Agosto, 18 del 2014

Querido Steve:

Me cambiaste, Steve. Has convertido a la fría asesina rusa en otra persona. Y, aunque suene extraño, he vuelto a sentir mi corazón latiendo.

Hoy cuando te vi, sentí que algo en mi pecho se iba salir, y mi piel se erizo. Quiero echarle la culpa al frío, pero no hay nada más frío que yo.

Por suerte, eres demasiado lento y no pudiste verme, pero estaba allí, a tres pasos de ti. Quise decir tu nombre, pero las palabras no me salieron; quizá es una señal de que aún no estoy lista para verte.

Sé que me sigues buscando, mientras yo no hago más que huir. No sé de quién huyo más, si de ti o de lo que siento.

Justo ahora, mientras te escribo, estoy huyendo a Paris. Es un largo viaje y no puedo dormir, porque cada vez que cierro los ojos, te veo y me pregunto qué hubiese pasado si hubiese dicho tu nombre.

Vuelvo a dudar.

Yo nunca dudo, y ahora lo hago.

Me pregunto sobre un tiempo que no existe. También me pregunto si existiremos en algún momento.

No creo en el futuro, y sé que tú tampoco, pero es inevitable no preguntarse sobre algo que es inexistente y podría suceder.

¿Podríamos suceder?

Me estoy dando esperanzas, y no debo ni puedo.

Steve, ¿Qué has hecho con la grandiosa Viuda Negra a la que todos le temen?