No quería tardar mucho en subir los caps, pero me temo que me va a ser imposible darme mas prisa...lo siento mucho /


-¿Y a ti no te han enseñado que está mal cotillear conversaciones ajenas?-comentó, aunque por su tono impersonal no parecía que la importase,mientras servía los platos.
-¡No me jodas Annie!-bufó enfadada.
-Solo digo la verdad.
Entre las dos prepararon la mesa y se sentaron a comer. De fondo se volvía a escuchar el mismo canal de música que por la mañana, pero no le prestaban atención. Tras contar a grandes rasgos lo que había escuchado, la pecosa había pedido a su amiga algún consejo, pero ésta parecía no tomárselo en serio. Para ella, nada era asunto suyo.
-¿Que debería hacer?-preguntó casi para si misma.
-No te metas. Acabarás bajo tierra por una cara bonita-respondió sin titubear
-¿Ya empiezas?-dio un golpe a la mesa y se puso de pie, furiosa-¿Y que si tiene una cara bonita? ¡No es solo por eso!-no sabía cuantas veces la joven había usado esa frase para darla una razón a apartarse.
-Ymir-la miró con rostro extrañamente preocupado, teniendo en cuenta que era ella-¿Por qué te importa tanto?

Aquella pregunta la golpeó como un jarro de agua fría. No podía decir sus razones, no aun, no a ella. No sabía cómo podría reaccionar, y temía hacerla daño.
-No lo sé-susurró su mentira, dejándose caer en la silla-No puedo sacarla de la cabeza-apoyó los codos en la mesa y se tapó el rostro con las manos-No quiero dejarla sola con esto. ¿Y si la matan de verdad?
-Llama a la policía y desentiendete. Deja las clases de guitarra también, aléjate de ella, o te pondrán a ti en el punto de mira-era tan seca de parecía una máquina. Su respuesta era metódica y tranquila, era obvio que lo decía totalmente en serio.
-Llamaré a la policía...pero no pienso alejarme de ella. Esos inútiles nunca pillan al asesino antes de que se haya cargado a alguien, ¿es que no ves la tele?-incluso ella, después de tantos años, estaba asustada de lo robótica que su compañera se estaba mostrando. Entendía que estuviese preocupada por ella, pero aquello era demasiado.
-No estamos en la tele Ymir, esto es la vida real.
-Como digas...-cogió su plato, hacía ya rato vacío, y lo dejó en el lavavajillas-Me voy a dormir un rato, a ver si me despejo la cabeza...-no podía resistir más la penetrante mirada de la chica.¿Acaso sabía que estaba mintiendo?
-¿A qué hora has quedado con Christa?
-A las ocho...-miró el reloj. Eran casi las cinco, habían tardado mucho con la charla-Supongo que me despertaré a tiempo...¿Tú que vas a hacer?
-Iré al gimnasio un rato-contestó sin mirarla. Se agachó frente al electrodoméstico y, tras meter las cosas y una pastilla de jabón, cerró la puerta y dio al botón de inicio.
La pecosa se despidió con la mano, cerró y se tumbó boca arriba en la cama, tirando sus zapatillas quién sabe donde a patadas. Cruzó las manos en su nuca y se quedó mirando el techo, dándole vueltas a la pregunta de su compañera.
-¿Por qué me importa tanto, eh?-se puso de lado, apretando con fuerza la almohada contra su pecho.
Los recuerdos la invadían poco a poco, ahogándola como si fuese un dulce castigo. Recordaba las tardes sola en aquel bosque. Siempre sola. Los gritos y el dolor, el cansancio de correr...Recordaba los golpes, y si no los recordaba todos, sus cicatrices la ayudaban a hacer memoria. Recordaba el peso del silencio, el sabor de su propia sangre, el frío, el hambre, la sed y el miedo. Lo recordaba todo. Recordaba las risas y los juegos, los pasillos oscuros y acogedores del orfanato, la malhumorada cuidadora, la amable cocinera...los cabellos rubios, los ojos azules, las suaves canciones, las tímidas manos y sus tímidas caricias. Los dulces labios que besaban su mejilla antes de irse a dormir. Los dulces labios de los que más de una vez robó un beso, sin saber realmente lo que hacía. Los fuertes temblores del pequeño cuerpo en las noches de tormenta, y las amorosas sonrisas que la recompensaban cuando ella acudía a detener aquel terror, jurándola una falsa protección que difícilmente podría darla en verdad. Pero lo que más recordaba, era el olvido. El olvido al que se había visto sometida por aquella divina criatura a la que tanto había cuidado y amado, del cual no podía culparla, pues había sido recíproco. Olvido que, una vez había apartado de si, la había permitido recuperar la certeza de cuanto la amaba, y las ganas que aún tenía de protegerla. No quería que recordase, al menos no aún. Quería hacerla tener recuerdos más felices que los de un cruel encierro entre cuatro paredes, cuatrocientos niños y poco amor, en los cuales la protagonista fuese alguien mejor que una malhumorada, engreída, violenta y maltratada niña pecosa que solo sabía usar los puños y poco el cerebro. Quizá seguía siendo esa niña, quizá los años solo la habían echo crecer pero no madurar. No lo sabía, pero quería hacer comenzar todo de nuevo igualmente. ¿Quizá estaba siendo egoísta por no correr hacia ella, gritando su nombre como antaño? ¿Por no decirla quien era, abrazándola con fuerza como debió hacer el día de su separación, en lugar de correr a esconderse para llorar a solas?. Ya se había dormido para cuando sus lágrimas comenzaron a mojar las sábanas. ¿Cuándo habían vuelto a ella aquellos años? Lo sospechó la primera vez que la vio, siendo arrastrada por aquella descuidada marea de adolescentes, pero lo achacó a un mero parecido. Quizá ya lo sabía desde el inicio, y solo se había obligado a si misma a negarlo, buscando la forma más fácil de darle un por qué, aunque en el fondo sabía que aquellas facciones angelicales no podían ser imitadas por nadie, igual que nadie más podía provocar en ella aquellas sensaciones. Pero el verla aquel día, de aquella forma, siendo molestada por aquellos abusones...No era la primera vez que la veía en aquella situación. Lo único que la había echado hacia atrás era su nombre...y ya tenía las pruebas que confirmaban que aquello no significaba que se equivocase de persona.
-Historia...-sollozó en sueños, abrazando la almohada.
Alguien acarició su rostro, secando sus lágrimas. Una sábana cayó sobre ella lentamente, cuidando de no despertarla. Annie cerró la puerta tras de sí con una sonrisa triste, negando con la cabeza. Conocía demasiado a la chica como para no saber que estaba mintiendo. Al fin y al cabo, era su hermana. Su madre la había adoptado cuando ella tenía siete años, y la mayor ocho, para morir pocos años después y dejarlas con su padre, quien en cuanto pudo las mandó a otra ciudad a estudiar, con la excusa de que el instituto era mejor. No se quejaba, al menos las mantenía. Tampoco se quejaba de que hubiese logrado que la adelantasen un curso, para poder estar junto a ella. Antes de que la tristeza de su infancia la invadiese, se cambió de ropa, cogió su mochila y su monopatín y se fue al gimnasio. Serpenteó por las calles, por el atajo que ya se sabía de memoria, hasta salir a la avenida principal, tan atestada de gente que la obligó a cargar su tabla e ir a pie. Un sonrojo leve se adueñó de sus mejillas al ver, desde lejos, a la persona por la que había rechazado el gimnasio de su barrio para escoger el que estaba a más de media hora de su casa...