Sasuke observó la expresión jovial de Sakura hasta que se convirtió en su típica máscara vacía. Sin el Sharingan, seguía sucediendo. Al menos, ahora ella era capaz de las acciones más básicas por su cuenta. Él se había acostumbrado al esfuerzo de mantener sus ojos activados a menudo, pero seguía habiendo una presión incómoda en su pecho.
Sin importar cómo de normal pareciera, Sakura estaba lejos de estar bien. Tenía ataques de pánico, apenas hacía nada si no se le era indicado, y se mantenía inconsciente de casi todo y todos. Sus reacciones más rápidas tardaban dieciocho segundos en suceder. Sólo en raras ocasiones era capaz de hablar por su cuenta, casi siempre mientras estaba experimentando emociones intensas, ya fueran buenas o malas.
Estaba ahí, en alguna parte. Podían alcanzarla, o al menos, él podía… pero Sakura no era libre. Sasuke sabía que no debería importarle hasta el punto de sentir dolor al pensar en ello, pero aquí estaba, dejando que sucediera.
Porque ella lo necesitaba. Y a Naruto, y a Kakashi, y todos sus amigos (cada uno en un nivel distinto de idiotez). Sabía que ella era consciente de su condición, expresando ansiedad respecto a su desconexión con el exterior. Y ellos se preocupaban por ella; la echaban de menos, incluso. No la dejarían sola. No la dejarían atrás. No podían.
Él y Naruto habían prometido que, algún día, la traerían de vuelta, sin importar lo que costara.
