La luna arrojaba sombras largas sobre la vieja torre de piedra, de tres pisos de altura, y parecía mirar con cierto cansancio ceñudo la muralla rota y medio derrumbada que la rodeaba. Aquella torre había sido construida doscientos años antes de aquella húmeda noche primaveral de 1501, en el mes de abril. Ahora reinaba la paz; ya no hacían falta las fortalezas de piedra. Pero ese no era el hogar de un hombre trabajador. Si su bisabuelo había habitado la torre en tiempos en que semejantes fortificaciones tenían sentido, Eleazar Denali pensaba (cuando estaba lo bastante sobrio como para pensar) que la vivienda también era buena para él y las generaciones futuras. Una gran caseta de guardia vigilaba las murallas medio derruidas y la vieja torre. Allí dormía un custodio solitario, con el brazo alrededor de una bota de vino medio vacía. Dentro de la torre, la planta baja estaba sembrada de perros y caballeros dormidos. Las armaduras se amontonaban contra los muros, desordenadas y herrumbrosas, entremezcladas con los sucios juncos que cubrían las tablas de era la finca de Denali: un castillo pobre, anticuado y de mala fama, objeto de chistes en toda Inglaterra. Se decía que, si las murallas fueran tan fuertes como el vino, Eleazar Denali estaba en condiciones de rechazar el ataque de todo el reino. Pero nadie lo atacaba. No había motivos para hacerlo. Muchos años antes, Nicolás había perdido casi todas sus tierras ante caballeros jóvenes, ansiosos y pobres, que acababan de ganarse las espuelas. Sólo quedaba la torre antigua (que, según la opinión unánime, debería haberse derribado) junto con algunas alejadas tierras de cultivo que servían de sostén a la familia.

En el piso más alto había una ventana iluminada. Ese cuarto estaba frío y húmedo; la humedad nunca abandonaba los muros, ni siquiera en medio del verano más seco. Entre las piedras brotaba el musgo y por el suelo se escurrían sin cesar pequeñas sombras reptantes. Pero en ese cuarto estaba toda la riqueza del castillo, sentada ante un espejo.

Tanya Denali se inclinó hacia el cristal y aplicó un oscurecedor a sus pestañas cortas y claras. Se trataba de un cosmético importado de Francia. Se echó hacia atrás para analizarse con aire crítico. Era objetiva con respecto a su apariencia personal; conocía sus puntos fuertes y sabía usarlos para mayor ventaja. Vio en el espejo un pequeño rostro oval, de facciones delicadas, boca pequeña, como botón de rosa; nariz recta y fina. Los ojos grandes y almendrados, de color azul intenso, eran su rasgo mejor. Enjuagaba siempre su cabellera rubia con jugo de limón y vinagre. Ela, su doncella, hizo caer un mechón muy claro sobre la frente de su señora y le puso una capucha de grueso brocado, bordeado por una ancha franja de terciopelo anaranjado.

Tanya abrió la boca para echar otra mirada a sus dientes. Eran su punto flojo: torcidos y algo salientes. Con el correr de los años había aprendido a mantenerlos ocultos, a sonreír con los labios cerrados, a hablar con suavidad y sin levantar del todo la cabeza. Ese amaneramiento era una ventaja, pues intrigaba a los hombres, haciéndoles pensar que ella no tenía noción de

Su propia belleza y que podrían despertar esa tímida flor a todos los deleites del mundo.

Se levantó para alisarse el vestido sobre el cuerpo esbelto. No tenía muchas curvas. Sus pequeños pechos descansaban sobre una estructura recta, sin forma en las caderas ni en la cintura. A ella le gustaba así: su cuerpo parecía pulcro y limpio comparado con el de otras mujeres.

Lucía ropas lujosas, que parecían fuera de lugar en ese miserable ambiente. Sobre el cuerpo llevaba una camisa de hilo tan fino que se lo hubiera tomado por gasa. Después, un rico vestido, del mismo brocado que la capucha, con gran escote cuadrado y corpiño muy ceñido a la delgada silueta. La falda era una suave y graciosa campana. El brocado azul estaba bordeado de blancas pieles de conejo que formaban un ancho borde y puños amplios en las mangas. Le rodeaba la cintura una banda de cuero azul, incrustada de grandes granates, esmeraldas y rubíes.

Tanya continuó analizándose, en tanto Ela le deslizaba un manto de brocado forrado de piel de conejo sobre los hombros.

– No podéis reuniros con él, mi señora. Justamente ahora que vos vais a...

– ¿A casarme con otro? – preguntó Tanya , en tanto se sujetaba el pesado manto a los hombros. Se volvió para mirarse en el espejo, complacida por el resultado. La combinación de azul y anaranjado resultaba muy llamativa. Aquel atuendo no le permitiría pasar inadvertida –. ¿Y qué tiene mi casamiento que ver con cuanto yo haga ahora?

– Vos sabéis que es pecado. No podéis ir al encuentro de un hombre que no es vuestro esposo.

Tanya dejó escapar una risa breve, mientras acomodaba los pliegues del manto.

– ¿Quieres que salga al encuentro de mi prometido, del querido Aro ? – preguntó con mucho sarcasmo. Antes de que la doncella pudiera contestar, continuó:

– No hace falta que me acompañes. Conozco el trayecto y, para lo que voy a hacer con Edward, no hace falta nadie más. Ela no se escandalizó; estaba al servicio de Tanya desde hacía mucho tiempo.

– No, iré. Pero sólo para cuidar de que vos no sufráis daño alguno.

Tanya ignoró a la anciana, tal como la había ignorado toda la vida. Tomó una vela del pesado candelabro puesto junto a su cama y se acercó a la puerta de roble, reforzada con bandas metálicas.

– Silencio, entonces – dijo por encima del hombro, al tiempo que hacía girar la puerta sobre las bisagras bien aceitadas. Recogió el manto y la falda para cargarlos sobre el brazo. No pudo dejar de pensar que en pocas semanas abandonaría aquella decrépita torre para vivir en una casa: la casa solariega de Vulturi, construida con piedra y madera y rodeada de altas murallas protectoras.

– ¡Silencio! – ordenó a Ela, cruzando un brazo ante el blando vientre de la mujer.

Ambas se apretaron contra la húmeda pared de la escalera. Uno de los guardias de su padre cruzó a paso torpe allá abajo, se ató las calzas y reanudó la marcha hacia su jergón de paja. Tanya se apresuró a apagar la vela, rogando que el hombre no hubiera oído la exclamación ahogada de Ela. La quietud negra y pura del viejo castillo las envolvió a ambas.

– Vamos – susurró Tanya, sin tiempo ni deseos de prestar oídos a las protestas de su doncella.

La noche era clara y fresca. Tal como Tanya esperaba, había dos caballos preparados. La joven, sonriente, se lanzó sobre la silla del potro oscuro. Más tarde recompensaría al palafrenero que tan bien atendía a su señora

– ¡Mi señora! – gimió Ela, desesperada.

Pero Tanya no se volvió; sabía que Ela era demasiado gorda para montar sin ayuda. No estaba dispuesta a perder siquiera uno de sus preciosos minutos con una vieja inútil, considerando que Edward la esperaba.

La puerta que daba al río la habían dejado abierta para ella. Había llovido horas antes y el suelo aún estaba húmedo, pero en el aire flotaba un toque de primavera. Y con él, una sensación de promesa... y de pasión.

Una vez segura de que los cascos del caballo no serían oídos, Tanya se inclinó hacia adelante, susurrando:

– Anda, mi demonio negro. Llévame hasta mi amante.

El potro hizo una cabriola para demostrar que comprendía y estiró las patas delanteras. Conocía el camino y lo devoró a una velocidad tremenda.

Tanya sacudió la cabeza, dejando que el aire le refrescara las mejillas, en tanto se entregaba al poder y la fuerza de la magnífica bestia. Edward, Edward , Edward , parecían decir los cascos, al tronar por el camino apisonado. En muchos sentidos, los músculos de un caballo entre sus muslos le hacían pensar en Edward. Sus manos fuertes sobre la piel, su potencia, que la dejaban débil de deseo. Su rostro, el claro de luna brillando en sus pómulos, los ojos brillantes hasta en la noche más oscura.

– Ah, dulzura mía, con cuidado ahora – dijo Tanya con ligereza, mientras tiraba de las riendas.

Ya estaba cerca del sitio de sus goces y empezaba a recordar lo que tanto se había esforzado por borrar de su mente. Esta vez Edward estaría enterado de su inminente casamiento y se mostraría furioso con ella.

Giró la cara para ponerla bien frente al viento, y parpadeó con rapidez hasta que las lágrimas empezaron a formarse. Las lágrimas serían una ayuda. Edward las detestaba, de modo que ella las había usado con prudencia en esos dos años. Sólo

cuando deseaba desesperadamente algo de él recurría a esa triquiñuela; de ese modo no le restaba efectividad.

Suspiró. ¿Por qué no podía hablar francamente con Edward ? ¿Por qué era preciso tratar siempre con suavidad a los hombres? Si él la amaba, debería amar cuanto ella hacía, aunque le fuera desagradable. Pero era inútil desearlo así, y ella lo sabía. Si decía la verdad, perdería a Edward . ¿Y dónde podría hallar a otro amante?

El recuerdo de su cuerpo, duro y exigente, hizo que Tanya clavara los tacones de sus zapatitos en los flancos del caballo. Oh, sí, usaría las lágrimas y cuanto hiciera falta para conservar a Edward Cullen , caballero de renombre, luchador sin igual... ¡y suyo, todo suyo!

De pronto le pareció oír las acuciantes preguntas de Ela. Si deseaba tanto a Edward , ¿por qué se había comprometido con Aro Vulturi , el de la piel pálida como vientre de pescado, el de las manos gordas y blandas, el de la fea boca que formaba un círculo perfecto?

Porque Aro era conde. Poseía tierras desde un extremo de Inglaterra al otro; tenía fincas en Irlanda, en Gales, en Escocia y, según rumores, también en Francia. Claro que Tanya no conocía con exactitud la suma de sus riquezas, pero ya lo sabría. Oh, sí, cuando fuera su esposa lo sabría. Aro tenía la mente tan débil como el cuerpo; ella no tardaría mucho en dominarlo y manejar sus propiedades. Lo mantendría contento con unas cuantas rameras y atendería personalmente las fincas, sin dejarse estorbar por las exigencias masculinas ni las órdenes maritales.

La pasión que Tanya sentía por el apuesto Edward no le nublaba el buen juicio. ¿Quién era Edward Cullen ? Un barón de poca monta, más pobre que rico. Soldado brillante, hombre fuerte y hermoso; pero, comparado con Aro , no tenía fortuna. ¿Y cómo sería la vida con él? Las noches serían noches de pasión y éxtasis, pero Tanya sabía bien que ninguna

mujer dominaría jamás a Edward . Si se casaba con él, se vería obligada a permanecer de puertas adentro, haciendo labores femeninas. No, Edward Cullen no se dejaría dominar jamás por una mujer. Sería un esposo exigente, tal como era exigente en su papel de amante.

Azuzó a su caballo. Ella lo quería todo: la fortuna y la posición social de Aro junto con la pasión de Edward . Sonriente, se acomodó los broches de oro que sostenían el vistoso manto sobre sus hombros. El la amaba, de eso estaba segura, no perdería su amor. ¿Cómo podía perderlo? ¿Qué mujer la equiparaba en belleza?

Tanya empezó a parpadear con rapidez. Bastarían unas pocas lágrimas para hacerle comprender que ella se veía obligada a casarse con Aro . Edward era hombre de honor. Comprendería que la muchacha debía respetar el acuerdo de su padre con Aro . Sí; si se conducía con cautela, podría tenerlos a ambos: a Edward para la noche, a Aro y a su fortuna durante el día.

Edward esperaba en silencio. Sólo un músculo se movía en él, tensando y aflojando la mandíbula. El claro de luna plateaba sus pómulos, asemejándolos a hojas de puñal. Su boca firme y recta formaba una línea severa por encima de la barbilla hendida. Los ojos grises, oscurecidos por la ira, parecían casi tan negros como el pelo que se rizaba asomando por el cuello de la chaqueta de lana. Sólo sus largos años de rígido adiestramiento en las reglas de caballería le permitían ejercer tanto dominio sobre su exterior. Por dentro, estaba hirviendo. Esa mañana se había enterado de que su amada iba a casarse con otro; se acostaría con otro hombre; de él serían sus hijos. Su primer impulso fue cabalgar directamente hasta la torre de Denali para exigir que ella desmintiera el rumor, pero el orgullo lo contuvo. Como había concertado aquella cita con ella semanas antes, se obligó a esperar hasta que llegara el momento de verla otra vez, de abrazarla y oírla decir, con sus

dulces labios, lo que él deseaba escuchar: Que no se casaría sino con él. Y de eso estaba seguro.

Clavó la vista en la vacuidad de la noche, alerta al ruido de cascos. Pero el paisaje permanecía en silencio; era una masa de oscuridad, quebrada sólo por las sombras más oscuras. Un perro se escurrió de un árbol a otro, desconfiando de aquel hombre quieto y silencioso. La noche traía recuerdos de la primera cita con Tanya en ese claro: un rincón protegido del viento, abierto al cielo. Durante el día, cualquiera podría haber pasado a caballo ante él sin verlo siquiera, pero por la noche las sombras lo transformaban en una negra caja de terciopelo, con el tamaño justo para contener una gema.

Edward había conocido a Tanya en la boda de una de las hermanas de ella. Si bien los Cullen y los Denali eran vecinos, rara vez se veían. El padre de Tanya era un borracho que se ocupaba muy poco de sus propiedades. Su vida (como la de su esposa y sus cinco hijas) era tan mísera como la de algunos siervos. Si Edward asistió a los festejos, fue sólo por cumplir con un deber y para representar a su familia, pues sus tres hermanos se habían negado a hacerlo.

En ese montón de mugre y abandono, Edward descubrió a Tanya : su bella e inocente Tanya . En un principio no pudo creer que perteneciera a aquella familia de mujeres gordas y feas. Sus ropas eran de telas caras; sus modales, refinados; en cuanto a su belleza...

Se sentó a mirarla, tal como lo estaban haciendo tantos jóvenes. Era perfecta: pelo rubio, ojos azules y una boca pequeña que él habría hecho sonreír a cualquier coste. Desde ese mismo instante, sin haber siquiera hablado con ella, se enamoró. Más adelante tuvo que abrirse paso a empellones para llegar hasta la muchacha. Su violencia pareció espantar a Tanya , pero sus ojos bajos y su voz suave lo hipnotizaron aún más. Era tan tímida y reticente que apenas podía responder a

sus preguntas. Tanya era todo lo que él habría deseado y más aún: virginal, pero también muy femenina.

Esa noche le propuso casamiento. Ella le dirigió una mirada de sobresalto; por un momento sus ojos fueron como zafiros. Después agachó la cabeza y murmuró que debía consultar con su padre.

Al día siguiente, Edward se personó ante el borracho para pedir la mano de Tanya , pero el hombre le dijo alguna sandez: algo así como que la madre necesitaba a la niña. Sus palabras sonaban extrañamente entrecortadas, como si repitiera un discurso aprendido de memoria. Nada de cuanto Edward dijo le hizo cambiar de opinión.

Edward se marchó disgustado y furioso por verse privado de la mujer que deseaba. No se había alejado mucho cuando la vio. Llevaba la cabellera descubierta bajo el sol poniente, que la hacía relumbrar, y el rico terciopelo azul de su traje reflejaba el color de sus ojos. Estaba ansiosa por saber cuál era la respuesta de su padre. Edward se la comunicó, furioso; luego le vio las lágrimas. Ella trató de disimularlas, pero el joven las sintió además de verlas. En segundos, desmontó y la arrancó de su cabalgadura.

No recordaba bien qué había pasado. Estaba consolándola y, un minuto después, se encontró en las garras de la pasión, en medio de aquel lugar oculto, desnudos ambos. Luego, no supo si disculparse o regocijarse. La dulce Tanya no era una sierva que se pudiera tumbar en el heno, sino una dama, que algún día sería su señora. Además, virgen. De eso estuvo seguro al ver las dos gotas de sangre en sus delgados muslos.

¡Dos años! Eso había sido dos años atrás. Si él no hubiera pasado la mayor parte de ese período en Escocia, patrullando las fronteras, habría exigido al padre que se la entregara en matrimonio. Pero ya estaba de regreso, y era lo que planeaba hacer. En caso necesario, llevaría su súplica al rey. Denali no se mostraba razonable. Tanya le habló de sus diálogos con el

padre, de sus súplicas y ruegos sin éxito. Una vez le mostró el cardenal que le había costado su insistencia en favor de Edward . El muchacho estuvo a punto de enloquecer; tomó la espada, dispuesto a ir en busca del hombre, pero Tanya se colgó de él, con lágrimas en los ojos, suplicándole que no hiciera daño a su padre. El nada podía negar a sus lágrimas; por lo tanto, envainó el acero y le prometió esperar. Tanya le aseguraba que su padre acabaría por comprender.

Por eso continuaron reuniéndose en secreto, como niños caprichosos, aunque la situación disgustaba a Edward . Tanya le rogaba que no hablara con su padre, asegurando que ella lo persuadiría.

Edward cambió de postura y volvió a escuchar. Una vez más, sólo percibió el silencio. Esa mañana había oído que Tanya se casaría con Aro Vulturi , aquel pedazo de alga marina. Vulturi pagaba enormes sumas al rey para que no se lo obligara a combatir en guerra alguna. En opinión de Edward , no era hombre. No merecía su título de conde. Sólo imaginar a Tanya casada con él le resultaba imposible.

De pronto, todos sus sentidos se alertaron: oía el ruido apagado de unos cascos en el suelo húmedo. De inmediato estuvo junto a Tanya , que cayó en sus brazos.

– Edward – susurró –, mi dulce Edward .

Y se aferró a él, casi como si estuviera aterrorizada. El joven trató de apartarla para verle la cara, pero ella se abrazaba con tanta desesperación que le quitó el valor. Sentía la humedad de sus lágrimas en el cuello. De inmediato lo abandonó la cólera que había experimentado durante todo el día. La estrechó contra sí, murmurándole frases cariñosas al oído, mientras le acariciaba el pelo.

– ¿Qué pasa?, dime. ¿Qué te hace sufrir tanto?

Ella se apartó para permitirle que la mirara, segura de que la noche no delataría el escaso enrojecimiento de sus ojos.

– Es demasiado horrible – susurró con voz ronca – Es insoportable. Edward se puso algo tenso al recordar lo que había oído sobre el casamiento.

– Entonces, ¿es cierto?. Tanya sollozó delicadamente, se tocó la comisura del ojo con un solo dedo y lo miró por entre las pestañas.

– No he podido convencer a mi padre. Hasta me negué a comer para hacerle cambiar de idea, pero él hizo que una de las mujeres... No, no te contaré lo que me hicieron. Dijo que...

Oh, Edward , no puedo repetir las cosas que me dijo. Sintió que el joven se ponía rígido.

– Iré a buscarlo y...

– ¡No! – exclamó ella, casi frenética, aferrándose a sus brazos musculosos –. ¡No puedes! Es decir... – bajó los brazos y las pestañas –. Es decir, ya es cosa hecha. El compromiso matrimonial está firmado ante testigos. Ya no hay nada que se pueda hacer. Si mi padre se desdijera, tendría que pagar mi dote a Vulturi de cualquier modo.

– La pagaré yo – dijo Edward , pétreo.

Tanya le miró con sorpresa; nuevas lágrimas se agolparon en sus ojos.

– Daría igual. Mi padre no me permite casarme contigo; ya lo sabes. Oh, Edward , ¿qué voy a hacer? – Lo miró con tanta desesperación, que él la estrechó contra sí.– ¿Cómo voy a soportar el perderte, amor mío? – susurró contra su cuello –. Tú eres mi carne y mi vino, sol y noche. Moriré... moriré si te pierdo.

– ¡No digas eso! ¿Cómo podrías perderme? Sabes que yo siento lo mismo por ti.

Ella se apartó para mirarlo, súbitamente reconfortada.

– Entonces, ¿me amas? ¿Me amas de verdad, de modo que, si nuestro amor es puesto a prueba, yo pueda estar segura de ti?. Edward frunció el ceño.

– ¿Puesto a prueba?. Tanya sonrió entre lágrimas.

– Aun si me caso con Aro , ¿me amarás?

– ¿Casarte? – estuvo a punto de gritar, y la apartó de si – ¿Piensas casarte con ese hombre?

– ¿Acaso tengo alternativa?.

Guardaron silencio. Edward la fulminaba con la mirada. Tanya mantenía los ojos castamente bajos.

– Entonces me iré. Desapareceré de tu vista. No tendrás que volver a verme.

Estaba ya a punto de montar a caballo cuando él reaccionó. La aferró con dureza, besándola hasta magullarla. Ya no hubo palabras; no hacían falta. Sus cuerpos se comprendían bien, aun cuando ellos no estuvieran de acuerdo. La tímida jovencita había desaparecido, reemplazada por la apasionada Tanya que Edward había llegado a conocer tan bien. Ella le tironeó frenéticamente de la ropa hasta que todas sus prendas quedaron amontonadas en el suelo.

Rió gravemente al verlo desnudo ante sí. Edward tenía los músculos abultados por sus muchos años de adiestramiento y le sacaba fácilmente una cabeza, aunque Tanya solía sobrepasar a muchos hombres. Sus hombros eran anchos; su pecho, poderoso. Sin embargo tenía las caderas estrechas, el vientre plano y los músculos divididos en cadenas. Se abultaban en los muslos y en las pantorrillas, fortalecidos por el frecuente uso de la pesada armadura.

Tanya se apartó un paso y tomó aliento entre los dientes, devorándolo con los ojos. Alargó las manos hacia él como si fueran garras. Edward la atrajo hacia él y besó aquella boquita, que se abrió con amplitud bajo la suya, hundiéndole la lengua. El la apretó contra sí; el contacto del vestido contra la piel desnuda lo excitaba. Llevó sus labios a la mejilla y al cuello.

Tenían toda la noche por delante y él tenía intención de pasarla entera haciéndole el amor.

– ¡No! – exclamó Tanya , impaciente, apartándose con brusquedad. Se quitó el manto de los hombros, sin

preocuparse de la costosa tela, y apartó las manos de Edward de la hebilla de su cinturón –. Eres demasiado lento – afirmó con sequedad.

Edward frunció el ceño, pero a medida que las capas de vestimenta femenina caían al suelo sus sentidos acabaron por imponerse. Ella estaba tan deseosa como él. ¿Qué importaba si no quería perder tiempo para unir piel con piel?

Edward habría querido saborear su cuerpo delgado por un rato, pero ella lo empujó rápidamente al suelo y lo guió con la mano hacia su interior. Entonces él dejó de pensar en ociosos juegos de amor o en besos lentos. Tanya estaba bajo él, acicateándolo con voz áspera; con las manos en las caderas, lo impulsaba cada vez con más fuerza. Por un momento Edward temió hacerle daño, pero ella parecía glorificarse con su potencia.

– ¡Ya, ya! – exigió.

Y ante su obediencia emitió un gutural sonido de triunfo. Inmediatamente se apartó de él. Le había dicho repetidas veces que lo hacía porque no lograba reconciliar su pasión con su condición de soltera. Sin embargo, a él le habría gustado abrazarla un rato más, gozar de su cuerpo, tal vez hacerle el amor por segunda vez. Lo habría hecho entonces con lentitud, ya agotada la primera pasión. Trató de ignorar su sensación de vacío; era como si acabara de paladear algo y aún no estuviera saciado.

– Tengo que irme – dijo ella.

Se incorporó para iniciar el intrincado proceso de vestirse. A él le gustaba verle las esbeltas piernas cuando se ponía las ligeras medias de hilo; al menos, observándola así aliviaba un poco ese vacío. Inesperadamente, recordó que pronto otro hombre tendría derecho a tocarla, Y entonces tuvo necesidad de herirla, tal como ella lo estaba hiriendo.

– Yo también he recibido una propuesta matrimonial.

Tanya se detuvo instantáneamente, con la media en la mano. Lo miró a la espera de más detalles.

– De la hija de Robert Swan .

– El no tiene hijas. Sólo varones, los dos casados – afirmó Tanya instantáneamente.

Swan era uno de los condes del rey; sus propiedades convertían las fincas de Aro en parcelas de siervo. Tanya había empleado los dos años pasados por Edward en Escocia en averiguar la historia de todos los condes, los hombres más ricos de Inglaterra, antes de decidir que Aro era la presa más segura.

– ¿No sabes que sus dos hijos murieron hace dos meses de una terrible enfermedad?

Ella lo miró con fijeza.

– Pero nunca supe que tuviera una hija.

– Una muchacha llamada Isabella , más joven que los varones. Dicen que su madre la había destinado a la Iglesia. La muchacha permanece enclaustrada en casa de su padre.

– ¿Y se te ha ofrecido a esa Isabella en matrimonio?

– Pero ha de ser la heredera de su padre, una mujer de fortuna. ¿Por qué habría de ofrecerla a...? – Tanya se interrumpió, recordando que tenía que disimular sus pensamientos.

El apartó la cara; en la mandíbula se le contraían los músculos y el claro de luna se reflejaba en su pecho desnudo, levemente sudado por el acto de amor.

– ¿Por qué habría de ofrecer semejante presa a un Cullen? – completó Edward con voz fría.

En otros tiempos la familia Cullen había sido lo bastante rica como para despertar la envidia del rey Enrique IV, quien había declarado traidores a todos sus miembros. Tuvo tanto éxito en sus intentos de destruirlos que sólo ahora, cien años después, comenzaban los Cullen a recobrar algo de lo perdido. Pero la familia tenía buena memoria y a ninguno de ellos le gustaba recordar, por referencias ajenas, lo que habían sido en otros tiempos.

– Por los brazos de mis hermanos y por los míos – continuó él, después de un rato –. Las tierras de Swan lindan con las nuestras por el norte, y él teme a los escoceses. Comprende que sus propiedades estarán protegidas si se alía con mi familia. Uno de los cantantes de la Corte le oyó comentar que los Cullen , cuanto menos, producen varones que sobreviven. Al parecer, si me ofrece su hija es para que le haga concebir hijos varones. Tanya ya estaba casi vestida. Lo miró fijamente.

– El título pasará a través de la hija, ¿verdad? Tu primogénito será conde. Y tú lo serás cuando Swan muera.

Edward se volvió bruscamente. No había pensado en eso; tampoco le importaba. Resultaba extraño que se le ocurriera justamente a Tanya , a quien le importaban tan poco los bienes mundanos.

– ¿Te casarás con ella? – preguntó Tanya, erguida ante él, que empezaba a vestirse de prisa.

– Todavía no he tomado una decisión. El ofrecimiento llegó hace apenas dos días y por entonces yo pensaba...

– ¿La has visto? – interrumpió la joven.

– ¿A quién? ¿A la heredera?

Tanya apretó los dientes. Los hombres solían ser insufribles. Pero se repuso.

– Es bella, lo sé – dijo, lacrimosa –. Y una vez casado con ella, te olvidarás de mí.

Edward se puso velozmente de pie. No sabía si encolerizarse o no. Ella hablaba de esos casamientos como si no fueran a alterar en absoluto la relación entre ambos.

– No la he visto – respondió en voz baja.

De pronto la noche pareció cerrarse sobre él. Había albergado la esperanza de que Tanya desmintiera los rumores de su boda; en cambio, se encontraba pensando en la posibilidad de casarse a su vez. Deseaba huir, huir de las complejidades femeninas para volver a la sólida lógica de sus hermanos.

– No sé qué va a suceder.

Tanya, con el ceño fruncido, se dejó tomar del brazo y conducir hasta su caballo.

– Te amo, Edward – dijo apresuradamente –. Pase lo que pasare, te amaré siempre, siempre te querré.

El la levantó rápidamente hasta la silla.

– Tienes que regresar antes de que alguien descubra tu ausencia. No conviene que semejante historia llegue a oídos del bravo y noble Vulturi, ¿verdad?

– Eres cruel, Edward – dijo ella, pero no se percibían lágrimas en su voz –. ¿Vas a castigarme por lo que no está en mi mano remediar, por lo que escapa a mi voluntad?

El no tuvo respuesta.

Tanya se inclinó para besarlo, pero se dio cuenta de que estaba pensando en otra cosa y eso la asustó. Entonces agitó bruscamente las riendas y se alejó al galope.