La luz del sol entraba a torrentes por las ventanas abiertas y caía oblicuamente sobre el suelo cubierto de juncos, jugando con las pequeñas motas de polvo que centelleaban como partículas de oro. Era un perfecto día de primavera; el primero de mayo. Brillaba el sol y en el aire flotaba esa dulzura que sólo la primavera puede aportar. La habitación, grande y abierta, ocupaba la mitad del cuarto piso. Sus ventanas daban al sur y dejaban entrar luz suficiente para calentar la estancia. El ambiente era sencillo, pues Robert Swan no gustaba de malgastar el dinero en cosas que le parecían frívolas, como alfombras y tapices.
Sin embargo, esa mañana el cuarto no parecía tan austero. Todas las sillas estaban cubiertas de color, pues había vestiduras por todas partes: bellas, lujosas prendas, todas
pasado inadvertida, de no ser porque su figura opacaba el brillo de las telas y las joyas. Sus piececitos estaban enfundados en suave cuero verde, forrado y ribeteado de armiño blanco con manchas negras. Por encima de la cintura, el traje se ajustaba bien a su cuerpo. Las largas mangas se estiraban desde las muñecas hasta por debajo del cinturón. Su talle era muy esbelto. El escote cuadrado exhibía ventajosamente los pechos llenos de Isabella . La falda era una blanda campana que se mecía con suavidad al caminar. Su tela era un tejido de oro, frágil y pesado, iridiscente al sol. Le rodeaba la cintura una estrecha banda de cuero dorado con incrustaciones de esmeraldas. En su frente, un fino cordón de oro sostenía una esmeralda grande. Le ceñía los hombros un manto de tafetán verde, completamente forrado de armiño.
En cualquier otra mujer, el mero brillo de ese atuendo verde y dorado habría sido excesivo, pero Isabella era más bella que prenda alguna. Aunque menuda, sus curvas quitaban el aliento a los hombres. La cabellera rubio rojiza le pendía hasta la cintura y terminaba en abundantes rizos. Mantenía alto el mentón y apretadas las fuertes mandíbulas. Aunque pensaba en los horribles sucesos que sobrevendrían, sus labios se mantenían suaves y llenos. Pero eran los ojos los que llamaban la atención: su color dorado intenso captaba la luz solar y los destellos de su traje.
Giró apenas la cabeza para contemplar el bello día. En cualquier otro momento habría sentido deseos de montar a caballo para cruzar praderas floridas, pero ese día permanecía muy quieta, cuidando de no moverse para no arrugar el vestido. Sin embargo, no era su atuendo lo que la mantenía tan quieta, sino lo triste de sus pensamientos. Pues aquel era el día de su boda, día largamente temido, que acabaría con su libertad y con la felicidad conocida.
De pronto, se abrió la puerta y sus dos doncellas entraron en la gran habitación. Estaban ruborizadas, pues habían venido corriendo desde la iglesia, adonde habían ido para echar un primer vistazo al novio.
– Oh, señora mía – dijo Maud – ¡es tan apuesto! Alto, de pelo oscuro, ojos oscuros y hombros de este tamaño – estiró los brazos en toda su longitud, con un suspiro dramático –. No me explico cómo cruza las puertas. Ha de hacerlo de costado.
Sus ojos danzaban al observar a su ama. No le gustaba verla tan desdichada.
– Y camina así – agregó Jessica .
Echó los hombros hacia atrás, hasta que los omóplatos llegaron casi a juntarse, y dio varios pasos largos y firmes por el cuarto.
– Sí – aseveró Maud –, es orgulloso. Tan orgulloso como todos los Cullen . Actúan como si fueran los dueños del mundo.
– Ojalá fuera así – rió Jessica .
Y miró de soslayo a Maud, que hacía lo posible por no reír con ella. Pero Maud estaba más atenta a su señora. Pese a todas las bromas, Isabella no había esbozado siquiera una sonrisa. La muchacha alargó una mano, indicando a su compañera que guardara silencio.
– Señora – dijo en voz baja –, ¿hay algo que deseéis? Tenemos tiempo, antes de partir hacia la iglesia. Tal vez...
Isabella meneó la cabeza.
– Ya no hay ayuda posible para mí. ¿Mi madre está bien?
– Sí. Descansa antes de montar para ir a la iglesia. La distancia es larga y su brazo...
Maud se interrumpió, captando la expresión dolorida de su ama. Isabella se culpaba por la fractura de Renne . Le bastaban sus remordimientos sin que Maud cometiera la torpeza de recordársela. Maud habría querido darse de puntapiés.
– ¿Estáis lista? – preguntó con suavidad.
– Mi cuerpo está listo. Sólo mis pensamientos necesitan más tiempo. ¿Tú y Jessica os encargaréis de mi madre?
– Pero, señora...
– No – interrumpió Isabella –. Quiero estar sola. Tal vez sea mi último instante de intimidad por algún tiempo. ¿Quién sabe qué traerá el mañana?
Y tornó a mirar hacia la ventana.
Jessica iba a replicar a tanta melancolía, pero Maud se lo impidió. Jessica no comprendía a Isabella . Tenía fortuna, este era el día de su boda y, por añadidura, iba a casarse con un caballero joven y apuesto. ¿Por qué no era feliz? Se encogió de hombros, resignada, mientras Maud la empujaba hacia la puerta.
Los preparativos para la boda habían requerido semanas enteras. Sería una festividad suntuosa y compleja, que costaría a su padre las rentas de todo un año. Ella había anotado en los registros cada compra, extrañada por los Jasper de piezas de tela necesarios para formar los grandes doseles, a fin de cobijar a los invitados. ¡Y la comida que se iba a servir! mil cerdos, trescientos terneros, cien bueyes, cuatro mil pasteles de ternera, trescientos toneles de cerveza. Las listas eran interminables.
Y todo eso por algo que ella detestaba desesperadamente.
A casi todas las niñas se las educaba para que consideraran el matrimonio como parte del futuro. No era el caso de Isabella . Desde el día de su nacimiento, se la había tratado de modo diferente. Su madre estaba ya desgastada por los abortos y por los años pasados junto a un esposo que la castigaba a la menor oportunidad. Al contemplar aquella menudencia de vida pelirroja, Renne quedó prendada. Aunque nunca se oponía a su esposo, por esa criatura se enfrentaría al mismo Diablo. Quería dos cosas para su pequeña Isabella : protección contra un padre brutal y violento, y la seguridad de que jamás caería en manos de hombres similares.
Por primera vez en muchos años de matrimonio, Renne se irguió ante el esposo al que tanto temía y exigió que su hija fuera destinada a la Iglesia. Poco le importaba a Robert lo que fuera de la madre o de la hija. ¿Qué le importaba esa niña? Tenía dos hijos varones de su primera esposa; lo único que había podido darle esa mujer medrosa y gimoteante eran bebés muertos y una hembra inútil. Riendo, aceptó que la niña fuera entregada a las monjas a la edad debida. Pero para demostrar a aquella criatura gemebunda lo que pensaba de sus exigencias, la arrojó por la escalera de piedra. Renne aún renqueaba de resultas de una doble fractura en la pierna, pero había valido la pena. Conservaba a su hija consigo, en completa intimidad. A veces, ni siquiera recordaba que era casada. Le gustaba imaginar que era viuda y que vivía sola con su encantadora hija.
Fueron años felices en los que adiestró a su niña para la exigente carrera del convento.
Y ahora todo eso quedaría en la nada. Isabella iba a convertirse en esposa: una mujer sin más poder que el que le permitiera su esposo y señor. Isabella nada sabía de la vida de esposa: cosía mal y no sabía tejer. Nadie le había enseñado a permanecer sentada y quieta durante horas, permitiendo que los sirvientes trabajaran por ella. Peor aún: Isabella ignoraba el sometimiento. Una esposa debía mantener los ojos bajos ante su marido y pedir su consejo en todo. A Isabella , en cambio, se le había enseñado que algún día seria abadesa, única mujer a la que se consideraba igual a los hombres. Miraba a su padre y a sus hermanos de frente, ni siquiera se acobardaba cuando el padre le levantaba el puño. Eso, por algún motivo, parecía divertir a Robert. Su orgullo no era común entre las mujeres...
ni tampoco entre la mayoría de los hombres, en realidad. Caminaba con los hombros echados hacia atrás y la espalda erguida.
Ningún hombre toleraría que, con voz serena, analizara las relaciones del rey con los franceses o expresara sus radicales opiniones sobre el tratamiento de los siervos. Las mujeres debían hablar de joyas y adornos. Isabella , en cambio, solía dejar que sus doncellas le eligieran la vestimenta, pero en cuanto faltaban de las despensas dos sacos de lentejas, su ira era formidable.
Renne se había tomado grandes molestias para apartar a su hija del mundo exterior. Temía que algún hombre, al verla, la solicitara, y que Robert accediera al enlace. Eso equivaldría a perderla. Isabella debería haber ingresado en el convento a los doce años, pero su madre no soportaba separarse de ella. La conservó consigo año tras año, egoístamente, sólo para que todos sus esfuerzos se disolvieran en la nada.
