Vi abrió los ojos antes de que el despertador sonara y puso música a todo volumen, la verdad es que estaba de buen humor y le gustaba empezar las mañanas con energía. Aún a medio vestir y con la música resonando por todo el piso, se encaminó bailando hacia la cocina, animándose y cantando a la vez. Se apoyó en la encimera mientras hacía más pasos de baile y el desayuno se preparaba solo. Cuando las tostadas salieron de la tostadora aterrizaron en el plato que tenía en la mano. Fue entonces cuando se dio la vuelta para encontrarse a Freddie mirándola con mueca divertida y una ceja levantada, conteniendo la risa.
Había dormido realmente bien, siempre ponía música por la mañana y bailaba un rato, o cantaba o hacía el tonto pero… No había tenido en cuenta que no estaba sola en casa. Hasta que me topé con la mirada de Freddie, claro. Qué vergüenza. Había visto mi numerito. Y ahora no pararía de burlarse. Ay, ¿por qué a mí?
-¿Tostadas?- fue lo único que alcance a decir.
-Sólo si las vuelves a preparar exactamente así- dijo él riendo.
Tierra trágame. Fui hasta la mesa del comedor y mi desayuno me acompañó flotando detrás.
-Pensé que la magia estaba "prohibida" aquí- Observó incrédulo -¿Y qué horas son estas? Apenas ha amanecido, ¿por qué estás levantada?- Dijo con cara de sueño. Estaba claro que le había despertado con mi música.
-En primer lugar- Levanté un dedo mientras mis tostadas se untaban con mantequilla- dije que nada de magia en público, en privado la uso bastante, por las mañanas no me apetece preparar el desayuno a mano. Y en cuanto a lo de la hora, tengo que ir a trabajar. Y antes de que preguntes, si, entro a estas horas.- tomé una tostada y le di un buen mordisco.
Se quedó pensativo unos momentos – ¿En qué consiste tu trabajo?- me miró con interés.
-Soy forense- dije dando un sorbo de zumo. Me miraba con el ceño fruncido, confuso. –Examino cadáveres para determinar de qué han muerto- aclaré.
-Los viejos hábitos nunca mueren, ¿eh?- bromeó con una sonrisa de medio lado- Y… ¿trabajas tú sola? ¿Haces… trampa?- dijo divertido.
Rodé los ojos -¿Qué pasa, que por el hecho de ser una nigromante no puedo ser profesional en mi trabajo? – me crucé de brazos a la defensiva.
Levanté las manos en señal de disculpa.
-Pensé que sería lo lógico. Aunque usar la magia en el trabajo debe de contar como público, ¿no?- deduje en voz alta. La miré mientras terminaba el desayuno. Se veía desordenada, algo despeinada y aún en pijama, que consistía en una indumentaria… algo más reveladora de lo que estaba acostumbrado. Intenté no mirarla demasiado, pero me era difícil. ¿Siempre había tenido una silueta así de definida, o las vestimentas de Asgard eran demasiado holgadas? La verdad es que no lograba recordarlo con claridad, había pasado mucho tiempo encerrado. El caso es que yo intentaba disimularlo pero su piel era tan pálida que parecía brillar, era casi hipnótico. Un momento…
-Deja lo que sea que estés haciendo, no tiene gracia- me quejé apartando la vista hacia la mesa.
-¿Perdona?- casi se atraganta con el café ante mi reacción, parecía confusa.
-Tus jueguecitos mentales, ya sabes a lo que me refiero- dije molesto.
-Yo no tengo la culpa de que me mires las piernas embobado, Freddie- dijo divertida, dándome un leve puntapié.
No estaba seguro de si me estaba tomando el pelo o iba en serio. Violet era una poderosa hipnotista, de hecho, en Asgard tenía una gran reputación por ello. Bueno, por eso y por ser la primera nigromante que nacía en dos mil años. No era un poder muy común, de hecho, muchos recelaban de ella por este motivo. Yo sabía que ella tenía buen corazón y no usaba sus poderes para hacer mal alguno, pero había registros de otros nigromantes menos benévolos en el pasado, y algunos la temían. Además dominaba la hipnosis, y tener dos dones tan sobresalientes era algo extraordinario, incluso para la nobleza. Había llegado a dominar sus dones a base de un estudio arduo, razón de más para armonizar con Ingrid.
-¿Seguro que no es cosa de tus artes hipnóticas?- levanté una ceja.
-Claro que no, ¿a mí de que me sirve eso?- me sacó la lengua como cuando éramos niños.
-No sé a lo mejor…- la miré de forma seductora.
Pareció confundida por unos segundos, y de repente se puso pálida (más aún) y puso cara de susto. Seguí su mirada hacia una esfera compuesta de muchos números y agujas.
-Mierda, llego tarde- salió escopetada hacia su cuarto y volvió cambiada y con un maletín en la mano.
-Volveré para comer, siéntete como en casa, pero no cacharrees con los aparatos, me gustaría que la casa siguiera aquí cuando vuelva- dijo antes de salir por la puerta.
-¿Me dejas aquí tirado?- bromeé. -¿Violet?- llamé a la nada. Se había ido y había dejado la puerta abierta. Qué mujer. La iba a echar de menos en su ausencia. ¿Acaso empezaba a sentir algo por ella... más allá de la complicidad que teníamos en Asgard como amigos?
