¡Espero que os guste!


This ain´t no killer for the pain

this avalanche will suffcated you

you can run, but you can´t hide

because no one here gets out alive

find a friend on whom you can rely

Julien, you´re a slow motion suicide

(Julien, Placebo)

2. Segundo círculo. Jess y las cosas que nunca llegaron a ser.

En cuestión de milésimas de segundo, Sam recuperó ese signo tan distintivo de los Winchester, ese que formaba parte de la esfera vital de todos ellos. Sam todavía tenía la frente brillante del calor y la mirada perdida cuando sucedió. Cuando tiró dentro del maletero del Impala la recortada que dos horas antes le había devuelto a Dean con un "mañana tengo que ir a la entrevista". Dean observó su mirada llena de fuego y reconoció ese sonido que le era tan familiar: la destrucción silenciosa de un ser humano. Sam deshaciéndose en pedazos, ardiendo, rompiéndose y reconstruyéndose con la piel tirante y dura. La fuerza de la pérdida, la rabia… Y el dolor impaciente por salir a través del cañón de una pistola. La venganza personal camuflada de negocio familiar.

—Tenemos trabajo que hacer —dijo Sam.

Se subieron al coche sin decir una palabra, con los ojos clavados en la carretera y Metallica sonando en los altavoces. A Dean le habría gustado articular alguna frase para la ocasión (lo siento, tío), pero sabía que no había nada que decir. Jess estaba muerta y eso era más que suficiente para llenar cualquier silencio, para llenar cualquier otro pensamiento. Recorrieron la federal 101 hasta que el olor del incendio quedó diluido en los sonidos quedos de la noche. Minutos y millas contabilizados mediante respiraciones mudas. Al final, Dean paró en un motel de los suyos: cerca de la cuneta, luces de neón estropeadas y pocos coches. Otro motel, otra noche, otra muerte.

El recepcionista no parecía tener mucho interés en hacer amigos ni tampoco demasiados clientes. Les recibió con un gruñido y la mirada clavada en una televisión portátil que parecía sacada de un cubo de basura de los setenta. Sólo cuando estuvieron encima del mostrador, Robby se dignó a dedicarles una mirada, a limpiarse la boca con la manga y a dejar el bocadillo sobre una servilleta que había conocido mejores tiempos. Les miró de arriba abajo (ropa sucia y pinta de haber salido de un vertedero), pero mantuvo ese gesto profesional (impasible e indiferente) que tanto apreciaba Dean de aquellos antros. Cero sorpresas, cero preguntas y un solo lema: "me da igual lo que hagas mientras pagues". Con un golpe de tarjeta de crédito, se convirtieron en el señor Johnson y en el señor Clark, de Michigan, mientras el recepcionista rellenaba la interminable hoja de registro.

—¿Cama de matrimonio o dos camas? —Con voz monótona y aburrida.

Y. No. Se. Esperaba. Esa. Pregunta. Ojos desorbitados, cara de estar flipando.

—Dos camas —se apresuró a aclarar Dean. Un carraspeo—. Nosotros no… —farfulló mientras señalaba alternativamente a Sam y a su pecho.

Por segunda vez, Robby levantó la cabeza. Mirada inquisitiva.

—Ya… —Soltó las llaves encima del mostrador—. Habitación 145. Dos camas —dijo, y un instante después bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

El primer impulso de Dean fue el de partirle la cara a ese gilipollas y quitarle la sonrisita que asomaba por encima de los papeles. Pero se contuvo. Hoy ya habían tenido suficiente y necesitaban poner punto y final a ese día tan largo. Tan inagotable. Sam recogió las llaves y arrastró su mochila y sus pies a través del pasillo mientras Dean esperaba a que Robby terminara con el registro. Una sombra sobre la moqueta, la estela de un fantasma.

Cuando llegó a la habitación, encontró a Sam sentado en una de las camas. La cabeza hundida entre las manos y sobre sus hombros todo el peso de la culpa, todo el peso de un único pensamiento. Y Dean no necesitaba preguntárselo, porque ya había estado allí, ya había conocido todas las variantes de esa forma de tortura. Los "tendría que haberla salvado" abriéndose camino a través del conglomerado de ira, parasitando cada fibra de su ser. Dejó la bolsa en el suelo, y todo ese enfado que Dean había acumulado desde el primer "papá no ha vuelto en varios días", que había crecido con el "tengo que volver a Stanford", se desvaneció en el dolor de Sam. En esa neblina de impotencia y desesperación que cubría a su hermano. Un momento después, ni siquiera podía recordar los reproches que guardaba en la punta de la lengua desde hacía dos años, no podía recordar por qué había estado tan cabreado. En lo único que podía pensar era en que no había podido protegerlo. De esto, de las cicatrices, de todo lo que significaba…

Se acercó despacio y apoyó su mano en ese hombro inmenso (¿cuándo había crecido tanto?), sobre la camiseta sudada y quemada. Sam le miró como si acabara de despertar de un mal sueño y Dean lamentó que la realidad no fuera así de sencilla.

—Venga, Sammy —suave, firme—, date una ducha y acuéstate. Mañana nos levantaremos temprano.

Se tendió sobre la cama mientras veía desaparecer a su hermano tras la puerta del baño. Despacio, casi inmóvil, como si el tiempo se estuviera deteniendo poco a poco. Como si el día no fuera a terminar nunca. Y no quería pensar en ello, pero no pudo evitarlo. Miles de preguntas emergiendo desde lugares recónditos y oscuros. Dudas que no quería contestar. ¿Por qué había ido a buscar a Sam a Stanford?, ¿por qué había vuelto ese demonio?, ¿por qué ahora?, ¿por qué Jess?, ¿por qué había sucedido después de que Sam regresara a la caza?, ¿por qué había obligado a su hermano a volver? Y entonces, sólo entonces, mientras se ahogaba, fue capaz de entender que el miedo (el de verdad, el visceral, el que podía paralizar cada músculo de su cuerpo) no nacía de las criaturas nocturnas ni de las muertes violentas, sino de sus actos. De la palabra responsabilidad.

Sam, como era de esperar, no durmió durante aquella noche interminable. Dean tampoco. Y las mañanas que siguieron a esa madrugada de domingo resultaron ser todavía más largas.

Después de varios días yendo de Stanford a Palo de Alto y de Palo Alto a Stanford (pasando por todos y cada uno de los grupos de amiguitos que Sam había coleccionado en los últimos dos años), Dean estaba seguro de que allí no iban a encontrar nada de utilidad. Lo sabía y se lo había intentado transmitir al ser compulsivo que antes había sido su hermano. Aunque sin mucho éxito, a decir verdad. Sam había hecho de aquello una cruzada suicida muy del estilo de John Winchester. Pasaba las noches en vela en una sucesión de pantallazos de ordenador, periódicos digitales, tradicionales, ojeras y bufidos de frustración. Dean lo oía al acostarse y lo veía al levantarse; en la misma posición, en el mismo lugar, mordiéndose los labios mientras marcaba todas las horas del reloj. Durante el día insistía en volver sobre sus pasos, de forma repetitiva y casi obsesiva. Reconstruyendo el fin de semana de Jess, los lugares, las personas, las conversaciones… Como si quisiera encontrar un fallo en la cadena de acontecimientos que le permitiera refutar el resultado final, la muerte de Jess. O tal vez un porqué, una justificación, algo que diera sentido a lo sucedido. Observaba a su hermano: los movimientos controlados, precisos, la lucha continua, el despliegue de "tiene que haber algo, Dean". Y en esos momentos, no tenía claro si Sam buscaba a Ojos Amarillos o un milagro que le devolviera a Jess para despertarle de aquella pesadilla. Tal vez ni siquiera Sam lo sabía.

Los días pasaron como réplicas de una misma neurosis, y cuando llegó el domingo siguiente, se dio cuenta de que su hermano se había transformado en algo parecido a una granada sin anilla de seguridad. Era cuestión de tiempo que explotara, que todo ese círculo vicioso reventara en otra cosa, en algo que no fuera dar vueltas sobre sí mismos. Pero el problema no era la explosión, sino el cuándo y en qué grado y, sobre todo, qué iba a devastar a su paso. Desde luego, no podía faltar demasiado para ese momento, porque las ojeras de su hermano estaban a punto de llegarle, literalmente, a los pies (lo que era mucho decir, atendiendo a todo lo que había crecido). Dean resopló y se levantó de la cama. Ese cuarto en el que se habían confinado lo estaba matando. Llevaban tanto tiempo allí que su nariz había dejado de percibir el olor a rancio que desprendía cada fibra textil de ese motel: moqueta, cortinas, sabanas, cojines, tapicería, recepcionista, incluso su propia ropa olía a… ESO, fuera lo que fuese. Como si lo hubieran rebozado todo en la misma sustancia pestilente.

Tenía que salir de ese lugar. Se dirigió a la puerta. Sam ni siquiera levantó la vista de la pantalla del portátil.

—Voy a ver si pillo algo de cena, ¿quieres algo? —Su hermano negó en modo automático, sin demasiado interés, como venía siendo habitual. Insistió—: ¿Seguro? Porque, oye, lo último que han dicho los médicos es que se puede comer y leer al mismo tiempo. Increíble, ¿eh?

Pero Sam se limitó a gruñir un "no" y Dean a entornar los ojos. Estuvo a punto de soltar un "Sammy", a ver si así conseguía al menos sacarle una mirada furiosa o una frase que no contuviera "incendio, maldito demonio, Jess". Porque, vale, había sido una putada, pero era desesperante la cabezonería en la que se había instalado (no, Dean, tenemos que seguir investigando aquí, aquí, aquí, aquí). Insoportable. Tanto, que empezaba a replantearse retomar su conversación con Robby, y eso que el concepto de porno perfecto de ese tío era mujeres gordísimas, cuerdas, perros y otras perversiones accesorias que prefería no recordar. Dios... Si tenía que volver a preguntar algo a uno de esos universitarios listillos de Stanford se iba a pegar un tiro. Y si tenía que volver a oír una respuesta pedante con tonito de llevo un palo metido en el culo iba a tener que dispararles.

Dio un portazo al salir. Su único consuelo en este sitio infecto era que, a menos de cinco minutos del motel, había descubierto (por una de esas gloriosas casualidades de la vida) un bar donde hacían las mejores hamburguesas del mundo. Las mejores, de verdad. Y eso era todo un cumplido viniendo de Dean y teniendo en cuenta que su alimentación estaba basada exclusivamente en el cuarto y quinto escalón de la pirámide alimenticia. Se subió al Impala y tres minutos después le atendía Danielle, una encantadora camarera californiana, no muy lista, pero con dos buenas amigas. Era más de lo que necesitaba.

Un par de hamburguesas y cuatro cervezas después, volvió al motel de mejor humor y, muy a su pesar, con una ensalada César en la mano. Sacudió la cabeza. Varias veces a lo largo de camino. ¿Cómo podía Sam comerse eso? Los guerreros comían hamburguesas, perritos calientes, grasas saturadas. La hierba era comida de vaca. ¡O peor, comida de nena! Aunque no le sorprendía, porque su hermano nunca había tenido un paladar muy refinado. Sonrió mientras recordaba aquella vez que se había comido sin rechistar cinco salchichas chamuscadas al grito de "qué buenas están". Sammy sólo tenía siete años y todo lo que hacía Dean le parecía entonces una proeza.

No, Sam nunca había tenido un paladar refinado.

Llegó a la puerta y entró en la habitación con una sonrisa todavía en sus labios. Todo estaba en completo silencio (ni un bufido, ni un impertinente "mañana hay que levantarse…"). Miró a su alrededor y descubrió por qué: su hermano se había quedado dormido. La cabeza sobre la almohada, el pelo revuelto, el ordenador encima de la colcha, todavía encendido. Por fin había caído rendido, y menos mal, porque empezaba a ser un caso digno de investigación. Se acercó despacio hasta su cama, procurando no hacer ruido, y desconectó el portátil, que corría el grave peligro de acabar en el suelo en algún momento de la noche. Sam ni siquiera se había quitado la ropa. Le echó una manta por encima mientras observaba esas nuevas marcas que ahora recorrían el rostro de su hermano. Esas huellas que antes no estaban ahí, que no deberían estar; no tan pronto. Y sí, con el tiempo se difuminarían, se integrarían en Sam como una parte de sí mismo, pero ya nunca desaparecerían.

Se sentó en la cama contigua, la cara hundida entre las manos.

—Lo siento, Sammy… —musitó. En su voz, el recuerdo de aquella chica, de Cassie, el recuerdo de ese sonido que hace el corazón cuando se rompe.

Y de verdad que lo sentía, porque Dean sabía lo que era renunciar a ese futuro imaginado: brillante, seguro. Perder a la chica. La película americana perfecta destruyéndose bajo sus pies. Sabía lo que dolía la pérdida… en muchos más sentidos de los que habría querido. Lanzó una última mirada a su hermano y finalmente sucumbió sobre su cama. Cerró los ojos. Él también necesitaba una tregua, hacerle un hueco al sueño para que los alejara de esta puta realidad.

Algo hizo clic en su cabeza. Despertó de repente, en la más absoluta oscuridad, con la mano encima del puñal que guardaba debajo de la almohada. Escuchó, atento. Le llevó sólo un segundo reconocer los gemidos de dolor justo a su lado y activar la alarma biológica. Sam, Sam, Sam. Eso fue suficiente para que se esfumaran los últimos retazos del sueño. Se levantó de un salto y llegó a la cama de su hermano: cuchillo, puños, cuerpo, mente, abalanzándose sobre cualquier cosa que estuviera… Pero allí no había nada. Se dio cuenta de que era su hermano, dormido, teniendo de nuevo otra pesadilla. Estaba empapado en sudor, la respiración agitada, la voz ronca de sufrimiento.

Tiró el arma al suelo.

—Sam, Sammy, despierta…—Intentó incorporarlo mientras lo zarandeaba—, hey, hey…—Le atrapó el rostro con las manos. Tenía la mirada perdida, horrorizada—. Escucha, soy yo, estoy aquí, hey, Sammy, quédate conmigo —forzando una sonrisa—, ha sido una pesadilla, sólo era otra pesadilla, ya está, ya está, ya ha pasado —murmuró mientras le acariciaba el pelo con la mano—, está bien, ya ha terminado... Ya ha terminado.

Poco a poco, notó cómo los músculos de Sam se destensaban y que su mirada perdía ese brillo febril, desbocado. De vuelta al mundo. A la terrible realidad.

Dean pudo volver a respirar con normalidad.

—¿Estás bien?—La preocupación resbalando por cada sílaba. Había sido peor que las otras veces.

—Jess…—Apenas un susurro, apenas lúcido—, el incendio…

Dean, por puro instinto, arrastró el cuerpo de su hermano hasta sus brazos con un "vamos, Sam, no ha pasado nada". Cálido, intenso, protegiéndolo con todo el cuerpo. Sam se dejó caer sobre su hombro, ocultando el rostro. Y sucedió. La carga explosiva que su hermano había acumulado a lo largo de la última semana detonó. No con el sonido violento y fuerte que esperaba Dean, sino con el sonido sordo y sostenido de una bomba que estalla bajo el agua. Empezó con un pequeño sollozo y se fue haciendo grande con las lágrimas. Dean estrechó el abrazo, entre impresionado y cabreado. Recogiendo los pedazos de Sam para mantenerlo unido, entero. Y tomó una decisión. Iban a matar a ese hijo de puta, pero, mientras tanto, ayudaría a su hermano de la única forma que sabía. Le daría lo único que a él le había funcionado: cazar, salvar personas, tener un objetivo. Sal y fuego para arder, para quemar las heridas.

—Tenemos que irnos de aquí, buscar a papá —dijo Dean. El corazón escociéndole en el pecho—. Él es el único que sabe cómo matar a ese demonio.

A la mañana siguiente, recogieron lo indispensable y abandonaron Stanford. Sin comentarios, sin referirse a lo sucedido. Una bolsa, armas y lo puesto, como John les había enseñado. Dean le contó lo de las coordenadas que había encontrado en el diario de su padre. Y bueno, Sam seguía jodido, pero algo había cambiado, porque durante el viaje a Blackwater Ridge, volvió a hablar del tiempo, de la mierda de música que Dean llevaba en el coche y de todas esas cosas que habían conformado sus días antes. Tal vez por la esperanza de encontrar a su padre, tal vez por la esperanza de encontrar su venganza.

Saldaron el asunto de Colorado sin fallecidos y con unos pocos rasguños. Vamos, lo que se llamaba "un trabajo bien hecho". Sam había estado bastante bien para llevar dos años inactivo… Pero el rastro de John se desvaneció al mismo tiempo que el wendigo. No más coordenadas, no más pistas, lo que no ayudaba a mejorar la situación. De pronto, se encontraron sin destino, sin rumbo, así que Dean hizo lo único que sabía hacer: buscar más casos, más tíos malos a los que patear el trasero. Y sabía que, conforme pasaban los días, el cabreo de Sam iba en aumento. Notaba su mirada clavada en la nuca cada dos por tres y los morritos constantemente apretados. "Hay que buscar a papá, hay que buscar a papá, hay que buscar a papá". Ese era su hermano pequeño en toda su plenitud. Y la verdad era que tenía cojones que, después de estar dos años desparecido, fuera Sam el que perdiera el culo por reencontrarse con John. Dean empezó a cansarse de tanto reproche silencioso (¿cómo lo hacía?). "La gente no desaparece, Dean, dejan de buscarla". Al final, después de varias pullas e indirectas, le tuvo que explicar con esa sutileza que le caracterizaba, que mientras no supieran nada más de John iban a hacer su trabajo y punto. Salvar gente.

El plan funcionó. Con el paso de las semanas, las pesadillas de Sam remitieron y empezaron a ser menos frecuentes. No era que durmiera demasiado bien, pero por lo menos conseguía descansar unas cuantas horas. Sam empezó a participar activamente en la búsqueda de nuevos casos y volvió a reír de verdad, con hoyuelos, con todo el cuerpo. La primera vez que ocurrió estaban cazando un vampiro y había sido todo un acontecimiento. Ni siquiera recordaba exactamente lo que había pasado, sólo que estaban en un bar cutre al sur de Alabama, que llevaba más cervezas de las que debería y que su "sonrisa encantadora" no había tenido efecto con la camarera de turno. Su hermano le soltó un "das pena" y Dean fingió indignación mientras gangoseaba algo parecido a "cállate, universitario pringado". Y entonces, sin mucha explicación, Sam empezó a reír: resplandeciente, como un milagro. Toda una transformación. Esa noche, Dean no obtuvo el premio de la camarera, pero se llevó algo mejor. Volvieron las bromas, las risas, la complicidad (miradas, gestos, insultos, discusiones por el mando de la tele). La música a todo volumen, Sam con cara de circunstancias y Dean poniéndole voz a AC/DC, mientras consumían millas de asfalto y goma quemada con el Impala. Como si todo eso hubiera estado siempre allí, como si nunca se hubiera marchado. Eran como una máquina perfectamente engrasada, donde las piezas encajaban sin esfuerzo, sólo porque estaban destinadas a ello. Así que fue estúpidamente sencillo volver a ese punto, a sentir que formaba parte de algo, de una familia, de un hogar. A pesar de su padre, a pesar de Jess, a pesar de esa oscuridad que todavía se vislumbraba en los ojos de Sam, Dean era feliz. Había momentos en los que se sentía culpable, porque no debería ser así, porque todavía no habían encontrado a John. Pero llegaron las investigaciones: Ohio, con su chica sangrienta; una plaga de insectos en Oklahoma; varios fantasmas entre Kansas y Rockford; un cambiaformas en Missouri; y mientras las semanas y las poblaciones se sucedían a través de las ventanillas del Impala, ya nada era tan imprescindible, ya nada era tan importante para Dean, salvo estar allí, en ese instante.

Fue entonces cuando sucedió. Pasó como pasan todas las cosas importantes: en voz baja, casi de puntillas, sin dejar ninguna pista. Estaban en mitad de ninguna parte, en un pueblo de mierda al norte de Kentucky, y no lo vio venir. Dean masticaba un burrito al que no le iban a dar ningún premio.

—Oye, Dean, cuando acabe todo esto, ¿qué vas a hacer?

Dean levantó la cabeza de su comida.

—¿Qué quieres decir? —La boca llena.

Sam sonrió.

—Supongo que cuando matemos a Ojos Amarillos, querrás hacer otra cosa.

Dean se quedó quieto, un poco desconcertado.

—¿Por qué iba a querer hacer otra cosa? Esto no va a terminar nunca. —Se encogió de hombros y le dio un bocado al burrito—. Siempre habrá algo que cazar, bichos malos a los que matar… Ya sabes, todo eso. —Y de pronto, Dean entendió la intención de la pregunta. Miró a su hermano fijamente—. ¿Tú qué piensas hacer?

Sam bajó la cabeza para observar detenidamente su ensalada. Movimientos nerviosos con el tenedor.

—Pues la verdad es que me gustaría volver a Stanford y estudiar Derecho.

Dean dejó caer lo poco que le quedaba de su burrito encima de la bandeja de plástico.

—Así que te quieres largar. —Arrastró la silla hacia atrás, mirada seria, traicionada—. Otra vez.

Sam dejó de jugar con la lechuga.

—Venga ya, Dean. —Un poco culpable, un poco cabreado y en plan imbécil—. ¿Qué esperabas?, ¿que me quedara aquí?, ¿que todo volviera a ser como antes? Yo quiero una vida normal, una vida segura —terminó.

Normal. Normal. Cada frase fue como una puñalada. Dean se levantó de la mesa, conteniendo el aliento, conteniendo el puñetazo. Estaba hasta los cojones de oír esa palabra: normal. ¿Qué significaba?, ¿qué tenía de especial?, ¿por qué la deseaba tanto Sam?, ¿no le bastaba con lo que tenía? Se pasó la mano por la cabeza, le soltó un "luego nos vemos" y se largó de allí. Para no tener que decirle que lo único que esperaba era que se comportara, de una maldita vez, como un miembro de esa familia; para no tener que reconocer que había ido a Stanford para reconstruir lo que había perdido hacía dos años.

Y mientras se alejaba, pensó en Sam con cierta envidia, porque realmente no sabía qué era peor: si asumir la pérdida definitiva de una muerte o ver cómo lo que querías se te escapaba entre los dedos una y otra vez.


Esto es lo más cercano a un hogar que vamos a tener.

Y es nuestro

(Dean Winchester, 9x4)

B. Interludio. Fiesta de pijamas.

Charlie se desvanece en el horizonte amarillo que forman las baldosas de Oz, todo alegría y emoción (¡nos vemos, perras!). Sam la despide con una sonrisa. No sabe muy bien por qué, pero está seguro de que le irá bien, de que está eligiendo algo que forma parte de su destino. A su lado, Dean está quieto, callado, con la mirada fija en ella. Y aunque no la detiene, no parece muy convencido de que sea una buena idea dejarla marchar. Lo ve en su ceño fruncido y en la preocupación que tiene tatuada en cada gesto.

Al final la puerta se cierra y Dean atinar a decir:

—¿Crees que volverá?

Sam intuye algo de tristeza (también responsabilidad) en la pregunta. No le culpa, no le sorprende. Durante los últimos nueve años, se han pegado la mitad del tiempo intentado salvar a la gente que quieren y la otra mitad viéndoles morir. Viendo cómo todos sus esfuerzos eran inútiles. Intentar retener a Charlie (segura, protegida), no es sólo una cuestión de instinto, es casi una necesidad para Dean. También para él. Es difícil no caer en las viejas costumbres.

Así que se traga sus constantes "este sitio no es mi hogar, Dean", su obcecación en no mudarse al maldito búnker y se lo dice. Le dice lo que se ha empeñado en negarle hasta ahora.

—Claro. —Sonríe y mira a su hermano, lleno de ánimos—. No hay nada como el hogar.

Y resulta increíble la transformación. La tímida sonrisa (esa tan rara que Dean reserva sólo para algunos momentos) y la expresión de satisfacción que, durante un instante, hace desaparecer las líneas de tensión de su cara. Hay paz, tal vez alegría. Por supuesto, hacen como si no hubiera pasado nada. Ni un "gracias" ni nada que se le parezca; sólo un golpecito en la espalda, seguido de un "vámonos a por unas birras", pero es más que suficiente.

A la mañana siguiente, Sam se dedica a deshacer la maleta, a salpicar el búnker con las pocas cosas que posee. Apuntes, libros, vídeos y sobre todo fotos. Los recuerdos que ha ido arrastrando de un lugar a otro terminan colgados de una pared o apoyados en la mesilla de su cuarto. Y le resulta un poco extraño poder instalarse de forma definitiva en un sitio, pero Dean, que observa todo el proceso (con ese disimulo que le es tan propio), parece más animado que nunca. Decide que tienen que tomarse unos días libres y se afana en llenar de comida y de cervezas la mole inmensa que les hace las veces de nevera. Está diseñada para dar de comer a un ejército, por lo que es perfecta para saciar el apetito de su hermano. Así que Dean se pasa la mitad del día yendo de la tienda a la nevera y de la nevera al plato.

Cuando Sam consigue terminar con el dichoso cuarto, acude a la librería. Dean le está esperando con los pies encima de la mesa, una ensalada (¡una ensalada!) y un cubo de hielo lleno de cervezas. Se acerca. En el portátil suena la banda sonora inconfundible de los Cazafantasmas.

—Venga ya, Dean, ¿estás viendo los Cazafantasmas? El humor de esa peli es de nivel de primaria. —Se señala la cabeza—. ¿No oyes cómo se suicidan mis neuronas?

Dean levanta los brazos, fingiendo indignación.

—¡Eh, un respeto! ¡Es un clásico! —Le hace una seña con la mano—. Ven aquí y aprende algo sobre historia del cine.

Sam entorna los ojos, pilla una cerveza (porque va a necesitar alcohol para soportarlo) y se sienta al lado de Dean con bastante resignación. En la pantalla no paran de sucederse escenas estúpidas, en plan penitencia, pero Dean suelta una carcajada detrás de otra. En serio, ¿cómo puede hacerle tanta gracia? Le da un trago a la cerveza y observa a su hermano (relajado, alegre). Es casi como un milagro. Y entonces, justo en ese momento, se da cuenta de que, por fin, todas sus dudas y preguntas han dejado de tirar de él en miles de direcciones contradictorias. Por una vez no está deseando largarse a otro lugar, dedicarse a otra cosa; por una vez está donde quiere estar.

Sonríe y se acomoda en la silla.

Su hermano tenía razón: ha encontrado algo a lo que llamar hogar. No está hecho de muros y no tiene tejado, pero tiene nombre propio.

Dean.