Era ya muy tarde cuando Edward se acercó al castillo de Cullen. Aunque todas sus propiedades les habían sido robadas por un rey codicioso, aquellas murallas seguían siendo de la familia. Desde hacía más de cuatrocientos años habitaba allí un Cullen: desde que Guillermo había conquistado a Inglaterra, trayendo consigo a la familia normanda, ya rica y poderosa.
Con el paso de los siglos el castillo había sufrido ampliaciones, refuerzos y remodelaciones, hasta que sus murallas, de cuatro metros de anchura, llegaron a encerrar más de una hectárea. Dentro, la tierra se dividía en dos partes: el baluarte exterior y el interior. El baluarte exterior albergaba a los sirvientes, a los caballeros de la guarnición y a los cientos de personas y Animales necesarios para mantener el castillo; además, protegía el recinto interior, donde estaban las casas de los cuatro hermanos Cullen y sus servidores privados. Todo el conjunto ocupaba la cumbre de una colina y se recostaba contra un río. En ochocientos metros a la redonda no se permitía el crecimiento de ningún árbol; cualquier enemigo tenía que acercarse a campo abierto.
Durante cuatro siglos, los Cullen habían defendido esa fortaleza de un rey avaricioso y de las guerras entre caballeros feudales. Edward miró con orgullo los altos muros que constituían su hogar, y condujo a su caballo hacia el río. Luego desmontó para llevarlo de la brida por el estrecho paso del río. Aparte del enorme portón principal, esa era la única entrada. El portón principal estaba cubierto por una reja terminada en picas, que se podía levantar o bajar por medio de cuerdas. A esas horas, siendo ya de noche, los guardias habrían tenido que despertar a cinco hombres para levantarla. Por lo tanto, Edward se encaminó hacia la estrecha puerta excusada. Unos cuatrocientos metros de muralla de dos metros y medio de altura conducían a ella; arriba caminaban varios guardias, paseándose durante toda la noche. Ningún hombre que apreciara su vida se quedaba dormido estando de guardia.
Durante los dieciséis años del reinado actual, la mayoría de los castillos habían entrado en decadencia. En 1485, al ascender al trono, Enrique VII había decidido quebrar el poder de los grandes señores feudales. Prohibió entonces los ejércitos privados y puso la pólvora bajo el control del Gobierno. Puesto que los señores feudales ya no podían librar guerras particulares para obtener ganancias, vieron mermadas sus fortunas. Los castillos resultaban caros de mantener, por lo cual se los abandonó uno tras otro por la comodidad de las casas solariegas.
Pero algunos, gracias a una buena administración y mucho trabajo, aún mantenían en uso aquellas poderosas estructuras Antiguas. Entre ellos se contaban los Cullen, respetados en toda Inglaterra. El padre de Edward había construido una fuerte y cómoda casa solariega para sus cinco hijos, pero siempre dentro de las murallas del castillo.
Una vez dentro de la fortificación, Edward cayó en la cuenta de que reinaba allí una gran actividad.
– ¿Qué ha pasado? – preguntó al palafrenero que se hizo cargo de su caballo.
– Los amos acaban de regresar de un incendio en la aldea.
– ¿Grave?
– No, señor. Sólo algunas casas de comerciantes. No hacía falta que los amos se molestaran. – Y el muchacho se encogió de hombros, como para expresar que no había modo de comprender a los nobles.
Edward lo dejó para entrar en la casa solariega, construida contra la antigua torre de piedra que ahora sólo se usaba como depósito. Los cuatro hermanos varones preferían la comodidad de la gran casa. Varios de los caballeros se estaban arrellanando para dormir. Edward saludó a algunos mientras subía apresuradamente la ancha escalera de roble, rumbo a sus propias habitaciones del segundo piso.
– He aquí a nuestro caprichoso hermano – le saludó Jacob, alegremente –. ¿Puedes creer, Jasper, que pasa las noches cabalgando por la campiña, sin atender a sus responsabilidades? Si nosotros actuáramos a su manera, media aldea se habría quemado hasta los cimientos.
Jacob era el tercero de los varones: el más bajo y fornido de los cuatro, un hombre poderoso. Su aspecto habría sido formidable (y en el campo de batalla lo era, por cierto), pero sus ojos azules estaban siempre danzando y las mejillas se le llenaban de profundos hoyuelos.
Edward miró a sus hermanos menores sin sonreír. Jasper, con las ropas ennegrecidas por el hollín, llenó una copa de vino y se la ofreció.
– ¿Has recibido malas noticias?
Jasper era el menor: muchacho serio, de penetrantes ojos grises a los que nada pasaba inadvertido. Rara vez se le veía sonreír. Jacob se puso contrito de inmediato.
– ¿Ocurre algo malo?
Edward tomó la copa y se hundió pesadamente en una silla de nogal tallado, frente al fuego. La habitación en donde estaban era amplia; el suelo de roble estaba cubierto en parte por alfombras orientales. De las paredes pendían tapices de lana con escenas de cacerías o de las Cruzadas. El techo mostraba fuertes vigas arqueadas, tan decorativas como prácticas; entre una y otra la superficie era de yeso. El mobiliario oscuro, de intrincadas tallas, terminaba de darle un aspecto masculino. En el extremo sur se veía una profunda ventana salediza, con asientos rojos.
Los tres hermanos vestían ropas sencillas y oscuras: camisas de hilo, flojamente fruncidas en el cuello y ajustadas al cuerpo; largos chalecos de lana que les llegaban hasta el muslo y una pesada chaqueta, corta y de mangas largas. Las piernas quedaban expuestas desde el muslo, envueltas en calzas de lana oscura que ceñían los gruesos músculos. Edward calzaba botas hasta la rodilla y lucía una espada a la cadera, con tahalí incrustado de piedras preciosas.
Bebió largamente el vino y guardó silencio mientras Jasper volvía a llenarle la copa. No podía compartir su desdicha amorosa, ni siquiera con sus hermanos.
Como él no respondiera, Jasper y Jacob intercambiaron una mirada. Sabían adónde había ido el hermano mayor, y no les costaba adivinar qué noticia le daba ese aire de fatalidad. Jacob, presentado cierta vez a Tanya ante la discreta insistencia de Edward, veía en ella una frialdad que no le gustaba. Pero para el embrujado muchacho ella era la mujer perfecta; Jacob, pese a sus opiniones, sintió pena por él.
Jasper no. No lo conmovía el menor rastro de amor por una mujer. Para él eran todas iguales y servían al mismo propósito.
– Robert Swan ha enviado hoy a otro mensajero – dijo, interrumpiendo el silencio –. Creo que le preocupa la posibilidad de que su hija muera sin dejarle herederos.
– ¿Está enferma? – preguntó Jacob, que era el humanitario de la familia; se preocupaba por cualquier yegua herida, por cualquier siervo enfermo.
– No tengo noticias de que así sea – respondió el menor – Pero el hombre está enloquecido por la pérdida de sus hijos y porque sólo le queda una sola muchacha. Dicen que castiga regularmente a su esposa por no haberle dado más hijos varones.
Jacob frunció el ceño ante su copa de vino. No le gustaba que se castigara a las mujeres.
– ¿Le darás respuesta? – insistió Jasper, puesto que Edward no respondía.
– Que uno de vosotros la tome por esposa – propuso Edward – Haced que Emmett vuelva de Escocia. O tú, Jacob; necesitas una esposa.
– Swan quiere sólo al hijo mayor – replicó Jacob, sonriendo –. De lo contrario, me declararía más que dispuesto.
– ¿Por qué tanta resistencia? – objetó Jasper, enfadado –. Ya tienes veintisiete años y necesitas casarte. Esa Isabella Swan es rica. Te aportará el título de conde. Tal vez gracias a ella los Cullen comenzaremos a recuperar lo que perdimos.
Tanya estaba perdida. Cuanto antes lo aceptara, antes comenzaría a curar. Edward se decidió:
– Está bien. Acepto el casamiento.
De inmediato Jacob y Jasper exhalaron el aliento que estaban conteniendo sin saberlo.
Jasper dejó su copa.
– Pedí al mensajero que pasara aquí la noche, con la esperanza de poder darle tu respuesta.
Mientras el hermano menor abandonaba la sala, Jacob dejó que se impusiera su sentido del humor.
– Dicen que no levanta sino esto del suelo – indicó, poniendo la mano cerca de su cintura – y que tiene dientes de caballo. Por lo demás...
La vieja torre estaba llena de corrientes de aire; el viento silbaba en las rendijas. El papel engrasado que cubría las ventanas no ayudaba a evitar el frío.
Tanya durmió cómodamente, desnuda bajo los cobertores de hilo rellenos de plumón.
– Mi señora – susurró Ela –, él ha venido. La joven se dio la vuelta, soñolienta.
– ¿Cómo te atreves a despertarme? – dijo en feroz siseo –. ¿Y a quién te refieres?
– Al hombre de la casa Swan . Ha...
– ¡Swan ! – Tanya se incorporó, ya del todo despierta. – Tráeme una bata y haz que venga a verme.
– ¿Aquí? – Ela se mostró horrorizada. – No, señora, no puede ser. Alguien podría oíros.
– Sí – reconoció Tanya, distraída –, el riesgo es demasiado grande. Deja que me vista, y me reuniré con él bajo el olmo de la huerta.
– ¿De noche? Pero...
– ¡Ve! Dile que pronto estaré con él.
Tanya enfundó apresuradamente los brazos en una bata de terciopelo carmesí, forrada con pieles de ardilla gris. Después de atarse un ancho cinturón, deslizó los pies en suaves zapatillas de cuero dorado.
Hacía casi un mes que no veía a Edward ni tenía noticias suyas. Pero, pocos días después de aquella cita en el bosque, había sabido que iba a casarse con la heredera de Swan . Por
Todo el país se estaba anunciando un torneo para celebrar las bodas. Todos los hombres importantes estaban recibiendo invitaciones; todo caballero de cierta habilidad era instado a participar. Con cada noticia, Tanya sentía aumentar sus celos. ¡Cuánto le habría gustado sentarse junto a un esposo como Edward para presenciar un torneo organizado para celebrar sus propios esponsales! Pero su boda pasaría sin tales festejos.
Sin embargo, pese a los planes conocidos, nadie podía decirle una palabra sobre la tal Isabella Swan . La muchacha era un nombre sin rostro ni figura. Dos semanas antes, Tanya había concebido la idea de contratar a un espía para que hiciera averiguaciones sobre esa esquiva Isabella ; quería saber cómo era y con qué se veía obligada a competir. Ela tenía órdenes de advertirla sobre la llegada de ese hombre, fuera la hora que fuese.
Corrió por el sendero de la huerta invadida por la hierba, con el corazón palpitante. Esa tal Isabella tenía que ser un verdadero sapo. Era preciso.
– Ah, señora mía – dijo el espía al verla –. Vuestra belleza opaca el fulgor de la luna.
Y le tomó la mano para besársela.
Ese hombre le daba asco, pero no conocía a otro que tuviera acceso a la familia Swan . ¡Y se había visto forzada a pagarle un precio indignante! Era un hombre furtivo y aceitoso, pero al menos hacía bien el amor. Quizá como cualquiera.
– ¿Qué noticias tienes? – preguntó, impaciente, mientras le retiraba la mano –. ¿La has visto?
– No... De cerca no.
– ¿La has visto o no? – interrogó Tanya, mirándolo a los ojos.
– Si, la he visto – respondió él con firmeza – pero la custodian celosamente.
Quería complacer a esa bella rubia, y para eso debía ocultar la verdad, obviamente. Sólo había visto a Isabella Swan desde lejos, mientras ella se alejaba a caballo de la casa solariega, rodeada de sus damas de compañía. Ni siquiera estaba seguro de cuál, entre todas aquellas siluetas abrigadas, correspondía a la heredera.
– ¿Por qué la custodian tanto? ¿Acaso no tiene la mente sana, puesto que no la dejan moverse en libertad?
De pronto, el hombre tuvo miedo de aquella mujer, que lo interrogaba con tanta agudeza. Había poder en aquellos fríos ojos azules.
– Corren rumores, ciertamente. Sólo se deja ver por sus doncellas y su madre. Ha pasado la vida entera entre ellas, preparándose para el convento.
– ¿El convento? – Tanya comenzaba a tranquilizarse.
Era bien sabido por todos que, cuando una familia adinerada tenía una hija deforme o retardada, se le otorgaba a la pobre una pensión y se la entregaba al cuidado de las monjas.
– ¿Piensas, por ventura, que es débil mental o que padece alguna malformación?
– ¿Por cuál otro motivo se la mantendría tan oculta, señora? Robert Swan es un hombre duro. Su esposa aún renquea desde que él la arrojó escaleras abajo. No querrá que el mundo vea a una hija monstruosa.
– Pero no estás seguro de que esa sea la razón de su encierro. Él sonrió. Se sentía más a salvo.
– ¿Qué otro motivo podría haber? Si la muchacha estuviera sana, ¿por qué no mostrarla al mundo? ¿No la habría ofrecido en matrimonio antes de verse obligado a ello por la muerte de sus hijos varones? ¿Qué hombre dedicaría a su única hija a la Iglesia? Eso sólo se lo permiten las familias que tienen muchas hijas.
Tanya contempló la noche en silencio. El hombre fue cobrando audacia. Se acercó un poco más, le cubrió una mano con los dedos y le susurró al oído:
– No tenéis motivo alguno para sentir miedo, señora. No habrá bella novia que aleje a lord Edward de vos.
Sólo la brusca respiración de Tanya dio señales de que ella hubiera escuchado esas palabras. ¿Acaso hasta el último de los plebeyos sabia de sus relaciones con Edward? Con toda la habilidad de una gran actriz, se volvió para sonreírle.
– Has hecho un buen trabajo y serás... debidamente recompensado.
No quedaba duda alguna sobre el significado de sus palabras. Él se inclinó para besarla en el cuello. Tanya se apartó, disimulando su repugnancia.
– No, esta noche no – susurró en tono íntimo –. Mañana. Se dispondrá todo para que podamos pasar más tiempo junto. – Deslizó una mano bajo el tabardo, a lo largo del muslo, y sonrió seductoramente al ver que él quedaba sin aliento. – Tengo que irme – agregó con aparente renuencia.
Pero cuando dio la espalda a su espía, no quedaron en su cara rastros de la sonrisa. Tenía una diligencia más que cumplir antes de volver a la cama. El palafrenero la ayudaría de buen grado. No debía permitir que hombre alguno hablara libremente de sus relaciones con Edward... y el que lo hiciera pagaría caro sus palabras.
– Buenos días, padre – saludó Tanya alegremente, mientras se inclinaba para rozar con los labios la mejilla de aquel viejo sucio y contrahecho.
Estaban en el primer piso de la torre, que constituía una sola estancia abierta. Era el gran salón, utilizado para comer, para que durmieran los sirvientes del castillo y para todas las actividades cotidianas. La muchacha reparó en la copa de su padre, que estaba vacía.
– ¡Eh, tú! – dijo ásperamente a un sirviente que pasaba –. Trae más cerveza para mi padre. Eleazar Denali tomó la mano de su hija entre las suyas y la miró con gratitud.
– Eres la única que se interesa por mí, mi encantadora Tanya. Todas las otras, tu madre y tus hermanas, tratan de impedirme que beba. Pero tú sabes que eso me reconforta.
Ella se apartó, disimulando la sensación que le provocaba aquel contacto.
– Desde luego, querido padre. Y es porque sólo yo te amo. Y le sonrió con dulzura.
Después de tantos años, Eleazar aún se maravillaba que él y su fea mujercita hubieran podido dar vida a una niña tan encantadora. La pálida belleza de Tanya formaba un notable contraste con su propia tez morena. Y cuando las otras lo regañaban y le ocultaban el licor, Tanya le alcanzaba subrepticiamente una botella. Era cierto: lo amaba, sí. Y él también la amaba. ¿Acaso no le daba para ropas las pocas monedas que hubiera? Su encantadora Tanya vestía de seda, mientras que sus hermanas usaban telas caseras. Habría hecho por ella cualquier cosa. ¿Por ventura no negaba su mano a Edward Cullen, siguiendo las indicaciones de Tanya? Por su parte, no lograba comprender que una muchacha no quisiera casarse con un hombre fuerte y rico como Edward. Pero Tanya tenía razón. Eleazar tomó la copa rebosante y la bebió. Tanya tenía razón, sí; ahora iba a casarse con un conde. Claro que Aro Vulturi no se parecía en nada a los apuestos Cullen, pero Tanya siempre sabía lo que era mejor.
– Padre – dijo ella, sonriendo –, necesito pedirte un favor.
Él bebió la tercera copa de cerveza. A veces no era fácil satisfacer las peticiones de su hija. Trató de cambiar de tema.
– ¿Sabes que anoche un hombre cayó desde el muro? Un desconocido. Al parecer, nadie sabe de dónde vino.
Cambió la expresión de la joven. Ahora el espía no podría revelar sus relaciones con Edward ni su interés por saber de la
Heredera Swan . Se apresuró a descartar la idea; la muerte de aquel hombre no tenía la menor importancia para ella.
– Quiero asistir a la boda de Edward con la Swan .
– ¿Quieres una invitación a la boda de la hija de un conde? – se extrañó Eleazar
– Sí.
– ¡Es que no puedo! ¿Qué pretendes de mí?
Esta vez Tanya despidió al sirviente y llenó la copa de su padre con sus propias manos.
– Tengo un plan – dijo de inmediato, con su sonrisa más dulce.
