Era una pregunta que no me había hecho nadie, aunque no seguía en contacto con nadie de aquella época. Había llegado a este mundo sola. Mi familia había muerto en Asgard durante la rebelión. Yo escapé por poco. Las pocas pertenencias que pude traer conmigo vinieron envueltas en el tapiz que tenía colgado en el salón. En su mayoría eran libros, aunque recuerdo llevar también comida. Y mis cartas del Tarot. A parte de eso, el farolillo que llevaba en la mano y la espada que llevaba en la otra (era un mundo nuevo, y por tanto, peligroso). Crucé el portal en camisón, con una capa por encima y con el miedo en los huesos.

Miré a Freddie. Esperaba mi respuesta con una sonrisa. Tenía unos dientes tan blancos… Decidí no entrar en detalles sobre mi huida de Asgard, dadas las circunstancias. No quería volver a ver la culpa en sus ojos. Hice memoria y sonreí:

-Este mundo es… diferente al que estábamos acostumbrados. Aquí no hay magia. No debemos usarla en público. Al principio éramos perseguidos y eliminados por ello. Así que nos ocultamos. A pesar de ello, este es un mundo grande e interesante. Cuando llegué aquí, tuve que ser lista y trabajar para sobrevivir. Me he dedicado a muchas cosas, y todas ellas diferentes. He sido matrona, camarera, doncella, he tenido dinero y he sido rica, he sido bibliotecaria, he trabajado en museos… Me casé, viajé… He hecho muchas cosas – dije intentando sonar interesante.

Me miró con atención. Puso gesto divertido.

-Creo que ya sé por qué te llevabas tan bien con Ingrid- dijo misterioso.- ¿Así que te casaste?- dijo, casual. Se me cayó el alma a los pies. Quizá debí haber pasado ese detalle por alto. Me mordí el labio. -¿Hay pequeños Le Bruns pululando por el mundo?- levanto las cejas.

La carcajada que solté no fue normal. Sonó a bruja malvada. Pero era gracioso que me preguntara eso. ¿Yo? ¿Hijos? Por favor.

-Cielos, ¡No!- dije una vez pude reunir un poco de aire para respirar.- De hecho uno de mis maridos me dejo por ello- Genial. Si aquello fuera un interrogatorio real y yo una espía me sacaría toda la información. Sería algo así como la peor espía de la historia.

-¿Uno de ellos? ¿Cuántos hubo?- dijo burlón. Había olido sangre. Sabía que no querría hablar del tema e insistiría. Lo sabía. Yo ya estaba roja como un tomate.

-Cuatro- dije bajito. Lo mire de reojo.

-Estas colorada- dijo sacándome la lengua.

-Oh, cállate- le di un manotazo en el brazo y me tapé la cara con las manos.

-Así que estás hecha toda una rompecorazones.- dijo riendo e ignorándome.

-No, te equivocas eso no…- suspiré y me levanté.- Voy a hacer la cena- dije dirigiéndome a la cocina.

-¿Así que pretendes envenenarme?- dijo levantándose con agilidad del sofá.- Deja al menos que te ayude.

La miré ordenar sus ideas y finalmente sonreír. Cuando se concentraba miraba al infinito y a veces torcía la boca hacia un lado. Era un gesto algo infantil, pero de alguna manera era tal y como la recordaba. ¿La había echado de menos acaso? Miré como caía su pelo castaño hacia adelante. Estaba seria y sus ojos miraban a la nada. En una décima de segundo, pareció volver y sus ojos me miraron:

-Este mundo es… diferente al que estábamos acostumbrados. Aquí no hay magia. No debemos usarla en público. Al principio éramos perseguidos y eliminados por ello. Así que nos ocultamos. A pesar de ello, este es un mundo grande e interesante. Cuando llegué aquí, tuve que ser lista y trabajar para sobrevivir. Me he dedicado a muchas cosas, y todas ellas diferentes. He sido matrona, camarera, doncella, he tenido dinero y he sido rica, he sido bibliotecaria, he trabajado en museos… Me casé, viajé… He hecho muchas cosas – Oír aquello me hizo plantearme que habría hecho yo de haber llegado a este mundo con mi familia.

Un momento… ¿Se casó? ¿Vi? ¿La Vi que yo conocía? Sentía curiosidad… ¿Qué clase de hombre habría conseguido engañarla para eso?

-Creo que ya sé por qué te llevabas tan bien con Ingrid- dije sonriendo- ¿Así que te casaste?- lo dejé caer, no pude evitarlo. Vi cómo se mordía el labio. -¿Hay pequeños Le Bruns pululando por el mundo?- me salió del alma. Fue una estupidez por mi parte. Por un lado si decía que si me sentiría viejo y… Algo triste. Por alguna razón la idea de que ella tuviera hijos era… ¿Abominable? No sabría describirlo con exactitud.

Una carcajada estalló por sorpresa. De esas que parece que te ahogas. Tenía una risa divertida, he de admitirlo, pero me pilló desprevenido. Me reí bajito.

-Cielos, ¡No!- dijo. Al parecer la idea de tener hijos le parecía divertida y absurda. Una sensación de alivio me recorrió. -De hecho uno de mis maridos me dejo por ello-

-¿Uno de ellos? ¿Cuántos hubo?- dije para molestarla. Aunque el hecho de que hubiera más de uno… Era raro. Ella nunca había dado a entender en Asgard que estuviera interesada en esos temas. Aunque también es verdad que Ingrid y ella se pasaban mucho tiempo en la biblioteca del palacio. Quizá eso tuviera algo que ver.

-Cuatro- susurró, colorada. Ajá. Me sentía raro, pero si estaba colorada sabía que no querría hablar de ello… Así que seguiría indagando.

-Estás colorada- le saqué la lengua. Me lo estaba pasando en grande.

-Oh, cállate- me dio una manotazo en el brazo. Mi primer impulso fue hacerla cosquillas, pero me contuve. Acababa de llegar. Quizá no se lo tomaría muy bien. No quería que me echara a patadas de su casa.

-Así que estás hecha toda una rompecorazones.- continué. A patadas no sé, pero por la ventana… Me lo estaba ganando. Y lo sabía. Pero no podía evitarlo.

-No, te equivocas eso no…- suspiró y se levantó. La seguí. –Voy a hacer la cena.

-¿Así que pretendes envenenarme?- bromee para relajar el ambiente. ¿Se habría enfadado? – Deja al menos que te ayude. – dije, ya en serio.

Aceptó su ayuda a regañadientes y ambos se metieron en la cocina. Partieron la verdura en silencio y la pusieron al fuego con la carne. Tardaría un rato en hacerse. Se miraron. Freddie fue el primero en hablar.

-Perdona… Si no quieres hablar de ello…- titubeó.

Violet negó con la cabeza.

-No… Es solo que… Pasó hace mucho tiempo.- se cruzó de hombros y sonrió algo triste. Se recostó contra la encimera y tomó aire. Miró a Freddie.

-Tuve cuarto maridos. El primero, John. Vivimos apenas un año juntos. Cuando vio que no teníamos hijos, me abandonó. Pasó un siglo entero hasta que volvi a casarme. Se llamaba Lowell. Era Guapo, joven, adinerado…- Se le iluminó el rostro.

-¿Qué pasó?- dijo Freddie ladeando la cabeza.

-No me casé con él por eso, él era mi mejor amigo, lo pasábamos en grande.

-Os llevabais bien- dijo el chico encogiéndose de hombros.

-No fue un matrimonio como tal… En realidad- Violet soltó una risita.

-¿Qué?- dijo él, curioso.

- Le gustaban los hombres- dijo alegremente.- Nos casamos porque en aquella época él necesitaba una esposa y yo estar casada. Era lo aceptado. Tuve mucha vida social. Ibamos al teatro, a bailes… Yo tenía mis amantes y el los suyos.

Freddie rió divertido.

-Luego vino Mattew. Fuimos felices… Un tiempo. Lo abandoné.

-Que cruel- sentenció mirándola extrañado.

-Se tiraba a la criada- dijo ella con gesto altivo.

-Que desgraciado- dijo él negando con la cabeza.

-Y por último… Tom. Vivimos juntos unos cuatro años. Era un hombre maravilloso. Éramos jóvenes y alegres. Hasta que tuvo que alistarse. La Guerra se lo llevó al frente en Alemania. Murió. No encontraron su cuerpo. Todo cuanto me trajeron de él fue su placa de identificación. No volví a casarme. – dijo escuetamente, alicaída.

-Vaya, Vi… Lo siento- se acercó y la abrazó con fuerza, intentando consolarla. Se sentía fatal por tener que hacerla recordar todo aquello.

-No pasa nada- sonrió débilmente.

Cenaron en silencio Freddie pensando en que había metido la pata y Violet inmersa en sus recuerdos.

Cuando abrió el sofá y puso las mantas Freddie la examinaba preocupado. Se acercó a él, lo abrazó durante unos instantes, cerrando los ojos y se fue en dirección a su cuarto.

-Buenas noches, Freddie- dijo con tono cálido y una sonrisa.

Freddie respiró un poco más aliviado, al menos parecía que había olvidado su ensimismamiento. Se metió bajo las sábanas y no tardó en dormirse.

Violet se tumbó sobre el edredón y tras un instante de duda, se hizo un ovillo y se tapó. No eran los recuerdos lo que la habían dejado muda… Exactamente. Cerró los ojos, pudiendo pensar sólo en la calidez de ese abrazo.