Sasuke tenía los oídos cubiertos, los aparatos hechos específicamente para prevenir que escuchara nada. Había una pantalla frente a la boca de Sakura, para evitar que pudiera leerle los labios. Sólo bajo esas condiciones, mientras ella miraba el Sharingan sin parpadear, acabó por confesar, tras cincuenta y ocho segundos de silencio.
—Sasuke se vuelve malo. La locura lo devora. Se hunde en las sombras. Lo destruye todo. Mata a todos. Kakashi, Naruto, yo. Todos morimos. El odio lo consume.
Lloró mientras lo decía, haciendo que Sasuke frunciera el ceño, pero era incapaz de comprender qué pasaba. Kakashi escuchó; él fue el único al que se le permitió escuchar. Sakura no era consciente de otras personas a su alrededor, pero sabía que estaban ahí si era informada. Y esa fue su petición, la única condición: que Kakashi fuera el único testigo.
Kakashi no sabía qué decir. Obviamente, le habían lavado el cerebro. Por qué, para qué, no lo sabía. Podría haber sido un movimiento contra Sasuke, pero si ése era el caso, el plan salió mal. El estado de la chica había unido a su equipo más que nunca, y cementado que el más joven de los Uchiha permanecería en Konoha.
Itachi no dejaba hilos sueltos como esa posibilidad en el aire. No cometía errores de cálculo tan enormes. Debió haber estado observando, y seleccionado específicamente a Sakura Haruno. Estaba claro que tenía que ser él, y con alguien como Itachi, era mejor intentar averiguar las cosas con la lógica más retorcida e improbable.
Así que Kakashi asumió que el efecto deseado era hacer que Sasuke se quedara en Konoha. Reforzar sus vínculos con la aldea. Apartarlo de su venganza, por ahora. Y por algún motivo, convencer a Sakura de que Sasuke estaba destinado a marcharse de todos modos y destruirlos a todos.
Por más que lo intentó, Kakashi no pudo sacudirse de encima el escalofrío que esta posibilidad le infligió.
