Prólogo
Isabella Swan miró a su padre por encima de las anotaciones contables. A su lado estaba Renne, su madre. La muchacha no sentía miedo alguno de aquel hombre, pese a todo lo que él había hecho, de año en año, para atemorizarla. Le vio los ojos enrojecidos, rodeados de grandes ojeras. Ella sabía que aquel rostro desolado se debía al dolor de haber perdido a sus amados hijos varones: dos hombres ignorantes y crueles, réplicas exactas del padre.
Isabella estudió a Robert Swan con una vaga curiosidad. Normalmente no dedicaba tiempo alguno a su única hija mujer. De nada le servían las mujeres desde que, tras la muerte de su primera esposa, la segunda (una mujer asustada) no le había dado más que una hembra.
– ¿Qué queréis? – preguntó ella con calma.
Robert miró a su hija como si la viera por primera vez. En realidad, la muchacha haba pasado casi toda su vida escondida, sepultada con su madre en habitaciones aparte, entre libros y registros de contabilidad. Notó con satisfacción que se parecía a Renne a la misma edad. Isabella tenía esos extraños ojos dorados que volvían locos a algunos hombres, pero que a él le resultaban inquietantes.
El pelo era de un fuerte tono rubio rojizo. La frente, amplia y enérgica, al igual que el mentón; la nariz, recta; la boca, generosa. "Sí, servirá", se dijo. Esa belleza se podía aprovechar con ventaja.
– Eres lo único que me queda–dijo con voz cargada de disgusto–Te casarás y me darás nietos.
Isabella le clavó la vista, espantada. Desde un principio Renne la había educado para el convento. No se trataba de una piadosa instrucción de plegarias y cánticos, sino de enseñanzas muy prácticas, que le permitirían desempeñar la única carrera posible para una mujer de la nobleza. Podría llegar a abadesa antes de los treinta años. Las abadesas se diferenciaban tanto de la mujer vulgar como el rey de un siervo; mandaban sobre tierras, propiedades, aldeas y caballeros; compraban y vendían según su propio criterio; hombres y mujeres las
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Consultaban por igual, buscando su sabiduría. Las abadesas daban órdenes y no estaban a las de nadie.
Isabella sabía llevar los libros de grandes propiedades, dictar sentencias justas en caso de disputas y calcular el trigo necesario para alimentar a determinada cantidad de personas. Sabía leer y escribir, organizar la recepción de un rey y dirigir un hospital: todo cuanto necesitada le había sido enseñado.
Y ahora se esperaba de ella que dejara todo eso para convertirse en la sierva de un hombre cualquiera.
– No lo haré.
La voz era serena, pero esas pocas palabras no habrían resonado más si se las hubiera gritado desde el tejado.
Por un momento, Robert Swan quedó desconcertado. Ninguna mujer lo había desafiado nunca con tanta firmeza. En verdad, de no haber sabido que se trataba de una muchacha, habría confundido su expresión con la de un hombre. Cuando se recobró de la sorpresa, abofeteó a Judith, arrojándola al otro extremo del pequeño cuarto. Aun tendida en el suelo, con un hilo de sangre corriéndole desde la comisura de la boca, ella lo miró sin rastro de miedo en los ojos; sólo había en ellos disgusto y una pizca de odio. El contuvo la respiración por un instante; en cierto modo, aquella muchacha casi lo asustaba.
Renne se lanzó hacia su hija sin pérdida de tiempo. Agazapada junto a ella, extrajo de entre sus ropas una daga de mesa. Ante aquella escena primitiva Robert olvidó su momentáneo nerviosismo. Su esposa era de esas mujeres a las que él conocía bien. Pese a la apariencia externa de animal furioso, en el fondo de los ojos se le veía la debilidad. En cuestión de segundos la aferró por el brazo y el cuchillo voló al otro lado de la habitación. Sonriendo ante su hija, sujetó el antebrazo de la mujer entre sus poderosas manos y rompió el hueso como si fuera una ramita.
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Renne se derrumbó a sus pies sin decir una palabra. Robert miró a su hija, que seguía tendida en el suelo, sin poder comprender aquella brutalidad.
– Y ahora, ¿qué respondes, muchacha? ¿Te casarás o no? Isabella hizo una breve señal de asentimiento y acudió en ayuda de su madre inconsciente.
