Disclaimer: Siempre y cuando mi nombre no sea Jun Mochizuki, Pandora Hearts o sus personajes no me pertenezcan o no pueda dibujar chido (lamento el lenguaje vulgar, pero el Disclaimer es primero), me permitiré el lujo de escribir estos desvaríos of mine.

Y como siempre, siento que he llegado tarde (aunque, pensándolo mejor, no he puesto una fecha de entrega). Y debo decir, por más que quiera y súper ame al OzBert, este es un OzEcho, por lo que no debo agregar otras parejas. No todo es lo que parece, ni siquiera la forma en la que Oz extraña a Gilbert, becoz they're like sibblings! Bueno, al menos no por parte de Oz.


4. Las cosas que nunca diré.


«¿Qué está mal… con mi lengua?

¡Estas palabras simplemente salen sin que las detenga!

Porque me siento nerviosa, intentando ser perfecta,

Porque sé que vales la pena…

Son estas cosas que nunca diré…»

Things I'll never say, Avril Lavigne

Oz había recibido las instrucciones de forma clara. Debería tranquilizarse, debería tener cuidado de lo que hiciese, pues rara vez iba los Martes. Pero esa era ocasión especial, había terminado los exámenes y por vez primera no hacía nada en aquél día.

No sólo eso.

También tendría que cuidar de Echo ya que esta le acompañaría.

No es que le molestase la presencia de la albina, es sólo que sentía el orfanato como… un área privada. Ada nunca había visitado el lugar y su madre rara vez entraba. Lo único que hacía ocasionalmente era hablar con Reim y eso sólo porque le preguntaba por la salud de su hijo.

Nadie dentro de su vida privada había visitado realmente aquél hermoso lugar. Y no es que odiara que lo viesen, sino que prefería que no se acercasen a él, es el equivalente del diario de una chica. ¿Quién se atrevería a leerlo sin el permiso de ella? ¿Quién además de las personas poco morales?

Mantenerse unas pocas cosas para sí mismo no era tan malo como parece. No todos los secretos son malos así como no todas las personas logran contenerlos.

— ¿Comprendiste, Oz? —Preguntó su madre desde el volante a su lado. Volviendo a la realidad de su cinturón de seguridad, abrió los ojos con sorpresa al sentir lo asfixiante que era. Quizá sea porque no lo había alargado lo suficiente como para poder respirar.

—Eh… —se sintió avergonzado de su propia desatención hacia las palabras de Rechelle. La dama sólo pudo suspirar.

— ¿Quieres que lo repita todo de nuevo? —No esperó la respuesta de su hijo—. Necesito que vigiles a Echo. Tú, Echo, asegúrate de entretenerte, ¿vale?

La pequeña del asiento trasero asintió con la cabeza. En aquellos momentos, jugaba con sus pulgares al tiempo que mecía levemente sus rodillas. Oz volvió a observar a su madre y asintió con la cabeza.

—Prometo que lo haré. —aseguró sonriéndole levemente. La matriarca paró el movimiento del auto al tiempo que se giraba para observar a la pequeña. Oz ya se había quitado el cinturón de seguridad y comenzaba a abrir la puerta del co-piloto cuando observó a su madre ayudarle a la otra niña. Su madre le dio instrucciones específicas a la albina y después le besó la coronilla de la cabeza.

—Prométeme que lo harás —alcanzó a escuchar el rubio. Echo asintió después de pensarlo durante un par de segundos. Oz y Cecile sonrieron.

Al irse Rechelle, Oz le hizo señas a Echo de que le siguiese para entrar al edificio. Después de que la pequeña le siguiese buscó en la pequeña mochilita el libro de Holy Knight que se había traído. Había demasiado barullo, no alcanzaba a encontrar la razón por la que los niños hacían tanto escándalo.

Hasta que le vio.

Cabellos color azabache, mirada que se fundía del mismo color oro. Su cuerpo enfundado en un traje del mismo tono que sus hilos. Alice, una amiga suya, en ocasiones le decía Cabeza-de-alga. Probablemente no escuchó el estruendo seco que hizo el libro al caer por obra y gracia de la gravedad.

Sus ojos abiertos. Buscó con sus orbes esmeraldas a Lily, ni rastro de ella. Ahí es cuando comprende la verdadera situación.

Gilbert había vuelto a la ciudad. Había vuelto de regresar del extranjero. No encontró una forma de responder a eso hasta que siente los brazos del otro abrazarle fuertemente.

— ¡Oz! —musita alegre. El rubio, sorprendido por esto, no sabe responder. Observa el suelo frente a él. Lo saluda con la mirada. Le pide ayuda. El suelo no le responde. Oz internamente suspira. Observa a sus propias manos que yacían inertes en el aíre. Sin poder oponer demasiada resistencia en realidad. Cuando se hubo recuperado de la sorpresa, con lentitud, alzó las manos y abrazó a Gilbert.

—G-Gil… —tartamudeó. Siente un nudo formarse en su garganta y no sabe cómo reaccionar. Observa alrededor buscando a Reim para sonsacarle un par de realidades al castaño. Al no encontrarlo, se dio cuenta de que todo había sido intrincadamente planeado. Por alguien a quien no se le pasaba ni el más mínimo detalle.

Volvió a observar al otro. Había crecido en aquél año en el que estuvo fuera de la ciudad. Ahora, no sólo había alcanzado su estatura, ¡hasta le ganaba! En vez de parecer un chico de quince años, parecía un pre-adulto. Su cabello había crecido más y notó como la coleta con la que se había tomado el cabello le hacía cosquillas la nariz. No pensaba en la posibilidad de volver a ponerle aquellas ropas azules, ¿verdad?

—Oz. —salió de su ensimismamiento para buscar al castaño perteneciente de la voz. Cuando encontró a Lunetes le observó buscando respuestas—. ¿Te gusta la sorpresa?

No sabía que pensar. Esa era su respuesta.

Apretó a Gilbert contra sí. Sonrió para agradecerle al suelo.

—Es grato. —informó.

Durante toda su estancia en el orfanato, estuvo platicando con Gilbert; sobre lo que ocurrió con ellos durante el año en el que estuvo el otro fuera de la ciudad, su preparatoria, sus calificaciones y demasiadas tantas cosas que Oz ya no podía recordar con exactitud.

—Ella es Echo, ¿no? —dijo señalando la pequeña albina que apareció por arte de magia al lado de Oz. El rubio abrió los ojos con sorpresa al encontrársela. La pequeña tragó saliva y no despegó la mirada del suelo. Desde que llegaron y Oz se encontró con el tipo de cabello color negro todo el tiempo.

—Gusto en conocerle, Gilbert. —asintió levemente con su cabeza y balanceó sus piernas. Oz se mordió un labio. Gilbert sonrió.

—Por favor, no seas tan formal. Se siente mal que te hablen de usted. —la albina negó rápidamente la cabeza.

—N-No estoy… acostumbrada a tutear a las personas. Mis padres dijeron que era de mala educación y nunca lo volví a intentar. —se levantó de su lugar y realizó una pequeña reverencia—. Si me disculpa… tengo que hablar con el Señor Reim.

—Echo… —Oz le sostuvo la mano. Los ojos grises de la pequeña le observaron, ora él, ora la mano de él que sostenía su muñeca.

— ¿Si? —preguntó—. ¿Ocurre algo?

— ¿Necesitas que te acompañe? Has estado muy extraña. —se mordió una mejilla, negó con la cabeza. De forma insegura y lenta, sintió como el de orbes esmeraldas dejaba libre su brazo. Fue un movimiento muy difícil para ella el dejar colgando su brazo.

—No. Necesito hablar en privado con él. —esforzándose en sonreír, ondeó ligeramente sus labios en ambos lados. Oz se tranquilizó con eso y le sonrió de una forma aún más encandilante.

—Si me necesitas háblame. —asintió con la cabeza y se giró. Alzó la vista ahora que en su camino no se encontraría aquellos ojos color dorado. A pesar de eso, sentía la mirada de ambos encajada en su espalda, observándola alejarse. Cuando encontró al castaño, este le sonrió sorprendido de que no estuviese cerca de Oz.

—Está hablando con el Señor Gilbert, no creo que vaya a necesitarme. —el tono indiferente que utilizó la albina asustó un poco a Lunetes. Había comenzado a sonreír, hablar más de lo que hablaba incluso antes del accidente… ¿qué pasó con ella en aquellas dos horas?

— ¿Te encuentras bien, Echo? —no obtuvo respuesta—. ¿Echo?

—E-Estoy bien. —a pesar de eso, Reim pudo ver un par de lágrimas bajar por las mejillas de la pequeña y su preocupación fue inmediata. Sus labios temblaban y sus manos se encontraban jugueteando nerviosas en su blusa, cerradas en puños que al castaño le costó su esfuerzo abrir.

—Tranquila. Tranquila. Shhh… —se puso a su altura y la abrazó. La pequeña no tardó en abrazarle de la misma forma—. ¿Qué ocurrió?

—N-Nada. —aseguró. Lunetes no estuvo muy seguro de eso. Pero sabía que, a pesar de que insistiese la albina no le diría (además de) nada. Se quedó abrazándola durante un par de minutos en lo que se tranquilizaba. Probablemente, pensó, debe ser el lugar. El incidente con sus padres fue peor de lo que creí.

— ¿Quieres quedarte en la casa y ver películas? —sugirió el rubio. El otro frunció el entrecejo durante un par de minutos—. Vamos~, hazlo por los viejos tiempos. Cuando terminábamos una temporada de exámenes Papá nos llevaba al cine alrededor de las nueve.

Gilbert sonrió, derrotado.

—Vale. Iré, si es que Rechelle lo aprueba. —Oz frunció los labios y le lanzó una mirada asesina. Gilbert arqueó una ceja frente a eso—. ¿Qué ocurre?

—No le digas Rechelle. ¿Estuviste casi diez años bajo su cuidado y sólo por estar un año fuera de su cuidado ya no le dices Mamá? —Gilbert parpadeó un par de veces intentando comprender el enojo del menor. Cuando le encontró un (mínimo) poco de sentido suspiró.

—Le debo mucho pero ambos, especialmente tú, sabemos que ella no fue mi madre.

— ¿Lo dices porque fuiste adoptado? ¡Tenías cuatro años apenas! —a pesar de que no estaba enojado, no pudo evitar alzar un poco el tono de voz. Gilbert se mordió un labio al verle así, recordaba vagamente cómo había actuado cuando le mencionó que se iría dentro de un mes.

—Oz, tranquilízate. Ambos hablamos previamente por teléfono y ella se adaptó a la idea de que ya no le llamaré así. Además, muchas personas al crecer dejan de llamar así a sus padres como… padres. Comienzan a llamarles por sus nombres.

El rubio intentó tranquilizarse. Inhaló y exhaló un par de veces. Después de que la pequeña ira desapareciese de sí, le volvió a mirar con una sonrisa en el rostro.

—Lo lamento. Es sólo que el hecho de que le digas por su nombre me da el sentimiento de que no eres mi hermano. Y a pesar de que no estamos emparentados por sangre, antes de que comiences a replicar —añadió observando el deseo del menor por agregar algo—, has estado conmigo toda la vida.

Gilbert sonrió. Ahí se encontraba el Oz que había extrañado cuando estuvo fuera. Con una mano, le revolvió el cabello. Oz hizo gestos y agachó la cabeza al tiempo que subía los hombros.

A pesar de que no le gustaba cuando las personas le revolvían el cabello, no le replicó nada a Gilbert. Después de todo, ahora tenía el derecho a hacerlo. Hace ya un año que no se veían y cualquier abrazo, juego y tortu- jugarreta (necesitamos censurar por aquí mucho) que fuese entre ambos, era válido. Inclusive, el jugar con las fobias.


Tardé demasiado para traer un capítulo extra cortito. No tengo perdón. Ni siquiera por haber traído algo como tarea mínima.

Lo repetiré ahora para que no se queden confundidos después: Oz no se siente atraído por Gilbert, sin embargo, existe el factor de que estuvieron separados durante un año. ¿Tienen idea de lo que es que te separen de tu hermano durante –al menos– tres meses? Es el Abyss del que hablaban los Baskerville al enviar a Oz, la caja de juguetes rota (y eso que conmigo fueron 6 meses, Mein gott!). No el lugar lleno de luz del que hablaba Lacie cuando *inserte Spoiler aquí* envió a Oz para que hablase con Jack.

Aaaaaunque, no puedo prometer nada por parte de Gilbert. Si quieren, pueden negarlo, pues aseguro que tampoco habrá nada explícito (ni siquiera implícito), pero siempre tuve el pensamiento de que Gilbert sentía algo por Oz (sobre todo por el capítulo 85. 5, ¿alguien que lo haya leído?) y lo dije arriba, lo repetiré aquí: Esto es un OzEcho. Vendrá pronto, más ahora no hay nada además de hermandad.