Isabella había tenido meses enteros para hacerse a la idea de que se casaría con un desconocido. No lo había visto ni quería verlo, demasiado tendría que tratarlo en el futuro. No conocía a más hombres que su padre y sus hermanos; por lo tanto, esperaba una vida junto a un hombre que odiaría a las mujeres y les pegaría; lo imaginaba nada instruido e incapaz de aprender algo, salvo el uso de la fuerza. Siempre había planeado escapar de una existencia semejante; ahora sabía que era imposible. En el curso de diez años ¿sería como su madre? ¿Un ser trémulo, siempre temeroso, cuyos ojos se desviaban hacia los rincones?
Isabella se levantó, y la pesada falda de oro cayó al suelo con un agradable susurro. ¡No sería así! Jamás mostraría su miedo a aquel hombre. Sintiera lo que sintiera, conservaría la cabeza en alto y la mirada firme.
Por un momento se le encorvaron los hombros. Sentía temor de aquel desconocido que sería su amo y señor. Sus doncellas reían y hablaban de sus amantes con alegría. ¿Acaso el matrimonio de los nobles podía ser igual? ¿Habría caballeros capaces de amor y ternura, tal como las mujeres?
Lo sabría en poco tiempo.
Volvió a erguir los hombros. Le daría una oportunidad, se dijo para sus adentros. Sería como su espejo: cuando él se mostrara amable, ella sería amable. Pero si él era como su padre, se encontraría con la horma de su zapato.
Ningún hombre había mandado nunca sobre ella y jamás lo haría. Ese fue su juramento.
– ¡Señora! – llamó Jessica, excitada, irrumpiendo en el cuarto –. Afuera están sir Jacob y su hermano, sir Jasper. Han venido a veros. – Como su ama la mirara inexpresivamente, puso cara de exasperación. – Son los hermanos de vuestro esposo, mi señora. Sir Jacob quiere conoceros antes de la boda.
Isabella hizo un gesto de asentimiento y se levantó para recibir a los visitantes. El hombre que iba a desposarla no evidenciaba
Interés alguno por ella. Hasta el compromiso había sido realizado por medio de un representante. Y ahora no era él quien la visitaba, sino sus hermanos. Respiró hondo y se obligó a no temblar, aunque estaba más asustada de lo que había pensado.
Jacob y Jasper descendían juntos la amplia escalera de la casa Swan . Habían llegado apenas la noche anterior, pues Edward insistía en postergar el inminente enlace hasta el último instante. Jacob trató de que visitara a su novia, pero él se negó. Puesto que tendría que verla durante tantos años venideros, ¿a qué encarar anticipadamente la maldición?
Cuando Jasper regresó del compromiso, tras oficiar de representante, fue Jacob quien le interrogó con respecto a la heredera. Como de costumbre, Jasper dijo poca cosa, pero Jacob adivinó que estaba ocultando algo. Y al verse frente a la novia, comprendió qué era.
– ¿Por qué no dijiste nada a Edward? – acusó –. Sabes cuánto teme que se trate de una heredera fea.
Jasper no sonrió, pero le brillaban los ojos al recordar a su futura cuñada.
– Tal vez convenga demostrarle, por una vez, que puede equivocarse.
Jacob sofocó una carcajada. A veces Edward trataba a su hermano menor como si fuera un niño y no un hombre de veinte años. El hecho de que Jasper no le describiera la belleza de su novia era pequeño castigo para tanto autoritarismo.
– ¡Pensar que Edward me la ofreció y ni siquiera hice el intento! Si la hubiera visto habría peleado por ella. ¿Te parece que es demasiado tarde?
Si hubo respuesta, Jacob no la escuchó. Sus pensamientos estaban fijos en aquella pequeña cuñada, que apenas le llegaba al hombro. Había apreciado ese detalle antes de verle la cara. Después de enfrentarse a sus ojos, oro puro y rico como el de Tierra Santa, ya nada vio. Isabella Swan lo había
Encarado con una mirada inteligente y serena, como justipreciándolo. Jacob, incapaz de pronunciar palabra, se sentía sumergido en la corriente de aquellos ojos, Ella no hacía caritas ni reía infantilmente, como casi todas las vírgenes: lo miraba de igual a igual, y esa sensación le resultó embriagadora. Jasper tuvo que darle un codazo para que hablara, mientras el otro se imaginaba llevándosela lejos de aquella casa y de toda aquella gente para hacerla suya. Había sentido la necesidad de marcharse antes de tener más pensamientos indecentes con respecto a la prometida de su hermano.
– Jasper – dijo al bajar, con las mejillas surcadas por los hoyuelos, como le ocurría cuando contenía la risa –, tal vez podamos desquitamos de nuestro hermano mayor por haber nos exigido tantas horas en el campo de adiestramiento.
– ¿Qué planes tienes? – los ojos del menor ardían de interés.
– Si no me falla la memoria, acabo de ver a una enana espantosa, de dientes podridos y trasero increíblemente gordo. Jasper empezó a sonreír. En verdad habían visto a un verdadero espantajo al bajar la escalera.
– Comprendo. No tenemos que mentir, pero nada nos obliga a decir toda la verdad.
– Es lo que yo pienso.
Aún era temprano cuando Isabella siguió a sus doncellas por la escalera, hasta el gran salón del segundo piso. El suelo estaba cubierto de juncos frescos; los tapices almacenados habían sido colgados allí, y el trayecto entre la puerta y la parte trasera del salón era un grueso camino de lirios y pétalos de rosa. Por allí caminaría al regresar de la iglesia, ya casada.
Maud marchaba detrás de su ama, sosteniendo en alto la larga cola del frágil vestido dorado y el manto forrado de armiño. Isabella se detuvo durante un segundo antes de abandonar la casa y respiró hondo para darse valor.
Tardó un momento en adaptarse a la fuerte luz del sol; entonces vio la larga fila de personas que habían acudido para presenciar las bodas de la hija de un conde. No estaba preparada para recibir los vítores con que la saludaron: un alarido de bienvenida y de placer por la visión de joven tan espléndida.
Isabella sonrió a manera de respuesta, saludando con la cabeza a los huéspedes montados, a siervos y mercaderes.
El trayecto hasta la iglesia sería como un desfile, ideado para exhibir la riqueza y la importancia de Robert Swan . Más tarde, podría vanagloriarse de que a la boda de su hija habían asistido tantos condes y tantos barones. Los juglares encabezaban la procesión, anunciando con entusiasmo el paso de la novia. Isabella fue subida al caballo blanco por su propio padre, que hizo una señal de aprobación ante su atuendo y su porte. Para aquella gran ocasión debía montar de costado; la desacostumbrada posición la hacía sentirse incómoda, pero lo disimuló. Su madre cabalgaba detrás, flanqueada por Jasper y Jacob. Los seguía una multitud de invitados, en orden de importancia.
Con gran estruendo de címbalos, los juglares comenzaron a cantar y la procesión se puso en marcha. Avanzaban lentamente, siguiendo a los músicos y a Robert Swan , que iba a pie, llevando de la brida el caballo de su hija.
Pese a todos sus votos y juramentos, Isabella descubrió que se estaba poniendo más y más nerviosa, La curiosidad con respecto a su prometido comenzaba a carcomerla. Permanecía muy erguida, pero aguzaba la vista, tratando de divisar las dos siluetas que ocupaban la puerta de la iglesia: el sacerdote y el desconocido que sería su esposo.
Edward no tenía la misma curiosidad. Aún sentía el estómago revuelto por la descripción de Jacob: al parecer, la muchacha
Era medio idiota, además de fea. Trató de no mirar el cortejo que se acercaba rápidamente, pero el ruido de los juglares y los ensordecedores vítores de los siervos, reunidos a la vera del camino, le impedían oír sus propios pensamientos. Contra su voluntad, sus ojos giraron hacia el desfile.
Al levantar la vista, vio a la muchacha de cabellera rojo dorada a lomo de un caballo blanco. No tenía idea de quién podía ser, y tardó todo un minuto en comprender que se trataba de su novia. El sol centelleaba en ella como si fuera una diosa pagana revivida. La miró boquiabierto. Después, estalló en una sonrisa.
¡Jacob! ¡Era de esperar que Jacob mintiera! Su alivio y su felicidad fueron tales que, sin darse cuenta, abandonó el atrio de la iglesia para bajar la escalinata bajando los peldaños de a dos en dos y de tres en tres. La costumbre dictaba que el novio esperara hasta que el padre de la desposada bajara a la muchacha de su caballo y la acompañara por la escalinata para presentarla a su nuevo señor. Pero Edward quería verla mejor. Sin oír las risas y los vítores de los espectadores, apartó a su suegro de un empellón y tomó a su novia de la cintura para bajarla del caballo.
Desde cerca era aún más hermosa. Los ojos de Edward se regodearon con aquellos labios blandos, llenos e invitantes. Su piel era límpida, más suave que el mejor satén. Y cuando al fin reparó en los ojos estuvo a punto de lanzar una exclamación.
Sonrió de puro placer y ella le devolvió la sonrisa, descubriendo sus dientes blancos. El rugido de la multitud lo devolvió a la realidad. Contra su voluntad, Edward la depositó en tierra y le ofreció el brazo, sujetando la mano enlazada a su codo como si temiera verla huir. Tenía toda la intención de conservar aquella nueva pertenencia.
Los espectadores quedaron totalmente complacidos por su impetuosa conducta y expresaron de viva voz su aprobación.
Robert frunció profundamente el ceño por haber sido empujado, pero luego vio que todos sus invitados reían.
La ceremonia matrimonial se realizó en el atrio de la iglesia, para que todos pudieran presenciarla, puesto que en el interior sólo habrían cabido unos pocos. El sacerdote preguntó a Edward si aceptaba a Isabella Swan por esposa.
Edward contempló a la mujer que estaba a su lado, con la cabellera suelta hasta la cintura, donde se rizaba a la perfección, y replicó:
– Acepto.
Luego el sacerdote interrogó a Isabella , que miraba a su prometido con la misma franqueza. Este vestía de gris de la cabeza a los pies; el chaleco y la amplia chaqueta eran de suave terciopelo italiano; esta última estaba completamente forrada de visón oscuro, y la piel formaba un ancho cuello, además de un estrecho borde en la pechera. Su único adorno era la espada que pendía baja desde su cadera; la empuñadura lucía un gran diamante que centelleaba bajo el sol.
Si bien las doncellas habían dicho que Edward era apuesto, Isabella no esperaba encontrarse con tal aire de fuerza, sino con algún joven delicado y rubio. Observó su denso pelo negro, que se rizaba a lo largo del cuello, los labios que le sonreían y aquellos ojos, que de pronto le hicieron correr un escalofrío por la columna. Para deleite de la multitud, el sacerdote tuvo que repetirle la pregunta. Isabella sintió que le ardían las mejillas al dar el sí. Decididamente, estaba muy dispuesta a aceptar a Edward Cullen.
Prometieron amarse, honrarse y obedecerse. Después vino el intercambio de anillos, en tanto la multitud, momentáneamente callada hasta entonces, soltaba otro bramido amenazador para el tejado del templo. La lectura de la dote que aportaría la novia casi no se oyó. Aquellos hermosos jóvenes contaban con el gran afecto de todos. Los
Novios tomaron después sendas canastillas con monedas de plata, para arrojarlas al gentío reunido al pie de la escalinata. Luego, la pareja siguió al sacerdote al interior de la catedral, silenciosa y relativamente oscura.
Edward e Isabella ocuparon sitiales de honor en el coro, por encima de la muchedumbre de los invitados. Parecían niños por el modo en que se miraban furtivamente, a lo largo de aquella misa larga y solemne. Los invitados los observaban con adoración, encantados por aquel matrimonio que se iniciaba como un cuento de hadas. Los juglares ya estaban componiendo las canciones que entonarían después, durante el banquete. Los siervos y la clase media permanecían fuera de la iglesia, intercambiando comentarios sobre las exquisitas vestimentas de los invitados y, más que nada, sobre la belleza de la novia.
Pero había allí una persona que no era feliz. Tanya Denali, sentada junto a la gorda y soñolienta silueta de su futuro esposo, Aro Vulturi, miraba a la desposada con todo el odio de su corazón. ¡Edward había quedado como un tonto! Hasta los siervos se habían reído al verle correr por la escalinata en busca de aquella mujer, como el muchachito que corre tras su primer caballo.
¿Y cómo podía alguien decir que aquella bruja pelirroja era hermosa? Tanya sabía que el pelo rojo siempre se acompaña de pecas.
Apartó la vista de Isabella para fijarla en Edward. Era él quien la enfurecía. Tanya lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Aunque una cara bonita pudiera hacerlo brincar como un payaso, sus emociones eran profundas. Le había dicho que la amaba y era cierto. Y ella se ocuparía de recordárselo cuanto antes. No le permitiría olvidarse de eso cuando estuviera en el lecho con aquel demonio pelirrojo.
Se miró las manos y sonrió. Era dueña de un anillo... sí, lo tenía consigo. Algo más tranquila, miró otra vez a los novios, mientras iba formando un plan en su mente.
Vio que Edward tomaba la mano de Isabella para besarla, sin prestar atención a Jacob, quien le recordaba que estaban en la iglesia. Tanya meneó la cabeza; esa tonta ni siquiera sabía cómo reaccionar. Debería haber entornado los ojos y ruborizarse; por su parte, sabía ruborizarse de un modo muy favorecedor. Pero Isabella Swan se limitó a mirar fijamente a su esposo, atenta a cada uno de sus movimientos. Muy poco femenino.
En ese momento alguien la estaba observando. Jacob clavó la vista en Tanya desde el coro y reparó en la arruga que fruncía su frente perfecta. Sin duda alguna, la joven no tenía idea de que estaba haciendo ese gesto, pues siempre ponía mucho cuidado en mostrar sólo lo que debía ser visto.
"Fuego y hielo", pensó. La belleza de Isabella era como fuego junto a la gélida palidez de Tanya. Sonrió al recordar la facilidad con que el fuego derretía el hielo, pero luego recordó que todo dependía de la intensidad de las llamas y del tamaño del bloque helado. Su hermano era un hombre cuerdo y sensato, racional en todos los aspectos, salvo en uno: Tanya Denali. Edward la adoraba; se enfurecía cuando alguien hacía la más leve mención de sus defectos. Esa nueva esposa ejercía su atracción sobre él, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Podría superar el hecho de que Tanya le hubiera robado el corazón?
Jacob rezó porque así fuera. Mientras paseaba su mirada entre las dos mujeres, comprendió que Tanya podía ser una mujer para adorar, pero Isabella era para el amor.
