el mío.
—No, hablo de... AQUÍ —almohadazo. El romano deja las cosas sobre algún mueble cercano, mientras se protege del golpe de almohada poniendo la cadera y riéndose.
—Nah, podría ir ahora a llevar esto a otro cuarto por un pasadizo secreto.
—¿Tienes un pasadizo secreto que vaya a otro cuarto? —le mira.
—Claaaro —risas. Ella le mira sin estar segura de sí es sarcástico o no.
—Aunque las almohadas que me has tirado creo que te han delatado.
—¡Es tu culpa! Eres un idiota —se sienta en la cama cubriéndose los pechos con las sábanas. Roma se muere de risa tomando un albaricoque y empezando a pelarlo.
—¿Quieres uno? Prueba este —le lanza un melocotón.
Lo atrapa y levanta las cejas porque es muy bonito, casi parece dibujado. Le hinca el diente de inmediato. Cuando lo atrapa, levantando los brazos, se le cae la sabana que le cubre los pechos (lo ha hecho expresamente solo para eso) y por supuesto, la mira de forma bastante lasciva.
Ella se tapa otra vez, habiendo olvidado el asunto, sonrojándose y dejando caer el melocotón mordido en las sábanas... Batiendo todo
El moreno se ríe de nuevo sentándose en la cama mientras se come el albaricoque y captura el melocotón rodante.
—¿Vuelvo a lanzártelo?
—Si lo lanzas no voy a atraparlo. ¿Dónde está mi ropa?
—¿Y qué más da? Vas a ensuciarla de miel si te la pones.
—Pero es que... —vacila mirando alrededor y pensando que es medio prisionera de la cama sin su ropa.
—¿Pero es que qué? —pregunta el romano tan divertido.
—Pero es que si quiero bajar...
—¿Por?
—Pues si quisiera... Al baño o algo así... —mira la sábana.
—Bueno, pues... debe estar por el cuarto, puedes levantarte y buscarla desnuda. No me enfadaré en lo más mínimo si además bailas un poco para mí en lo que buscas —suave caricia y sonrisita de esas...
—¡Estás LOCO si crees que voy a bailar NADA para ti! —chillidito.
Risas romanas. La chica aprieta los ojos.
—¡¿Cuándo me has visto hacer algo así?!
—Por eso te lo he dicho expresamente para molestarte, sabía que no accederías —se echa hacia ella y le da un besito suave que es respondido... Las endorfinas... Hundiéndole la mano en el pelo.
Roma sonríe y profundiza obligándola a tumbarse, cuando no encuentra resistencia, sigue hasta al cabo de un poquito, se separa con suavidad y la mira a los ojos. Ella se relame sonriendo.
Él se sonríe también, se vuelve al bol de la fruta sin salirle de encima y corta un gajo del melocotón.
La británica le mira hacer... Idiotizada, el romano le pone una punta del gajo sobre los labios, con los ojos entrecerrados y luego empieza a mordisquear la punta contraria
Britania entreabre los labios, saca un poco la lengua y siente caloooor en ESAS partes indebidas sin podérselo creer porque entre anoche y hoy... Roma sonríe mirándola fijamente cada vez maaaaás cerca del beso a medida que se come el melocotón.
A la pelirroja se le acelera el corazón, entreabriendo los labios y acercándose a él, deseando el beso de manera EVIDENTE hasta que llega el ansiado, dulce y con sabor a fruta. Le besa con ansias y una sensación extraña en el estómago... De cierta posesión: "Tú, Roma. Mío".
Al cabo de un poco se separa relamiéndose él los restos de saliva y melocotón. Britania le mira a los ojos, mientras él planea repetir el proceso hasta que se acabe el melocotón ¿Por qué no puedes partir la fruta y decir "toma, mita' pa' ti, mita' pa' mi"?
Britania le pone una mano en la mejilla, mirándole a los ojos con intensidad. Él la mira también y le sonríe
Y la cosa es que Roma consigue... Esto: Ella parpadea un poco, le hace una suave caricia en la mejilla, entrecierra los ojos y... Le permite. Le permite tocarla un poco más, verla como realmente es y se permite a si misma el... Quererle al menos un poco, que nunca termina por ser tan poco.
Roma vueeeeeelve a besarla lenta y dulcemente, acariciándola con suavidad hasta impregnarla completamente de sí mismo sintiendo esa sensación que Francia debe conocer bien de haber escalado la montaña.
La cosa aquí, Roma... Cielo. Es que Francia sólo escala realmente UNA montaña, pero en este instante... Eso no importa.
Queriéndola, porque no se puede decir en ningún modo que no la quiere, pero... hay algo que no es y es taaaan sutil que es prácticamente inapreciable hasta para Roma, pero está y es importante.
Britania no lo nota... Ciertamente. Sonríe y vamos a ser justos. Se sabe querida. Es la diferencia entre el sexo dulce con aprecio y el amor, Germania, que tú nunca vas a entender.
No, por desgracia no lo va a entender nunca el germano... Y tampoco lo va a entender la británica, lo cual es cruel para todos.
Pero igual... Roma toma el bote de miel mete la punta de un dedo y le dibuja un camino desde la base del cuello hasta el centro de un pecho que luego planea reseguir con la boca.
Como siempre, Britania está completamente convencida de que Roma le gusta más que nadie... Y por ahora esto que hace es tremendamente sexy
Para ser justos, solo Escocia quiere a Britania más que Roma (porque Inglaterra aún es muy pequeño) porque aunque no esté enamorado COMPLETAMENTE de ella (esa suerte tiene en parte) SÍ que la quiere y SÍ que le gusta.
Y en realidad... Funciona. Para Britania funciona bien así, besa a Roma como pocas veces, sin reprimirse, sin avergonzarse tanto, con los ojitos cerrados. Cayendo en sus redes. Disfruta de los beneficios que vienen antes de la muerte.
Al final, lo bueno de ahora es que Roma... que además necesita un ratito más que Britania la multiorgasmica va a deleitarla con tooooda clase de trucos preliminares dulces. Hasta que se ponga en marcha de nuevo porque es que ha sido la última hace nada y creo que podemos ir con los niños mientras le lame miel de todo el cuerpo.
xoOXOox
Francia brincotea alrededor de la esclava tratando de calmar al inglesito histérico.
—Ya no quiero... no me gusta esta niña fea, vamos fuera a jugar —pide Inglaterra a Francia aun fulminando un poco la esclava lavadora.
—Vamos a jugar afuera —asiente abrazándole un poco aprovechando el odio dirigido a alguien más. Él se deja sin notarlo, sacándole la lengua a la esclava mientras salen.
—¿Quieres ver la casita del árbol que construyó papa?
—¿Cómo es una casita en un árbol? —pregunta pensando en una madriguera entre las raíces... sí y luego te extrañas de que te llame conejito.
—Un esclavo hizo una arriba en las ramas —señala en el jardín hacia uno de los árboles.
—¿En las ramas?
Y claro, Inglaterra... Tú te haces una cabaña como madriguera para sobrevivir de la lluvia. Un ESCLAVO viene y les hace una a estos niños para divertirse.
—Oui. Mira, se sube uno por esas maderas del tronco. Arriba tengo unos muñecos y un conejo —Dios, Francia, ¿más transparente no puedes ser?
—¿Un conejo muerto? ¿Lo has cazado? —le mira.
—Eh? No... De... Tela
—Ah... en el cuarto tenías otro —al que se ha abrazado antes—. Tienes muchos juguetes, yo no tengo tantos.
—Puedo regalarte algunos si quieres —sonríe—. Para que pienses en mí cada vez que juegues.
—¡No quiero pensar en ti! —chilla sonrojándose pensado que igual sí le va a robar alguno pero no para pensar en él y pensando en las cosas que le dice Escocia que son mentira—. Además yo no juego, yo soy niño grande y por eso puedo tener mi propio arco. Y sé hacerme mis juguetes.
—¿No juegas? —cara de absoluta desolación—, yo tengo una espada y casco y escudo y no me gustan. Prefiero jugar a los reyes.
—Yo sé hacerme un juguete, un marinero en el barco me enseñó ¿quieres que te enseñe?
—OUI! —público más animado no vas a tener JAMÁS. Inglaterra sonríe.
—Se necesita un trozo de tela de color rojo y hilo de color rojo y unos palos rectos.
—Ahora le pediré... MERIDAAAAAA.
—Ah! —exclama cuando la llama y trepa por el árbol a esconderse en cuanto ella se acerca
—Necesitamos tela roja e hilo rojo y palos... ¡Mucho de eso! Correeeee!
—T-tela e... hilo. Bien, enseguida, domine —asiente yendo a la casa corriendo pensando a ver de dónde sacar esas cosas (que seguro que tienen).
Francia aplaude emocionado y sube a la casita preguntando qué van a hacer. Inglaterra les espía por el agujero y cuando ve que sube se esconde.
—Angleterreeee?
Él se echa para atrás mirando la casita por fin. Francia asoma la cabeza por la trampilla.
—Ah! —se asusta un poco y se sonroja, echándose más para atrás hasta dar con algo a la espalda. El francés sonríe girándose hacia él por el sonido.
—¡Ahí estas! ¡Ahora nos traen lo que has pedido! —suelta entusiasmado terminando de subir por la trampilla con muuuuuucho cuidado de no caerse y de no rasgar ni ensuciar su túnica.
El británico sonríe con eso incorporándose un poco y volviendo a mirar alrededor.
—¿Te gusta la casita? —debe haber una pizarra con dibujos (algún conejo) y quizás una espada de juguete y un instrumento musical de España y juguetes de barro como... Conejos.
—Es como un nido de pájaro —se acerca a la ventana corriendo de un lado a otro.
—Oui... Y desde aquí arriba se ve lejos, aunque no tan lejos como tu casa —sí, lo pregunto idiotamente la primera vez que se subió.
—Claro, ¡porque hay que cruzar el mar! Aunque no tiene tantas ramas como un nido de pájaro —corre hacia el otro lado porque en realidad le gusta mucho, mirándolo todo.
Francia sonríe genuinamente encantado de que este aquí.
—Y esta es la pizarra donde dibujo mis cosas... Y aquí están mis muñequitos, ¡y se les puede cambiar la ropita! Mira y aquí están... —señala y señala cosas, él le mira lo que le señala—. Y aquí están los conejos vestidos de cesares y esta pizarra es de Espagne... Y los pequeños aún no pueden subir, papa dice que tendremos que hacerles espacio pero yo creo que podrán tener otra casita...
—¡Si yo tuviera una casita como esta podría cazar todas las presas! —hace como que apunta por la ventana a los esclavos con una flecha y un arco invisibles. Francia sonríe y asiente.
—¡Verías tooooodo! Podemos construir una en tu casa... ¡Yo te ayudo!
—Entonces vendrían los enemigos y ¡Zap! ¡Zap! ¡Zap! —tira tres flechas imaginarias a los esclavos—. Y ¡Muertos antes de enterarse siquiera!
Francia vacila un poquito con esto pensando un segundo en si no estaría el en la lista de gente a la que hacerle zapzapzap... Luego sonríe porque claro que NO, Inglaterra es su MEJOR AMIGO y nunca le haría... Daño...
—Yo te señalaría a los enemigos desde arriba —aclara por si las moscas.
—No —le mira.
—N-Non?
—No, es muy peligroso, ¡tú tendrías que esconderte! —le aparta un poco.
—¡Ah! —Sonríe un montón—. ¡Pero me esconderé aquí contigo porque tú me protegerás todo el tiempo y si estás tú no habrá peligro!
—¡Pero quizás los enemigos lleguen a subir!
—Yo... —vacila... Porque sí, no sabe hacer nada útil contra los enemigos—. ¡Les... Lanzaré piedras!
—¡Pero aquí no hay piedras!
—¡Entonces tomaré la espada de Espagne y de las clavare en los ojos!
Inglaterra sonríe complacido con eso. Francia se relaja un poquito al ver que con eso no ha puesto objeciones. Le sonríe.
—Porque yo entreno con la espada y lo hago... —pausita—, bien. Podría cortarles la cabeza a todos.
—¡Entonces tú empezarías a cortar la cabeza a los que a mí se me escaparan de las flechas y seguro les ganaríamos a todos!
Francia asiente imaginándose por PRIMERA vez, a ÉL MISMO con una espada cortando cabezas al lado de Inglaterra con su arco.
—Run! ¡Están por todas partes! —chilla imaginando los enemigos y empezando a pelear lanzando flechas invisibles y tirándose por el suelo, rodando. Francia sonríe y se agacha un poquito
—Disparaleeees!
Él finge hacerlo, corriendo y riendo y toma una espada de juguete empezando a cargar con los muñecos.
Francia hace como si también trajera una espada en las manos, haciendo movimientos muy estilizados como de baile.
Unos instantes más tarde, Merida mete la cabeza por el agujero y se lleva un golpe de Inglaterra por accidente. Le cuesta bastante no caerse y al inglés se le cae la espada, abriendo mucho los ojos y dando unos pasos atrás, asustado.
Francia se ríe sin enterarse dando una vuelta más, con saltito, aterrizando cerca del inglés. Ella parpadea, fulmina un poco a Inglaterra sin poder reñirle y mete las cosas que han pedido.
—Aquí lo tiene, domine Franciae.
—Oh! Mérida —Francia le sonríe tambaleándose un poco hacia ella—. ¿Viste? ¿Viste? ¡Estábamos jugando a las ESPADAS!
—Sic, lo vi. Vaya con cuidado de no hacerse daño.
Francia le cierra un ojo de manera bastante parecida a la de Roma.
—¡Recuerda contárselo a papa! —le susurra antes de mirar al inglés
Ella se sonroja un poquito a pesar de todo y asiente sonriendo antes de volver a bajar. Inglaterra corre a recoger las cosas que les han traído, mirándolas y sonriendo.
Francia sonríe muy satisfecho sentándose en el suelo al lado de las cosas.
—¿Qué hacemos con ellas?
—¡Vamos a hacer una cosa voladora que se llama kite! —explica mientras toma los palos y mide la tela para cortarla—. Un marinero de oriente me enseñó a hacerlas.
—¿Una... Cosa voladora? —Francia le mira con fascinación.
—Yes, mira —muerde la tela y la rasga luego con las manos.
—Pero... Pero eso se puede cortar mejor, seguro un esclavo...
—Nah, mira —luego corta un palo de una patada. Francia le mira hacer pensando que es realmente muy fuerte e impresionante todo lo que hace.
Inglaterra empieza a atar la tela a los palos con el hilo de una manera un poco torpe (no estoy segura de que vaya a volar demasiado) pero lo que es seguro es que se esfuerza y se sonroja un poco cuando nota que le mira todo el rato.
Francia toma uno de los nudos y con sus dedos delicados y habilidosos de costurero lo desanuda un poco, mejorándolo y haciendo que quede un poco más estético y funcional... No demasiado.
—¡Ata también esa punta! —le señala al ver que le ayuda, yendo a por la otra
Francia saca un poco la lengua de lado, concentrado y hace un bonito nudo respirando un poco la tela.
—Y ahora uno en el centro... —lo hace—. ¡Y ya está! ¡Hay que ir a un lugar que haya viento!
—¿Viento? ¿De verdad va a volar eso? —pregunta levantando las cejas y sonriendo ilusionado—. Vamos aaaaaaa... —vacila porque esto es Roma, no es como que haya muchiiiiisimo viento como en la costa norte.
Los ojos verdes le miran esperando que le diga donde, de hecho, levantándose y empezando a bajar.
—Pueeees... Suele haber viento saliendo del mercado y arriba de la carroza que siempre me revuelve mucho el pelo...
—¡Vamos al mercado! —exclama bajando las escaleras y saltando al suelo con la cometa bajo el brazo.
—Meridaaaaa.
—Ah! No! ¡¿Porque la llamas!?
—Para ir al mercado...
—But...
Ella se acerca, claro.
—¿Cómo vamos a ir si no? —le pregunta mirándole de reojo—. Si voy yo, ella viene.
—¿Por quéeee? —susurra
—Porque es mi esclava... Va conmigo siempre.
—Pero es que no me gusta...
Francia se le acerca un poquito al inglés.
—Es que no creo que no venga aunque se lo ordene —susurra.
—¿Por qué?
—Es mi esclava... ¿Qué tal que necesito algo?
—¿Cómo qué?
—Pues... Si tengo frío o hambre... O si ya me canse.
—Pues nos llevamos una capa y comida.
—Pero es que...
Inglaterra le mira.
—Mmmm... Puedo pedírselo. Aunque nunca voy a ningún sitio sin ella.
El británico sonríe un poco mientras Mérida espera.
—Mérida —le habla con solemnidad.
—Sic, domine?
—Vas a... Quedarte aquí. ¿Vale?
—¿Aquí, Domine?
—Aquí en casa. Yo voy a ir con mi Angleterre a volar nuestro juguete —sonríe.
—No puede ser, Domine, ya sabe que su padre no quiere que vayan solos.
—¡Pero es que quiero ir con él nada más!
—No es posible —niega.
—¿Pero por qué noooo?
—Son órdenes de su padre, es usted aún muy pequeño para ir solo.
—¡Pero vendrá Angleterre que me defiende de todo!
—Él es aún más pequeño, domine y ya sabe que la ciudad es muy peligrosa.
El galo se cruza de brazos y frunce el ceño.
—Pero es una orden.
—Lo lamento, Domine... las órdenes de su padre...
—Pero si tú eres mi esclava y si yo te digo que te quedes aquí te tienes que quedar aquí.
—Puedo quedarme aquí si lo desea, pero alguien más vendrá con ustedes.
Francia mira a Inglaterra de reojo.
—¿Ves? Y... ¿alguien que no sea Mérida?
Inglaterra mira alrededor porque es que toda esta gente no le gusta, no es algo personal, Mérida, chata.
—Solos no se puede. Es peligroso —medio susurra Francia al inglés.
—Why? Yo siempre voy solo en casa.
—Pero aquí es más grande que tu casa y hay mucha gente
—Por eso, no estamos solos.
Francia vacila sin saber qué hacer.
—¿Y qué propones?
—Shhh, nos escapamos, vamos al árbol otra vez.
—Oh... —mira a Mérida y se muerde el labio—. Bien...
Inglaterra la mira también y toma la mano de Francia tirando de él. Inglaterra toma de la mano de Francia... y TODO rastro de duda y vacilación desaparece por completo. Sonríe de nuevo.
—Mejor jugaremos entonces en la casa del árbol.
—Bien —asiente Mérida.
El francés aprieta un poquito la mano del inglés y corre con él hacia la casita. El inglés sube y espía a los esclavos desde las ventanas, agachado. Francia le mira hacer, interesado, imitándole un poco.
—¿Qué haces?
—Hay que ver cuando se despistan para poder salir corriendo.
—Pero... ¿Y Mérida?
—Pues cuando se despiste ella también...
—Mmmmm... Bueno. Quizás podríamos hacer algo para despistarles, siempre funciona hacer llorar a los bebés, pero siempre acaban riñendo a Espagne.
—¿Entonces?
—Entonces esperemos a que... Se distraiga con algo. Quizás con la comida o algo así. No sé, no suelo hacerles caso —se encoge de hombros.
—Mmmm... Cuando yo quiero que mi mum se distraiga hago fuego.
—¿Y no es peligroso?
—Nah —no, que va...
—Bueno... Haz un poco de fuego, pero lejos de mi casita del árbol.
—¿Dónde está la salida de la casa?
—Allí. No vayas a incendiar toda la casa, Angleterre.
—Hay que hacer el fuego del otro lado para que todos vayan ahí y nosotros podamos ir a la salida.
—Ohh... —Francia asiente aprendiendo una poca de estrategia—. Puedo bajar y pedir que nos traigan comida mientras tú haces poquito fuego al fondo del pasillo...
—Vale, cuando todo el mundo grite, salimos corriendo y nos esperamos fuera de la casa.
Francia se revuelve entre nerviosito y emocionado porque no suele hacer estas actividades.
—Vale. Pero no te vayas sin mí, ¿eh?
Inglaterra niega sonriendo, le toma las manos, se las aprieta y luego sale de la casita con la cometa. Francia sonríe sintiendo que esto es como que el príncipe venga a salvarle de las bestias o algo así... Espera unos segundos y baja acercándose a Mérida.
—Mérida. Queremos comida.
—¿Qué les apetece?
—Leche con miel y cerveza, un poco de pan, fruta y carne —específica con seguridad.
—Bien, ahora les traigo a la casita.
—Gracias, Mérida —sonríe mucho, más aún que de costumbre y se balancea adelante y atrás en los pies.
Mérida le mira vacilando un instante sin estar convencida del todo y luego se va a por lo que le ha pedido, pidiendo a alguien más que les eche un ojo.
Francia mira al suelo y hace unos dibujitos en el con la punta de su sandalia. El esclavo que cuida el jardín mira a Francia de reojito...
De repente alguien grita "¡FUEGO!" Y todo el mundo empieza a correr de un lado a otro, incluyendo al "jardinero", que ordena a Francia irse al fondo del jardín mientras corre a ver lo que ocurre.
El galo sonríe en cuanto se va y corre a la puerta sin dudar ni un poco, ve una mancha verde y roja correr desde el otro lado y sonríe más reconociendo la capa y el cometa... Corre más rápido con la brazos abiertos.
Los gritos y el caos no tardan en alertar el cuarto principal. Van a matarte, Francia. MUERTO. No vas a volver a ver a Inglaterra
El francés abraza a Inglaterra en cuanto lo ve llegar corriendo en cuanto llega él. Inglaterra le abraza también, riendo por la adrenalina y le toma la mano para salir corriendo de ahí. A estas alturas, no hay nadie, NADIE que vaya a impedir que Francia corra con él a donde sea que lo lleve. Podría ser al mismísimo infierno si quisiera. Se ríe apretando la mano de vuelta y pensando en la cometa y como harán para que vuele en el mercado.
El inglés se deja guiar cuando están ya lo bastante lejos mientras el francés le señala todas las cosas que a él le gustan con una gran sonrisa sin pensar un segundo en el fuego o en su padre.
Algo, al fondo de la mente de Roma, completamente perdida en los labios de la británica e infrarigada de flujo sanguíneo debido a las circunstancias de la actividad, tira como una mano invisible, para contra todo lo que le apetece, saque ESO de AHÍ y vuelva en sí. Algo no va bien. Es un presentimiento que le pincha pero al que se resiste a hacer caso por lo pronto.
Britania está PERDIDA, completamente embriagada en el romano... Y es que, joder, el romano se mueve MUY bien... y combina todas las técnicas sexuales posibles, junto con esa pasión y esa habilidad de hacer sentirla... Ok, ni siquiera tiene cerebro para sentirse nada, está demasiado ocupada en respirar.
Y quien diga que solo una madre tiene cierto sexto sentido para ciertas cosas, es que no conoce el instinto familiar de un hombre latino. El llanto lejano de Veneciano hace el truco de traerle de vuelta y los gritos de fuego de sus esclavos le retienen, con la respiración agitada, mira a la puerta y para a la británica suavemente casi sin mirarla.
Britania resopla, no bufa tsundere, tomando aire y tratando de enfocar, yendo a buscarle en el primer momento. Él la mira fijamente unos instantes tratando de recuperar un poco el aliento.
—What? —susurra ella con suavidad, notando que pasa algo con Roma.
—Está sucediendo algo malo. Pon los niños a salvo —pide antes de levantarse y dirigirse a la puerta, tal como va, desnudo y empalmado. Y ahí va el romano hacia el incendio a organizar a la gente a gritos y a ayudar con el agua.
Britania traga saliva y se incorpora en la cama pensando en bárbaros invadiendo, sangre, peligro mortal. Se levanta de la cama agachándose al suelo y tomando una prenda de ropa... Quizás una toga del romano, se la medio envuelve encima y sale corriendo del cuarto.
—Englaaaand!
Nadie le contesta y hay un buen rato de gente corriendo arriba y abajo y gritando.
Asustada además con tanta gente que no termina por saber si es buena o mala, busca a los niños en cada cuarto sin encontrar a nadie, incluyendo los bebés que por más que ella quiera hacer actos heroicos parece improbable que los esclavos los hayan dejado ahí. Los esclavos ya se han llevado a los bebés, por eso lloraba Veneciano.
Así que asustada de no verles (aunque conoce a Inglaterra), sale al bosque... Digo al patio... A buscarle, asumiendo que, listo que es, se ha ido lejos del fuego.
—¡Señora! —le reconoce un esclavo—. ¡Tiene que salir de aquí!
—¿Has visto a mi hijo? —le pregunta no tan preocupada por el fuego, esperando que sólo sea eso... Ella ha estado en incendios forestales enormes—. ¿Atacan la casa?
—Non, hay un incendio... No he visto a los niños, deben estar fuera con los demás, vaya hacia la puerta.
La británica se tranquiliza un poco con que sólo haya un incendio, tosiendo levemente.
—¿En qué otros lugares podrían estar? ¿Dónde está Rome?
—No lo sé, estamos sacando a todo el mundo son órdenes del domine, está apagando el incendio con algunos hombres.
—Englaaaaaand! —grita como respuesta al pobre esclavo, buscándole.
—Por favor, señora, tiene que salir... —la apremia.
—¿Y qué hago? ¿Dejo a my son aquí adentro? Está con el rubio de Rome.
—Alguien los habrá sacado, estarán fuera, con los demás. Ande a ver —insiste.
—¿Y si no? —le encara frunciendo el ceño y mirando hacia arriba donde se arremolina un poco de humo.
—Y si no, alguien le verá y le sacará, somos mucha gente.
Britania cierra los ojos concentrándose un segundo, levanta la mano, susurra unas palabras y hace un extraño movimiento con el brazo girándolo, dándose la media vuelta y caminando a la salida aún con el brazo levantado. No sale sola... Todo el humo de la casa sale con ella.
El esclavo por supuesto se queda flipando y se va corriendo a ayudar de nuevo adentro.
Britania les busca a los dos en el patio y cuando no les ve se muerde un poco el labio preguntándose si Inglaterra habrá sido tan idiota como para quedarse adentro. No se lo cree ni un instante, pero quizás por salvar al niño rubio que le obsesiona...
Hay mucho ajetreo fuera igual entre las esclavas que andan buscando a Francia. Mérida está al borde del vómito de la preocupación, va a castigarse ella a sí misma.
¿Y qué decir de Augusta? que corre de arriba a abajo dando órdenes y regañándolos a todos, tirándose de los pelos porque no aparece el francés.
Es que ahí... temed. Vosotros sí TEMED porque como le haya pasado algo al niño, Roma os va a matar A TODOS. Sí, sí que lo saben TODOS perfectamente bien que no va a quedar uno sólo vivo. Augusta se tira más aún de los pelos, mandando a otros dos esclavos a buscarle de nuevo a la armería.
Hay gente buscándole por todos los rincones de la casa, mientras el incendio es cada vez más pequeño entre el agua y la ayuda prestada de la británica que se ha llevado el oxígeno, aun así hay alguna gente desmayada por el humo y algunos heridos leves.
Y debe ser Augusta la que se acerca a Roma después de garantizar que Francia no está por ningún lado, temerosa pero con seguridad...Quien sale el último, aun desnudo, agotado y reluciente del esfuerzo, lleno de cenizas y hollín por todas partes, pasándose las manos por el pelo pero más tranquilo, mientras los muchachos se ocupan de acabar de limpiar y ordenar y sacar los restos.
—Domine —lo intercepta con voz urgida, claramente preocupada. Es la única que se atreve a mirarle a los ojos sin que se lo ordene, sólo un instante, antes de bajar la mirada—. El domine Franciae no aparece junto con el muchachito de la señora.
—¿Está todo el mundo...? —se le congela la frase en la boca al oír la noticia, borrándosele la sonrisa.
—Mérida dice que antes del fuego intentó convencerla de irse solos al mercado. He mandado a Quintus a buscarle, aún no vuelve.
—S-solo al... —respira por la nariz con el corazón desbocado, poniéndose enfermo otra vez, pero trata de calmarse—. ¿Los pequeños están bien?
—Sic. Están bien —asiente—. Mérida no lo dejó ir al mercado sólo y volvieron a jugar al jardín. Lo último que le pidió fue un poco de comida antes de que empezara el fuego y lo perdiera de vista. Ya buscamos por toda la casa. No están dentro —agrega.
El romano hace un gesto de agobio con la cabeza, cerrando los ojos y frotándoselos para pensar. Grita los nombres de cinco esclavos más que están por ahí mandándolos al mercado y a algunos lugares más de la ciudad que a Francia le gustan, le pide a Agusta que se haga cargo de la casa y se va a Britania.
Augusta asiente, servil, gritándole ella al resto de los esclavos para que empiecen a ordenarlo y recogerlo todo mientras pide a Mérida que ayude a los demás para distraerla.
Britania se está mordiendo las uñas mirando la casa, asegurándose a sí misma que Inglaterra está seguro bien, comiendo un pan robado debajo de un carro esperando a que desaparezca la trifulca.
—Hay que... hay que ir a buscarles —la toma de los hombros muy nervioso.
—¿A dónde suele ir tu niño cuando se va? —pregunta mirándole a los ojos, contagiándose de la preocupación.
—Ese es el problema, mi niño no se va —está al borde del llanto, en serio—. Vamos al mercado —léase, necesito hacer algo o mi estómago me va a comer.
Britania vacila un instante porque no está acostumbrada en lo absoluto a Roma... Así. Asiente con suavidad.
—Si está con England, seguramente estarán debajo de un puente o en una madriguera en el bosque o trepados al árbol o nadando en el río —garantiza tomándole del brazo. Una esclava joven, a quien mando Augusta, trae una túnica larga para que Britania, que aún no se entera pero está realmente poco tapada, se la ponga encima. Después de unos instantes de incomodidad y vacilación, Britania hace caso omiso a la vergüenza que le da la situación poniéndose la túnica, sonrojada pero más enfocada que de costumbre en estas situaciones.
—Non, non, no hay bosques aquí, están demasiado lejos para que vaya sin cansarse y el río está demasiado sucio en donde desagua la ciudad... —él sigue dando vueltas, pensando sin ni notarse desnudo.
Britania... Que no es que no esté preocupadilla, pero es que joder, Roma, estás demasiado desnudo... Suspira tratando de convencerse una vez más.
—Los niños son menos frágiles de lo que crees. Habrán ido a refugiarse a algún lado —asegura tendiéndole la toga que se ha quitado ella para que se tape... Algo... Sonrojadita.
—El mío, no —confiesa en un arrebato de vulnerabilidad y sinceridad que en otro momento no tendría, notando que le tiende la ropa, sin saber qué hacer con ella, cuando los esclavos le traen la biga por fin. Toma a Britania y la toga y se sube corriendo.
—El tuyo... ¿A dónde.,. Vamos?
—Al mercado —azuza a los caballos con fuerza y si normalmente conduce como un loco...
—Pero... Waaaaah! —aprieta los ojos y se abraza a Roma, ahora más agobiada.
Él recorre todo el foro en la biga mirando a todas partes y sin prestar atención a nadie que mida más de un metro.
Como provocar el caos para dummies, por Inglaterra.
