But when you walked out that door,

a piece of me died

I told you I wanted more,

but that's not what I had in mind

I just want it like before

(Blue Jeans, Lana del Rey)

1. Primer círculo. Stanford y las cosas que Dean nunca dijo.

Fue el portazo, lleno de rabia, de gritos, de "no vuelvas". Fue su padre con la voz del whisky y los brazos tensos después de la última caza. Fue encontrarse con la herida abierta de su familia cara a cara. Pero fue sobre todo el "yo al menos tengo el valor de elegir mi propia vida" que rubricó Sam cuando Dean salió tras él para intentar detenerlo. Esa mirada cargada de resentimiento, de años de obligada obediencia y de absoluta determinación. Entonces Dean supo, con esa certeza que sólo le golpeaba en los instantes de vida o muerte, que esta vez no podría poner un parche en la brecha que su padre y su hermano habían construido a base de silencio. El inmenso engendro que había permanecido agazapado en las noches de "¿dónde está papá?", en los continuos "haz lo que te digo y punto, Sam", en los "recoged todo que nos vamos ya", en los veranos de sangre y pistolas, en los cumpleaños no celebrados y en las palabras quemadas de "negocio familiar".

Lo vio alejarse con la mochila al hombro (con poco equipaje, como siempre, pero con el importante) y entendió que esta vez no se trataba de una escapada. No habría más sábados de cervezas y chicas mientras John viajaba hacia algún lugar de Wisconsin, no habría más peleas por el mando de la tele, no habría más bolitas de papel mientras su hermano intentaba estudiar. Sam desapareció sin ruido, engullido por las sombras que creaban, como un negativo, las pocas luces de la calle. Y el hilo indestructible que Dean siempre había creído que les mantendría unidos se rompió. El "nosotros solos contra el mundo" que proclamó Sam en el verano de 1993 bajo una lluvia de estrellas.

Dean no había sido suficiente. Dean, que sabía hacer el puente a un coche en diez segundos, no había sido capaz de arreglar ese desastre.

Siguió allí de pie mientras el fuego del dos de noviembre de 1983 alcanzaba de nuevo su vida. Mientras destruía otra vez a su familia y devoraba el único propósito para el que valía. Se dobló sobre sí mismo con miles de agujas perforándole la piel. El sudor frío recorriendo su frente, el estómago contraído en una arcada y una pregunta abriéndose paso a puñetazos en su cabeza: ¿cómo iba a cuidar a su hermano? Vació la cena sobre la acera (un momento amargo) y arrastró los pies de vuelta a la habitación del motel: gris, destartalada. En las venas de Dean había dejado de latir la sangre.

Cuando abrió la puerta, su padre parecía haber envejecido diez años de golpe.

—No vamos a hablar de esto —le dijo John, con la mirada clavada en la televisión y autoridad marcial. El sufrimiento supurando por las arrugas de su cara—. Prepara tus cosas, mañana nos vamos de aquí. Hay un caso en Spokane.

Dean quería decirle que el verdadero caso paranormal era el de su familia y no lo que cojones hubiera en Spokane. Pero se limitó a asentir en su papel de buen hijo, como un soldadito obediente. Nunca se había sentido tan culpable de acatar una orden de su padre. Se fue a la cama con la náusea persistiendo en su boca y con la sensación de que, a pesar de llevar toda la vida cazando, era la primera vez que presenciaba una muerte de verdad. El fallecimiento de un órgano vital. Esa sensación le acompañó a la mañana siguiente, cuando escaparon de los veinticinco grados centígrados de Great Falls sin mirar atrás, y se quedó con él durante los siguientes dos años. Hasta ese instante, Dean jamás se había sentido como un huérfano.

El nombre de Sam se convirtió en un fantasma. Entró en el programa de rehabilitación de la familia Winchester. Un nombre que jamás se pronunciaba (si no se dice, no existe), pero que sobrevolaba cada una de sus rutinas. Desayunar, matar, Sam, comer, investigar, preguntar, Sam, armas, limpieza, ducha, Sam, maldiciones, coche, dormir, Sam. La costumbre de Dean solía buscar a su hermano en el asiento de atrás a través del retrovisor. Su enfado, por el contrario, buscaba algo de hierro para hacer desaparecer los restos de ese cadáver que cargaba a sus espaldas. Para espantar la idea de que Sam no sólo había dejado atrás la caza, que no sólo había huido de John.

Las semanas se fueron sumando unas a otras. Días idénticos que pasaban por las ventanillas del Impala y donde lo único que cambiaba era el estado y el disfraz que usaban para que el agente de turno les dejara husmear. Los casos, los moteles, los bares de carretera, habían perdido ese algo que siempre los había hecho divertidos, interesantes. Y a veces era como si el tiempo teletransportara a Dean hacia delante (rápido, imperceptible) y otras como si no consiguiera avanzar a pesar de los relojes. Algunos días, Dean podía convivir con esa conversación que nunca mantenía con su padre: ¿dónde estará Sam?, ¿le irá bien?, ¿qué estará haciendo? Otros, fingía que no le importaba (¡que le jodan!). Y otros (los que más) sentía ese cosquilleo insoportable en la punta de los dedos. El fantasma de un miembro desaparecido, la sensación de marcharse de cada sitio dejando atrás algo de sí mismo. Era como tener que aprender a escribir de nuevo, como reeducar a su cuerpo para volver a caminar, hablar, respirar. Pero quizás lo peor de todo era John: John y su impasibilidad, John y su silencio obstinado, John y sus miradas. Miradas quietas y serias, como aquella que le había dedicado en Fort Douglas cuando tenía diez años; el día que Sam fue atacado por un sthriga porque Dean lo había dejado solo. Como entonces, esta vez también podía leer en las miradas de John los "tendrías que haber controlado a tu hermano", los "Dean, no has estado a la altura".

La palabra responsabilidad (culpa) adquirió vida propia entre su padre y él. Creció como una enredadera, alargándose y trepando por sus rutinas, por los espacios en blanco que dejaban las frases vacías y los gruñidos de cansancio. Nunca hablaron de la posibilidad de ir a ver a Sam. Nunca hablaron de llamarlo y Dean nunca lo preguntó porque no era necesario. El "no" de John resonaba en cada una de sus respiraciones, en cada disparo de sal, en la omisión sistemática de cualquier caso que rozara el condado de Santa Clara.

Así que se concentró en no pensar. Construyó un búnker con aquello que podía controlar y se escondió detrás de su mirada de plomo y pólvora. Y a ratos no le iba mal. En su familia, mentir (mentirse) era una asignatura habitual y a Dean siempre se le había dado bien. Muy bien. Pero entonces llegaban las noches. La oscuridad insoportable llena de monstruos, de interrogantes, de Sam. De cosas que Dean no podía matar. En ocasiones se preguntaba si Sam estaría pasando por lo mismo o si estaría disfrutando de esa normalidad por la que tanto había rezado. Dean, que jamás había concebido un futuro en el que no estuviera su Sammy, se preguntaba si su hermano era capaz de vivir (de elegir) el suyo sin mirar ni una sola vez atrás. Sin ver a Dean en su elección…

No quería conocer la maldita respuesta.

La primera noche que su cerebro dejó de encadenar los podría y los tal vez de forma compulsiva (llamar a Sam, visitar Stanford, convencer a John, comprobar que Sammy estaba bien) fue tres meses después de que su hermano se largara. Estaban en Iowa y habían localizado dos casos. Estados diferentes y millas de distancia entre ellos. Tenían que tomar una decisión y a Dean se le ocurrió de pronto que podían dividirse. Se lo soltó a su padre con un encogimiento de hombros y la boca llena de hamburguesa. Y aunque John hizo un amago de resistirse (no vas a ir solo a Abbeville), la pose de suficiencia de Dean y su "ya tengo veinticuatro años, papá" terminó por convencerlo. Al final dijo que sí, que podía ir solo, que le llamara si le necesitaba. Golpecito en la espalda y "nos vemos en una semana, hijo".

Dos días después, en medio de ninguna parte, tuvo que coserse una herida que empezaba en las costillas y le llegaba hasta el ombligo. El nerviosismo y la adrenalina adheridos todavía a la aguja temblorosa que sostenía entre sus dedos. El asiento del coche sepultado por gasas y ropa húmeda de sangre, cortesía de un hombre lobo con bastante mala hostia. Tuvo que apretar los dientes para tirar del primer punto de sutura y llegar hasta los dieciséis sin más analgésico que un poco de ron. Joder, dolía de verdad. Cuando terminó, cayó exhausto sobre el asiento de atrás del Impala. Sudoroso, febril. Cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo, durmió nueve horas seguidas y su padre lo recibió con una sonrisa (buen trabajo, hijo).

Así que se zambulló en el segundo propósito de su existencia: en el instinto, en el miedo; en las heridas que le hacían sangrar, esas que podía curar con una venda y un poco de ginebra; en salvar vidas ajenas, a pesar de la suya. Y funcionó. Empezó a cazar solo (24 horas al día, 7 días a la semana) y se hizo soportable no hablar de Sam, no llamarle, no verle. Recorrió nueve estados en un trimestre; mató a dos vampiros, una bruja, un metamórfico, dos hombres lobo, su primer espectro e incineró a cinco espíritus; sangró, se agotó, sudó; adquirió tres nuevas cicatrices para su colección; conoció dos nuevos antros en la interestatal 65 y seis chicas (rápidas y certeras) entre Phoenix y Chicago. Recibió más palmadas en la espalda y volvió a su zona de confort: litros de cerveza barata, tíos enormes con pinta de "no me des motivos para matarte" y pardillos con dinero y pocos billares recorridos. Y sí, los podría, los tal vez, los por qué, todavía existían. Joder, claro que existían. Pero aprendió a sobrevivir a ellos y a respirar el lema de su familia para compensar: "salvar gente, matar cosas, el negocio familiar".

Sam no llamó ni una sola vez en ese tiempo.

Cuando llegó mayo, en general ya volvía a ser una persona funcional de cara a la galería. Reía, bebía, follaba, cazaba, hacía lo que se esperaba de él. Mucho y bien. Su padre empezaba a bromear de nuevo y a dejar escapar alguna sonrisa. En especial con una buena cacería y sobre todo con una cerveza en la mano. Habían alcanzado una nueva normalidad, aunque fuera artificial. Y a Dean en parte le aliviaba y en parte le cabreaba soberanamente, en función del día que tuviera. En los días malos observaba a esas familias, esos hombres, mujeres, desconocidos con los que se cruzaba a diario y se preguntaba, con cierto resentimiento, cómo eran capaces de continuar con sus rutinas (coche, sueños, trabajo, envidias, casa, niños, risas, miserias, perros). Cómo era posible que el mundo siguiera en el mismo sitio de siempre, ajeno al incidente Sam, al terremoto de 8 grados en la escala Ritcher que había sacudido a su familia.

En días como el de hoy, Dean se preguntaba cómo era posible que esa camarera de Reno siguiera mascando chicle sin inmutarse.

—¿Los dos tomarán café? —les preguntó mientras masticaba una y otra vez. Todo el peso en un pie y cara de "arrancad, que tengo cinco mesas más esperando".

—Sí. Además, un desayuno especial y… —John le hizo una seña a Dean— ¿otro?

Dean se limitó a asentir.

Dos cafés humeantes después, la camarera desapareció tras la barra para gritar sus pedidos a un alguien invisible de la cocina. Su padre volvió a sus notas, a su agenda, a sus mapas y Dean ya no pudo contenerse.

—¿Sabes qué día es hoy? —Su voz cargada de intención. Un reto.

John dejó de agitar las hojas de papel y se concentró en Dean. Ojos fijos e inexpresivos, como si lo viera por primera vez. Dean no tenía ninguna duda de que su padre sabía perfectamente qué día era y lo que significaba. Pero quería dejarle claro que él no pensaba ignorarlo, que no iba a dejarlo pasar, que estaba enfadado. Le sostuvo la mirada mientras el aire se espesaba, mientras se electrificaba para formar una masa a punto de explotar. Contuvo el aliento, esperando la detonación. Pero unos segundos después, John bajó la cabeza y volvió a su mapa de carreteras. Despacio. Ignorando el reto. Reprimiendo la combustión.

—Claro que lo sé. —Palabras afiladas, tono mecánico—. Estamos a 2 de mayo y tenemos tres casos con los que trabajar. —Ahí estaba su "no vamos a hablar de esto, Dean". Su frase fetiche—. Bobby me ha dicho que hay un espectro en Wyoming, en un pueblo llamado Riverton, y un nido de vampiros en Baltimore. También hay un par de muertes inexplicables en Pleasanton, pero creo que podríamos dejar pasar este asunto, tal vez las muertes sean simples coincidencias…

Claro, Pleasanton, California. Un caso cerca de Stanford y ese sí podían dejarlo pasar, ¿no? Dean apenas podía contener la frustración, las ganas de pegar un puñetazo encima de la mesa. De zarandear a su padre y decirle que ya habían callado suficiente. Y tomó una decisión irracional. Soltó lo único que John no esperaba oír, lo que de verdad podía hacerle daño:

—Yo me encargo de Pleasanton.

John lo fulminó con la mirada. Había captado todo el significado de la frase.

—Ya te he dicho que vamos a dejarlo estar. Yo iré a Riverton y tú a Baltimore.

—No, señor. —Rotundo, decidido. Esta vez no pensaba ceder—. Voy a ir a Pleasanton.

John no dijo nada inmediatamente (labios y ceño fruncidos). Cabreado, muy cabreado. En ese momento llegaron los dos especiales, pero ninguno de los dos prestó atención a los huevos fritos y las lonchas resecas de bacon que humeaban desde los platos. Y aunque la camarera se les quedó mirando un tanto desconcertada, tuvo el suficiente sentido común de dar media vuelta sin emitir ningún sonido. No fuera a salpicarle. Pasaron los segundos y, antes de que John hablara, Dean ya sabía que había ganado el pulso.

—Está bien. Tú mismo. —le dijo John, severo. Le lanzó las llaves del Impala mientras se levantaba de la silla—. Nos vemos en una semana.

Su padre se largó del bar, dejando el desayuno sin tocar, el café sin beber, y a Dean como si acabara de enfrentarse a una horda de kitsunes. Tenía la cabeza convertida en un hervidero y la frente empapada en sudor. Se concedió un momento mientras se pasaba las manos por el pelo, mientras respiraba. Había tomado la decisión. Dejó veinte pavos en la mesa y se marchó sin esperar el cambio. Tenía 253 millas de carretera por delante y debía llegar a Stanford antes de que terminara el día.

Antes de que acabara el cumpleaños de Sammy.

Las cuatro horas del trayecto fueron para Dean una continua sucesión de todos aquellos y si…, de todas las preguntas, de todos los quizás que había intentado enterrar en los últimos meses. Anticipación, nervios, enfado, traición. Puso a Nirvana a un volumen atronador como respuesta a esa emergencia; pero era incapaz de pensar en otra cosa, de prestar atención a algo que no fueran las ganas de ver a su hermano y abrazarlo. O las ganas de dar media vuelta en la siguiente curva para no tener que explicar por qué no le había llamado. Para no tener que escuchar por qué Sam tampoco lo había hecho. Por qué Dean no había sido suficiente para él. Millas y millas de preguntas absurdas y otras que de verdad dolían. Se pasó el viaje subiendo y bajando las ventanillas de forma casi compulsiva, dividido entre el calor y el frío, entre irse o quedarse. Y por momentos sentía que perdía el aire, constreñido entre latido y latido. Entre esa maraña innombrable que se le pegaba en las paredes del estómago y que estaba compuesta de cosas que ni siquiera se atrevía a decir. Una hora, dos horas. Y por fortuna, dos cintas de cassette después (en algún punto entre Roseville y Sacramento), Dean consiguió rescatar algo de razonabilidad y poner orden en su cabeza. Sólo iba a visitar a su hermano, se decía, a tomarse una cerveza (tal vez dos), a comprobar que estaba bien y a felicitarle el cumpleaños con un poco de tarta (fundamental). Se concienció, se lo repitió y funcionó hasta que alcanzó San Francisco. Guardó la compostura mientras, en los últimos coletazos del viaje, llegaba la verdadera avalancha de dudas.

Cuando entró en el campus de Stanford, se quitó la cazadora de chico malo y se dirigió al centro de estudiantes. Sólo tuvo que echar mano de su sonrisa encantadora y de su acento de Carolina del Sur (hola, soy Dan Smith, ¡qué corte de pelo más bonito!). Unos cuantos "sí, es muy importante, somos compañeros de clase y tengo que entregarle sin falta unos apuntes…" Algo más de blablabla, y en menos de cinco minutos había conseguido el teléfono y la dirección de Sam, y si se lo hubiera propuesto, el de la chica rellenita y de mirada hambrienta que le había atendido. Sonrió. Estos niños pijos no eran tan listos como se creían. Cogió el coche y recorrió el campus con el apartamento de Sam como destino: chicos de gimnasio tumbados en un césped verde y perfectamente cortado, calles impecables, chicas de piernas largas y tetas operadas, tíos en bici con una chapa de Greenpeace en la mochila, señores con chaquetas de tweed, edificios antiguos y bibliotecas, viviendas con jardín, coches caros y bares que parecían haber pasado todas las inspecciones de sanidad… Todo estaba envuelto en ese halo de perfección que caracterizaba a las mentiras.

No podía entender (salvo por las de las tetas operadas, dicho sea con sinceridad) qué veía Sam en esa vida, en esta forma anodina de pasar los días. Él, que conocía la verdad.

Siguió las instrucciones hasta llegar a Palo Alto, hasta llegar a Sam. Aparcó junto a la acera. Desde allí, podía ver el apartamento de Sammy, la puerta a la vida que siempre había querido tener. Iba a salir, a llamar al timbre, tal vez a colarse por una de las ventanas y provocar un pequeño forcejeo. Luego una burla relacionada con la forma de pegar de Sam y después un abrazo (tío, cuánto tiempo). Pero apagó el motor y esperó. Con la mano y el corazón en la boca. Con todas las preguntas que nunca había querido responder haciéndose un espacio en su "deja de pensar tonterías".

¿Había huido sólo de John y de la caza? ¿Qué iba a decirle?

Tendría que convencerle para que volviera, claro.

Entonces lo vio salir. Los latidos a medio camino de una conmoción. Sam bajaba las escaleras, enfundado en sus vaqueros favoritos y en la camiseta de siempre, pero esta vez había sustituido su Taurus PT92 por un puñado de libros. Y aunque Dean prefería la utilidad de la primera, tenía que reconocer que tenía buen aspecto. Estaba bien, estaba vivo. Dean sonrió y tuvo que respirar profundamente para controlar la sensación de alivio que palpitaba en sus sienes, que le subía por la garganta. Incapaz de definir, limitar, etiquetar los contornos de esa emoción que se arrastraba por sus venas. Por primera vez fue consciente de lo que había supuesto para él la marcha de su hermano.

De pronto, oyó un "Sam, espérame" y concentró su atención en la tía buena (muy buena y, a primera vista, con nada de silicona) que salía del edificio detrás de su hermano. Rubia, alta, respetable. Ese tipo de chicas que lo eran para toda la vida, el prototipo de Sam. ¿Así que esto era lo que había venido a estudiar a Stanford? Sonrisa canalla. "Este es mi chico", se dijo mientras ella se lanzaba a los labios de Sam. Iba a tener que replantearse su futuro si esto era lo que se conseguía en la universidad. Y entonces sucedió. Fue sólo un instante, pero Dean lo supo con absoluta claridad. Sam era feliz. Lo vio en su forma de mirarla, en esa forma de reír que tan pocas veces le había visto y tan excepcional en los últimos años (con todo el cuerpo, con fuegos artificiales en los ojos). Sintió que algo se le pudría en las entrañas. Dientes apretados, un engrudo oscuro que avanzaba con el bombeo de su corazón, que le repetía al oído la palabra traición. Y sabía que era irracional, absurdo, que tendría que estar contento, pero… Había vuelto a ver al Sam de esa noche del cuatro de julio, resplandeciente, rodeado de luces, rodeado de algo que hasta entonces sólo ellos compartían. Sam. Sammy. Y no era que no se alegrase, era otra cosa, era…

Dio una palmada en el volante. Basta. Era suficiente. El viaje había sido una estupidez. Sam había elegido. Había elegido vivir sin su familia, sin él. Y ya no dudó. Tomó la decisión mientras lo veía alejarse por la calle, mientras ella se colgaba del brazo de su hermano. Arrancó un rugido del Impala. No le iba a pedir que volviera con él. No podía pedírselo.

—Feliz cumpleaños, Sammy —musitó.

Y se marchó. Ramble on sonando en los altavoces y las manos aferradas al volante con un ruego: que esté bien.

Al final, las muertes de Pleasanton resultaron ser una de esas raras y escasas excepciones, donde, a pesar de los indicios, había poco de inexplicable y mucho de desgraciadas coincidencias. El producto de un sheriff imbécil y de una pésima investigación.

Simples casualidades. Tal y como había predicho su padre.


Sólo sé que somos todo lo que tenemos

Más que eso, nos mantenemos humanos

(Dean Winchester, 5x5)

A. Interludio. En el final.

—¿Qué quieres hacer tú?

La pregunta le sorprende. Seguramente porque es la primera vez que Dean le hace una pregunta como esa y, sobre todo, porque ya debería de saber la respuesta:

—Volver contigo para empezar —le dice, a medio camino de la convicción, a medio camino del ruego.

Le sigue el silencio y Sam sabe que algo no va bien. Dean se lo está pensando. Intercambian unas cuantas frases más, todas bajo la amenaza del tono plomizo y apagado de Dean. Ese que dice que está perdiendo la esperanza. Ese que habla de desconfianza. Y no quiere creerlo (no de él), pero la sospecha de que va a negarse detona cuando su hermano le suelta un "entonces, quieres que seamos Batman y Robin de nuevo".

Porque debería haber una sonrisa, un "por supuesto, tú eres el tío bajito y segundón". Pero Sam sabe que no se trata de una broma inofensiva. Que detrás de ella, Dean oculta un reproche hacia sí mismo, hacia Sam, una nueva forma de culpa o de tortura.

Y se lo dice, que ha visto a Lucifer, que no puede (quiere) hacer esto solo. Que quiere acabar con el apocalipsis y con esos ángeles hijos de puta. Que le necesita. Ellos solos contra el mundo, como cuando Sam tenía diez años. Pero Dean empieza a vomitar frases del tipo "deberíamos alejarnos para siempre" y "no somos más fuertes estando juntos" y a Sam se le ahogan los argumentos en la garganta. Labios fruncidos, orgullo herido. Tal vez porque hace cinco años él también habría soltado gilipolleces del estilo. Tal vez porque sabe que quien está hablando es la decepción de su hermano. Lo intenta por última vez (Dean, por favor…), pero no surte efecto. Su hermano ya lo ha decidido.

Cuando cuelga el teléfono, Sam sonríe con cinismo. Lleva toda la vida huyendo de su familia, de lo que son, pidiendo libertad a gritos. Lleva toda la vida ensañándose con la idea de familia de Dean, fingiendo que no le importaba, que podía vivir sin ella. Y ahora que por fin Dean ha dejado de luchar contra sus decisiones, haría lo que fuera por tenerle de vuelta. Por oír, por volver a decirle eso de "eres mi hermano" como si se tratara de una sentencia inapelable. Pisa el acelerador y respira hondo, intentado sacarse todas y cada una de las balas que su hermano ha callado pero que ha sentido perfectamente. Se hace con un café en la gasolinera más cercana y se pega el resto de la noche conduciendo. No quiere dormir, no quiere encontrarse otra vez con Lucifer en sus sueños. Pasa por siete poblaciones que nadie conoce salvo los diez habitantes que recorren diariamente sus calles. Carreteras secundarias y sinuosas, luces largas durante todo el trayecto. A través de la ventanilla sólo alcanza a ver la oscuridad que ha secuestrado el paisaje y que se extiende, se extiende... como una prolongación de su destino. De pronto, Stanford (lo que era, lo que representaba) le parece más irreal que nunca. Y menos importante que nunca.

Cuatro horas después, empieza a vibrar su teléfono. Es Dean. Dean… Descuelga, atormentado por la ansiedad y el alivio. Y aunque está serio cuando le propone encontrarse en mitad de ninguna parte, Sam no lo duda: mira el mapa y toma el siguiente desvío. Cuando llega, su hermano ya le espera. Apoyado en el Impala, manos en los bolsillos, mirada seria, actitud de suficiencia. Tan Dean que le dan ganas de ir hasta allí y arrancarle un abrazo. Sin embargo se contiene y respeta la distancia de metro y medio que Dean ha implantado mientras hablan. El corazón le va a tres mil revoluciones por minuto.

—Si va en serio lo de que quieres volver…

Y Sam no necesita que le diga nada más. Dean ya le ha convencido. Va a decir que sí sea cual sea la opción que siga a esa condicional. Va a demostrarle que no se equivoca, que ha tomado la decisión correcta. Toma aire, y aunque lo intenta, el gracias que tiene preparado se le enreda en la lengua mientras escucha los "estaba equivocado" de su hermano, los "somos lo único que tenemos". Su familia, su sangre, su hermano, su aliado, su incondicional. No sabe lo que le ha hecho cambiar de opinión, pero en honor a la verdad no le importa. Escucha la fe ciega de Dean en él (sé que no me vas a decepcionar) y eso le basta.

Es lo que necesita. Lo único que necesita.

Sam recorre el metro y medio de una zancada, sin darle opción a su hermano. Lo envuelve con sus brazos, enorme, inmenso. Tan fuerte, tan grande como la alegría de volver a verlo. Dean se queja y dice algo como "nada de ser unas nenazas, Sammy". Sam sonríe.

Ellos solos contra el mundo será más que suficiente. Que se jodan Miguel y Lucifer.