¡Basta ya de dramas! Hoy me he despertado con el día dulce :3
Para este one-shot me he basado en los acontecimientos ocurridos en Sinsajo parte II, donde Effie nunca es capturada por el Capitolio, y en su lugar, se marcha al Distrito 13 con Haymitch y los demás.
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Prompt: "Effie se queda embarazada en el Distrito 13"
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Effie se estaba asfixiando. El aire había dejado de llegar hasta sus pulmones en el mismo instante en el que había visto el resultado de la prueba. ¿Cómo podía haber sido tan descuidada? Había estado tan preocupada en colaborar en la rebelión, en hacerse cargo de Katniss, en el juicio, en participar en la reconstrucción del Capitolio… en tantas cosas que había pasado por alto todos los síntomas que venían sucediéndose en su cuerpo desde hacía varias semanas.
Ahora, con el test de embarazo positivo entre sus manos, todo había empezado a encajar: el malestar a primera hora de la mañana, los calambres, la ausencia de manchas rojas en su ropa interior desde hacía más tiempo del que era capaz de recordar… Señales que ella había achacado al gran estrés sufrido, pero que en realidad avisaban de algo completamente diferente. Effie ocultó su rostro entre las manos, respirando agitadamente tras recordar de nuevo cómo se hacía. Ella siempre había sido extremadamente cuidadosa en las relaciones que había mantenido en el pasado, ya fuesen algo serio o simple diversión para un rato. Pero en esa última noche en el Distrito 13, justo antes de que las fuerzas rebeldes entrasen en el Capitolio, se había dejado llevar por la desesperación y se había acostado con Haymitch ante la posibilidad de que esa fuese la última ocasión en la que ambos estuviesen con vida, sin pensar en las consecuencias.
– Oh Dios mío, Haymitch… – murmuró, percatándose por primera vez de que el hombre aún no sabía nada de la noticia. Aunque por otro lado, ¿cómo iba a saberlo? Effie se había quedado en el Capitolio y el mentor había regresado al Distrito 12 hacía casi cuatro meses atrás. Él le había pedido que mantuviese el contacto y ella había cumplido su palabra gustosamente, llamando por teléfono al menos una vez a la semana para saber de él y de los adolescentes a su cargo. Hasta ahora no les había ido mal así, pero un embarazo lo complicaba todo.
Para nadie era un secreto que Haymitch no quería niños, así que Effie no sabía cuál podría ser la reacción del hombre ante la noticia. Lo que más le preocupaba es que pudiera producirle una recaída en el alcohol, después de que el síndrome de abstinencia casi acabase con su vida durante su estancia en el 13. Esto descartaba, por tanto, la posibilidad de comunicarle lo ocurrido por teléfono. Sin darle más vueltas al asunto, Effie comenzó a hacer la maleta, con la intención de coger el próximo tren que saliese del Capitolio.
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– ¿Effie?
– ¿Sorprendido de verme? – replicó ella, dibujando una sonrisa en su rostro. Por dentro, sentía que iba a desplomarse en cualquier momento, pero por fuera trató de mantener una apariencia tranquila y parlanchina. Había elegido una peluca anaranjada para la ocasión, maquillaje mucho más suave que en sus años como escolta y un vestido que disimulaba la incipiente hinchazón de su abdomen.
– Te hacía en el Capitolio, princesa, así que no puedes culparme por ello – respondió. Su aspecto había mejorado ligeramente en este tiempo, indicando que su cuerpo finalmente estaba empezando a acostumbrarse a la sobriedad. Sin embargo, el temblor de las manos seguía siendo notable si se prestaba atención – Veo que sigues teniendo el mismo sentido horrendo de la moda. Algunas cosas no cambian nunca – añadió.
– Y tú sigues teniendo exactamente la misma falta de modales – ambos cruzaron miradas durante un instante, fulminándose mutuamente – ¿Vas a dejarme entrar o no?
Tras poner los ojos en blanco, Haymitch se hizo a un lado, permitiéndole el paso al interior de la vivienda. Nunca lo diría en voz alta, pero el corazón le había dado un vuelco al verla de pie frente a su puerta después de tanto tiempo.
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A medida que las horas fueron pasando, la fachada de aparente tranquilidad que Effie había mostrado desde su llegada se fue derrumbando poco a poco. Sus manos habían empezado a temblar casi más que las del hombre, y aunque ella estaba haciendo su mejor esfuerzo por ocultarlas, el detalle no había pasado desapercibido. Haymitch frunció el ceño ligeramente.
– ¿Cuánto tiempo más tiene que pasar para que me digas la verdad? – Effie se hizo la sorprendida – Vamos, princesa, después de tantos años aguantándote creo que se reconocer perfectamente cuando mientes – perdiendo los nervios por completo, la escolta empezó a llorar, ocultando su rostro entra las manos. Haymitch se tensó visiblemente, ya que el estallido le había pillado por sorpresa – ¿Effie?
– Estoy embarazada.
– ¿Qué?
– Estoy embarazada – volvió a repetir. Ya está. Ya estaba hecho – M-me… me enteré ayer. Es tuyo.
La mirada desencajada de Haymitch se clavó sobre el abdomen de Effie, cubierto por la tela del horroroso vestido que llevaba puesto. Instantes más tarde, el hombre se levantó abruptamente del sillón, empezando a caminar por el salón de la casa en círculos, como si se tratase de un animal enjaulado.
– Creo que necesito una copa… – dijo finalmente. Siguió con la caminata durante algunos minutos más, pasándose los dedos a través del pelo con cierta desesperación – ¿Vas a tenerlo?
– Es demasiado tarde como para plantear otras alternativas – respondió Effie, aunque en ningún momento se le había pasado por la cabeza la idea de deshacerse del bebé. Demasiados niños muertos en su vida como para añadir a su propio hijo a la lista – No he venido a pedirte nada, pero creo que al menos tenías que saberlo – los ojos azules de ella se mostraban comprensivos, sin un ápice de acusación, lo que solo hizo sentir a Haymitch un poco más culpable por estarse planteando el dejarla o no sola con todo lo que estaba pasando.
No estaba preparado para esto. Un bebé nunca había estado entre sus planes, sobre todo después de la muerte de su familia. Incluso si esa desgracia no hubiese ocurrido, Haymitch había tenido claro desde el instante en el que había ganado los Juegos que jamás tendría descendencia. Los hijos de los Vencedores, antes o después, terminaban siendo cosechados para goce y disfrute del Capitolio. Por otro lado, él era un borracho en rehabilitación, Effie era una ex-escolta y ambos ni siquiera eran pareja. Su relación se limitaba a unos cuantos besos aquí y allí a lo largo de los años y a una noche en el Distrito 13.
– ¿Haymitch? – al parecer, llevaba el suficiente tiempo en silencio como para empezar a preocuparla. La mirada del mentor se clavó sobre Effie. Tal vez, tampoco era tan malo. Los Juegos ya no existían, ningún hijo suyo tendría que enfrentarse a esa pesadilla. Finalmente, dejó de comportarse como un león enjaulado y volvió a sentarse en el sillón.
– Lo siento…
Effie interpretó la disculpa como una manera de decirle que no quería saber nada de ella ni del bebé, así que tras soltar un pequeño suspiro, se puso en pie y dirigió sus pasos hacia la puerta de la casa.
– ¿A dónde diablos vas, princesa?
– Había reservado una habitación en la posada del pueblo por si acaso, así que no te preocupes – replicó ella, no deteniéndose hasta que sintió como la mano de Haymitch se cerraba alrededor de su muñeca, impidiéndole seguir con su camino.
– ¿La peluca por fin ha arraigado en tu cerebro o qué? – gruñó, frunciendo el ceño – Me estaba disculpando por haber actuado así antes. No… no quiero que… – los sentimientos nunca habían sido su especialidad, así que el hombre no parecía encontrar las palabras adecuadas – Deberías pasar la noche aquí, es demasiado tarde como para que estés andando por ahí sola.
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Cinco meses después, Effie rompió aguas en plena noche.
Aunque su primer impulso fue el de meterse en el tren y huir lejos, Haymitch logró mantener la calma y no se movió de su lado durante las largas horas de contracciones, insultos, gritos y llantos. A pesar de los meses que habían transcurrido, el mentor seguía sin sentirse preparado para asumir semejante responsabilidad. Y probablemente no lo estaría nunca, pero ya no había vuelta atrás. Tras un último grito agónico, un llanto suave inundó la habitación.
La comadrona cortó el cordón umbilical del bebé y a continuación lo colocó boca abajo sobre el pecho de la recién estrenada madre, cubriéndolo con una toalla para que no perdiera calor. Effie había empezado a llorar, acariciando la espalda y la mejilla del recién nacido con manos temblorosas.
– Tenemos una niña, Haymitch – la voz cansada de la escolta consiguió devolverle a realidad. Se había quedado tan paralizado con la imagen del bebé emergiendo en este mundo que ni siquiera se había fijado en el sexo – Es tan bonita…
El hombre estudió más detenidamente a la pequeña, que había terminado calmándose al estar en contacto con la piel de su madre. Era pequeña, muy pequeña, con una capa de pelo rubio tan fino que apenas era apreciable. Parecía tan frágil y tan indefensa que el nuevo padre no se atrevió ni a rozarla con la punta de los dedos.
– Cógela – pidió Effie, mientras que empezaba a maniobrar con la niña entre sus brazos, con la ayuda de la comadrona. La cara de Haymitch debió ser un auténtico poema, ya que a pesar del dolor y del cansancio, una sonrisa burlona se dibujó en sus labios al verle – El parto aún no ha terminado y no quiero que se quede sola – explicó, esperando que el argumento consiguiera convencerle. Tras expulsar la placenta, tendría que asearse y ponerse ropa limpia, por lo que lo lógico era que el padre se quedara momentáneamente con el bebé.
La comadrona, estando más que acostumbrada a tratar con padres primerizos asustados, cogió al bebé y prácticamente lo soltó sobre el regazo de Haymitch, forzándole a tener que sostenerla si no quería dejarla caer al suelo. La niña emitió un quejido, mostrando su incomodidad. De manera instintiva, aunque un tanto rígida, el mentor reajustó a la pequeña entre sus brazos, consiguiendo aplacar el llanto inminente. Effie le guiñó un ojo a la otra mujer con gesto cómplice.
– Lo estás haciendo bien – habló, tratando de despejar las dudas del hombre.
Haymitch volvió a clavar la mirada sobre su hija. Su hija. Nunca había pensado que llegaría a ser el padre de nadie, y sin embargo, aquí estaba. La comadrona volvió a situarse entre las piernas de Effie, controlando que el parto finalizase sin incidentes. Mientras tanto, el mentor tomó asiento junto a la cama, meciendo a la niña de forma inconsciente hasta que consiguió dormirla. Tal vez, los cosas irían bien a partir de ahora. Quizá, por primera vez en su vida, la suerte estaría por fin de su parte.
– Hola, princesa – susurró en un tono de voz tan bajo que ni siquiera Effie llegó a escucharle. Relajándose por fin, una pequeña sonrisa apareció en sus labios – Creo que soy tu papá.
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Espero que no me haya quedado muy OC .
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