¡Hola, hola! Hace meses leí un prompt en inglés sobre este AU de las almas gemelas, en donde todo el mundo tiene un alma gemela en alguna parte de Panem y cada vez que esa persona sufre algún daño, un moratón aparece en la piel del otro. Me gustó tanto la idea que me he pasado meses obsesionada con hacer mi propia versión... ¡y tachán! Lo único que me estaba quedando tan largo que he decidido dividirlo en dos partes :)

Por cierto... ¿qué me decís del contenido extra Hayffie de los DVD's de Sinsajo? :OOO

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Prompt: "Soulmates"

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Effie tenía cinco años cuando ocurrió por primera vez. Estaba jugando con un par de muñecas, sola en su habitación, cuando un dolor lacerante en la espalda la obligó a soltar un pequeño alarido. Rápidamente, sus pequeños ojos azules se llenaron de lágrimas. Sin embargo, tan pronto como había aparecido, el dolor desapareció, dejando a la pequeña desconcertada. Effie dejó sus muñecas abandonadas en el suelo y se acercó hasta el gran espejo que tapizaba la puerta de su armario.

Al levantarse la camiseta, pudo ver como unas líneas azules empezaban a aparecer sobre la piel blanca de su espalda. Moratones, aparentemente. Pero, ¿cómo? Estirando el brazo, la pequeña pasó los dedos por encima de las marcas, soltando un siseo entre dientes cuando el dolor volvió a aparecer. ¿Se habría dado algún golpe sin darse cuenta? ¿Pero con qué? No había nada en su casa que pudiera haberle provocado esos moratones en forma de líneas, que se superponían las unas sobre las otras dibujando un patrón bastante enrevesado.

– ¿Effie? ¿Estás bien, cielo? – al escuchar los pasos de su madre acercándose peligrosamente a la puerta de su habitación, la niña se recolocó rápidamente la camiseta y corrió hasta situarse de nuevo junto a sus muñecas. Unos segundos más tarde, la mujer abrió la puerta, echando un pequeño vistazo – Me había parecido escucharte gritar. ¿Estás bien, mi niña?

– Sí… pero Greta se ha hecho daño en el pie – mintió Effie, señalando a una de sus muñecas. En sus cinco años de vida, nunca jamás le había ocultado nada a sus padres. Nunca. Sin embargo, algo muy dentro de ella, le estaba diciendo a gritos que hoy era un buen día para hacer una excepción. Su madre, siendo incapaz de detectar la mentira de la niña, le sonrió con cariño, agachándose para inspeccionar a la muñeca, tomándose todo como un simple juego infantil.

– Bueno, estoy segura de que podrás curarla sin problemas.

Tras hacerle una pequeña caricia en la mejilla, la mujer salió de la habitación, permitiendo que Effie continuase con su juego.

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XXX

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En algún lugar del Distrito 12, a cientos de kilómetros del Capitolio, un niño lloraba en silencio arropado por los brazos de su madre, que lo miraba apenada y con una expresión de culpabilidad extrema dibujada en su rostro.

Al parecer, el pequeño había roto un vaso mientras que fregaba los utensilios utilizados en la comida ese día y su padre le había recompensando rompiéndole una vara de madera en la espalda a base de golpes. Las líneas se quedaron grabadas en su piel durante semanas.

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XXX

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A los siete años, Effie se despertó una mañana con un ojo morado. El color era tan intenso que no hubo manera de ocultárselo a sus padres.

– Me he tropezado y me he dado con el poste de la cama – mintió, mientras que su madre elevaba su rostro herido, sujetándola por la barbilla – Me puse tus zapatos, lo siento – añadió la niña, mirando de reojo al par de tacones que estaban tirados en un rincón de la habitación, demasiado altos para una cría tan pequeña.

– Vale… vale, vale, vale… Nada que un poco de maquillaje no pueda arreglar – respondió finalmente la mujer, tras examinar el daño producido – Tienes que tener más cuidado, Euphemia, ya sabes que la apariencia lo es todo – ante la mención de su nombre completo, Effie supo al instante que estaba siendo reprendida, pero ante el tono suave de su progenitora, supo que tampoco se había metido en problemas serios.

Esa noche, sin embargo, Effie escuchó discutir a sus padres por primera vez. Las voces apenas eran audibles a través de las paredes de la casa, pero aún así, la niña alcanzó a escuchar a su madre diciendo algo sobre el color anormal del moratón.

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Haymitch soltó un alarido, llevándose ambas manos a su ojo derecho.

– ¡Haymitch! ¡Haymitch! – un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años, se aproximó al adolescente con gesto preocupado – ¿Estás bien? ¡Lo siento mucho!

Contra todo pronóstico, Haymitch rompió a reír a carcajadas, sorprendiendo al pequeño, que se quedó mirándole fijamente con cara de circunstancia. Después de haber golpeado a su hermano mayor con una piedra, lo último que esperaba es que este empezase a reírse como un poseso.

– Estoy bien, no te preocupes – respondió finalmente el adolescente de mirada gris – Menuda puntería tienes para ser un mocoso tan pequeño, hermanito – añadió. En un abrir y cerrar de ojos, Haymitch levantó al niño por los aires, desatando sus carcajadas en una escena digna de uno de esos anuncios de familias felices que solían emitir en el canal del Capitolio.

Habían pasado solo tres semanas desde que los hermanos se habían quedado huérfanos de padre y el ojo derecho de Haymitch no hacía más que ponerse más y más morado a medida que iban pasando los minutos, pero el adolescente no podía ser más feliz. Y es que, por primera vez en quince años, Haymitch tenía una herida que no había sido producida por su progenitor.

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XXX

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El Segundo Vasallaje de los Veinticinco estaba llegando a su fin. Solo dos tributos quedaban en pie: la chica del Distrito 1 y el chico del Distrito 12.

Effie había vivido estos juegos con especial interés, ya que, por un lado, era el primer Vasallaje que podía ver en directo, y por otro lado, sus padres habían considerado que ya era lo suficientemente mayor como para poder trasnochar y ver los juegos por completo. Con un poco de suerte, puede que en un par de años más la dejasen apostar o incluso patrocinar a su tributo favorito.

La niña estaba tumbada de lado en el sillón del salón, mirando fijamente la pantalla de la televisión, con la cabeza apoyada en el regazo de su madre y los pies en el de su padre. Entonces, y sin previo aviso, un dolor extremadamente intenso en la zona del abdomen la hizo cerrar los ojos con fuerza y ponerse extremadamente rígida, respirando tan superficialmente que su pecho se quedó completamente paralizado. Sus padres, pensando que la actitud de la niña era debida a las imágenes macabras que se estaban emitiendo en ese preciso momento, rieron suavemente.

– Tal vez tendríamos que haber esperado un año más – comentó su progenitor, dándole un par de palmaditas en los pies, mientras que su mirada seguía clavada en la pantalla, viendo como la chica del Distrito 1 abría en canal al chico del Distrito 12 – Te vas a perder la mejor parte, cielo – añadió, toqueteando de nuevo los pies de la niña.

Pero Effie no podía ni moverse. El dolor era demasiado intenso, como si alguien la estuviese cortando por la mitad.

– Voy al baño un momento, no me encuentro muy bien – murmuró la pequeña, levantándose del sillón con movimientos lentos y suaves.

– Definitivamente, deberíamos de haber esperado otro año – sentenció el hombre, intercambiando una mirada con su esposa, sin darle más importancia al asunto.

Effie nunca llegó a ver como Haymitch Abernathy, tributo del Distrito 12, era proclamado vencedor del Segundo Vasallaje de los Veinticinco, teniendo que sujetar sus propias tripas con los dedos para evitar que sus intestinos terminasen desperdigados por el suelo antes de que el aerodeslizador del Capitolio le rescatase de la arena.

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Effie descubrió la verdadera historia detrás de sus misteriosos moratones a los dieciséis años. Las marcas habían seguido apareciendo en su piel a lo largo de toda su adolescencia, siempre sin motivo y siempre del mismo tono azul amoratado. La adolescente se había vuelto toda una experta en el arte de esconder estos defectos de los ojos de la gente. Tienes que tener más cuidado, Euphemia, ya sabes que la apariencia lo es todo.

Sin embargo, en el día de su dieciséis cumpleaños, la evidencia fue demasiado grande como para poder seguir ocultándola durante más tiempo. Su rostro presentaba dos grandes moratones; uno en la mejilla y otro en un lateral de la mandíbula. Por si no fuera suficiente, toda la zona de las costillas también se volvió de ese color azulado, provocándole un gran dolor cada vez que intentaba coger o expulsar el aire de los pulmones. La cara de terror que puso su madre al verla fue lo último que vio Effie antes de romper a llorar asustada.

– Oh, cielo… Ven aquí – susurró la mujer, tomando a la adolescente entre sus brazos y apretándola contra su pecho.

– ¿Me estoy muriendo? – preguntó Effie, siendo incapaz de detener el llanto.

El padre, al escuchar el alboroto proveniente de la habitación, no tardó demasiado en aparecer por la puerta, con gesto preocupado. De las cosas "de chicas" solía encargarse su esposa, pero nunca había escuchado llorar a su hija de esa manera.

– ¿Sucede algo? – como respuesta a la pregunta, la madre de Effie sostuvo su rostro con una mano, enseñándole a su marido los extraños moratones. Después de tantos años, no había lugar a dudas. La adolescente estaba empezando a sorprenderse, ya que en lugar de perder los papeles, sus padres parecían estar extrañamente tranquilos y no habían hecho ninguna pregunta al respecto – Effie, creo que ha llegado el momento de contarte una pequeña historia.

Y así, sus padres le confesaron todo lo que sabían sobre las almas gemelas, trasmitido de generación en generación entre los habitantes de Panem. Al parecer, eran pocos los afortunados que nacían con un alma gemela asignada y muchos menos eran capaces de encontrarla a lo largo de su vida, por lo que la historia era considerada solo un cuento para niños en muchas regiones del país. La única prueba de que dicha alma gemela existía y estaba viva en alguna parte, eran esos misteriosos moratones que se reflejaban en el cuerpo del otro cuando alguno de los dos sufría algún daño.

– Así que… ¿todas las marcas son porque en algún lugar de Panem hay un chico herido? – Effie había dejado de llorar, pero sus ojos azules aún seguían hinchados y enrojecidos.

– Por la forma de los moratones, diría que se ha metido en una buena pelea – comentó su padre, tras examinarle la zona de las costillas. Parecía disgustado, no solo por la presencia de los moratones, si no porque dudaba mucho que algún muchacho del Capitolio pudiera ser víctima de algo así. Esos golpes gritaban la palabra Distrito a los cuatro vientos.

– ¿Crees que estará bien?

– No le des más importancia, cielo – interrumpió su madre, haciendo un gesto vago con la mano. No parecía entusiasmarle que su hija mostrase interés por su supuesta alma gemela – Las posibilidades de que algún día llegues a encontrarle son prácticamente nulas, así que no merece la pena – la mujer salió de la habitación durante unos instantes, solo para volver con un montón de maquillaje entre las manos. El hombre se limitó a asentir con la cabeza, reforzando la afirmación – Centrémonos en cosas más importantes, como en arreglar lo que te ha hecho ese animal.

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No demasiado lejos de allí, en un callejón cercano a una zona de ocio nocturno del Capitolio, Haymitch Abernathy dormía tirado en el suelo. Estaba tan borracho que no había podido defenderse de sus atacantes, que habían utilizado sus costillas como saco de boxeo y después le habían dejado abandonado a su suerte.

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Effie se convirtió en la escolta del Distrito 12 a los veintitrés años, siendo una de las personas más jóvenes en la historia de los juegos en hacerse con el puesto. Por aquel entonces, Haymitch acababa de cumplir treinta y uno y se enfrentaba a su décimo aniversario como alcohólico empedernido.

Al bajar del tren, el alcalde del Distrito estaba esperando por ella en el andén de la estación. Cuando Effie le informó de su intención de ir a buscar a su mentor, para poder presentarse antes de la cosecha, el hombre la miró con cara de circunstancia y le informó de que Haymitch Abernathy llevaba ausentándose de la ceremonia los últimos cinco años. Aún así, nada consiguió disuadirla de caminar hasta la Aldea de los Vencedores y plantarse frente a la morada del mentor. Tras llamar insistentemente a la puerta durante un par de minutos, esta se abrió de forma brusca.

– ¿Señor Abernathy? Soy Effie Trinket, su nueva escolta – se presentó ella, tras intercambiar una breve mirada con el hombre que tenía delante. A pesar de estar de pie, parado, su cuerpo no dejaba de oscilar levemente hacia adelante y hacia atrás, delatando su estado de embriaguez.

Sin decir nada, y tras mirarla de arriba abajo, Haymitch le cerró la puerta en las narices. Effie soltó un gritito indignado, pero sin darse por vencida, volvió a llamar hasta que al hombre no le quedó otra que volver a abrirle.

– ¡Qué diablos quieres! – gritó, fulminándola con la mirada.

– Como ya le he dicho, me llamo Effie Trinket y soy su nueva escolta – contestó, utilizando un tono de voz extremadamente alegre y amable, como si nada hubiese pasado – Vamos con algo de retraso, así que le agradecería que no tardase demasiado en prepararse para la cosecha.

Haymitch empezó a reírse a carcajadas sin poder evitarlo. Una diminuta arruga apareció en una de las comisuras de Effie, pero más allá de eso, mantuvo la expresión de su rostro a raya.

– Lo siento, pequeña, pero creo que estás sola en esto – habló finalmente, cruzándose de brazos.

– Ya le he dicho que mi nombre es Effie – replicó, en referencia al apodo que Haymitch había utilizado – Y su deber como mentor de los tributos es estar presente durante la cosecha.

Ante su insistencia, Haymitch hizo un esfuerzo por aclarar su mente y miró de verdad por primera vez a la mujer que tenía delante. Su apariencia no distaba mucho de la de su última escolta: peluca ridícula, maquillaje ridículo, vestido ridículo y acento ridículo. Sin embargo, este mujer había demostrado tener bastantes más agallas. Una sonrisilla ladeada se dibujó en sus labios.

– Está bien, pequeña, tú ganas.

Sin darle tiempo a volver a protestar por el uso del apodo, Haymitch volvió a cerrar la puerta. Aunque no estaba demasiado segura, Effie decidió darle un voto de confianza y se alejó de la casa, dándole el tiempo necesario para vestirse y presentarse en la cosecha. Cuando solo quedaban cinco minutos para subir al escenario, la escolta empezó a arrepentirse de haber creído en la palabra de un borracho, ya que Haymitch seguía sin hacer acto de presencia.

Sin embargo, cuando parecía que todo estaba perdido, el mentor hizo su aparición, subiendo al escenario junto a ella. Su cuerpo no hacía más que tambalearse para los lados, pero eso no era lo peor ni de lejos. El cabello del hombre era un auténtico desastre. Sucio. Grasiento. Lleno de nudos. Barba de vagabundo, a juego con su camisa blanca llena de manchas de origen indeterminado y con sus pantalones viejos y desgastados. Al ver como los ojos de Effie casi se le salían de las órbitas, Haymitch sonrió complacido.

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Nunca lo admitiría en voz alta, pero dos Juegos del Hambre más tarde, la escolta había conseguido amaestrarle. Más o menos. Haymitch seguía siendo igual de irreverente, irrespetuoso y maleducado, pero al menos, Effie conseguía que cumpliese con los eventos más fundamentales de su agenda cada año. Tratar con la odiosa población del Capitolio y escuchar la vocecilla molesta de Effie merecía la pena por ver su rostro crispado, alerta, tratando de averiguar en qué momento dejaría de ser el Haymitch-mentor para convertirse en el Haymitch-patán que tanto disfrutaba dejándola en ridículo cuando menos lo esperaba. Sus tributos de este año no habían sobrevivido al baño de sangre de la Cornucopia, así que Effie no tuvo la necesidad de ir a amenazarle para que se dejase ver entre los patrocinadores. Eso le dejó muchas horas libres al día para dedicarse a experimentar con los exclusivos licores de los bares del Capitolio.

Esa noche, justo cuando estaba terminando de quitarse la peluca, tras hacer lo propio con la gruesa capa de maquillaje que cubría su rostro, Effie le escuchó entrar en el ático a trompicones. En un principio se propuso ignorarle, meterse en la cama y dormir a pierna suelta hasta el día siguiente, pero los golpes contra los muebles siguieron sucediéndose. Tras un estruendo particularmente escandaloso, todo se quedó en silencio.

– ¿Haymitch? – llamó la mujer, abriendo ligeramente la puerta de su cuarto y asomando la cabeza. Sus ojos no tardaron en encontrar el cuerpo inmóvil del mentor tirado en el suelo, tras haber tropezado con una silla. Un suspiro cargado de resignación escapó de sus labios. Tras anudar con algo más de fuerza la bata alrededor de su cuerpo, sobre el camisón corto que llevaba puesto, Effie salió al exterior – ¿Puedes levantarte?

– Hola, princesa – saludó, arrastrando las sílabas de una forma que hacía que fuese prácticamente imposible entenderle – Diría que me alegro de verte, pero eso sería mentir – una carcajada corta escapó de sus labios, riéndose de su propio chiste. Su mirada trataba de enfocar el rostro de la mujer en la oscuridad, sin demasiado éxito.

– Estás borracho.

– No me digas… No entiendo cómo nadie te ha premiado aún por tu inteligencia superior.

Ignorando sus provocaciones, Effie se agachó a su lado, agarrándole de un brazo con la intención de ayudarle a incorporarse. Pero Haymitch era un hombre grande, y aunque ni de lejos se encontraba en su mejor momento, aún gozaba de una fuerza física bastante remarcable. Con un simple tirón, Effie terminó de rodillas en el suelo, con su rostro a pocos centímetros del mentor.

– ¡Deja de hacer el tonto! – le regañó ella, ya que era más que obvio que lo había hecho aposta. Sin embargo, Haymitch se quedó callado, observándola fijamente. Al parecer, su mirada gris por fin había sido capaz de enfocar a la persona que tenía delante.

– ¿Effie? – preguntó, confuso. La mujer que tenía delante no se parecía en nada al payaso que decía ser su escolta. Ella aún no se había dado cuenta de lo que estaba pasando, por lo que solo se limitó a fruncir el ceño.

– Has debido de golpearte la cabeza al caer – continuó regañándole – Cualquier día de estos vas a hacerte daño de verdad, ¿sabes? ¡Eres un irresponsable!

Como si hubiese entrado en trance, Haymitch levantó la mano en el aire hasta que sus dedos lograron enrollarse alrededor de uno de los mechones de pelo de Effie. Ella no tardó en darle un pequeño manotazo.

– ¿Me estás escuchando?

– Eres rubia – comentó el mentor, ignorando por completo las palabras de la mujer. Ella se quedó en silencio, incorporándose levemente para poner algo de distancia entre ambos. No había sido consciente de su aspecto hasta ese mismo instante.

– Estaba a punto de irme a dormir, no me ha dado tiempo a volver a arreglarme – se excusó, como si hubiese hecho algo malo. Ni siquiera sus padres solían verla sin todos sus artefactos del Capitolio desde hacía muchos años, así que la mirada inquisitiva de Haymitch la estaba haciendo sentir extremadamente incómoda. Más que de costumbre – Levántate, vamos.

Sin embargo, el hombre volvió a hacer oídos sordos a sus palabras y extendió la mano en su dirección. Esta vez, en lugar de acabar en su pelo, sus dedos terminaron rozando la piel de su rostro.

– ¿Cuántos años tienes? – preguntó. Su voz seguía escuchándose pastosa y tenía los ojos vidriosos. Esta vez, Effie tardó bastante más en apartar su mano, y cuando lo hizo, el movimiento no fue tan brusco como segundos atrás.

– Eso no es una pregunta que puedas hacerle a una dama – replicó ella, retomando su molesto acento del Capitolio. El mentor hizo una mueca burlona, rodando los ojos hacia un lado, aún tumbado en el suelo, lo que logró hacerla sonreír levemente – ¿Me conoces desde hace tres años y ni siquiera sabes qué edad tengo?

– Estoy tratando de averiguarlo, pero aparentemente no es algo que pueda preguntarte, princesa.

– Yo nunca te he preguntado y sé cuántos años tienes – replicó.

– Eso tampoco tiene demasiado mérito – y ambos sabían que era cierto. Era imposible encontrar a alguien en Panem que no supiera que Haymitch se había proclamado vencedor de los 50º Juegos del Hambre a los dieciséis años, así que todo era cuestión de echar cuentas. En cuanto a ella, era complicado realizar una estimación con toda esa capa de maquillaje ocultando siempre sus facciones. El alcohol volvió a nublar la mirada de Haymitch durante unos instantes, haciendo que sus ojos grises perdieran el enfoque – Creo que voy a vomitar…

Ante semejante aviso, Effie reanudó su tarea de levantar al mentor del suelo, empujándole hacia el cuarto de baño antes de que fuera demasiado tarde. Cuando el hombre comenzó a vaciar los contenidos de su estómago en el inodoro, la escolta decidió esperarle fuera. Si los ruidos ya le revolvían las entrañas, no quería arriesgarse a que el aroma llegase hasta su nariz.

Unos minutos más tarde, el sonido de la cadena del retrete fue señal de que ya podía volver a entrar al cuarto de baño. Con lo que no contaba era con que, para intentar levantarse del suelo, Haymitch se había apoyado en la puerta, introduciendo más de media mano en el hueco que existía entre las bisagras y la pared. Cuando Effie abrió la puerta, un alarido de dolor salió de los labios de ambos.

Haymitch se llevó la mano al pecho, tratando de proteger sus dedos aplastados. Effie hizo exactamente lo mismo, observando como un moratón azul empezaba a cubrir sus nudillos. De no ser porque era biológicamente imposible, la escolta habría jurado y perjurado que su corazón llegó a detenerse durante varios minutos esa noche.

– ¿Querías romperme la mano o qué? – exclamó Haymitch. Aún continuaba demasiado borracho como para fijarse en que la mujer estaba agarrándose exactamente la misma extremidad que él, en la misma posición. Y desde luego, estaba demasiado borracho como para darse cuenta de que ella estaba al borde de un ataque de histeria.

– Es… es tarde. Vete a la cama – murmuró con un hilo de voz. Sin darle tiempo a responder, Effie giró sobre sus talones y se encerró en su habitación. La escolta empezó a llorar tan pronto estuvo segura de que nadie más podría escucharla, apretando sus dedos amoratados contra el pecho.

Nunca llegó a responder a la pregunta del mentor, y al despertarse al día siguiente, resultó que la resaca le había dejado en tan mal estado que apenas recordaba haberse caído al suelo al entrar en el ático la noche anterior, mucho menos la conversación posterior. Sin embargo, Effie nunca podría olvidar que, a los veinticinco años, descubrió que Haymitch Abernathy era su alma gemela.

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Al año siguiente, Haymitch notó que su escolta estaba inusualmente seca y distante, evitando pasar más tiempo del estrictamente necesario en su presencia. No es que le importase demasiado, pero después de cuatro años, había empezado a acostumbrarse a la forma de actuar de Effie y ahora se le hacía raro verla tan cambiada.

Una vez más, sus tributos murieron sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo, así que el mentor no tardó en olvidar todo lo ocurrido, perdiéndose en el alcohol.

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Durante los sexagésimo novenos Juegos del Hambre, Effie realmente llegó a creer que el Distrito 12 tenía una posibilidad de ganar. Los tributos habían salido del pueblo y no de la Veta, un chico de diecisiete años y una chica de dieciocho, ambos en buena forma física y lo suficientemente atractivos como para no pasar desapercibidos. La arena había sido un desierto ese año, lo que no daba ventaja a ningún tributo sobre los demás. Los juegos, más que nunca, se iban a decidir en la sala de los patrocinadores y cierta escolta estaba dispuesta a hacer todo lo necesario con tal de conseguir un apoyo.

Tras horas de flirtear, encandilar y mostrarse completamente encantadora con todo el mundo, Effie terminó acordando con un hombre de pelo verduzco el envió de un par de botellas de agua a la arena. Solo hacía falta que Haymitch cerrase el trato y estaría hecho. Sin embargo, antes de que ella pudiese dar con el mentor, una gran tormenta de arena se desató en mitad del campo de batalla, acabando con la vida de casi la mitad de los tributos que quedaban vivos en ese momento, incluyendo a los dos adolescentes del Distrito 12. Profundamente disgustada con lo ocurrido, Effie abandonó la Sede Central y regresó al ático en busca de algo de intimidad. No esperaba encontrarse allí con alguien que no fuese Haymitch, mucho menos con cierto hombre de cabello verde.

– ¿Señor Bancroft? – el individuo, de unos cincuenta años, estaba de espaldas a la entrada, de pie junto a uno de los sillones de la sala de estar.

– Effie, querida – saludó, poniéndose en pie – Llámame Gracius, por favor.

– Claro, por supuesto. ¿Qué está haciendo aquí? – inquirió, extrañada. Instantes después, recordó que ella le había prometido que Haymitch no tardaría en ponerse en contacto para cerrar el trato. Seguramente, y al no recibir respuesta, Gracius Bancroft se había desplazado hasta el centro de entrenamiento para buscar al mentor él mismo – Mucho me temo que tu ayuda ya no va a ser necesaria, Gracius, el Distrito 12 acaba de quedarse fuera de los juegos, ¿no lo has visto?

– Oh, por supuesto que lo he visto. Una lástima, querida – habló, con ese tono de fingida aflicción tan típico en el Capitolio – Aún así, creo que teníamos un trato.

Effie se había acercado hasta él, quedando de pie a su lado junto al sillón. Sin embargo, al escuchar sus palabras, empezó a arrepentirse de no haber mantenido la distancia.

– ¿Un trato?

– Claro, querida. Debido a las circunstancias no voy a poder cumplir con mi parte, pero eso no impide que tú puedas cumplir con la tuya, ¿verdad? – replicó Gracius, alzando la mano para poder rozar la mejilla de la mujer con la punta de los dedos.

– Creo que ha habido un malentendido. Voy a tener que pedirle que se marche, Señor Bancroft – respondió la escolta. Sin embargo, al intentar retroceder un par de pasos para indicarle la salida, la mano del hombre se cerró alrededor de su bíceps y de un empujón la hizo chocar contra su pecho.

– No hay ningún malentendido, no hace falta que te hagas la inocente ahora – uno de los brazos del hombre se enredó alrededor de su cintura, apretándola aún más contra su cuerpo – No eres la primera escolta que hace esto y tampoco creo que seas la última… Así que tranquila, será nuestro pequeño secreto.

– Le repito que no se de qué me esta hablando. ¡Suélteme ahora mismo! – si bien era cierto que había coqueteado insistentemente con él hasta conseguir su propósito, Effie no recordaba haber insinuado y mucho menos afirmado que el trato terminaría de cerrarse entre las sábanas. La mujer empezó a resistirse con más fuerza, tratando de zafarse, sin demasiado éxito, de los brazos del hombre.

– Tú te lo has buscado, querida – y en un abrir y cerrar de ojos, la palma de su mano hizo contacto con la mejilla de la mujer, lazándola al suelo del golpe.

Antes de que le diese tiempo a gritar para pedir ayuda, una nueva bofetada la hizo quedarse atontada durante unos segundos, tiempo que Gracius aprovechó para tumbarse sobre ella y colocar una mano sobre su nariz y su boca para impedirle gritar. Con la mano que le quedó libre, empezó a manosearla por encima del vestido, tocando su cuerpo sin ningún tipo de reparo y amasando sus curvas de forma brusca. Effie intentó golpearle, darle una patada e incluso morderle, pero el peso del cuerpo del hombre la estaba aplastando contra el suelo y la mano que le cubría la boca y la nariz estaba empezando a cortarle el suministro de aire. Gracius empezó a levantarle el vestido y se colocó entre sus piernas, provocando que la escolta perdiera los nervios por completo y empezase a llorar al darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Un grito se ahogó en su garganta al sentir como el hombre empezó a tocarla por encima de la ropa interior. Pero entonces, todo el peso que la mantenía cautiva se esfumó por completo, al igual que las manos sobre su cuerpo.

Debido al shock, Effie tardó varios segundos en comprender que había sido Haymitch el que la había liberado, y que ahora mismo, estaba a punto de matar a Gracius Bancroft con sus propios puños. El rostro del patrocinador se iba volviendo más y más irreconocible a medida que el tiempo seguía pasando. Su sangre incluso llegó a salpicar la alfombra y los muebles cercanos. Gateando por el suelo, Effie se acercó hasta Haymitch, agarrándole por el brazo para evitar que su puño conectase con la cabeza de Gracius por enésima vez.

– ¡Para! Por favor, por favor no sigas – gritó entre lágrimas. El mentor se separó del otro hombre, no sin antes propinarle un último puñetazo.

– ¿Vas a defenderle?

– ¡No! ¡Por supuesto que no! – replicó la escolta – Pero si le matas, habrá consecuencias muy graves para los dos. No merece la pena – esas palabras consiguieron despertar algo de cordura en él. Si bien no tenía nada que perder, sería estúpido matar a un individuo indeseable solo para conseguir que Effie terminase pagando las consecuencias de dicho crimen.

Haymitch se puso en pie y agarró el cuerpo inconsciente de Gracius Bancroft, arrastrándolo hasta el ascensor del ático. Tras aporrear el botón con violencia, arrojó al hombre en el interior y dejó que las puertas se cerrasen, llevándoselo a los pisos inferiores. Al girar sobre sus talones, su mirada gris se cruzó con los ojos azules de Effie. La mujer seguía de rodillas en el suelo, con el vestido fuera de lugar, la peluca algo torcida y el maquillaje emborronado por el llanto. Estaba temblando como una hoja a la intemperie.

– ¿Ha llegado a hacerte algo? – preguntó Haymitch con tono sombrío, tensando los músculos del cuello y la mandíbula. La escolta se apresuró a negar varias veces con la cabeza, tomando por fin la decisión de volver a ponerse en pie. La mejilla aún le ardía, pero en un mundo donde las apariencias lo eran todo, Effie estaba segura de que las bofetadas no le dejarían marca a largo plazo. Los hombres del Capitolio sabían bien como pegar silentemente.

Los nudillos de Haymitch estaban completamente ensangrentados, lo que unido a su mirada desencajada y al aroma permanente a licor, le dotaba de un aspecto bastante salvaje. Aún así, Effie no dudó en acortar la distancia que los separaba y lanzarse a sus brazos. El mentor se tensó más aún ante la súbita invasión de su espacio personal, pero en lugar de apartarla, Haymitch rodeó a la escolta con sus brazos, apoyando ambas manos sobre su espalda. Effie aferró se con fuerza a la camisa del mentor, arrugando la tela entre sus puños. Cuando la tensión empezó a ser molesta, el mentor cogió a la mujer por las muñecas con suavidad, pero con la firmeza suficiente como para conseguir que ella le soltase.

Y justo en ese momento, los ojos grises se clavaron sobre los moratones azules. Los nudillos de Effie estaban cubiertos por completo por las marcas. Marcas con una forma y una extensión idénticas a las heridas que él tenía sobre sus propias manos. Haymitch dio un paso hacia atrás, alejándose de ella con la mirada desencajada.

– Deberías irte a dormir, preciosa – murmuró, instantes antes de desaparecer por el pasillo que daba a las habitaciones, dejando a la mujer con la palabra en la boca.

El mentor no dijo nada al respecto, ni esa noche ni las siguientes hasta el final de los juegos. Tampoco en el momento en el que ella se despidió de él en la estación del Distrito 12 antes de regresar al Capitolio. Pero Effie había visto sus ojos y la expresión de su rostro al ver los moratones. No había duda de que, a los treinta y cinco años, Haymitch Abernathy por fin había descubierto que también tenía un alma gemela.

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Hasta aquí la primera parte! Nos leemos en los comentarios :)