Casi me da vergüenza pasarme por aquí xD. Perdonadme por este abandono injustificado. He tenido una avalancha de trabajo increíble estos meses y, además, este capítulo en cuestión me ha costado muchísimo escribirlo.
No es un capítulo fácil. Para mí ha sido muy triste escribirlo. Pero aun así, espero que os guste. Un abrazo y gracias por seguir ahí.
Aviso: Sé que los diálogos no son exactamente iguales a los que salen en la serie, pero me he permitido la licencia de modificarlos para mis espurios intereses
God knows what is hiding in this world of little consequence
Behind the tears, inside the lies
A thousand slowly dying sunsets
God knows what is hiding in those weak and drunken hearts
Guess the loneliness came knocking
No one needs to be alone
(Birdy, People help the people)
3. Tercer círculo. Dean y la muerte que no pudo soportar.
Y mientras corría hacia Sam todo era rojo, denso y oscuro, y gritos, y sombras manchadas de sangre que se escabullían entre las casas abandonadas, era el brillo afilado de una navaja y el cielo plomizo que caía contra los tejados de un pueblo fantasma; y en su cabeza todo era John (¡protege a tu hermano!), y en su aliento sólo había Sam, y en sus ojos polvo y lágrimas contenidas mientras aterrizaba sobre sus rodillas y recogía el cuerpo de su hermano. Le sostuvo el rostro mientras hablaba, hablaba, hablaba sin parar: "Sammy, estarás bien, te curarás, la herida no es tan grave, todo irá bien…". Sonrisa desfallecida. Pero su hermano permanecía inmóvil y Dean lo abrazó para resguardarlo del miedo. Dedos, uñas y labios llenos de "te pondrás bien"; apresurados, torpes, inútiles. Hasta que, de pronto, hubo sangre en sus manos, sangre de Sam, sangre caliente y espesa. Había tanta, tantísima sangre… La respiración de Dean se congeló en la brisa de la noche, en la mirada líquida y apagada de su hermano.
¡Protégelo!, le decía John.
Pero ya era imposible.
—¡Sam! —gritó, desgarrado, infinito, roto.
Y los sonidos enmudecieron. Un apagón, muerte cerebral. Sammy no se movía. Dean apenas fue consciente de la llegada de Bobby ni de su voz desgajada por el sobrealiento. Sammy no se movía. Oía sus "levántate del suelo, Dean" como pasados a través de un filtro: huecos, distantes. A cien mil millas de aquel temblor que invadía sus manos, del pesado y gélido amasijo que le envolvía las entrañas. ¿Por qué no se movía? Sintió que le obligaban a levantarse mientras algo se le desgarraba por dentro. Una marea negra abnegando sus pulmones, un eclipse a cámara lenta. No podía soltarle, no podía dejarle. Apartó a Bobby con rabia ("no lo toques, no lo toques, no lo toques") y se aferró a lo que ya era un recuerdo mientras explotaba en ruegos. Charcos de agua y sal.
Pasaron unos segundos, mil horas, tal vez una eternidad. Sammy no se movía. Retomó el control de su cuerpo entre arcadas, en silencio, sin saber muy bien cómo. A su alrededor, sólo quedaba una bruma irreal, cenizas que se desvanecían (Sam, de pie, rezando su nombre). Metió a su hermano en la parte de atrás del Impala con ayuda de Bobby y, a continuación, se desplomó sobre el asiento del conductor: el sudor frío recorriéndole el cuello, la mirada atrapada en el retrovisor (vacía, derramada). Ya no habría más réplicas pedantes en una noche de juerga. ¿Quién era?, ¿qué iba a hacer? Bobby le observaba desde el asiento del copiloto con los ojos húmedos de preocupación; pero Dean ya no sentía nada.
Arrancó el motor y se adentró en las carreteras secundarias que circunvalaban Cold Oak; sumergido en espacios oscuros, anestesiados. Conducía por inercia, observando las sombras que le acechaban desde los contornos del asfalto. Era su trabajo, cuidar de Sam. Una tras otra, alargándose con el avance de la noche, esperándole para arrancarle el corazón. Si hubiera llegado tan sólo un minuto antes, si lo hubiera detenido, si lo hubiera protegido. Bobby le indicó que cogiera un desvío, con palabras difusas, al ralentí. ¿Estaba realmente allí? Obedeció las órdenes por costumbre y porque daba igual el dónde y el qué. Dean ya no tenía ningún sitio al que ir, había alcanzado el final de todos sus caminos. Las bromas nocturnas, las camisas colgadas de una esquina de la cama se hundían en un agujero negro. Siguieron una pista forestal hasta que las luces de los faros descubrieron los restos de una cabaña deshabitada. Entró en aquel cascarón envuelto en un velo blanco, helado, y un instante después, el cuerpo de Sam descansaba sobre un catre.
Dean se sentó en una silla junto a la cama, armado con un botellín de cerveza y con los ojos clavados en el rostro de su hermano. Sam, Sam, Sam, Sam…Bajo aquella luz, todavía parecía más pálido, más demacrado.
Un trago ardiente y, después, silencio.
Esperando un milagro que en su familia jamás se había producido.
Sammy no se movía.
Tal vez sólo era una cuestión de tiempo y de cantidades de bebida. Sentía la mirada de Bobby clavada en la nuca, pero era incapaz de hablar, de fijar su atención en nada más. Todo se reducía a aquella habitación borrosa y estrecha, todo empezaba y termina allí, en los ojos cerrados de su hermano, en el pecho inmóvil. "Vamos, Sam, no puedes hacerme esto". Los minutos le resbalaban por la piel mientras los pasos de Bobby intoxicaban aquel silencio. Arriba, abajo, una y otra vez. No podía imaginar una vida así. Tendría que haberlo protegido. Tendría que haber estado con él. Tendría que… Se tragó los pensamientos con alcohol. Había fallado. Les había fallado a todos, a su madre, a John, a Sam. La figura de Bobby se detuvo delante de él. ¿Todavía seguía allí?
—Dean…—susurró Bobby, con la voz cargada de lástima. Le puso una mano sobre el hombro y contuvo la respiración—. Deberíamos darle a Sam un entierro de cazador —dijo.
Como un puñetazo directo al estómago. ¿Enterrar? Tiró la silla al suelo mientras se levantaba y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, en una carrera frenética sin rumbo, sin salida. Dio otro trago, otro, otro.
—¿Deshacernos del cadáver? —preguntó con frialdad. Bobby le miraba desconcertado—. No.
No. No iban a enterrar a Sam, no iban a condenarlo. ¿Cómo podía insinuar semejante idea? Meterlo bajo tierra, confirmar su muerte. Bobby se aproximó a él, murmurando palabras que Dean no podía comprender: "está sucediendo algo gordo ahí fuera, Dean", "el mundo puede estar a punto de acabarse y tenemos trabajo que hacer". Como si le importara, como si fuera su maldito problema. Su única misión había sido cuidar de Sam, protegerlo, y había fracasado. ¿Acaso no había dado suficiente? Había sacrificado cada pulgada de su alma. Había muerto. Muerto. Una llamarada de fuego le cubrió los ojos y el nudo que tenía aprisionado en el pecho detonó en gritos.
—¡Pues que se acabe! —Ebrio de furia, harto de un mundo que jamás le daría las gracias—. ¡Que les jodan!, ¡que os jodan!
Todo se volvió confuso mientras perdía el control de los brazos, de la boca, de sus palabras. Empujó a Bobby hacia la puerta, con el resentimiento supurando en cada sílaba: "lárgate, fuera de aquí, vete". No quería su puta piedad ni sus manos amables, quería deshacerse, morir, desaparecer, traer de vuelta a su hermano. Se hundió de nuevo sobre la silla, con el fantasma del portazo resonando todavía en la habitación.
Sam permanecía quieto. Muerto.
Joder. Se cubrió la cabeza con las manos, con la garganta estrangulada por el llanto. ¿Qué podía hacer? Hizo un esfuerzo por respirar con lentitud, por intentar detener la compulsión obsesiva de coger oxígeno. Se ahogaba. Dios mío, ¿qué se suponía que tenía que hacer?
Y entonces, recordó a John: "¡Nunca hagas un trato con un demonio!"
Sammy no se movía.
"¡Júralo, Dean!"
Había jurado no hacerlo. No caer en el miedo, en la desesperación que habían visto en los ojos de otras víctimas. Conocía las consecuencias. Conocía la condena.
Dean lo sabía, lo sabía, lo sabía, no debía...
Había jurado mil veces no hacerlo, bajo la atenta e intimidante mirada de John.
"Nunca hagáis un pacto. ¿Me entendéis? Pase lo pase, jamás es una solución".
Dean entonces tenía diez años y en lo único que podía pensar era en aquella mujer tendida sobre un mar de sangre, desgarrada por los sabuesos del infierno (su alma a cambio de la vida de su hijo). Juró porque tenía miedo y, sobre todo, porque a su padre nunca se le decía "no". Recordaba que John les había obligado a repetir aquel juramento cada año que pasaron en la carretera, como si fuera el recordatorio de una vacuna contra la locura. Como si, llegado el momento, su evocación pudiera quebrar un impulso.
"Nunca hagáis un trato"
Cerró los puños con fuerza mientras las uñas se le clavaban en la carne.
John, John, papá… Una orden que requería comportamiento militar.
Había jurado, sí, pero incapaz de vivir con la ausencia, con la sangre de Sam entre sus manos. Prefería morir. Salió corriendo de la destartalada cabaña, con la demencia y el corazón entregados en cada paso, y se montó en el Impala. Condujo por puro instinto a través de resplandores borrosos, ficticios, hasta alcanzar un cruce de caminos (farolas y luces de otros coches, pueblos y vidas enteras a eones de distancia). Podía salvar a su hermano, ¿qué importaba lo que tuviese que dar a cambio? Se bajó del coche y recogió del maletero los ingredientes necesarios (tierra, monedas, huesos, una fotografía) para enterrarlos en mitad de aquel cruce junto a esa emoción innombrable que le consumía. Tenía que funcionar. Esperó una eternidad con el rostro empapado de dolor. "Vamos, venga…". Todo estaba quieto.
—¡Muestra tu cara, zorra!
Y de pronto, la hija de puta de pupilas rojas apareció.
—Vaya, vaya —divertida—, mira a quién tenemos aquí, a Dean Winchester… —Fingiendo una mueca triste, añadió—: Ya me he enterado de lo de tu hermanito. Una lástima.
Ignoró el impulso de abrirle las tripas con un cuchillo allí mismo. La necesitaba.
—Tráelo de vuelta—dijo, intentando sonar más sereno de lo que era capaz.
Ella empezó a caminar a su alrededor, examinándole, considerando la propuesta.
—¿Quieres vender tu alma?
Dean la seguía con la mirada, incapaz de hilar sus pensamientos. John, John. Tenía que salvarlo.
—Dame diez años y será tuya.
—Estás bromeando. —Ojos brillantes, sonrisa cruel—. Un año y Sam vivirá.
Un año de vida. Sólo un año. Un hormigueo empezó a treparle por los brazos, por la cabeza. Sam, Sam, Sam. Era muy poco tiempo.
—Diez años es lo que le darías a cualquier otro —escupió. Su angustia convertida en feroz desprecio.
—Oh, cariño —le contestó con absoluta indiferencia mientras le acariciaba los hombros—, pero tú no eres cualquiera.
Podría hacerlo. Podría arrancarle la lengua.
—Nueve años.
—No.
—Ocho —rápido, sin pensar.
—Por favor, Dean. —Un segundo de esperanza y después—: No.
Apretó los dientes, le costaba respirar. Era como si no estuviera allí, como si esa vida fuera la de algún extraño, una película de ciencia ficción. Sam tendido en aquel colchón, las manos exánimes y el cuerpo cubierto de sangre. Se esforzó por aterrizar, por encontrar las palabras:
—Cinco años o no hay trato.
—De acuerdo —le susurró ella al oído, su aliento escalándole por el cuello como una soga—. No hay trato. —Y se giró para marcharse.
Maldita sea.
Dean cerró los ojos mientras notaba que la noche se disolvía su alrededor, que la única oportunidad que tenía se le deshacía entre los dedos. "Nunca hagas un trato". Aquella zorra… Un año, sólo tendría un año. Pero no tenía elección: Sammy viviría de nuevo y él, hiciera lo que hiciera, ya era un cadáver.
—Está bien —gruñó, la voz ronca y el corazón encharcado—. Un año.
La cabrona se atrevió a sonreír satisfecha y acercó sus labios a los de Dean para sellar el pacto con un beso desesperado. Hambriento de una promesa, atormentado.
Puso las llaves en contacto y escapó de allí. "Vivo". Tal vez. Era posible. Ni siquiera se atrevía a pensarlo, a decirlo en voz alta. Corrió, voló entre señales de tráfico, se transportó hasta la puerta de lo que, hacía tan sólo dos horas, había sido una tumba y entró como una exhalación.
Sam.
Dios mío.
El suelo se convirtió en una masa esponjosa. Apenas podía sostenerse.
Sam estaba allí, de pie, mirándole con aquellos ojos que había visto sonreír durante veintitrés malditos años. Se lanzó en una carrera ciega contra su hermano, hasta chocarse con el calor de su piel, hasta retumbar con el bombeo de su corazón. Estaba allí, vivo. Lo estrechó entre sus brazos para asegurase de que no se desvanecía, de que no se marchaba a ningún lado. Volvía a respirarlo, a sentirlo, a existir. Y entonces, aquella emoción que había tenido constreñida entre las costillas amenazó con desbordarse a través de las pestañas. Quería hablar, pero las frases morían antes de alcanzar su lengua. Sólo cuando su hermano preguntó desconcertado qué había pasado, encontró la voz para decir "nada" y la voluntad para deshacer el abrazo.
—Sólo ha sido una herida, Sam. Ya estás bien.
Volvía a respirar.
Unos días después, mataron a Ojos Amarillos con mucha eficacia (Colt, John y mucha mala hostia), abrieron las puertas del infierno y Sam descubrió que Dean había vendido su alma. Su hermano estaba disgustado. Escuchó su sufrimiento y casi pudo tocarlo en su rostro congestionado cuando empezó a hacer promesas que no podía cumplir ("te salvaremos del infierno antes de que termine el año", "te libraremos de este pacto"). Al final, le preguntó por qué lo había hecho.
Entonces Dean mintió, calló, porque era mejor decirle que "no podía vivir con esa carga" que reconocerle que ya era incapaz de imaginar la habitación de un motel sin sus quejas perpetuas o una carretera sin sus silencios. Que todas las cosas que poseía carecían de sentido si no podía compartirlas. Que volvería a hacerlo por mucho menos.
Que un año había sido un precio pequeño en comparación.
Estoy orgulloso de nosotros
(Dean Winchester 9x23)
C. Interludio. ¿Crees en los milagros?
"Yo no te salvaría"
La frase se repite en bucle en su cabeza ahora que tiene a Dean tendido sobre la cama, ahora que puede mirar su cuerpo sin colapsar. Quiere imaginar que en cualquier momento abrirá los ojos y le susurrará un "Sammy" (sonrisa y gesto amable) para despertarlo de esta pesadilla. Su hermano jamás le ha fallado. Lo espera, callado, con un rezo, mientras le pasa los dedos por el rostro surcado de heridas y sangre. Podría reconocer esos rasgos en cualquier parte, incluso en esa oscuridad en la que viven desde hace tanto tiempo. Conoce cada una de las arrugas y cicatrices que han ido apareciendo a lo largo de los años (cómo, dónde y quién). Muchas de ellas llevan su nombre, sus reproches, sus elecciones.
La bilis se le amontona en la boca. Dean ya no puede decir nada. Aún recuerda con absoluta nitidez su expresión traicionada, dolida, espantada("yo no te salvaría"). Se le encoge el estómago y entierra la cara en el pecho de su hermano. La cabeza le da vueltas. Huele a él, a Dean. Aspira profundamente para retener su aroma, para conservar el recuerdo de lo que siempre tuvo al alcance de la mano. Dean, una constante en su vida, un asidero, un lugar al que volver siempre. Y ahora se da cuenta: la creencia de que tenían una vida entera por delante, tiempo de sobra para entenderse, para decirse lo que siempre habían callado, se ha hecho añicos contra el suelo. Han perdido años, vidas, eras completas en discusiones absurdas ("ha sido tu culpa, Dean"). Como si hubiera importado alguna vez.
Las lágrimas se le atragantan. Daría lo que fuera por robar un instante a la muerte y decirle que estaba mintiendo, que, como buen Winchester, aquel día había dejado que hablara su amargura, que él también lo habría hecho. Un año entero desperdiciado en reproches y malentendidos.
"Estoy orgulloso de nosotros"
Y de pronto, estar allí se vuelve insoportable. Es como estar sumergido en un océano de hielo. Frío, solitario. Los recuerdos le acechan desde todos los rincones de la habitación como si fueran fantasmas. Dean y su risa, Dean y su estúpida forma de gastarle bromas, Dean y la música a todo volumen. No puede vivir con ellos. No puede vivir sin ellos. No así, no de esta manera.
Se lanza a través de los pasillos lóbregos, atrapado entre el dolor y las náuseas, dispuesto a llamar a Crowley, dispuesto a vender lo que sea necesario para recuperar su hogar y arreglar este desastre.
Porque su hermano tenía razón: no hay un él sin Dean. No hay nada después de Dean. Sólo silencio.
