Para este one-shot me ha tocado hacer un buen ejercicio de memoria para mantenerme lo más fiel al libro posible! Espero no haber metido la pata .
De momento, con casi 5.000 palabras, este capítulo se lleva el premio al más largo!
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Prompt: "Me gustaría leer algo sobre cómo actuaron Haymitch y Effie mientras Katniss y Peeta estaban en los primeros juegos!" - IAmPeterPan
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Todo había empezado con la llegada del primer tributo voluntario en la historia del 12. Por primera vez, los ojos del Capitolio habían prestado atención al Distrito más pobre de todo Panem por algo que no fuese Haymitch vomitando borracho, Haymitch tropezando borracho o Haymitch avergonzando a Effie borracho. Era un cambio agradable, sobre todo, porque el mentor había recuperado la esperanza por primera vez desde hacía veinticuatro años. Él le había prometido a los niños que controlaría su consumo de alcohol durante la duración de los Juegos, y contra todo pronóstico, había cumplido su palabra, sorprendiendo gratamente a todos los que le conocían desde hacía años.
"Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!"
En cuanto estuvieron seguros de que Katniss y Peeta habían salido ilesos del baño de sangre de la Cornucopia, Haymitch se levantó del sillón y abandonó la sala de visionado de la sede central de los juegos para empezar a trabajar con la lista de patrocinadores que le había proporcionado Effie, dejando a la escolta completamente pasmada.
– ¿Te vas a quedar ahí sentada perdiendo el tiempo todo el día o vas a venir? – gruñó el hombre, al ver que Effie seguía sentada en el sillón sin moverse. Como si se hubiese pinchado en el trasero con un alfiler, la mujer saltó sobre sus pies y en un abrir y cerrar de ojos alcanzó al mentor, caminando a su lado sin terminar de creerse que, por primera vez en seis años, Haymitch Abernathy fuera a acompañarla a hablar con los patrocinadores.
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Al parecer, debajo de esa capa de rudeza, falta de modales y alcohol, el mentor del Distrito 12 podía llegar a ser encantador si se lo proponía. Tenía un ingenio extremadamente perspicaz, un sentido del humor agradable y un rostro más que conocido después de tantos años en televisión que provocaba curiosidad por llegar a conocerle. La historia de los amantes trágicos y la presencia conciliadora de Effie fue más que suficiente para que, al final de la jornada, varios patrocinadores se hubiesen mostrado interesados en seguir manteniendo el contacto con él.
– Los dos han sobrevivido – comentó Effie, una vez que el himno del Capitolio hubo terminado, anunciando los nombres de los fallecidos – Creo que nunca habíamos conseguido llegar al final del primer día con dos tributos vivos – Haymitch se dejó caer a su lado en el sillón, con una copa entre las manos. La escolta frunció levemente el ceño.
– ¿Qué? No he bebido en todo el día, he hablado con los patrocinadores… Me lo he ganado – rebatió, emitiendo un pequeño gemido de alivio cuando el ansiado licor llegó hasta su estómago. Effie no insistió más en el tema, aceptando sus argumentos.
– Deberíamos brindar, entonces – añadió ella, levantándose para poder servirse otra copa, aunque sin llenarla tanto como la del mentor – Por Katniss y Peeta, porque la suerte este siempre de su parte y se alcen con la victoria este año.
– Solo han sobrevivido un día, preciosa – replicó Haymitch, que ni de lejos parecía compartir el optimismo y el entusiasmo que desprendía la escolta. Sin embargo, Effie volvió a fruncir el ceño, empujando su copa hacia adelante. Tras rodar los ojos hacia un lado y refunfuñar entre dientes, el mentor elevó su propio vaso y ambos recipientes de cristal chocaron en el aire.
– ¡Magnífico!
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Durante la mañana del tercer día, las cosas empezaron a ponerse serias. Peeta había conseguido mantener su plaza en el grupo de los tributos profesionales, pero Katniss no estaba teniendo tanta suerte. Effie entró en la sala de visionado, con una carpeta entre las manos.
– Vale, tenemos suficiente como para poder mandar la botella de agua y que nos siga sobrando dinero para algún imprevisto – comentó la mujer, tras repasar las cuentas por enésima vez.
– Perfecto. Sigue haciendo tratos y hablando con los patrocinadores – respondió él, sin despegar la mirada de la pantalla ni hacer intención por moverse de donde estaba. La cámara enfocaba el rostro de Katniss, que se debilitaba minuto a minuto debido a la falta de líquido. Llegado el momento, incluso empezó a suplicar en voz alta, con la esperanza de que su mentor pudiera escucharla.
– ¿Voy dando aviso para que lancen el paracaídas? – solo los mentores podían transformar el dinero de los patrocinadores en regalos, así que lo único que podía hacer Effie en este caso era tenerlo todo preparado para cuando Haymitch diese el visto bueno al envío.
– No.
– Fantástico, volveré en cinco minut- espera, ¿qué? ¿No? ¿Cómo que no?
– Katniss está demasiado cerca del estanque, solo es cuestión de tiempo.
– ¿Cuestión de tiempo? ¡Se está muriendo! – exclamó, horrorizada.
– ¡Solo tiene que darse cuenta de lo que tiene delante de sus narices!
– Pero…
– He dicho que no – sentenció Haymitch, dando por finalizada la conversación. Su mirada gris volvió a clavarse sobre la pantalla, observando el rostro desesperado de la adolescente con el ceño fruncido. A Effie no le quedó otra que sentarse a su lado, derrotada, esperando que un milagro hiciera cambiar de opinión al mentor antes de que fuese demasiado tarde.
Las horas siguieron pasando. Katniss siguió suplicando, con los labios agrietados y la voz ronca. Haymitch siguió impasible, observando la escena con las manos entrelazadas por delante de la nariz y los codos apoyados sobre las rodillas, en actitud pensativa. Effie solo se iba desesperando más y más, perdiendo los nervios al ver que el mentor estaba dispuesto a dejar que su único tributo con posibilidades de ganar los juegos muriera por no enviarle una triste botella de agua.
– Haymitch… Haymitch, por favor… – susurró la escolta, con los ojos llorosos.
– No. Ya casi ha llegado, solo unos metros más y lo habrá conseguido – pero entonces, Katniss cayó sobre el suelo, dándose por vencida. Effie se llevó ambas manos a los labios, suprimiendo un jadeo – No – volvió a repetir el hombre, anticipándose a la petición de ella – Vamos, preciosa, demuéstrales de qué estás hecha – murmuró después de unos segundos, hablándole a la pantalla.
Entonces, los ojos de Katniss se abrieron de manera brusca, como si de repente hubiese hecho un gran descubrimiento. Hundió las manos en el barro antes de ponerse en pie y recorrer a trompicones los últimos metros que la separaban del estanque. Ese estanque por el que Haymitch tanto había esperado. Una sonrisa radiante se dibujó en los labios del mentor, que se puso en pie de un salto.
– Vamos – dijo, encaminándose hacia la puerta con las energías renovadas – Después de esto, los patrocinadores van a estar más interesados que nunca, es nuestro momento.
Por fin, Effie lo entendió todo. El espectáculo con el agua no había sido más que una estrategia, una muy inteligente que Katniss no había sabido interpretar hasta última hora, para enseñarle a todo Panem las habilidades de supervivencia de la adolescente. No solo había sido cuestión de no malgastar sus fondos en regalos al inicio de los juegos, sino que además, Haymitch había conseguido retratar a Katniss como una persona con recursos, fuerte y astuta. Los patrocinadores se iban a matar por ella.
Effie clavó su mirada azul sobre la silueta del hombre, mirándole por primera vez como algo más que un borracho molesto. Sabía que Haymitch era inteligente y que en el pasado esa característica le había llevado a sobrevivir a los juegos, pero hasta ahora, no había tenido la oportunidad de verle actuar en directo. Había logrado sorprenderla.
Sin perder más tiempo, Effie se apresuró en levantarse y caminar a su lado. Tenían muchas horas de trabajo y negociación por delante.
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Apenas pudieron dormir dos o tres horas aquella noche, ya que, cuando aún quedaban unas cuantas horas para el amanecer, un gran incendio se declaró en la arena. Pronto, auténticas bolas de fuego empezaron a salir de todas partes, haciendo que todos los espectadores contuvieran la respiración cuando una de esas llamaradas alcanzó a Katniss en la pierna y en las manos. La chica en llamas.
Haymitch y Effie no despegaron la mirada de la pantalla durante el resto del día, ni siquiera para ir del ático a la sede central de los juegos. No podían arriesgarse a que algo más ocurriera y que ellos no estuviesen ahí para verlo. De momento, tenían suficientes patrocinadores como para permitirse faltar en la sede durante unas cuantas horas.
Finalmente, el cansancio terminó haciendo mella en Effie, que tras dar un par de cabezadas, terminó quedándose profundamente dormida en el sillón. Curiosamente, Katniss acababa de hacer exactamente lo mismo en la arena. Haymitch optó por dejarla dormir, por lo que abandonó el ático en solitario, rumbo a la sede de los juegos para realizar una serie de gestiones y comentar lo ocurrido con los patrocinadores. Al caer la noche, el mentor estaba de vuelta, encontrándose con una Effie muy despierta sentada a la mesa. Cinna y Portia estaban con ella. Seguramente, habría tomado una ducha durante su ausencia, ya que ni la peluca, ni el vestido, ni el maquillaje eran como él los recordaba horas atrás.
Al final de la cena, y con su segunda copa de alcohol en la mano, Haymitch fue testigo de cómo Katniss recibía su primer regalo. Una sonrisa se dibujó en los labios del hombre cuando la adolescente le dio las gracias tras poder curar sus quemaduras. Tras terminar con todo el contenido del vaso de un solo trago, el mentor se retiró finalmente a su habitación, dando por finalizado el día.
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Durante la mañana de la quinta jornada, el nido de las rastrevíspulas cayó sobre Peeta y el grupo de los profesionales, matando a dos de sus miembros. Katniss también resultó herida en el proceso, pero al menos, consiguió hacerse por fin con el arco y las flechas.
– ¿Por qué crees que lo ha hecho? – preguntó Effie, tras ver cómo Peeta dejaba escapar a Katniss, malgastando la que sería, probablemente, su única oportunidad para matarla.
– ¿No es obvio? Para él, la historia de los amantes trágicos es real, no una invención para entretener al Capitolio – respondió el mentor, despegando su mirada de la pantalla ahora que la acción había terminado.
Effie pareció sobrecogerse de manera sincera, mirando al adolescente rubio que aparecía ahora en la televisión con pena. A pesar del maquillaje de payaso y la peluca, Haymitch pudo verla por primera vez como una persona humana, no una simple marioneta del Capitolio sin sentimientos ni empatía por los tributos. Tal vez, de la misma manera que Katniss y Peeta habían conseguido cambiarle a él, también lo habían hecho con ella. Sin embargo, el mentor sabía que no podía permitirse pensar de esa manera. No lo había hecho en todos estos años y no iba a empezar ahora. Así que antes de que su cerebro siguiese indagando en la otra cara que parecía tener Effie Trinket, Haymitch se levantó y se sirvió una copa con el licor más fuerte que encontró.
Katniss permaneció inconsciente hasta la tarde del séptimo día, así que el mentor aprovechó el tiempo de descanso para beber y dormir sin preocuparse por nada más. Peeta seguía en los juegos, pero ante el hecho innegable de que solo uno de los dos podría sobrevivir, el hombre había optado por no torturarse viéndole en la arena. Aunque habían conseguido muchos más patrocinadores que otros años, los fondos seguían sin ser suficientes como para poder permitir que ambos tributos recibieran ayuda y regalos. Haymitch había tenido que decidir entre los dos, aunque su elección había estado muy clara desde el principio.
– ¿Qué estás haciendo? – murmuró el hombre, arrastrando ligeramente las sílabas. Effie estaba sentada en el sillón, frente a la televisión. Aunque ya era tarde, seguía con su atuendo intacto, a excepción de los zapatos de tacón, que descansaban tirados sobre la alfombra. Una copa de vino reposaba sobre la mesa, con restos de pintalabios azul en el borde.
– Cato ha herido a Peeta. Las picaduras tienen mal aspecto también – comentó la escolta. Las imágenes de un Peeta solo y debilitado vagando por la selva reforzaron sus palabras – Si pudiéramos enviarle alguna medicina…
– Princesa, ya sabes qu-
– No, lo entiendo – interrumpió. No quería que Haymitch se lo tomase como un reproche – Solo uno de los dos puede ganar y ella tiene más posibilidades. Pero aún así… me cuesta sentarme aquí a mirar sin hacer nada – Effie recogió los pies sobre el sillón, doblando las rodillas – No es justo. Los dos son buenos tributos, buenos niños… No está bien tener que elegir cuál de los dos puede salir vivo de aquí, como si no tuvieran sentimientos – añadió después de unos segundos en silencio, sorprendiendo a Haymitch. Rápidamente, el mentor acortó la distancia que le separaba del sillón y cogió el mando a distancia que había sobre uno de los cojines. A continuación, subió el volumen de la televisión al máximo – ¿Qué estás haciendo?
– ¿Te has vuelto loca, princesa? – murmuró entre dientes. Ella le devolvió una mirada confusa, sin entender qué estaba pasando – No vuelvas a decir algo así en voz alta, nunca, ¿me oyes?
– ¿Qué? ¿Por qué?
– ¿Después de seis años aún no te has dado cuenta de que hay micrófonos escondidos? – el tono de su voz era tan sumamente bajo que Effie tuvo que concentrarse en leerle los labios para poder entender la frase a la perfección – Esos pensamientos podrían considerarse alta traición al Capitolio, princesa. Gente ha muerto por mucho menos…
La escolta se había quedado completamente en silencio, mirándole fijamente mientras que trataba de asimilar la nueva información. Si días atrás Haymitch la había visto como una persona humana, preocupada por los adolescentes, ahora mismo no podía evitar verla como una niña asustada y confusa.
– Deberías irte a dormir, es tarde – habló finalmente él, poniéndose en pie y desapareciendo por la puerta de su habitación antes de que la conversación pudiera volverse más comprometida. El mentor ya había pagado en el pasado las consecuencias de retar al Capitolio, y aunque la vida de Effie no le importaba lo más mínimo, tampoco quería provocar una situación en la que su escolta pudiera salir malparada.
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Tras la muerte de Rue, los patrocinadores se volvieron literalmente locos. La chica en llamas era la nueva sensación del Capitolio y todo el mundo quería conocer a su mentor en persona. Haymitch estuvo a punto de liarse a puñetazos en más de una ocasión, sobre todo cuando la muerte de la niña era mencionada de manera completamente frívola por individuos con pelucas de colores y atuendos imposibles. Por suerte, Effie había sido capaz de mantener los impulsos del mentor a raya.
Ninguno de los dos había vuelto a sacar el tema de los micrófonos, centrando toda su atención en los juegos y en lo que estaba por venir. Cada vez quedaban menos tributos en la arena, por lo que el final empezaba a ser inminente.
Cuando el regalo del Distrito 11 para Katniss cayó del cielo, Effie hizo un comentario sobre lo bonito y lo emotivo de la situación. Haymitch, sin embargo, tensó los músculos de la mandíbula, forzándose a mantener una expresión neutral al comprender las consecuencias tan graves que podría tener un acto así.
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Durante el atardecer del día diez, el cambio en las reglas fue anunciado.
– ¡Oh Dios mío! ¡Haymitch! – exclamó la escolta, llevándose ambas manos a los labios. Sus ojos empezaron a brillar como nunca, sintiendo que el cielo por fin había escuchado sus plegarias. Sin embargo, la alegría tampoco duró demasiado, ya que cuando Katniss logró dar con Peeta, todo Panem pudo ver el estado tan lamentable en el que se encontraba el muchacho – ¿Crees que sobrevivirá?
– No lo se, princesa – respondió Haymitch – ¿Cuánto dinero tenemos? – preguntó, después de unos segundos, tras evaluar en la medida que las cámaras lo permitieron los daños en el cuerpo del adolescente.
– A medida que van quedando menos tributos el precio de los regalos sube, así que… no demasiado – habló Effie, tras revisar las cifras de su carpeta.
– Tenemos trabajo que hacer, entonces.
Cinco segundos más tarde, ambos estaban saliendo por la puerta del ático en dirección a la sede central de los juegos. Comportándose con una complicidad que ni siquiera ellos sabían que podían llegar a tener, Haymitch y Effie pasaron el resto del día trabajando como un auténtico equipo para encandilar a los patrocinadores. Él se mostraba más bromista y apuesto que nunca, mientras que ella le reía todas las gracias y le hacía ver aún más deseable a los ojos de los demás. Estaba claro que no era más que un teatro por el bien de sus tributos, pero internamente, ambos se dieron cuenta de que el esfuerzo tampoco estaba siendo tan terrible.
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– ¡Oh, vamos! – exclamó Haymitch, con los ojos fijos sobre la pantalla de la sala de visionado – ¿Qué clase de beso es ese?
Peeta estaba intentando despedirse al creer que iba a morir y Katniss había utilizado sus labios para hacerle callar, en lo que había sido el beso más casto, insulso y sin sustancia que había visto en su vida. A su lado, Effie se golpeó la frente suavemente con la palma de la mano.
– Quizá deberíamos haber practicado esa parte antes de mandarles a la arena – comentó Cinna, que acababa de unírseles al visionado de los juegos.
– Demasiado tarde para eso – refunfuñó el mentor, poniéndose en pie para poder manipular la pantalla de un dispositivo que había adherido a la pared de la habitación. En un abrir y cerrar de ojos, un paracaídas llegó hasta las manos de Katniss en la arena.
– ¿Sopa? – Effie, Cinna y Portia hablaron al mismo tiempo, clavando sus miradas sobre Haymitch.
– Vamos a ver si nuestra chica en llamas pilla la indirecta…
No sirvió para conseguir un beso de película, pero al menos, Katniss puso algo más de empeño y de ganas en mostrarse romántica y atenta con Peeta. Probablemente lo suficiente como para que la audiencia estuviera entretenida durante unas cuantas horas, pero no para que los patrocinadores estuviesen dispuestos a gastarse la millonada que empezaba a costar la medicina que necesitaban para la pierna.
Cuando el banquete fue anunciado, el precio se disparó tanto que a Haymitch no le quedó duda alguna de que no podrían comprar la medicina ni aunque todos los ciudadanos del Capitolio les patrocinasen con todos sus ahorros. Los Vigilantes querían un final apoteósico para los juegos, y dejar a la pareja de amantes escondidos en su cueva mientras que su mentor les conseguía todo lo necesario, no entraba en ese plan. Katniss tendría que volver a la Cornucopia. Si la adolescente tenía alguna duda, Haymitch se la despejó al enviarle el somnífero con el que podría dejar KO a Peeta durante unas cuantas horas, lo suficiente para poder ir y volver del banquete sin que él se diese cuenta.
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Haymitch no fue consciente de la fuerza que podía llegar a tener su escolta hasta el momento en el que Clove alcanzó a Katniss en la frente con un cuchillo, haciéndole un corte bastante feo que empezó a sangrar profusamente. Incapaz de contener los nervios, Effie colocó su mano sobre el antebrazo del mentor, clavándole las uñas en la piel, sin despegar los ojos de la pantalla. Haymitch no dijo nada al respecto, ya que no creía que ella fuese consciente de lo que estaba haciendo. Por otro lado, el dolor le mantenía alejado de la tentación de levantarse y beberse hasta la última botella del edificio.
– Oh Dios mío, Katniss… – Effie estaba prácticamente llorando. Incapaz de mantener la mirada en la escena, escondió su rostro en el brazo del hombre.
Ya está. Era el fin. Habían llegado lejos, pero no había sido suficiente. Katniss iba a morir, y si ella moría, Peeta tampoco sobreviviría con semejante infección. Habían sido buenos tributos, pero ni eso había servido para doblegar al Capitolio. Clove iba a despedazar a la chica en llamas, literalmente.
– No mires, princesa – susurró el mentor, en un gesto de amabilidad sin precedentes hacia Effie. Situaciones desesperadas llevaban a hacer cosas desesperadas, sería su excusa en el futuro para justificar ese desliz.
Sin embargo, justo en el último momento, el tributo del Distrito 11 hizo su gran aparición, salvando a Katniss cuando todo el mundo la daba por muerta. Haymitch emitió un grito de júbilo, levantando ambos puños en el aire. El cambio de posición sirvió para que Effie se viera obligada a volver a mirar la pantalla, descubriendo que la adolescente seguía sana y salva. Herida, sí, pero viva, y con la medicina de Peeta en su posesión. Mentor y escolta se levantaron abruptamente del sillón, e incapaces de contener su emoción durante más tiempo, se fundieron en un abrazo desesperado. Instantes más tarde, se separaron como si la piel del otro les hubiera escaldado.
– L-lo siento mucho – balbuceó Effie. Sus manos habían empezado a toquetear su vestido y su peluca, colocándolos en su sitio aún cuando no era necesario – Eso… ha sido muy inapropiado por mi parte.
– No te preocupes, no… Deberíamos volver… Los patrocinadores.
– Oh, claro, claro, claro… los patrocinadores. ¡Vamos!
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El banquete de la noche del día quince se convertiría, sin que ellos lo supiesen en ese momento, en el último regalo enviado por Haymitch a la arena, como premio por la actuación más que creíble de Katniss. Effie no estaba muy de acuerdo en seguir animando a la chica a jugar con los sentimientos del otro adolescente, pero el precio de una simple galleta era prohibitivo a estas alturas de los juegos. Con solo cinco tributos vivos, Haymitch tuvo que convencer a muchos patrocinadores para poder enviarles los panecillos, el queso, las manzanas y el estofado.
Tresh murió esa misma noche. La chica del Distrito 5 lo hizo al día siguiente. Un día más tarde, los mutos enviados por los Vigilantes terminaron acorralando a Peeta, Katniss y Cato en la cima de la Cornucopia.
Era demasiado tarde para enviar cualquier tipo de regalo (tampoco es como si les quedase dinero suficiente, claro), así que el equipo del Distrito 12 al completo regresó al centro de entrenamiento y se encerró en el ático para poder ver el desenlace de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre. La tensión era tal que el clavar las uñas en el antebrazo de Haymitch como la última vez no era suficiente, por lo que Effie se había pasado los últimos minutos dando vueltas en círculos por la habitación, con una copa de vino entre las manos. Aún así, el único hueco libre en el sillón estaba justo al lado del mentor, y tras el abrazo de la última vez, prefería mantener cierta distancia para evitar situaciones incómodas.
Todos gritaron cuando Peeta empezó a ser arrastrado por los mutos hacia el borde de la Cornucopia. Sin embargo, cuando fue Cato el que acabó alcanzando al rubio, la tensión era tal que no tuvieron fuerzas ni para emitir un alarido ahogado. Incluso Effie dejó de dar vueltas, sentándose por fin el sillón. La pierna de la escolta empezó a moverse de forma repetitiva, dando pequeños botecitos en el suelo y haciendo temblar el sillón. Finalmente, el movimiento terminó acabando con la paciencia de Haymitch, que sin despegar los ojos de la pantalla, colocó la palma de su mano sobre la rodilla de la mujer, deteniendo el temblor.
A la mañana del día siguiente, Katniss remató a Cato con una flecha certera. Nadie había dormido esa noche, ni siquiera se habían movido de la sala de estar del ático. Pero a ninguno parecía importarle.
Entonces, cuando todos estaban empezando a celebrar la victoria de los amantes trágicos, Claudius Templesmith anunció la revocación de la norma que permitía la victoria de dos tributos.
– ¿Qué? – gritó Effie, con un tono de voz tan agudo que habría sido capaz de romper algún cristal – ¡No pueden hacer eso! N-no… n-no pueden, ¿verdad? – Cinna se había quedado completamente en silencio y Portia, al igual que Effie, había empezado a llorar en silencio – ¿Haymitch?
– No solo sí pueden, preciosa, si no que mucho me temo que este fue el plan desde el principio… – el mentor se levantó del sillón y cogió una de las botellas de licor, bebiendo directamente de ella. A continuación, soltó una serie de palabrotas entre dientes.
En la arena, Peeta soltó el torniquete que tenía en la pierna, dejando que la sangre empezase a manar a borbotones por la herida. En unos minutos estaría muerto y Katniss sería la ganadora. La habitación estaba sumida en el más absoluto de los silencios, con el sonido ocasional del llanto de las mujeres. Haymitch clavó sus ojos grises sobre la silueta de la escolta. Habían tenido que pasar seis años y doce tributos para descubrir que, efectivamente, debajo de todo ese maquillaje había una persona. La había visto llorar antes, pero de esa manera absurda del Capitolio. Las lágrimas que estaba derramando ahora, sin embargo, eran completamente genuinas.
– Haymitch – la voz de Cinna le devolvió a la realidad. En la pantalla de la televisión, Katniss empezó la cuenta atrás, aproximando las jaulas de la noche a sus labios. Ambos hombres intercambiaron una mirada alarmada, sabiendo a la perfección las consecuencias que podría tener un acto de rebelión así, en directo, delante de todo Panem.
"¡Parad! ¡Parad! Damas y caballeros, me llena de orgullo presentarles a los vencedores de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre: ¡Katniss Everdeen y Peeta Mellark! ¡Les presento a… los tributos del Distrito 12!"
Cinna y Portia salieron del ático a toda prisa tras el anuncio, iniciando todos los preparativos para el recibimiento de los dos tributos. Effie parecía haberse quedado completamente paralizada, en shock.
– ¿Effie? – en todos sus años trabajando juntos, era la primera vez que el mentor se refería a ella por su nombre.
– Hemos ganado…
– Sí, princesa. No ha estado mal, ¿eh?
Finalmente, la mujer volvió a la vida, lanzándose a los brazos de Haymitch. Contra todo pronóstico, el hombre aceptó el abrazo de buena gana. La victoria había sido algo de los dos, un logro que habían conseguido tras incontables horas trabajando codo con codo. Después de veinticuatro años, el Distrito 12 tenía, no uno, si no dos vencedores en unos mismos juegos. Effie se separó levemente de él, aprovechando la distancia para clavar su mirada azul sobre su rostro. Aún no había dejado de llorar, aunque al mismo tiempo, a medida que empezaba a ser consciente de que ambos adolescentes iban a volver a casa, Effie empezó a sonreír. Sus emociones eran una auténtica montaña rusa en ese momento. Fue entonces cuando, en un nuevo impulso, la escolta agarró al mentor por las mejillas y aplastó sus labios contra los suyos. Durante los primeros segundos, el beso fue torpe e incómodo, pero en cuanto Haymitch rodeó su cintura con los brazos y empezó a corresponderle, sus bocas se movieron en total sintonía, como si llevasen toda la vida haciéndolo. Siguieron besándose hasta que la falta de aire les obligó a separarse.
– Lo siento – susurró Effie, aunque a diferencia de la vez anterior, no había arrepentimiento en voz.
– ¿Ha sido muy inapropiado por tu parte?
– Exacto – una sonrisa cómplice se dibujó en los labios de ambos, aunque tampoco duró demasiado. Los ojos azules de ella volvieron a buscar los grises de él – Los juegos no han terminado, ¿verdad? – puede que Effie no fuese consciente de la gran cantidad de atrocidades que el Capitolio cometía a espaldas de sus ciudadanos o que no hubiese sabido a hasta este mismo año que sus conversaciones eran espiadas sin miramientos, pero aún así, hasta ella era perspicaz como para darse cuenta de que el incidente de las bayas había cruzado una línea que nadie debía franquear.
– Los juegos nunca terminan, princesa.
– Pero somos un equipo. Tú, yo, los niños… ¿verdad? – inquirió ella – Si hemos ganado una vez, volveremos a ganar.
Haymitch no estaba seguro de querer saber lo que quería decir exactamente con esas palabras, pero aún así, asintió un par de veces con la cabeza.
– Vamos, nuestros vencedores nos están esperando.
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¡Hasta aquí el capítulo de hoy!^^
