¡Hola, hola! No se muy bien cómo resumir este capítulo, ya que ha sido fruto de una idea salvaje que se me pasó por la cabeza ayer por la noche y que al final se ha convertido en esto jajaja

No creo que haya nada lo suficientemente explícito como para tener que ponerle un rating M, pero sí que hay descripciones de tortura e insinuaciones de abusos sexuales, por lo que estáis avisados!


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Prompt: "AU de Effie y Haymitch durante y después de Sinsajo"

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Habían pasado semanas desde la última vez en la que la había visto con vida. El aerodeslizador había aparecido en la azotea del edificio exactamente cinco minutos antes de que Katniss Everdeen volase la arena por los aires. Diez minutos antes de eso, Haymitch había abandonado discretamente la sala de visionado de la sede central de los juegos, dejando a Effie y a Portia atrás. Cinna había desaparecido misteriosamente. Semanas más tarde, las fuentes de Plutarch certificaron la muerte del estilista a manos de los interrogadores del Capitolio. Unos días después, Portia y el equipo de preparación de Peeta fueron ejecutados públicamente por colaborar con los rebeldes.

Desde su reclusión en el área médica del Distrito 13, Haymitch esperó pacientemente a que le llegase el turno a la escolta, pero los días siguieron pasando sin noticia alguna de su paradero.

– Es como si se hubiera esfumado – habló Plutarch, sentado en una silla a pie de cama – Teníamos claro que los Agentes de la Paz la encarcelarían para interrogarla, pero ya deberían de haberla soltado hace semanas.

– Cinna y Portia están muertos, al igual que los equipos de preparación, ¿realmente te planteas qué ha podido pasar con ella? – replicó el mentor amargamente. Estaba tumbado sobre uno de los costados, dándole la espalda al otro hombre, haciendo una pequeña bola con su cuerpo para intentar aliviar el dolor de los calambres. El síndrome de abstinencia estaba siendo un auténtico infierno.

– Si estuviese muerta lo habrían televisado, igual que han hecho con el resto de escoltas.

– Tampoco tiene sentido que sigan interrogándola – Haymitch giró sobre sí mismo – Ella no sabía nada de lo que teníamos planeado, no tiene ninguna información que darles.

– ¿Estas seguro de que no le contaste nada? – inquirió el hombre, entrecerrando levemente la mirada – Tal vez alguna noche, con algo de alcohol de por medio…

– No.

– Está bien… seguiremos buscando – finalizó, poniéndose en pie, tras observar el aspecto cada vez más desmejorado del mentor. Instantes más tarde, abandonó la habitación, dejando de nuevo al hombre solo con sus demonios.

Semanas después, Haymitch fue dado de alta y comenzó a trabajar a pleno rendimiento en la revolución. O en conseguir que Katniss quisiera formar parte de ella, mejor dicho. Al poco tiempo, los vencedores fueron liberados. Effie tampoco estaba entre ellos.

Plutarch había hecho especial hincapié en evacuar del Capitolio solo a los individuos más necesarios para la revolución, argumentando que cuantas menos personas fuesen, menos posibilidades habría de que algo saliera mal. Por otro lado, el vigilante había afirmado que todos aquellos nacidos en el Capitolio estarían protegidos por su ciudadanía, por lo que no había necesidad de llevarlos consigo. Días después, las ejecuciones comenzaron y Haymitch empezó a arrepentirse de no haber llevado a la escolta al 13. Effie le había sacado de sus casillas mil millones de veces a lo largo de los años, sin embargo, durante los dos últimos Juegos, algo había cambiado entre ellos. Desgraciadamente, nunca podría averiguar a dónde les habría llevado ese cambio.

Finnick murió. Primrose murió. Katniss sobrevivió a costa de haber quedado abrasada. Todo para que los rebeldes consiguieran derrocar finalmente al Presidente Snow bajo el mando de Coin. Y entonces, Effie apareció.

Al registrar la mansión presidencial, los soldados rebeldes habían encontrado una serie de catacumbas abandonadas en el sótano, a dos o tres niveles bajo el suelo. Sin embargo, las mazmorras no habían estado tan abandonadas como se creía, ya que al inspeccionarlas más a fondo, habían encontrado un cuerpo tirado en el suelo de una de las celdas. Nadie en el 13 había visto nunca a la escolta sin pelucas, sin maquillaje y sin vestidos estrafalarios, por lo que los soldados no habían sido capaces de identificar al saco de huesos y piel que habían encontrado. Haymitch no recordaba haber corrido tanto desde el día en el que le dijeron que su familia había sido asesinada.

Lo primero que captó la atención del mentor al entrar fue el hedor a humedad, orina, sangre y vómito que cargaba el ambiente y se metía en los pulmones con cada bocanada de aire. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pudo distinguir las diferentes manchas rojas que había en el suelo de tierra. Algunas secas y antiguas, otras más recientes. Aparentemente, todas provenientes de la misma persona. Un gemido lastimero sacó al mentor de su trance, obligándole finalmente a acercarse al cuerpo que había tendido en el suelo, mirando a la pared, sin ropa y cubierto de heridas.

– ¿Effie? – la llamó, con un hilo de voz. Haymitch tragó saliva pesadamente, recorriendo la distancia que los separaba lentamente. Se arrodilló a su lado en el suelo, sin atreverse a tocarla. Aún así, al sentir su presencia, la mujer se estremeció y comenzó a sollozar en silencio, aterrorizada – Effie, soy yo.

Tardó unos minutos, pero finalmente, ella terminó reconociendo su voz, ya que sus ojos azules se abrieron como platos, buscándole en la oscuridad.

– ¿H-Haymitch? – su voz salió ronca y ahogada, como si hubiese pasado meses sin usarla o, por el contrario, se hubiese roto las cuerdas vocales a gritos. El mentor no sabía cuál de las dos opciones le daba más miedo.

– Sí, soy yo – apenas terminó de hablar, la mujer giró sobre sí misma en el suelo y se refugió en su pecho, aferrando la tela de su camisa con los puños. El mentor no tardó en rodearla entre sus brazos, con cuidado de no lesionar más aún su magullada figura. Effie rompió a llorar sin poder evitarlo, subida prácticamente en el regazo de Haymitch e ignorando el dolor que recorría su cuerpo de arriba abajo cada vez que se movía – Estas a salvo, princesa, todo ha terminado…

Aunque las rodillas empezaron a dolerle después de cierto tiempo, él mantuvo la misma posición sin moverse ni un milímetro, susurrando algunas palabras de consuelo que sirvieran para tranquilizar a la mujer que tenía entre los brazos. Su rostro no estaba demasiado magullado, tan solo algún moratón viejo que ya estaba empezando a desaparecer. El resto de su cuerpo era una historia muy diferente.

Tenía heridas y marcas en las muñecas, signo de que había estado atada durante gran parte de su cautiverio y de que se había resistido a esas ataduras. Los brazos y las piernas estaban cubiertos de multitud de cortes y arañazos, aunque ninguno grave. Lo peor de todo parecía concentrarse en la zona de su espalda. Haymitch había visto suficientes heridas y cicatrices de latigazos en su vida como para saber que la mujer había sido azotada de manera repetitiva durante los últimos meses. La carne de esa zona estaba roja, inflamada. Infectada, sin duda. El mentor movió el brazo ligeramente, para poder seguir acunándola sin rozar las lesiones. Ni siquiera quiso pensar de dónde venían los restos de sangre fresca que podían apreciarse entre sus muslos.

– ¿Puedes confirmar que es ella? – preguntó uno de los soldados. Haymitch había olvidado que tenían público. En un intento de preservar la poca decencia que le quedaba, el mentor la acercó un poco más a él, tratando de bloquear la vista de su cuerpo desnudo del resto de los presentes.

– Sí.

– Tenemos orden de llevarla a la prisión del centro de entrenamiento, con el resto de prisioneros de guerra – informó otro soldado.

– ¡No! – rugió el mentor. Effie gimió lastimeramente, sobresaltada por el ruido – Necesita un médico urgentemente.

– Recibirá la atención necesaria una vez que la traslademos allí.

– He dicho que no.

– Soldado Abernathy, no tiene el rango necesario como para contradecirnos.

– Déjame hablar con Plutarch y yo te daré rango – replicó Haymitch, que estaba empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.

– La orden viene de la Presidenta Coin.

– ¡Ella no ha hecho nada! – volvió a gritar, refiriéndose a Effie.

– N-no les dejes… Haymitch, no… n-no – balbuceó la mujer. Estaba apretando tanto la tela que los nudillos se le habían puesto completamente blancos.

– No vas a ir a ningún lado, preciosa – apañándoselas para no soltarla, el mentor se quitó la chaqueta que llevaba sobre la camisa, reajustándola sobre Effie. La escolta había perdido tanto peso que la prenda le llegaba por debajo de los glúteos, cubriendo su modestia por completo – Vamos a buscar un médico para que te cure esas heridas – murmuró.

Ni las amenazas ni los gritos de los soldados fueron suficientes para impedir que Haymitch se pusiera en pie, con la mujer entre sus brazos, y echase a andar hacia la superficie.

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XXX

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– No puedo retrasarlo más tiempo, Haymitch.

– Vas a tener que poder – replicó, hablando entre dientes para que la conversación no se escuchara al otro lado de la puerta – No esta lista.

Plutarch frunció el ceño profundamente, aunque nada superaba la cara de pocos amigos del mentor. Tras el rescate, y con la influencia del vigilante, Haymitch había conseguido mantener a Effie alejada de la cárcel, aunque su condición de prisionera de guerra no había cambiado. Los testimonios de Haymitch y Plutarch, unido al hecho de que había sido torturada por el Capitolio, serían más que suficiente para conseguir la absolución de los cargos que se le imputaban, pero para ello, Effie tendría que declarar en su propio juicio.

– Sus heridas están curadas, no existe ningún motivo físico por el que no pueda ir – insistió – Ya hemos hecho demasiadas excepciones con ella.

Durante los días siguientes a la liberación, el agradecimiento y la desesperación habían dejado paso al rencor. Haymitch la había salvado, sí, pero al mismo tiempo, él había sido el responsable principal de que ella hubiese terminado allí en primer lugar. El mentor la había decepcionado cientos de veces a lo largo de los años, poniéndola en ridículo, insultándola, pero nada comparado a dejarla atrás para sufrir meses de tortura ininterrumpida.

– Hablaré con ella – se rindió finalmente. A pesar de todo lo ocurrido, él era una de las pocas personas a las que Effie toleraba ver sin sufrir un ataque de pánico.

El juicio fue rápido, aunque muy mediático al tratarse de la última escolta viva. La expresión de la mujer perdió cualquier atisbo de vitalidad que pudiera conservar al escuchar que su sentencia la obligaba a cumplir una última tarea para el Capitolio: ser la escolta de Katniss Everdeen una vez más, durante la ejecución del Presidente Snow. Después de eso, sería libre el resto de su vida. Los Juegos por fin habían terminado para Effie Trinket. Días después, Snow estaba muerto. Alma Coin también.

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XXX

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Los golpes incesantes en la puerta de entrada de la casa consiguieron despertarle. Sintiendo los efectos de una resaca memorable, Haymitch dirigió sus pasos hasta el recibidor. No había tenido una visita en meses, o por lo menos, no una que tuviese que atender. Sae la Grasienta tenía una copia de las llaves, por lo que nunca tenía la necesidad de llamar, al igual que Peeta. La última opción, Katniss, nunca venía a verle, por lo que quedaba automáticamente descartada. Por eso mismo, nunca podría haber imaginado que esa mañana Effie decidiría plantarse frente a su puerta.

Seguía tan delgada como la última vez, aunque las bolsas oscuras bajo sus ojos se habían vuelto más pronunciadas. Su pelo rubio caía sobre sus hombros en pequeñas ondas, simples, sin florituras ni peinados extraños. A sus pies, descansaba una maleta que le llegaba a la altura de la cadera, mientras que una bolsa mucho más pequeña colgaba de su hombro. Sin embargo, los ojos de Haymitch no podían despegarse de su abdomen. Su abdomen anormalmente hinchado.

– Hola – dijo finalmente ella. Ni siquiera eso fue suficiente para que el mentor la mirase a los ojos. Después de unos minutos más de silencio, volvió a hablar de nuevo – Necesito ayuda – eso sí que pareció captar la atención del hombre.

– ¿Necesitas ayuda? – Haymitch empezó a pellizcarse el puente de la nariz, tratando de encontrarle sentido a lo que estaba ocurriendo – Pensé que era un monstruo egoísta, vil y egocéntrico que merecía morir ahogado en su propio vómito – definitivamente, meses atrás no se habían despedido en los mejores términos. Haymitch había vuelto a beber tras el juicio de Effie y ella había terminado perdiendo los papeles por completo. Se gritaron hasta quedarse afónicos y no habían vuelto a saber nada el uno del otro. Hasta hoy.

– Se lo que dije – afirmó, tajante, para después bajar la mirada hasta su vientre – Pero no… no puedo hacer esto sola. Mi familia está muerta, los pocos conocidos que me quedan no quieren saber nada de mí… N-no… no puedo dormir por las noches, no puedo… – Effie tomó un par de bocanadas de aire, tratando de recuperar el control de la situación – Solo me quedas tú.

– Si quieres mi opinión, preciosa, estás jodida – replicó, riendo amargamente. Aún así, se hizo a un lado, permitiéndole el paso a la vivienda.

Effie dejó sus maletas en el recibidor, dirigiendo sus pasos hasta el salón. Dibujando una mueca de dolor en su rostro, se dejó caer en el sillón. Haymitch hizo lo propio segundos más tarde, con un vaso de cristal entre las manos. Ambos se quedaron en silencio durante bastante tiempo, simplemente sentados hombro con hombro mirando fijamente a la pared.

– Estas embarazada.

– Lo sé.

Haymitch se bebió todo el contenido del vaso de un solo trago, dejando a continuación el recipiente sobre la mesita de café. Ella, por su parte, se mantuvo impasible, moviéndose exclusivamente para respirar y parpadear.

– ¿Quién es el padre?

– No lo sé.

– ¿No lo sabes?

– Algún soldado del Capitolio – su voz salió plana, carente de emociones.

La imagen del cuerpo de Effie tirado en el suelo de la celda volvió a la mente del mentor. Él había visto los restos de sangre entre sus piernas, y aunque nunca se había atrevido a indagar al respecto, no había que ser un genio para suponer lo que esos hombres le habían hecho durante su aprisionamiento. Sin embargo, el ver la prueba viviente del abuso hacía que le diesen ganas de vomitar.

– Has dicho que necesitas mi ayuda.

– Necesito un sitio en el que poder quedarme un tiempo – por primera vez desde que estaban ahí sentados, Effie volvió a buscar al hombre con la mirada – No voy a poder trabajar durante unos meses y se me está acabando el dinero que tenía ahorrado… He vendido mi apartamento en el Capitolio. No… no podía seguir viviendo allí. Las pesadillas… no puedo dormir sabiendo que allí ocurrió todo… no puedo… – lo que había empezado como un discurso coherente se estaba convirtiendo poco a poco en un balbuceo. Haymitch no hizo nada para interrumpirla, simplemente se mantuvo en silencio, escuchando – No quiero dinero, ni quiero cargarte con nada que no te corresponda. Solo… solo necesito un poco de tiempo para poder empezar de nuevo.

– ¿Cuánto te falta para…? – el mentor hizo un gesto con la mano, en dirección a su abdomen.

– Una semana. Algunos días más si viene con retraso – la información logró sorprenderle. El embarazo de Effie era evidente a simple vista, pero el tamaño de su vientre tampoco era tan grande como el de otras mujeres que él había visto a lo largo de su vida. Tal vez, la delgadez y la falta de sueño habían afectado al crecimiento de su feto.

– He vuelto a la bebida.

– Lo sé. No he venido a regañarte, si es lo que te preocupa – replicó ella. Había ciertas cosas de su personalidad que nunca podría cambiar, pero esa Effie controladora y obsesionada por las apariencias había muerto meses atrás en una prisión del Capitolio.

– Vale – ambos volvieron a clavar la mirada sobre la pared. La escolta tenía que estar muy mal de la cabeza como para pedir asilo en la morada de un borracho para dar a luz a su bebé bastardo, pero de una manera macabra y podrida, era la única solución que realmente tenía sentido para ambos. Se habían hecho demasiado daño, pero al mismo tiempo, se conocían como nadie después de tantos años trabajando juntos. Finalmente, Haymitch se puso en pie – Sae arreglará el cuarto de invitados para ti. Estás en tu casa.

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XXX

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La cena aquella noche fue una de las más tensas que se recuerdan en el Distrito 12. A un lado de la mesa, un ilusionado Peeta y una sombría Katniss. Al otro lado, un ebrio Haymitch y una embarazadísima Effie. Ni a los adultos ni a la joven les pareció una idea demasiado acertada, pero Peeta había insistido enormemente, argumentando que el volver a estar los cuatro juntos después de tantos meses se merecía una celebración. Por los viejos tiempos. Sin embargo, nada era igual que antes. Al menos, todos tuvieron el tacto suficiente como para ignorar el gran elefante en la habitación, y tras las caras de sorpresa al ver la curvilínea figura de la mujer, nadie hizo ningún comentario al respecto.

Aquella noche, después de que los adolescentes regresasen a sus respectivas casas, Haymitch siguió bebiendo hasta quedarse profundamente dormido sobre la colcha de la cama. Horas más tarde, el mentor volvió a despertarse con unas ganas imperiosas de ir al cuarto de baño. Aunque fuese licor, era casi un litro de líquido lo que había ingerido, por lo que era de esperar que su vejiga no pudiera aguantar tantas horas sin ser vaciada, por muy borracho que estuviese. Tras tirar de la cadena y salir del cuarto de baño, el mentor pasó por delante de la puerta del salón, encontrándose con una Effie más que despierta, de pie junto a la ventana, masajeando su vientre con movimientos circulares con las palmas de las manos.

– ¿Estás bien? – preguntó, desde el marco de la puerta. Ella dio un pequeño respingo, asustada – Perdón.

– No, no es nada… No te había escuchado bajar.

– ¿Estás bien? – volvió a repetir, frunciendo el ceño ligeramente. La escolta estaba incómoda, eso era un hecho, ya que sus manos no habían dejado de moverse y la expresión de su rostro seguía crispada – ¿Llamo a un médico?

– No – respondió de manera cortante – Estoy bien, de verdad – añadió, con un tono de voz algo más suave – Tengo pesadillas casi todas las noches y eso pone al bebé de los nervios… Se pasa horas dándome patadas sin que pueda hacer nada por calmarle – Haymitch bajó la mirada hasta su abdomen, frunciendo el ceño profundamente – Estoy bien. Vuelve a la cama.

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XXX

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En las noches posteriores a esa, Haymitch hizo un esfuerzo silencioso por no beber tanto antes de irse a dormir. Al no perder la consciencia, fue capaz de despertarse al escuchar los gritos de Effie al fondo del pasillo. La primera vez no se atrevió a hacer nada, simplemente la escuchó durante horas hasta que finalmente los gritos cesaron y el mentor pudo escuchar el sonido de sus pies pequeños y descalzos escaleras abajo. La segunda noche fue similar a la primera. Durante la tercera, sin embargo, Haymitch tomó la decisión de intentar despertarla.

Al abrir la puerta de su habitación, se la encontró boca arriba sobre la cama, con las sábanas arrugadas y enredadas en sus pies. No hacía más que sollozar, gemir y emitir pequeños gritos, mientras que intentaba zafarse de un enemigo que Haymitch no alcanzaba a ver.

– Princesa, despierta – habló el mentor, acercándose a la cama – Effie.

Al parecer, las palabras no iban a ser suficientes, ya que en lugar de mejorar, la mujer empezó a agitarse más frenéticamente, aumentando el riesgo de darse algún golpe en el abdomen. Tras soltar un suspiro, Haymitch tomó asiento sobre el colchón.

– Effie – la llamó de nuevo. Sin embargo, lo que realmente logró provocar una respuesta en ella fue cuando la palma de su mano se apoyó sobre su hombro. Al sentir el contacto, sus ojos azules se abrieron como platos, aterrorizados. En ese momento entre la vigilia y la pesadilla, Effie trató de huir de la cama, con las sábanas aún enredadas alrededor de sus piernas. De hecho, habría terminado cayendo al suelo si el mentor no hubiese sido más rápido y la hubiese obligado a volver al colchón, sujetándola por el brazo – Effie, soy yo. Estas a salvo. Estas en el 12. Nadie va a intentar hacerte daño.

Finalmente, la escolta pareció despertarse del todo, cesando en sus intentos por zafarse del agarre de Haymitch y salir de la cama. Al ver que estaba consciente de nuevo, el mentor la soltó, echándose ligeramente hacia atrás hasta quedar sentado de nuevo en el borde del colchón, dejándole el espacio suficiente como para que no se sintiera acorralada. Sin embargo, instantes más tarde, Effie se lanzó a sus brazos, acurrucándose en su regazo de la misma forma en la que lo había hecho aquel día en la prisión, meses atrás. Haymitch empezó a balancearse suavemente, acunándola como si fuese una niña pequeña, hasta que finalmente el llanto cesó por completo y volvió a quedarse dormida.

Effie nunca le habló acerca del contenido de las pesadillas, pero desde esa noche, el mentor empezó a tomar por costumbre el meterse en su cama cada vez que escuchaba el más mínimo ruido proveniente de su habitación, alejando sus miedos y regalándole unas valiosas horas de sueño entre sus brazos. Incluso él había empezado a dormir un poco más.

Al caer la noche número once desde la llegada de Effie al Distrito 12, las cosas dieron un paso hacia adelante.

– Me voy ya a la cama – informó la mujer, asomándose por el marco de la puerta. Haymitch estaba tirado en el sillón, con un vaso entre las manos – ¿Vienes? – el hombre giró la cabeza tan deprisa que las vértebras de su cuello emitieron un chasquido seco. Effie había bajado la mirada hasta sus pies (o hasta donde se supone que deberían estar sus pies, ya que su abdomen limitaba en gran medida su campo de visión) antes de volver a hablar – Al final terminarás viniendo igualmente así que… así ahorramos tiempo.

De un solo trago, Haymitch vació su vaso por completo. A continuación, se puso en pie tambaleándose ligeramente y siguió a la mujer escaleras arriba hasta su habitación. Effie se tumbó de lado, dándole la espalda, aunque dejando el suficiente espacio tras ella como para que el mentor pudiera acostarse en la otra mitad de la cama. Desde esa perspectiva, Haymitch nunca podría haber adivinado que la mujer estaba a punto de dar a luz, ya que su silueta era pequeña, delgada, acurrucada sobre sí misma. La escolta no reaccionó al sentir el colchón hundirse con el peso del mentor.

– ¿Por qué me dejaste atrás? – preguntó ella, después de un buen rato en silencio.

– Pensé que era lo mejor. No sabías nada. Era de esperar que te interrogasen, pero deberían de haberte soltado después de unas cuantas preguntas – daños colaterales, habría dicho Plutarch para justificar lo ocurrido – Me equivoqué.

Finalmente, con movimientos lentos y pesados, Effie giró sobre sí misma hasta quedar tendida sobre su otro costado. Haymitch continuó tumbado boca arriba, pero giró la cabeza hacia un lateral para poder cruzar sus ojos grises con los azules de su compañera.

– Nunca llegaste a pedirme perdón.

– ¿Eso es lo que te preocupa?

– Habría sido un buen comienzo – contra todo pronóstico, la escolta estaba tranquila, sin el más mínimo rastro de rencor o reproche en sus palabras.

– No sabía cómo – murmuró Haymitch – ¿Perdón por dejar que te metiesen en esa celda? ¿Perdón por los meses de tortura? ¿Perdón por permitir que todo un batallón de soldados del Capitolio utilizase tu cuerpo como un juguete? – sin darse cuenta, el tono de su voz fue elevándose poco a poco. El hombre se tomó unos segundos para intentar tranquilizarse, pasándose las manos temblorosas por el pelo – ¿Cómo le pides perdón a alguien por algo así, princesa?

– No lo sé pero… te habría perdonado… Si me lo hubieses pedido, te habría perdonado en ese mismo momento – habló ella, retirando la mirada durante unos instantes – Pero nunca me dijiste nada, como… como si te diese igual.

– No me daba igual – interrumpió él, tajante, atreviéndose a empujar el mentón de Effie con la punta de los dedos, forzando que sus miradas volvieran a encontrarse. Las palabras nunca habían sido su fuerte y probablemente nunca lo serían, así que esperaba que la escolta pudiera ver la verdad que se escondía en sus gestos.

– A pesar de todo he terminado perdonándote – confesó, dibujando una sonrisa triste en sus labios – Hagas lo que hagas, nunca puedo estar enfadada contigo demasiado tiempo…

– ¿Nueve meses no te parece demasiado tiempo?

– Estaba realmente enfadada – replicó, frunciendo el ceño.

Finalmente, él también terminó sonriendo sutilmente. Tenía claro que no se merecía tener a una persona como Effie a su lado, aguantando durante años sus insultos, sus borracheras y sus desplantes, pero siempre dispuesta a pasarlo todo por alto aún sin recibir una disculpa en condiciones. Al parecer, algunas cosas nunca llegarían a cambiar.

– Me alegro de que hayas vuelto – murmuró Haymitch.

– Yo también.

Pronto, el cansancio de todo el día empezó a hacer mella en la escolta, que no tardó demasiado en quedarse dormida, acurrucada en el costado del mentor y utilizando su hombro como almohada. Esa noche la nieve cubrió el Distrito 12 por primera vez en ese invierno. También, fue la primera libre de pesadillas en muchos meses.

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XXX

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A la mañana siguiente, Haymitch despertó solo en la habitación, encontrándose con la mitad de la cama mojada. Inicialmente, no pudo evitar sentir alivio al comprobar que no era sangre lo que manchaba las sábanas, pero una vez que su cerebro adormilado empezó a asimilar la otra alternativa posible, al mentor se le heló la sangre por completo.

– ¿Effie?

– Estoy en la cocina – contestó, desde el piso de abajo. El hombre bajó las escaleras tan rápido como le permitieron las piernas, encontrándose casi de bruces con la escolta en el pasillo.

– ¿Por qué no me has despertado? – inquirió, visiblemente alterado. Después de veinticinco años sin ser capaz de dormir una noche a pierna suelta, tenía que haber elegido precisamente esa para relajarse y dejarse llevar.

– Estas cosas llevan horas, Haymitch – al parecer, le había dado tiempo a darse una ducha y cambiarse de ropa, ya que el pijama que llevaba puesto no tenía ningún tipo de mancha sospechosa y su pelo rubio aún estaba levemente humedecido – No había necesidad de molestarte.

– ¿Se te ha ocurrido mirar por la ventana? – replicó, haciendo un gesto con la mano. La nieve lo cubría todo, habiéndose acumulado libremente durante toda la noche, borrando caminos, senderos, carreteras y todo a su paso. Effie, que seguramente no había visto una nevada así en toda su vida, seguía sin comprender cuál era el problema – Hasta que la gente del pueblo no quite la nieve del camino, no vamos a poder salir de la Aldea de los Vencedores. Y eso sí que puede llevar horas, princesa.

Effie emitió entonces un pequeño gemido entre dientes, llevando una de sus manos a la parte inferior de su abdomen y apretando los ojos con fuerza. El mentor murmuró algo sobre llamar a Peeta y a Katniss antes de desaparecer en busca del teléfono, dejando a la mujer congelada en el sitio hasta que la nueva contracción llegó a su fin. Minutos más tarde, ambos volvieron a reencontrarse en el salón.

– Katniss va a intentar traer a alguien del pueblo – explicó el mentor. El Distrito estaba aún en plena reconstrucción, por lo que la población residente seguía siendo escasa y ni siquiera tenían un hospital en condiciones. De hecho, la comunicación vía telefónica era un privilegio del que solo los vencedores disfrutaban, razón por la que la adolescente había tenido que bajar al pueblo en persona para dar aviso.

– Las contracciones aún son muy espaciadas, hay tiempo de sobra – no tenía muy claro si quería convencer a Haymitch o a sí misma.

Tres horas más tarde, sin embargo, el tiempo de espera empezó a llegar a su fin. Effie había pasado el rato de pie, paseándose de un lado para otro, nerviosa, solo deteniéndose cada vez que el dolor subía de intensidad. Haymitch, por otro lado, no se había despegado de la ventana, esperando que Katniss apareciese en cualquier momento por la entrada de la Aldea. Por más que lo había intentado, no había sido capaz de soltar su habitual vaso de cristal, rellenándolo un par de veces, con la intención de detener el temblor persistente de sus manos.

– Deberías tumbarte y dejar de dar vueltas – sugirió el hombre. Al fin y al cabo, durante la última media hora Effie había pasado bastante más tiempo paralizada por las contracciones que andando.

– Haymitch tiene razón, Effie – intervino Peeta. El adolescente no estaba seguro de poder ser de mucha ayuda, pero no había dudado en unirse a ellos igualmente.

La escolta había mantenido la calma hasta ahora, pero ante la perspectiva de tener que quedarse recluida en la cama, la expresión de su rostro empezó a cargarse de miedo. El aceptar que el parto era inminente y empezar a prepararse para ello, lo hacía real. Aún así, todavía conservaba el suficiente sentido común como para no oponer resistencia.

– Llévala a mi habitación – ordenó Haymitch, cuando estaban a mitad de camino por las escaleras – La cama es más grande – estaba empezando a arrastrar las sílabas, por lo que tras terminar el licor que le quedaba, dejó abandonado el vaso vacío sobre la cómoda. Sus manos seguían temblando ligeramente, aunque empezaba a ser evidente que no estaba relacionado con la falta de alcohol.

Peeta no tardó en excusarse, avisándoles de que estaría en la planta de abajo, junto a la ventana del salón. Katniss tenía que estar al caer, o al menos, eso era lo que los tres no dejaban de repetir cada cinco minutos.

– ¿Quieres que me vaya? – inquirió Haymitch, ya que los minutos seguían pasando y Effie seguía de pie junto a la cama, sin moverse.

– No – respondió, tajante. Una contracción, mucho más fuerte que las demás, la hizo doblarse hacia adelante. En un abrir y cerrar de ojos, el mentor estuvo a su lado, sujetándola por el bíceps. La escolta arrugó ligeramente la nariz cuando el aroma a licor nubló sus sentidos – ¿Estás borracho?

– No lo suficiente.

– No puedes estar borracho, Haymitch, ¿me oyes? – sin Peeta delante, la mujer dejó que su máscara empezase a derrumbarse, por lo que su voz empezó a reflejar el mismo miedo que su rostro había reflejado minutos atrás, sollozando sin lágrimas.

– Katniss debe de estar a punto de volver con alguie-

– ¡No va a llegar a tiempo! – gritó, diciendo en voz alta lo que todos habían estado pensando desde hacía un par de horas. La nevada se había intensificado a lo largo de la mañana, dificultando aún más la situación – He perdido la cuenta de las veces en las que me has fallado desde que te conozco, pero hoy no puedes, Haymitch. Hoy no. Te necesito – su mirada desesperada, llena de lágrimas, se cruzó con sus ojos grises durante unos largos instantes, hasta que la llegada de otra contracción la obligó a cerrarlos con fuerza.

– Vale… respira hondo, preciosa –murmuró, tras asentir con la cabeza un par de veces. Sus manos temblorosas empezaron a desabrochar la cintura de sus pantalones del pijama, dejando que la tela descendiera hasta el suelo. A continuación, la ayudó a tenderse sobre la cama, colocando una sábana sobre sus caderas que mantenía la unión entre sus piernas protegida de la vista.

En ese momento, Peeta volvió a aparecer por la puerta, solo. Al ver el cambio de posición que había sufrido Effie sobre la cama, el adolescente empalideció rápidamente.

– ¿Ya?

– Eso parece – murmuró el mentor.

– V-vale… ¿qué traigo? Agua, toallas… ¿Effie?

– La botella de licor que hay en el armario de la cocina – respondió Haymitch, ganándose un par de miradas reprobatorias en su dirección – ¡No es para mí! – exclamó, ofendido. Tras buscar durante unos segundos bajo la almohada, dio con el cuchillo que solía velar su sueño.

– Para desinfectar el cuchillo, claro. Perdona – habló Peeta atropelladamente, al percatarse de su error – Vuelvo en cinco minutos.

Una vez solos en la habitación, el único sonido que podía escucharse era el de sus propias respiraciones, particularmente la de la escolta cada vez que el dolor aumentaba de intensidad.

– ¿Cuántos partos has visto en tu vida? – preguntó ella, en un intento por aligerar la tensión que había en el ambiente.

– Uno – Effie pareció sorprenderse ante esa información, ya que su propósito al hacerle dicha cuestión había sido bromear y burlarse de él – Mi padre había muerto recientemente en las minas y mi madre no quería estar sola. La comadrona me dejó cortar el cordón incluso… Aunque de eso hace más de treinta años.

– Bueno, creo que eso te sigue convirtiendo en la persona con más experiencia de esta casa.

– Si quieres mi opinión, preciosa, estás jodida – sentenció, con una sonrisa sarcástica dibujada en sus labios, repitiendo exactamente la misma frase que le había dedicado el día que se presentó frente a su puerta pidiendo ayuda.

– ¡No digas palabrotas!

Peeta no tardó en regresar a la habitación con los brazos cargados de utensilios que podrían necesitar durante el alumbramiento. Aún así, Effie se había propuesto aguantar todo lo que su cuerpo le permitiese, con la esperanza de que un milagro ocurriese y Katniss apareciera finalmente por la puerta. Sin embargo, parecía mucho más fácil decirlo que hacerlo, ya que media hora más tarde el dolor era prácticamente insoportable. Los lamentos de la escolta podían escucharse en toda la casa.

– Effie, tienes que empezar a empujar – murmuró Peeta, que había tomado la tarea de sujetar su mano e irle apartándole el pelo empapado del rostro. La mujer negó con la cabeza frenéticamente, apretando los ojos con fuerza para reprimir el dolor y la necesidad de hacer lo que su cuerpo le estaba pidiendo a gritos. La mirada preocupada del adolescente se clavó sobre la del mentor.

– Es la hora, preciosa – insistió.

– No… no, no, no… – ella siguió negando. Las rodillas empezaron a temblarle después de que una contracción particularmente fuerte llegase a su fin – No puedo. No puedo…

– Sí que pued-

– ¡No! – gritó, sobresaltando a ambos hombres – ¿Q-qué pasa si… si se parece a alguno de ellos? No puedo vivir el resto de mi vida viendo sus caras cada día, no puedo, Haymitch, n-no puedo…

– Si eso ocurre ya pensaremos en algo, pero ahora mismo tienes que empujar – trató de razonar el mentor, colocando la palma de la mano sobre una de sus rodillas. No podían permitirse un ataque de pánico justo en ese momento – Si no lo haces, el bebé va a morirse ahí dentro – Peeta le lanzó una mirada reprobatoria por su falta total de tacto. Aún así, nadie podía acusarle de no estar diciendo la verdad.

– No estás sola, Effie – añadió el rubio, apretando suavemente su mano.

Con sus ojos azules clavados sobre los grises que tenía frente a ella, la mujer se incorporó sobre la cama, apoyando la espalda por completo sobre el cabecero y abriendo un poco más las piernas. Ambos hombres soltaron el aire que habían estado aguantando durante los últimos minutos, aliviados al ver que, al menos por el momento, ella iba a empezar a colaborar. Con la llegada de la siguiente contracción, Effie cerró los ojos y empezó a empujar con todas sus fuerzas.

– Eso es, princesa, sigue así – susurró, con la mirada fija en una parte de su anatomía que jamás creyó que llegaría a ver en una situación como esa. Los gritos y los alaridos de dolor siguieron sucediéndose durante varios minutos, hasta que las manos del mentor se colocaron sobre sus rodillas, apretando la piel blanca con fuerza – ¡Para!

– ¿Qué pasa? – inquirió el adolescente, moviéndose de su posición hasta quedar a los pies de la cama – ¿Eso es el cordón?

– Creo que lo tiene enrollado alrededor del cuello – murmuró Haymitch. Effie estaba tan cansada y tan desesperada que ni siquiera parecía estar prestando atención a la conversación – No empujes, princesa, ¿me oyes? – lo máximo que pudo obtener de ella fueron un par de movimientos débiles con la cabeza.

Los dedos del mentor empezaron a palpar el cuello del recién nacido, buscando la manera de desenrollar el cordón antes de que el resto de su cuerpecillo saliera al exterior. Sus manos estaban temblando de tal manera que por un momento temió hacerle más daño al bebé del que ya estaba sufriendo. La voz cada vez más apresurada y desesperada de Peeta, al ver que el rostro del neonato empezaba a volverse azul, tampoco ayudaba demasiado. Finalmente, el cordón terminó deslizándose por encima de la cabeza, liberándole por completo.

– ¡Ya! ¡Empuja, Effie, empuja! – exclamó Peeta, volviendo al lado de la mujer y tomándola de la mano con insistencia.

El cuerpo del bebé, un niño, se deslizó en las manos de Haymitch, que lo recolocó boca arriba sobre la superficie de la cama. Sin embargo, los segundos empezaron a pasar y el pequeño no se había movido ni un milímetro.

– ¿Haymitch? – murmuró ella, manteniéndose en la fina línea que había entre la vigilia y la inconsciencia – No llora… no llora…

El mentor cogió al niño con brusquedad, sosteniéndolo con una mano por el tórax y el abdomen, mientras que con la otra empezó a frotarle la espalda de arriba abajo con fuerza. No se atrevió a levantar la mirada en ningún momento, ya que no estaba seguro de poder soportar encontrarse con unos ojos azules paralizados por el miedo. Peeta corrió a su lado de nuevo.

– ¿No respira? – en cuanto esas palabras llegaron a los oídos de Effie, la mujer empezó a llorar en silencio, llevándose ambas manos al rostro.

– ¡Cállate! – rugió el mentor, fulminando al adolescente con la mirada. Guiándose por instinto más que por otra cosa, volvió a sostener al bebé boca arriba. Sin pensárselo demasiado, cerró sus labios sobre la boca y la nariz del niño, succionando ligeramente en un intento desesperado de eliminar cualquier fluido que pudiera estar obstruyéndole el paso de aire. Segundos más tarde, el pequeño dio una patada débil en el aire, para finalmente romper a llorar con suavidad – Eso es… eso es, respira…

Poco a poco, el color rosado volvió a la piel amoratada del recién nacido, garantizándoles que finalmente el aire estaba llegando a sus pequeños pulmones sin problemas. No queriendo retrasar más el momento, y con el miedo aún de que sus manos temblorosas lo fuesen a dejar caer, Haymitch colocó al recién nacido sobre el pecho de su madre. Effie no había dejado de llorar, solo que el motivo ahora completamente distinto.

Justo en ese momento, Katniss irrumpió en la habitación, en compañía de dos mujeres del pueblo.

– A buenas horas, preciosa.

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XXX

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Tras comprobar por decimoquinta vez que todo iba correctamente, los adolescentes abandonaron la casa del mentor, bien entrada ya la noche. Las manos del hombre habían dejado de temblar por fin, así que tras vaciar el contenido de su vaso de un solo trago, dirigió sus pasos escaleras arriba. Sabía que el sonido de sus pasos por el pasillo sería más que suficiente como para alertar a la escolta de su presencia, así que cuando al entrar en la habitación se encontró a Effie amamantando al bebé, dio por hecho que a la mujer no le iba a importar demasiado que estuviese ahí mirando.

– ¿Has pensado ya en algún nombre?

– No – Effie levantó entonces la vista, con una diminuta sonrisa dibujada en sus labios – Tal vez debería llamarle Haymitch. A fin de cuentas, te debe la vida, ¿verdad que sí? – añadió, utilizando un tono de voz algo más agudo para la última cuestión, que iba dirigida al recién nacido.

– Si quieres mi opinión, mejor Haymitch que algún nombre ridículo del Capitolio como Leoncio o Arsenio – se burló, arqueando ambas cejas.

El mentor terminó de acortar la distancia que le separaba de la cama, tomando asiento sobre el colchón y apoyando la espalda en el cabecero. Después de unas horas en este mundo, no había rastro alguno de piel azulada en el cuerpo del bebé, que había adoptado un saludable color rosa pálido. Una fina capa de pelo rubio cubría su cabeza, dándole un aspecto algodonoso, pero lo que más había impactado a Haymitch habían sido sus ojos. Si bien el color no era definitivo, al mentor no le quedaba duda alguna de que el tono sería tan azul como el de su madre.

El pequeño soltó finalmente el pecho de Effie, emitiendo un pequeño balbuceo que bien podía interpretarse como un gesto de haberse llenado por completo.

– ¿Cómo puede haber salido algo tan puro de un acto tan repulsivo? – murmuró la escolta después de unos segundos en silencio, rozando la mejilla del bebé con la punta de los dedos.

– Espera a que empiece a llorar cada noche y a fabricar caca sin parar y ya veremos si sigues considerando puro a ese crío – bromeó, ganándose una mirada reprobatoria.

– Gracias – susurró ella, después de unos minutos.

– No ha sido nada – replicó, incómodo. No recordaba la última vez en la que alguien le había agradecido sinceramente algo – Estamos en paz, supongo.

El bebé bostezó sonoramente, antes de acurrucarse en el calor que le proporcionaba el cuerpo de su madre. Tras mirarle con total fascinación durante unos instantes, Effie levantó la mirada, buscando los ojos del hombre.

– ¿Y ahora qué?

– Ahora… – murmuró él, alargando la mano para rozar la pelusilla que poblaba la cabeza del recién nacido – Supongo que nos toca aprender a seguir viviendo.

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Y hasta aquí el capítulo de hoy! Mira que me cuesta no escribir finales felices xD