Siento mucho no haber colgado nada en tantísimo tiempo! He tenido muchos problemas y no he tenido tiempo, a demás de haber pasado por una crisis artística que...bueno, igualmente, aquí está el nuevo capítulo! trataré de subir mucho más a menudo, ya tengo uno preparado que subiré supongo que hoy mismo. En vacaciones tendré mas tiempo libre para continuar. Espero que os guste!
Hicieron la mayor parte del camino en silencio. La tensión se podía cortar con un cuchillo, y la cara de preocupación de Ymir hacía endurecer sus rasgos dándola un aspecto más maduro y peligroso y, por qué negarlo, más hermoso. Shasa la miraba de reojo de vez en cuando, riñéndose a si misma por pensar aquellas cosas en un momento así. Verla de aquella forma, protegiéndola ante aquel hombre, la había hecho cambiar totalmente de parecer con la pecosa. Ahora, la admiraba. Era fuerte y valiente, y no parecía tan mala chica como ella había pensado, aunque seguía siendo una mala influencia. Llegaron a su barrio unos minutos más tarde, y apenas abrió la puerta Ymir se tiró a las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos. Shasa se vio obligada a seguirla el ritmo, o al menos a intentarlo, puesto que no quería hacerla esperar, aunque el correr nunca había sido su actividad favorita a pesar de tener capacidad para ello.
-¡Christaaa!-gritó la glotona al entrar en casa.
-¡¿Qué te ha dicho?!
Entró corriendo en el salón, derrapando en el suelo con sus calcetines. Llevaba puesto un pantalón blanco largo de pijama, iba en sujetador, tenía en la mano una toalla y su pelo goteaba en el suelo. Cuando vio a su profesora, tardó unos segundos en reaccionar. Dio un gritito y se tapó con la toalla, mientras sus mejillas se teñían de rojo. La chica la miró con la boca entreabierta y los ojos brillantes, sin acordarse de que había que tener decoro o algo parecido en situaciones así. Finalmente sonrió de medio lado y se giró hacia la otra.
-Tenéis buenas bienvenidas en esta casa, chica patata.
-¿Q-qué haces aquí?-la rubita se metió en el baño y salió de nuevo, acabando de ponerse una camiseta rosa con un conejito abrazando un oso de peluche.
-Bueno, si la montaña no va a Mahoma...
Carraspeó para indicarla que ya podía mirar, y la invitó con un gesto a sentarse en el pequeño sofá de la sala. Shasa se sentó a su lado, y ella optó por un sillón que había en frente.
-¿Estás enferma o algo?-cruzó las piernas y puso ambos brazos en el respaldo, rodeando con uno de ellos a Shasa por detrás, a lo cual la otra se sonrojó un tanto.
-N-no...es que no me dejó ir el profesor...-fusiló a su amiga con la mirada, aun sabiendo que ella no había pedido ser abrazada.
-Joder, y a mi que me obligan-se despeinó con la mano y, con un movimiento de cabeza, volvió a colocarse el pelo en su lugar.
-S-si...hehe...-la pequeña rubia se había quedado atontada mirándola hacer aquello.
-Es que llegamos tarde, y para no cargárnosla dijimos que ella estaba mala y que yo la había acompañado-explicó la castaña, tratando de salvar a su amiga.
-Oh, qué malas-sonrió con un deje burlón-Seguro que esta noche no podréis dormir por el peso de la conciencia-extendió una mano y movió los dedos, mientras cambiaba el tono de su voz a uno estúpidamente tenebroso.
-Jo, no te rías de nosotras...-la pequeña hizo un mohín con la boca, y fue el turno de la pecosa de quedarse hechizada.
-Diosa...-susurró.
-¿Has dicho algo?
-No, nada, nada...
-¡Oye Christa!-exclamó la otra, rompiendo el momento-¡Me tienes que llevar a cenar! ¡A cenar!-infló los mofletes en un infantil puchero que hizo reír a su amiga.
-Si, si...no me olvidé...
Se puso de pie y se estiró como un gato. Los ojos de la mayor se fueron sin quererlo a la pequeña franja de piel que el gesto había dejado ver en su cadera. La tira de su ropa interior asomaba un tanto por encima del pantalón, los huesos de su cadera sobresalían un poco, y parecía tan suave...
-¿Ymir? ¿Me has oído?
-¿Eh? Oh, no, perdón.
-¿Quieres venir a cenar con nosotras?-repitió amablemente
-Claro...¿por qué no?-sonrió ampliamente.
-Me visto y vamos-se metió en su cuarto, trotando alegremente.
Suspiró y se mordió el labio, viéndola empujar la puerta tras de sí. Solo una pequeña franja se quedó abierta, por la que apenas veía a la chica. A pesar de ello, se quedó embelesada, tratando de apartar la vista sin lograrlo. No entendía quién podría querer herir a aquel ángel terrenal. A su lado, Shasa se pensaba si reprenderla por cotillear cómo la rubia se cambiaba o no. Finalmente, optó por no hacerlo. En aquellos momentos, su mente sólo estaba centrada en el ataque de aquella tarde...y en elegir qué debía pedir primero en el restaurante.
