Once
Febrero, 18 del 2015
Querido Steve:
La carta anterior dije que te diría algo. No me siento tan valiente en este momento para escribirlo.
Acabo de despertar de una pesadilla; un recuerdo, a decir verdad. Y aún no puedo distinguir cuán real es, o si es un simple recuerdo.
Steve, me gustaría poder hablarte, pero estás molesto conmigo y lo comprendo.
Cualquiera en tu lugar lo estaría, después de que hayan jugado con sus sentimientos de esa manera… No quise hacerlo, pero no entenderías mis razones.
Me dijiste egoísta, y quizá tengas razón.
Porque no quiero aceptar lo que siento por ti, no quiero aceptarlo frente a ti y a tus ojos azules, y porque no quiero darte el poder de hacer de mí lo que quieras. Aunque no lo parezca así, eso es lo que sucede, pero tampoco quiero hacer que choques con el muro de la realidad cuando descubras quien soy verdaderamente.
¿Ves, Steve? No soy tan egoísta.
Steve, quiero alejarte.
Mis números rojos brillan, palpitan, parecen luces de neón. Tienes que estar a salvo de todo esto. No puedo exponer a la única persona por la que siento algo más que confianza a tal peligro. Puede que seas el Capitán América, pero no sabes a lo que te enfrentas cuando entras a este mundo en el estoy atrapada.
Ellos persiguen hasta el fin de los tiempos, acaban con todo lo que amas y te hacen suplicar por un minuto más de vida, pero no te lo dan por más que supliques y no les temblará la mano por dejarte una bala en medio de las cejas.
¿Sabes cómo sé eso?
Porque yo lo hacía.
Terminé escribiéndote lo que no me sentía con ganas de decirte.
