Parece que los tres días de lluvia en mi ciudad han conseguido hacer florecer mi inspiración! Es un one-shot un tanto melancólico, pero creo que al final merece la pena^^
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Prompt: "Bajo la lluvia"
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Haymitch dejó el vaso sobre la mesita de café, recostándose por completo boca arriba en el sillón. La lucha contra el alcohol no había sido fácil en el Distrito 13, con todo el malestar que le había generado el síndrome de abstinencia. Una vez de regreso a casa, con Katniss completamente ausente en su propio mundo y sin nadie más para mantenerle a raya, la tentación había sido demasiado grande. Las pesadillas tampoco habían ayudado. En el momento en el que sus labios probaron de nuevo el más que familiar líquido, Haymitch estuvo perdido. Y una vez cometido el desliz, el temor a pasar por un nuevo síndrome de abstinencia fue demasiado grande, así que el vencedor simplemente retomó sus viejos hábitos. Un año pasó en un abrir y cerrar de ojos.
Peeta había vuelto al Distrito 12 hacía un mes. No estaba recuperado y probablemente nunca lo estaría (aunque siendo sinceros, ¿alguno de los supervivientes de la guerra lograría recuperarse algún día?), pero al menos sí que había conseguido rehabilitarse lo suficiente como para poder volver a casa. Con Katniss. Con Haymitch. Y dejando a Effie atrás.
Effie. Al finalizar la guerra, la escolta se había quedado en el Capitolio, con la esperanza de reconstruir su vida en el lugar que la había visto nacer y crecer. Haymitch sabía que la mujer había mantenido un contacto más o menos regular con Katniss durante el último año, mediante alguna llamada telefónica una vez cada mes o dos meses. Desde la vuelta de Peeta, sin embargo, dichas llamadas se habían vuelto semanales. A fin de cuentas, había sido Effie la que se había encargado de hacerle compañía durante su rehabilitación, así que era evidente que el vínculo que habían formado durante esos meses en el Capitolio no iba a romperse de un día para otro.
Haymitch había hablado con ella en un par de ocasiones en todo este tiempo, aunque la conversación había sido tan tensa que él había hecho todo lo posible por evitar esa situación. Algo que tampoco era muy complicado, por otro lado. Effie era una persona de costumbres y de horarios, así que Haymitch intentaba no estar localizable durante las horas en las que ella solía llamar. A fin de cuentas, ambos adolescentes siempre solían comentar entre ellos lo hablado durante la llamada, así que solo era cuestión de rondar su casa cada vez que quería enterarse de algo relacionado con la escolta.
– Creo que está mintiendo – comentó Peeta. Haymitch, desde la calle, podía verle y escucharle a través de la ventana. El rubio estaba manipulando algo sobre la encimera de la cocina, dándole la espalda a Katniss – Cuando dice que todo va bien. Creo que es mentira.
– ¿Por qué iba a mentirnos?
– No lo se… ¿para no preocuparnos?
– Si el motivo es ese, no está funcionando – replicó, frunciendo ligeramente el ceño – porque tú estás preocupado y por tu culpa ahora yo también estoy preocupada – buscando el confort que solo el rubio podía proporcionarle, se acercó hasta él y lo abrazó por detrás, apoyando el mentón sobre su hombro –¿Crees que nos está ocultando algo?
– Verás… cuando empezaron a darme permisos para poder salir a la calle, Effie solía acompañarme. Nunca llegué a decirle nada, pero me di cuenta de cómo la miraba todo el mundo – Peeta dudó durante unos instantes, buscando las palabras más adecuadas – Creo que los del capitolio la rechazaban por haberse aliado con los rebeldes y que la gente de los distritos tampoco la acepta por todas las cosas que hizo durante sus años como escolta – el adolescente giró sobre sus talones, mirando a Katniss a los ojos – Antes nos teníamos el uno al otro pero ahora… me da miedo que se haya quedado sola allí.
Desde el inicio del gobierno de la presidenta Paylor, el tráfico de personas entre todos los distritos de Panem se había abierto para todo el mundo y eran muchos los ciudadanos que habían decido trasladarse, dejando atrás los recuerdos y las penurias de su hogar anterior. De esta manera, muchos de los habitantes de los distritos habían empezado a instalarse en el Capitolio.
– La próxima vez que llame deberíamos invitarla a pasar una temporada aquí en el 12 – propuso la chica, tras tomarse unos segundos para sopesar las consecuencias de sus palabras. No era un secreto para nadie que su relación con Effie había sido tortuosa a lo largo de los Juegos, pero tras la guerra, después de descubrir que la mujer había sido arrestada y torturada por apoyar la rebelión… Si cerraba los ojos aún podía recordar esa mirada vacía que portaba Effie tras ser rescatada, como si una parte de ella hubiese muerto durante el cautiverio.
– Ya lo hice, antes de regresar aquí. Invitarla a venir conmigo, me refiero – confesó Peeta – Pero creo que Effie prefiere estar sola allí y fingir que no pasa nada antes que enfrentarse a la gente del 12 – aunque casi todo el mundo sabía de su participación en la rebelión, los años de trabajo como escolta no podían borrarse de la memoria colectiva del Distrito de un plumazo. Las miradas reprobatorias de sus vecinos eran soportables, pero las miradas de todos esos padres cuyos hijos habían muerto en sus manos… – El tema solía causarle bastante ansiedad, así que tampoco le insistí mucho.
Ambos se quedaron en silencio durante unos instantes.
– ¿Crees que aún le culpa por lo sucedido?
– No lo se…
Haymitch retrocedió unos cuantos pasos, alejándose de la ventana antes de ser descubierto. Tampoco estaba seguro de querer seguir escuchando la conversación. Sin hacer el más mínimo ruido, volvió a su casa, abrió una de las múltiples botellas de alcohol que tenía guardadas en la cocina y se sirvió una copa. Antes de llegar al salón, ya había rellenado el vaso un par de veces. A continuación, dejó el recipiente sobre la mesita de café y se tumbó en el sillón. No recordaba haberse quedado dormido, pero definitivamente tuvo que hacerlo, ya que cuando volvió a ser consciente de su alrededor, había anochecido y una gran tromba de agua caía sobre el Distrito 12.
La última vez que había hablado con Effie, hacía cuatro o cinco meses, también había habido tormenta. Un relámpago particularmente intenso había sacudido el apartamento de la mujer, haciendo tanto ruido que Haymitch fue capaz de escucharlo al otro lado del teléfono. En ese momento, ella había emitido un pequeño jadeo y se había quedado completamente en silencio, respirando agitadamente. Al final, había terminado confesando que, entre otras muchas cosas, los ruidos estridentes solían recordarle a las semanas que pasó encarcelada en el Capitolio, desencadenando auténticos ataques de pánico. En lugar de intentar reconfortarla, Haymitch se inventó una excusa algo penosa y finalizó la llamada. Al parecer, el sentimiento de culpa por haberla dejado atrás durante la guerra aún seguía siendo demasiado fuerte como para poder hablar de las secuelas de Effie como si nada. Desde ese día, durante las noches de tormenta, Haymitch había bebido sin parar hasta desmayarse.
"¿Crees que aún le culpa por lo sucedido?"
Un nuevo relámpago hizo retumbar las paredes. Haymitch no se inmutó demasiado, con los sentidos adormecidos por el exceso de alcohol.
– Si no me culpas deberías hacerlo, princesa. Yo lo haría – dijo, hablando en voz alta y arrastrando las sílabas. Volvió a llevarse el vaso a los labios, pero una vez vacío, no volvió a llenarlo. Quería olvidar, sí, pero tampoco era su intención terminar vomitando sobre la alfombra del salón.
Durante las semanas posteriores al rescate, Effie se había negado a verle o a hablar con él. Ni siquiera se había despedido cuando Katniss quedó a su cargo y ambos fueron obligados a regresar al Distrito 12. Su relación mentor-escolta había sido larga, evolucionando a lo largo de los años, pero nunca había pasado de ahí. Por eso mismo, a Haymitch no pareció temblarle la mano al tomar la decisión de marcharse al Distrito 13 sin ella, dejándola a merced del Capitolio. Su estatus de ciudadana y de escolta debería de haber sido suficiente como para garantizar su seguridad, pero no fue así. A Haymitch nunca se le pasó por la cabeza que Snow terminaría convirtiéndola en una prisionera más, reteniéndola y dejando que sus esbirros la torturasen sin piedad durante semanas en busca de una información que ella no tenía. Aún así, Effie se había mantenido leal a él y a los niños, aún cuando ninguno de los tres llegó a merecérselo de verdad. Quizá Peeta, ya que el pobre solo había sido una víctima más. Seguramente Katniss en sus ratos buenos. Pero definitivamente, él no.
El enfado tampoco duró demasiado tiempo, y aunque Haymitch nunca llegó a disculparse, pronto empezó a retomar el contacto con la mujer, a través de Katniss y el dichoso teléfono.
Tal vez debería pedirle perdón, por fin. Tal vez debería convencerla para que aceptase la invitación de Peeta. Aunque al principio sería difícil, estaba convencido que bajo su protección Effie no tendría tantos problemas para adaptarse al Distrito 12, y a los niños les vendría bien tenerla cerca. No le gustaba admitirlo, pero incluso él había echado de menos su voz chillona y su obsesión por la puntualidad y los modales. Durante esa última llamada telefónica había estado a punto de decírselo, pero entonces, la tormenta había empezado y todo se había ido al garete.
Haymitch emitió un sonoro suspiro, tanteando la mesita de café en busca de la botella para beber directamente de ella. Un par de gotas de licor resbalaron por su barbilla, perdiéndose en la tela de su camiseta. Fuera, la tormenta seguía su curso sin intención alguna de detenerse en un futuro cercano.
Estaba a punto de quedarse dormido de nuevo cuando el sonido de tres pequeños golpes en la puerta consiguió espabilarle. Un nuevo relámpago hizo temblar el suelo bajo sus pies y el repiqueteo sobre la madera se volvió más insistente. Refunfuñando, Haymitch dirigió sus pasos hasta la entrada, tambaleándose ligeramente hasta que consiguió recuperar el equilibrio al apoyar la mano sobre una de las paredes. Abrió la puerta de forma brusca, con una expresión molesta dibujada en su rostro.
La imagen frente a sus ojos consiguió dejarle sin palabras. Una mujer calada hasta los huesos estaba plantada frente a él, inmóvil, con los dientes castañeándole con fuerza debido al frío. El pelo rubio se pegaba a su rostro, al igual que lo hacía la tela de su vestido y del fino abrigo que llevaba puesto, completamente inapropiado para el clima del 12. Sus labios estaban empezando a tomar una tonalidad azulada, pero nada se comparaba al azul de su mirada. Esos ojos eran inconfundibles.
– ¿Effie? – en ese momento, un nuevo relámpago retumbó por la Aldea de los Vencedores.
– O-odio las t-t-tormentas… – tartamudeó en un tono de voz prácticamente inaudible. Haymitch no estaba seguro de si el temblor de su cuerpo se debía a la baja temperatura o al miedo. Ella no hizo intención por moverse o por entrar al interior de la casa, simplemente continuó ahí parada, temblando sin parar y con la mirada clavada sobre la del hombre.
– ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
– Peeta… P-Peeta – a pesar de los balbuceos, Haymitch fue capaz de entenderla. Tampoco era algo tan difícil, teniendo en cuenta la conversación que había escuchado horas atrás – El t-tren llegó c-con retraso… N-no quería m-molestarles…
– Así que en lugar de eso, vienes a aporrear mi puerta en mitad de la noche. Yo también tengo derecho a descansar, ¿sabes? – replicó el mentor, utilizando ese tono de voz a medio camino entre broma y reproche. Ella volvió a estremecerse y él frunció el ceño – Estamos a dos semanas del comienzo del invierno, ¿cómo se te ocurre ponerte eso? ¿No existen los paraguas en tu adorado Capitolio?
– ¡M-modales H-Haymitch! – exclamó, aunque el sonido del castañeo de sus dientes le quitó cualquier atisbo de intimidación, por pequeño que fuese – C-cállate, hazte a u-un lado y d-déjame p-pasar.
Aún estaba tratando de superar el shock que había supuesto el verla ahí parada después de tanto tiempo, pero el verla temblar de nuevo fue motivación suficiente como para forzar su cuerpo a moverse, echarse a un lado y permitirle el paso al interior de la casa. El salón no estaba demasiado limpio ni ordenado, pero al menos no era el cobertizo mugroso que había sido en el pasado. Dejándola sola durante unos minutos, Haymitch subió escaleras arriba en dirección a su habitación, con la intención de buscar algo de ropa seca.
– Toma – ella murmuró unas palabras de agradecimiento, pero el sonido no llegó hasta sus oídos – Mañana por la mañana Katniss podrá dejarte algo de tu talla – añadió Haymitch, girando sobre sus talones para darle la espalda y algo de intimidad para poder cambiarse.
Por un momento, el hombre temió que todo lo ocurrido no fuese más que una alucinación, una mala jugada de su cerebro víctima del alcohol. Sin embargo, el sonido de los pies desnudos de Effie sobre la madera del suelo y de la ropa empapada cayendo era inconfundible.
– Ya puedes darte la vuelta – murmuró Effie después de un par de minutos. Aún estaba destemplada, pero al menos sus labios habían empezado a recuperar un tono rosado más saludable y su cuerpo había dejado de temblar. Sin peluca, maquillaje y metida dentro de la camiseta de Haymitch, la escolta parecía más pequeña y frágil que nunca. Los extremos de su cabello comenzaron a ondularse a medida que fueron secándose.
– Chaff me debe una botella del mejor vodka del Capitolio – la escolta le miró con cara de circunstancia, arqueando ligeramente una ceja – Eres rubia – por supuesto, Haymitch y Chaff habrían hecho una apuesta en el pasado sobre algo así. Effie rodó los ojos hacia un lado, sintiéndose un tanto cohibida al ver que los segundos seguían pasando y el hombre no le quitaba los ojos de encima.
– Quería pasar desapercibida. Supuse que una peluca y maquillaje no eran la opción más adecuada – justificó.
– Un vestido de verano en mitad de una tormenta tampoco me parece muy adecuado, princesa – replicó Haymitch, siendo ahora su turno para enarcar la ceja – A menos que tu intención fuese morir de una neumonía.
Effie lo fulminó con la mirada, aunque no dijo nada al respecto. Si se ponían a discutir sobre su falta de acierto a la hora de elegir su vestuario, probablemente terminarían comentando el curioso hecho de que hubiese aparecido en el Distrito 12, en mitad de la noche, sin equipaje alguno. Ya habría tiempo para hablarle de lo penosa que había sido su vida en el Capitolio desde que Peeta se había marchado, de lo extraña que se sentía en su propia ciudad y de lo mucho que le había echado de menos a pesar de todo lo que había pasado durante la guerra.
Los ojos de Effie repararon en la botella a medio beber que había sobre la mesa. Sorprendentemente, en lugar de recriminar a Haymitch el haber retomado el consumo, se encontró a sí misma cerrando sus labios alrededor de la apertura y dando un buen trago. El líquido le quemó la garganta y el estómago, pero también sirvió para calmar los nervios. Sin soltar la botella, Effie caminó hasta la ventana del salón, apoyando la palma de la mano que le quedó libre sobre la superficie fría del cristal. Segundos más tarde, pudo sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Haymitch prácticamente pegado a su espalda.
–Las luces de su casa están encendidas – comentó el mentor. Desde la ventana, podía verse con total claridad que las lámparas de la cocina de Peeta y Katniss seguían encendidas y que probablemente nunca habían llegado a apagarse.
– Lo se – replicó ella, tomando un nuevo trago de la botella, sin despegar la mirada del cristal.
– Podrías haber ido allí entonces – insistió Haymitch, poniendo de manifiesto que el principal motivo de Effie para llamar a su puerta acababa de convertirse en una excusa bastante inútil. Ella había acudido a él para no despertar a unos niños que, curiosamente, en ningún momento habían estado durmiendo.
– Lo se.
– ¿Entonces qué haces aquí? – susurró el mentor, agachando ligeramente la cabeza, de manera que sus labios terminaron rozando la piel de la oreja de ella al moverse. Effie recostó la espalda levemente contra el pecho de él, cerrando la distancia que les separaba. Tanteando a ciegas, la escolta terminó dando con una de las manos de Haymitch y la forzó hacia adelante, de manera que finalmente su brazo terminó alrededor de su cintura, acercándola más a él. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
– Cállate, Haymitch.
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¡Y eso es todo por hoy! Si tenéis alguna sugerencia no dudéis en dejarla en los comentarios :)
