[[Este fic participa en el Segundo Reto Sexy Serpents del foro "El Mapa del Mortífago".]]
Disclaimer: los personajes pertenecen a J. K. Rowling y sus respectivos dueños, yo sólo los tomo un rato para compartirles la historia que inventé. La cual, cabe agregar, está inspirada en la canción "Time isn't healing" de Tom Felton.
Cause time isn't healing
Pretty sick of staring at my ceiling
And I, I can't help the way I feel about you
Remus Lupin, tumbado en la cama, miraba hacia el techo, aunque sin verdaderamente mirarlo; respiraba, aunque sin verdaderamente sentirlo; pensaba y murmuraba palabras inteligibles, aunque sin verdaderamente tomar conciencia de aquello, atascado en un estado entre la vigilia y el ensueño. Debía haberse dormido desde hace un largo rato; después de todo, tendría un día importante mañana; si todo salía bien (tenía que salir bien, habían hecho todos los preparativos para que ese momento saliera perfecto... O todo lo perfecto que puede salir una boda en plena guerra mágica, cuando alguien desea acabar con ambos novios) mañana a esa misma hora podría incluso dormir al lado de Nymphadora Tonks, su corazón latiendo al lado del suyo, finalmente juntos.
Eran ya altas horas de la noche, según lo que decía el reloj de pared que se burlaba sadicamente de él desde la pared frente a su cama. Al lado del reloj, varias banderas y escarapelas con el emblema de Gryffindor le saludaban cordialmente, dándole fugaces vistazos de lo que había sido tiempo atrás.
En la mesita de noche, al lado de su cama, un viejo algún fotográfico descansaba abierto de par en par. Fotografías de cuatro adolescentes que sonreían a la cámara se podían apreciar en cada página del libro. En el extremo de una de ellas, un joven de cabello color marrón sucio sonreía ridiculamente a la lente de la cámara: saludaba con cierta timidez mientras perecía que lanzaba risitas tontas, como si no cupiera en sí la euforia de estar en aquella foto. A su lado un adolescente (de cabello alborotado color negro azabache y gafas redondas) regalaba para el recuerdo su sonrisa más atractiva, que derrochaba seguridad y alegría. Abrazados a su derecha, dos jóvenes que se empujaban mutuamente: uno de ellos tenía unas profundas ojeras y aspecto cansado (más de lo que lo tendría cualquier adolescente de sexto curso) pero igual saludaba con gentileza a la lente a la vez que jugueteaba con su compañero de al lado. Éste tenía el alborotado y rizado cabello negro esparcido por todos lados, lo que le confería un aspecto más atractivo de lo que se proponía.
Se levantó de la cama, sin poder soportar más el angustiante sonido del estupido reloj de pared; si no se hubiera detenido a pensar las cosas medio segundo más del necesario, el reloj hubiera acabado hecho pedazos en el suelo, gracias a un hechizo aturdidos salido de su varita.
Antes de alejarse, cerró de golpe el —para él— antiguo libro de fotografías, deseando no haberlo abierto en primer lugar. Esperaba que ver aquellos rostros le trajeran un ligero sentimiento de paz y tranquilidad, no que lo dejaran con aún más cosas qué pensar que antes de haberlo abierto. «No debes dejar ir a un fantasma abriendo una tumba» pensó Remus apesadumbrado. Dejó el libro en un lugar donde no se fuera a perder, pero que estuviera fuera de su vista; acababa de quedarle claro que ahora mismo el recuerdo de unos de los mejores años de su vida no era lo que necesitaba para sentirse bien. Si seguía deseando aferrarse al pasado de la manera que aquellos recuerdos le hacían desear, se perdería del presente, y todo lo que éste pudiera traerle. A pesar de que ahora el presente no era más que una serie de pensamientos confusos y contradictorios.
Caminó hasta el cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo. Salpicó el agua fría en su cara, hasta sentir que las gotas de aquel líquido empapaban también el borde de su —prematuramente— canoso cabello, y la parte de arriba de su pijama. Mirándose al espejo, comenzó a preguntarse cómo podía ser que alguien como Tonks se hubiera fijado en él, a tal punto de enamorarse y profesarle su amor de la manera en que lo hacía. Ella era... La encarnación de la locura en su forma más bella: desde su cabello (cuando así lo quería) rosa, violeta o azul (incluso si estaba alegre, los tres colores al mismo tiempo) hasta su nariz pequeña o puntiaguda según la apariencia que ella quisiera, pasando po sus manos de fina seda blanca. Es común decir que las personas se enamoran de una apariencia, una forma de ver el rostro de su pareja: ver sus ojos de tal o cual color, que su cabello de equis tono flote al viento, o que su nariz le dé pequeños besos. Pero Lupin se consideraba afortunado en ese aspecto (a decir verdad, también en muchos más) de amarla a ella: él podía amar mil rostros con colores distintos, aspirar el aroma a fresas de su cabello multicolor, o besarla tanto en unos labios color rosa pálido, como del rojo más intenso. La amaba de todas las formas posibles... Menos una. Y nunca volvería a amar a nadie de aquella manera prohibida, secreta, silenciosa y tenaz.
Porque el tiempo nunca le había ayudado (ni le ayudaría) a sanar esa parte de su corazón: la que había probado hace muchos años, algo diferente a lo que nunca creyó que podría pensar.
Todo había comenzado por una broma, una estupidez de esas que se hacen con los amigos, no precisamente estando completamente sobrios. Se dejaban llevar por las risas, por la emoción de vivir el momento. Sirius Black había tenido todas las chicas que había deseado: en cuanto ponía los ojos en una, caía rendida a sus pies, víctima de sus magníficos dotes de conquistador. ¿Por qué, Oh Merlín, en aquella noche había tenido que ser completamente diferente? Habian disfrutado un maravilloso sábado de aventuras, sin preocuparse por licantropía o ser prudentes, ni siquiera los deberes del colegio les impidieron tener una de las mejores tardes de su vida como estudiantes.
El único problema, es que aquella tarde hubieran bebido demasiado. Se dejaron llevar por sus instintos, por una parte de su cerebro que hacía las cosas sin pensar, y habían terminado haciendo mucho más de lo que nunca pensaron hacer. Se entregaron el uno al otro, convirtiéndose en una sola persona, un cuerpo deleitándose a la luz de la luna. El perro y el lobo, unidos como la naturaleza nunca lo permitiría.
Y entonces, aquí estaba Remus, aferrándose a su pasado para no desmoronarse, porque era lo único que tenía en lo que podía confiar, que no fuera aquel miserable presente. Pero debía dejarlo ir, tenía que aceptar que Sirius ya no estaba, y nunca volvería a estar con él; le había resultado difícil, pero estaba volviendo a hacer su vida después de su muerte. Se había permitido volver a enamorarse, confiar otra vez en el amor, y que esta vez fuera el correcto. ¿Verdaderamente estaba siendo el correcto?
Ahora su corazón le pertenecía a la chica que se lo había ganado, aquel atractivo revoltijo de colores y emociones que se hacia llamar Nymphadora Tonks. Aunque, muy enfermo de simplemente mirarse en el espejo y decirse a sí mismo que debía dejarlo pasar, no podía evitar la manera en que se había enamorado, y el primer dueño de su corazón siempre sería alguien más, que lo miraría desde arriba en las estrellas, cada vez que él le aullara a la luna. Dos nombres que se perderían en la inmensidad del espacio, entre una estrella y una constelación, como lo habían hecho cuando eran jóvenes.
Lunático y Canuto.
