A los 7 años, ocurrió algo que Tori nunca se imaginaba. Ni en un sus más terribles pesadillas de niña pequeña. Y es que, a la salida de la escuela, cuatro chicos de secundaria, la estaban esperando a la salida. Ella no supo porqué, tampoco es que le diese mucho tiempo a preguntar, porque cuando quiso darse cuenta, estaba siendo arrastrada hasta el callejón que había detrás de la escuela, donde solo una delgada reja, lo hacía distante de la escuela. Ella gritó, gritó a pleno pulmón, creyendo que eran secuestradores los que la habían raptado, así que gritó, chilló, suplicó, lloró, y por último susurró. Un susurro que parecío brillante y mágico. Un susurro que acudió a sus plegarías.

De la nada, Jade estaba allí, con su cara roja por su enfado, con unas tijeras brillantes en mano y con una cara que daba terror. A cualquiera menos a Tori, quien solo podía ver a la pelinegra como su máxima salvadora.

"Este es como uno de esos cuentos que mami siempre me leía antes de dormir. Yo solo la princesa en apuros y Jade es mi caballero azul."

Se quedó un momento pensativa, ignorando la situación.

"Yo no quiero ser una mujer indefensa, quiero ser fuerte e independiente"

Miró a Jade, quien se estaba enfrentando a un chico de cabello rubio, bajito y regordete. La chica estaba a punto de clavarle sus tijeras.

"Pero me gusta que Jade se preocupe por mí..."

Y sonriendo de manera inocente, se levantó y le pegó una patada en la espinilla al único chico que ahora la agarraba. Se sintió libre, pletórica y sobretodo, útil. En su cabeza, todo había sido como una de esas películas que tanto había visto y que tanto adoraba ver. Incluso a Jade le obligaba a verlas, aunque esta siempre fingía que las odiaba.

Cuando se quiso dar cuenta, ambas estaban solas en aquel callejón. Pequeñas, valientes y con la adrenalina por las nubes. Tori se sentía mayor, había hecho frente a un chico grande y le había ganado de una patada en la espinilla... pero Jade, Jade era la mejor, había ganado a tres chicos y no tenía ni un rasguño, no había pedido su ayuda en ningún momento. Quería ser como ella.

Sin pensarlo mucho, besó su mejilla en un acto inocente.

-Muchas gracias, Jade.- Esta vez, besó su nariz.

-De nada, Vega, pero no puedes dejar que te pase nada más de esto. Tú grita tan fuerte como puedas, y esté donde esté, iré a ayudarte.- Ahora fue la pelinegra quien besó la frente de la menor, quien rió de forma dulce y sonora.

-Entonces serás como mi príncipe.- Miró los labios de la mayor, preguntándose si debía besarla. Los principes y las princesas se besaban, ¿no?

-¿Y tú mi princesa?

Tori asintió repetidamente.

-Pero no indefensa.- Aclaró. Porque ella era fuerte, y se podía valer por si misma.

-Claro.- Jade iba a decir algo más, pero la medio latina la besó, callándola totalmente.

Ese beso se sintió bien, profundo, cariñoso y sobretodo inocente. Pero estaba bien, porque eran niñas pequeñas y solo estaban jugando a los príncipes y las princesas, después de una ardua situación.

"Pero fue Tori quien se dió cuenta que desde ese día, algo cambió dentro de ella, haciendo que viera a Jade con mejor ojos, si es que eso era posible."


No es como una continuación, pero vosotros pedísteís que siguiera y bueno... aquí está un pequeño apartado. El día que Tori se dió cuenta de que Jade era algo más que su amiga, era su princesa salvadora, que aunque no era de color azul, el negro también estaba bien, ¿no?.

¡Os quiero mucho y espero veros pronto!

(Si seguís queriendo continuación, dejad en los comentarios :D)