Notas de Autor: Bien, como han de suponer, Pandora Hearts sigue siendo propiedad de Jun Mochizuki, la mangaka adicta a las bebidas energizantes no me lo quiere regalar. [/°¬°]/ Así que, lo único que me pertenecen son los HeadCanons (Probablemente OoC) AU y la computadora con el autocorrector de la patada que no acepta 'Echo' en la lista de palabras.
Al rato contesto reviews, y si encuentran alguna falta ortográfica avísenme que no lo revisé.
Sin más, disfrutad el capítulo 3. Notas al final del capítulo.
3. Me encontraste.
"Perdido e inseguro… ¡me encontraste! ¡Me encontraste!
Yaciendo en el suelo… ¡Rodeado! ¡Rodeado!
¿Por qué tuviste que esperar? ¡¿Dónde estabas?! ¡¿Dónde estabas?!
Sólo un poco tarde… ¡Me encontraste!
… ¿por qué tuviste que esperar, para encontrarme?"
You Found Me,The Fray.
—
Oz pensó para sí, que aquél sería un día pesado en la casa.
No podía estar más correcto.
En primer lugar, su madre le informó de que Reim iría a cenar debido a que ella misma (sin avisarle a nadie, por supuesto) le invitó para agradecerle el darle la oportunidad a Oz de trabajar en el orfanato. El castaño, al inicio había intentado rechazar, pero, como Oz sabía, su madre siempre tenía la manera de ganar a todos y todo. Después de todo, su nombre era Rechelle Cecile Vessalius.
Además de tener un invitado para cenar, se debía recordar el hecho de que debía hacer sonreír a la albina que ahora compartía habitación con él —y seguía sin comprender el contexto de vergüenza— debido a la reciente pérdida que había sufrido.
A la niña poco parecía afectarle, aunque, en realidad, Oz sabía que aquello no era cierto. Le afectaba más de lo que hacía parecer y, de ser posible, se estaba cerrando poco a poco a las personas.
Pero él sabía que ella sufría. Lo sabía cada vez que, a mitad de la noche, se encontraba con que había un par de brazos estrujándole temerosos.
Cuando ya se había acostumbrado al pequeño ritual de la chica, nació en su pecho un instinto protector para con Echo. No quería que sufriera. Quería eliminar su dolor de alguna forma.
En una de aquellas ocasiones, se atrevió a girarse y guardó la cabeza de la pequeña en su pecho. Al tiempo que con su derecha le acariciaba los hilos blancos de su cabello, con la otra intentaba darle una sensación de confort al pasar su mano por la espalda alta. Cuando sentía que la otra se tranquilizaba, se permitía abrir los ojos, sintiendo aquél instinto actuar más que la mayor parte del tiempo al verla tan indefensa. Insegura. Tan tranquila, que podría hacer que un millón de personas volteasen con ella sólo para sentir aquella pureza.
Inocente.
A pesar de que, había sufrido una enorme pérdida a tan corta edad (¿Se consideraba corta a los doce años?) seguía siendo una pequeña y, ¿por qué no decirlo? Inocente niña contra el Mundo.
Y tenía que protegerla.
Es, quizá por eso, que cada noche que la niña tenía pesadillas, él se quedaba despierto hasta que ella se relajara. Hasta que se sintiera segura.
Hasta entonces, él se podía sentir tranquilo.
Ahora mismo, se encontraba tan nervioso que podría jurar que la obsesión de su madre por tener el lugar limpio no le causaba ni la más mínima gracia, y eso que los comportamientos compulsivos siempre le sacaban risitas tan altisonantes que era casi imposible que eso no ocurriese.
A su lado, una Echo muy emperifollada se encontraba observando sus manos, que se encontraban enguantadas por seda blanca. Su vestido constaba de un azul cielo un tanto ceñido alrededor de la cintura con ayuda de un listón de un par de tonos más oscuro. Su cabello estaba recogido en un chongo dejando a un par de mechones de cabello sueltos al lado de ambas partes de su cabeza. Había sido recogido gracias a dos palillos y estos sobresalían de su cabeza. La consternación por el hecho de que Rechelle hubiese preparado toda su ropa y se hubiese molestado en vestirla de principio a final la tenía en todo el rostro. Sus ojos abiertos como pelotas de tenis y su boca tan contraída que apenas y era una delgada línea más clara que su piel, lo cual hacía parecer a sus mejillas un poco menos claras y de cierta manera, le agregaban más atractivo.
El vestido llegaba hasta el final del suelo. Apenas y se podían ver las puntas de unas hermosas zapatillas (de, lo que Oz creía eran tacón, a juzgar por el par de centímetros extra que le alcanzaba) a juego con su vestimenta. Cecile observaba con orgullo su obra maestra. Ada no le gustaba demasiado que su madre la vistiese de forma tan ostentosa y Oz ni de chiste se dejaría vestir. Por lo que por su cabeza pasó: ¿Por qué no intentarlo con la pequeña Echo?
Y, para mala suerte de la pequeña albina, Rechelle se había contenido por años de utilizar aquellos vestidos con alguien. Pero no tenía nada de qué temer, al menos de momento, ya que su cabello no era lo más 'trabajable' que la madre Vessalius tenía para peinar.
A pesar de ser más alta que el rubio con ayuda de sus zapatillas, se encorvaba en sí misma de tal forma que la hacía parecer más pequeña y más inocente de lo que, Oz sabía que era.
Y, si bien, no lo admitiría en voz alta, él rubio no lo negaría en su mente.
Parecía una princesa.
Al darse cuenta de lo que había pensado, negó rápidamente con la cabeza. Apenas la conocía, ¿por qué habría de juzgar su vestimenta?
Él no iba lo que se podría decir tan mal. Tenía un traje de gala color negro, el cual utilizaba en CONTADAS ocasiones. No era del tipo de persona que gusta de vestir bien para sentirse bien. Se sentía bien con la ropa que tenía para vestir, ¿para qué utilizar aquél traje tan sombrío cuando tenía camisas coloridas? ¿Para qué utilizar aquél pantalón tan ceñido y opresor de movimiento cuando existían los jeans? Ni siquiera él mismo se lo explicaba, pero sentía, en cierta forma, pena por las personas que debían utilizar aquellas cosas TODOS los días en su trabajo. ¡Debía ser una tortura!
Observó su corbata, sentía que la había apretado demasiado, sin embargo había utilizado la misma fuerza que antes utilizara la última vez que utilizó aquél objeto de tortura. Sin embargo, observó a las mangas y es que se dio cuenta del problema. No era la corbata. No era la fuerza aplicada.
Había crecido.
Obviamente, ya no había remedio, utilizaría eso para la cena, no es que fuese quisquilloso para la ropa, pero si se trata de prendas ceñidas o que le hiciesen sentirse incómodo inmediatamente las negaba.
Suspiró hondo. No tenía otra opción que dejar aquella ocasión tal y como se había vestido. Demonios. Gritaba en su fuero interno. Y en el externo intentaba no demostrarlo.
En la sala de la casa se podía palpar la tensión. Inclusive podría cortarse si es que se deseaba. Rechelle se había asegurado que ni Ada ni Dina (Porque conocía a su hija, sabía el enorme vínculo que tenía la gata con ella, y de la misma forma lo lista que podía ser la gata) tocasen nada de la cena. Sabía que la pequeña iría inmediatamente por los postres así que se había asegurado de esconderlos en un lugar que ni la pequeña ni su gata alcanzarían, y no se refería a la alacena. Se refería al congelador, al cual le había controlado la temperatura exacta para que no tuviesen hielo de postre.
El timbre de la puerta sonó y Cecile se levantó de su lugar como resorte. Abrió la puerta y a través de ella pasó el –ya tan familiar para Oz– cabello castaño de Reim. La mujer Vessalius y Lunetes hicieron reverencia uno hacia el otro. Eventualmente; Oz, Echo y Ada se levantaron y saludaron. Tal vez no tan políticamente como Rechelle(hablando por Oz y Ada, obviamente), pero igual de hospitalarios. Y como era de esperarse, Echo no dirigió ninguna palabra, un pequeño asentimiento de su cabeza fue suficiente como para hacerle entender que estaba más que segura ahí.
—Me alegra que hayas venido. —Mencionó la castaña. Reim hizo señas de que le quitase importancia. No había necesidad de tantas formalidades.
—Gracias a ustedes por invitarme —asintió el invitado. Después de buscar algo que (obviamente) no estaba ahí, se dirigió nuevamente a la mayor—. Sé que sonará un poco descortés pero, ¿dónde está Zai?
Rechelle tardó un poco en responder.
—Está trabajando fuera del estado. Dijo que iría a Leverú a unos asuntos. —Sonrió al invitado, intentando quitarle importancia—, negocios, ¡ya lo conoces! Es probable que se enoje conmigo al invitarte a cenar, ya que el matrimonio esto, matrimonio aquello que tiene pegado en la cabeza. —Suspiró y Reim asintió tímidamente con la cabeza, riendo ligero y tapando su boca con una de sus manos para hacerlo un poco sutil—. ¡Ah, es cierto! Pasa por favor. Siéntate en la mesa, ahora mismo traigo la cena. Oz, Echo, Ada, hagan lo mismo.
Los tres menores respondieron con un general "Siiiii" y se sentaron unos al lado del otro. Reim sonrió para sí y con paso moderado se acercó a la mesa. No podía decir que la familia fuese extraña, ni tampoco que no le gustase estar ahí. Sino que, al mismo tiempo se sentía… relajado. Tranquilo. Bien.
Se sentó y observó cómo Ada se había acercado a la gata a sus piernas y comenzado a acariciarla. La minina, se encontraba tan a gusto acicalada que cuando Rechelle le envió una mirada significativa emitió algo parecido a un farfullo –seguido de un nye~– y se quitó de las piernas de su ama.
—Lávate las manos Ada —reprendió la madre. La rubia, imitó a su gata y rechistó un poco antes de dirigirse al baño para limpiarse las manos de lo que según ella era, recuerdos de momentos con Dina. No había nada malo en acariciarla, ¿por qué su madre insistía tanto en limpiarse las manos?
Después de que la menor del salón regresase Cecile procedió a servir las porciones de comida a cada quien. Oz, Ada y Echo comieron en un muy práctico silencio en lo que Rechelle preguntaba sobre las actividades que Oz realizaba en el orfanato, como queriendo asegurarse de que no hacía nada malo ahí. O mínimo algo que afectase a su integridad física.
—Oh, ¿y qué tan querido es por los niños del lugar? —Preguntó después de que el castaño le informase algunas de las actividades que realizaba. Como leerles a los niños o simplemente platicar y jugar con ellos.
—Más de lo que parece, —admitió Lunetes pensando un poco en las sonrisitas de satisfacción que había en el rostro de los niños cuando el rubio se presentaba ahí— la mayor parte del tiempo en el que Oz no se encuentra en el orfanato ellos hablan de lo maravilloso que es. Son unas criaturas muy alegres.
El rubio aludido desvía la cabeza, no creía merecer tales méritos. Observó a la pequeña Echo, que comía acariciando los modales con tal naturalidad que no ayudaba mucho al pensamiento de Oz para aludirla de haber salido de un cuento de hadas.
Después de ingerir un bocado, paró un momento para observar a Oz, el otro, sabiéndose atrapado dirigió su mirada a su propio plato y con una mano torpe intentó con el tenedor enredar algo de pasta. Al ver que no le salía una pequeña risita salió de los labios de la albina. El Vessalius aguzó un poco su oído para ver si lo que había escuchado era cierto: Ella había reído. Sorprendido, volteó a verla y en efecto, tenía una mano en sus labios para intentar disimular la sonrisa que fungía su cargo. Al saberse descubierta paró de reír y con una de sus manos tomó el dorso de la mano izquierda de Oz y le ayudó a que tomase el tenedor.
—Inténtalo así. —susurró al tiempo que comenzaba a girar un poco el cubierto sobre la mano de Oz. Al instante, logró acomodar toda la pasta en el tenedor y le volvió a sonreír un poco para continuar con su propio plato. El rubio observó su propia mano anonado. ¿Qué exactamente había sido eso? ¿Se había burlado de él?
Bueno, tampoco debería sentirse. Aunque, no sabía explicarlo pero aquella noche ella…
Otra persona.
Como si el dolor no la incordiase, no sabía explicarlo. La forma tan natural en la que sonreía y se desenvolvía con los cubiertos. La manera tan encantadora en la que el vestido la favorecía y la hacía más hermosa de no normal…
Espera, ¿cuándo además de aquella ocasión había pensado que ella era hermosa? ¿Será en el centro comercial? Negó repetidamente con la cabeza para concentrarse en la comida.
—
Al terminar la cena, Lunetes y Cecile se encontraron platicando un poco más, ahora sobre la familia de Reim (lo cual, podía llegar a ser un tema poco cómodo para el castaño) y de la misma forma Reim le avisó de un par de cosas que habrían en el orfanato.
—Por cierto, Lily vendrá a visitarnos mañana, ¿te gustaría saludarla? —Oz abrió los ojos de sorpresa. ¿Era la misma Lily que pensaba de la que Reim hablaba? De cualquier forma, estaría encantado de ir.
—Claro que iré. La escuela termina a la una y media, además de que las inscripciones para la preparatoria iniciarán apenas el martes, por lo que tengo tiempo suficiente. —aseguró el rubio con una sonrisa. Reim respondió de la misma forma y luego buscó con la mirada a la pequeña albina.
— ¿Y dónde está Echo? —Preguntó curioso. Apenas Oz reparó en eso. La buscó con la mirada por la habitación e iba a responder una negativa cuando su madre se adelantó.
—Dijo que tenía sueño y que iría a dormir lo más pronto posible. —Oz se tranquilizó por eso y a la vez no. ¿Y si tenía pesadillas? ¿A quién se aferraría si él no estaba ahí? Se apresuró a decir que él también tenía sueño para excusarse y de la misma forma desaparecer de la habitación. Subió las escaleras que le dirigían a su habitación y una clase de pánico le invadió al no ver a Echo en su cama. Primeramente, pensó que estaría en el baño pero, ¿por qué la puerta estaba abierta?
Su mirada reparó en la ventana y se acercó a ella, ahí la vio, tranquila y sentada sobre el tejado. Estaba abrazando a sus piernas y ya tenía el pijama puesto. De cierta forma, le tranquilizó demasiado que estuviese ahí, después de todo, algo era mejor que nada. Se acercó y susurró.
—Echo, ¿no tienes frío? —La observó tensarse y observó cómo se pasaba una mano por el rostro, no podía ver la acción que realizaba debido a que se encontraba de espaldas a ella. Pero el sollozo entrecortado de su respiración así como el pequeño hipar le hizo saber lo suficiente. Inmediatamente se preocupó de que una pesadilla la hubiese atacado—. ¿Tuviste un mal sueño?
La observó asentir con la cabeza. Escaló el marco de la ventana y se posicionó al lado de la albina.
—Algo así. La cena… —cerró los ojos y tragó grueso para buscar alguna forma de completar la sentencia. No fue necesario para que OZ comprendiese. La acercó a su pecho y ella no dudó en esconderse ahí.
—Tranquila, no es necesario que lo digas. Ya sabía que te notabas rara en la cena —admitió dándole pequeñas palmadas en la espalda. Se sintió especial al darse cuenta de que era la primera vez que escuchaba a la joven hablar de temas tan íntimos que no pudo evitar sonreír. El hecho de que le tuviese tal grado de confianza no hacía sino hacer su corazón latir de alegría. Un sentimiento muy extraño pero de cierta forma era reconfortante.
Se quedaron un rato más así. Después de que Oz lo considerase apropiado suspiró pesadamente y le tocó ligeramente el hombro a Echo.
—Creo que lo mejor será irnos. Te enfermarás si estás en pijama y además te expones al aíre a esta altura. —La niña asintió. Oz se levantó de su lugar y le ofreció una mano a Echo para que hiciese lo mismo. Ella la tomó y se aferró con tal temple que pareciera que moriría si se soltaba. A pesar de ser medianamente literal, puesto que la altura que había en el tejado no era la saludable como para caminar sin saber atenerte a las consecuencias, tampoco era como para creer que morirías si no te aferrabas a algo.
Regresaron a la habitación que compartían y Oz se metió al baño para cambiarse y quitarse aquél estúpido traje que odiaba tanto. Después de encontrarse en ropas cómodas se aseguró de que Echo durmiese antes de ir a su propia cama e intentar conciliar sueño.
Al menos, algo bueno le había salido en esa ocasión.
¡Whoa! Por poco y sentía que no lo hacía. Pero lo bueno que alcancé a terminar hoy el capítulo, ya me urgía terminarlo debido a que llevo ya más de mes y medio con la historia y no puedo creer que llevo escrito tan poco (siendo yo de entusiasta como soy, tampoco hay que exagerar. La verdad es que me emocioné con la historia que siento que voy muy lento pero después verifiqué y la diferencia de días de publicar el capítulo uno al dos es de casi tres semanas… ¡casi me da un paro!)
El título de los capítulos y la letra que acompaña al inicio al capítulo no tiene que tomarse tan literal, sino como una metáfora. Por ejemplo, el capítulo anterior que es "Amnesia" no debe tomarse al hecho de que alguien finalmente sufre amnesia, sino a la letra que hay, al hecho de que Oz extrañaba a Gilbert y no se sentía bien para nada el recordarle. Ahora, tal vez si debiera tomarse un poco literal el título de este capítulo. "Me encontraste".
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¡Nos leemos en el próximo capítulo!
