Natasha se removió de la incómoda silla, tirando de los audífonos y poniéndolo bruscamente en la mesa junto al libro y la pluma. Le dio un vistazo al hombre en la camilla y se dirigió a la puerta, dispuesta a salir de esa habitación que, repentinamente, le parecía sofocante.

¿Nat? —Una voz ronca, pero familiar, le llamó, haciéndola sonreír.

Se giró hacia él, y le murmuró: —Creí que tardarías otros setenta años.

Él sonrió de lado, dejando ver sus dientes.

No podía faltar a nuestra cita.

¿Cuál cita? —Frunció el ceño, mientras se acercaba a la cama.

Tengo una cita contigo, Nat. —Elevó las cejas, enfatizando cada palabra.

¿Desde cuándo? —Había captado el mensaje, pero prefirió hacerse la desentendida.

Desde éste momento. Recordé que no hemos tenido nuestra primera cita. —Las mejillas de Steve se tornaron rosadas y tomó la mano de la pelirroja—. ¿Quieres ir a una cita conmigo?

Una sonrisa se dibujó en el rostro de la espía.

Tienes que salir de esa cama primero.

Una risa seguida de una tos salió de los labios de Steve. Alguien abrió la puerta y ella se giró, viendo al doctor entrar.

Capitán, que bueno que ha despertado.

No podía quedarme otros setenta años durmiendo —bromeó, viendo a Natasha, quien ocultó una gran sonrisa agachando la cabeza y cubriendo su rostro con el cabello.