Al terminar la larga misa de esponsales, Edward tomó a Isabella de la mano y la condujo hasta el altar, donde se arrodillaron ante el sacerdote para que los bendijera. El santo hombre dio a Edward el beso de la paz, que él transmitió a su esposa. Debería haber sido un beso simbólico; en verdad fue leve, pero los labios de Edward se demoraron en ella. Isabella le echó una mirada, sus ojos dorados reflejaban placer al tiempo que sorpresa.

Edward sonreía ampliamente, lleno de puro gozo. La tomó nuevamente de la mano y la llevó afuera casi corriendo. Una vez en el exterior, la muchedumbre les arrojó una lluvia de arroz que, por su volumen, resultó casi mortífera. El levantó a Isabella para sentarla en su montura; aquel talle era muy estrecho, aún envuelto en tantas capas de tela. El joven habría querido subirla a su grupa, pero ya había faltado sobradamente a las costumbres al verla por primera vez. Iba a tomar las riendas del animal, pero Isabella se hizo cargo de ellas. Edward quedó complacido: su esposa debía ser, necesariamente, buena amazona.

Los novios encabezaron el cortejo hasta la casa solariega de Swan ; cuando entraron en el gran salón, Edward la llevaba con firmeza de la mano. Isabella contempló los lirios y los pétalos de rosa esparcidos por el suelo. Pocas horas antes, esas flores le habían parecido el presagio de algo horrible que estaba a punto de ocurrirle. Ahora, al mirar aquellos ojos grises que le sonreían, la idea de ser su esposa no le parecía horrible en absoluto.

– Daría cualquier cosa por conocer vuestros pensamientos – dijo Edward , acercándole los labios al oído.

– Pensaba que el matrimonio no parece tan mala cosa como yo creía.

Edward quedó aturdido por un momento; luego echó la cabeza atrás, en un bramido de risa. Isabella no tenía idea de que acababa de insultarlo y elogiarlo en una misma frase.

Una joven bien educada jamás habría admitido que le disgustaba la idea de casarse con el hombre elegido para ella.

– Bueno, esposa mía – dijo con ojos chispeantes –, eso me complace sobremanera.

Eran las primeras palabras que intercambiaban... y no tuvieron tiempo para más. Los novios tenían que ponerse al frente de la fila para saludar a los cientos de invitados que iban a felicitarlos.

Isabella permaneció serena junto a su esposo, sonriendo a cada uno de los invitados. Conocía a muy pocos de ellos, puesto que su vida había transcurrido en reclusión.

Robert Swan , a un lado, la observaba para asegurarse de que no cometiera errores. No estaría seguro de haberse liberado de ella mientras el matrimonio no se consumara.

La joven había temido, en un principio, que sus ropas fueran excesivamente ostentosas, pero al observar a sus huéspedes, murmurando palabras de agradecimiento, comprendió que su atuendo era conservador. Los asistentes vestían colores de pavo real... varios de ellos al mismo tiempo. En las mujeres se veían rojos, purpúreos y verdes. Había cuadros, listas, brocados, aplicaciones y lujosos bordados. El vestido verde y oro de Isabella se destacaba por su discreción.

De pronto, Jacob la tomó por la cintura y la levantó en vilo para plantarle un sonoro beso en cada mejilla.

– Bienvenida al clan de los Cullen , hermanita – le dijo con dulzura, con las mejillas surcadas por profundos hoyuelos. A Isabella le gustó esa franqueza. El siguiente fue Jasper, a quien ella conocía por haber oficiado él de representante durante el compromiso. Aquella vez la había mirado como con ojos de halcón.

Jasper seguía observándola de ese modo extraño y penetrante. Ella desvió los ojos hacia su marido, que parecía estar regañando a Jacob por alguna broma sobre una mujer fea. Jacob, más bajo que Edward , vestía de terciopelo negro con ribetes plateados; sus profundos hoyuelos y los risueños ojos azules hacían de él un hombre apuesto. Jasper era tan alto como el mayor, pero de constitución más ligera.

De los tres, era quien vestía con más lujo: chaleco de lana verde oscuro y chaqueta verde brillante, forrada de martas oscuras. Le ceñía las esbeltas caderas un ancho cinto de cuero con esmeraldas incrustadas.

Los tres eran fuertes y gallardos, pero al verlos juntos Edward eclipsaba a los otros. Al menos, así era a los ojos de Isabella . El sintió aquella mirada fija en su persona y giró hacia ella. Le tomó la mano y le aplicó un beso en los dedos. Isabella sintió que su corazón se aceleraba: Edward acababa de tocarle con la lengua la punta de un dedo.

– Creo que deberías esperar un rato, hermano, aunque comprendo los motivos de tu impaciencia – rió Jacob –. Háblame otra vez de las herederas gordas y demasiado alimentadas.

Edward soltó con desgana la mano de su esposa.

– Puedes burlarte de mi cuanto quieras, pero soy yo quien la posee, de modo que reiré el último. O tal vez no corresponda hablar de risas.

Jacob dejó escapar un sonido gutural y asestó un codazo a su hermano menor.

– Vamos a ver si encontramos alguna otra diosa de ojos dorados en esta casa. Da un beso de bienvenida a tu cuñada y ponte en marcha.

Jasper tomó la mano de Isabella y la besó largamente, sin dejar de mirarla a los ojos.

– Creo que reservaré el beso para un momento de mayor intimidad – dijo, antes de seguir a Jacob.

Edward la rodeó posesivamente con un brazo.

– No dejes que te alteren. Sólo están bromeando.

– Pues me gustan sus bromas.

Edward le sonrió, pero de pronto apartó el brazo. Ese contacto había estado a punto de hacerlo arder. El lecho estaba a muchas horas de distancia. Si quería llegar al fin de la jornada, tendría que mantener las manos lejos de ella.

Más tarde, mientras Isabella aceptaba un beso de cierta mujer marchita, condesa de alguna parte, sintió que Edward se ponía rígido a su lado. Siguió la dirección de su mirada; estaba fija en una mujer tan bella que varios hombres la miraban boquiabiertos. Cuando la tuvo ante sí, quedó asombrada ante el odio que ardía en aquellos ojos azules. Estuvo a punto de persignarse a manera de protección. Algunas risitas le llamaron la atención: a varias personas les divertía grandemente el espectáculo de aquellas dos mujeres, ambas hermosas y muy diferentes, enfrentadas entre sí.

La rubia pasó rápidamente junto a Edward , negándose a mirarlo a los ojos. Isabella notó una expresión de dolor en la cara de su marido. Se trataba de un encuentro desconcertante, que no logró comprender.

Por fin, acabó la recepción. Todos los huéspedes habían felicitado a los recién casados y recibido un regalo del padre de la novia, según su importancia. Por fin, sonaron las trompetas, indicando que se iniciaba el festín.

Mientras los invitados saludaban a los novios, se habían puesto las mesas en el gran salón y ya estaban cubiertas de comida: pollo, pato, perdiz, cigüeña, faisán, codorniz, cerdo y carne de vaca. Había pasteles de carne y doce clases de pescado. Abundaban las hortalizas, sazonadas con especias del Oriente. Se servirían las primeras fresas de la temporada, además de algunas raras y costosas granadas.

La riqueza del ajuar de la finca estaba a la vista en los platos de oro y plata que usaban los huéspedes más importantes, sentados a la mesa principal, en una plataforma algo elevada. Isabella y Edward tenían copas gemelas: altas, esbeltas, hechas de plata y con bases de oro finamente trabajado.

En el centro había una zona despejada donde cantaban y actuaban los juglares, Había bailarinas orientales que se movían tentadoramente, acróbatas y un elenco de artistas itinerantes que representaban una obra. El tremendo bullicio colmaba aquel inmenso salón, cuya altura era de dos plantas.

– No comes mucho – observó Edward , tratando de no gritar, aunque resultaba difícil hacerse oír en medio de tanto estruendo.

– No – ella lo miró con una sonrisa. La idea de que aquel desconocido era su esposo le cruzaba por la mente con insistencia. Sentía deseos de tocarle la hendidura del mentón.

– Ven – propuso él.

Y la tomó de la mano para ayudarla a levantarse. Hubo silbidos y bromas obscenas a granel, en tanto Edward conducía a su desposada fuera del gran salón. Ninguno de ellos volvió la cabeza.

Pasearon por los campos, llenos de flores primaverales que rozaban la larga falda de Isabella . A la derecha se alzaban las tiendas de quienes participarían en el torneo del día siguiente. En cada tienda flameaba un estandarte que identificaba a su ocupante. Por doquier, el leopardo de los Cullen . El estandarte mostraba a tres leopardos dispuestos en sentido vertical, bardados en centelleante hilo de oro sobre un campo verde esmeralda.

– ¿Todos son parientes tuyos? – preguntó Isabella . Edward miró por encima de su cabeza.

– Tíos y primos. Cuando Jacob dijo que éramos un clan no mentía.

– ¿Eres feliz con ellos?

– ¿Feliz? – Edward se encogió de hombros.– Son Cullen . – Para él, eso parecía respuesta suficiente.

Se detuvieron en una pequeña loma, desde donde se veían las tiendas elevadas abajo. El la retuvo de la mano, mientras

Isabella esparcía sus faldas para sentarse. Edward se tendió a su lado cuan largo era, con las manos detrás de la nuca.

La muchacha permaneció sentada, algo más adelante, con las piernas del mozo extendidas ante sí. Apreció la curva de los músculos por encima de las rodillas, allí donde se redondeaban hacia el muslo. Supo, sin lugar a dudas, que cada uno de aquellos muslos era más ancho que su cintura. Inesperadamente se estremeció.

– ¿Tienes frío? – preguntó Edward , inmediatamente alertado. Se incorporó sobre los codos para observarla. Ella meneó la cabeza –. Espero que no te haya molestado salir un rato. Pensarás que no tengo educación: primero, lo de la iglesia; ahora, esto. Pero había demasiado ruido y yo quería estar a solas contigo.

– Yo también – reconoció ella con franqueza, mirándolo a los ojos.

El levantó una mano para tomar un rizo de su cabellera, dejando que se le enroscara a la muñeca.

– Me llevé una sorpresa al verte. Me habían dicho que eras fea.

Sus ojos chisporroteaban.

– ¿Quién te dijo eso?

– Todo el mundo opinaba que si Swan mantenía oculta a su hija era por eso.

– Antes bien, se me mantenía oculta de él.

Isabella no dijo más, pero Edward comprendió. Poco le gustaba aquel hombre pendenciero, que castigaba a los débiles y se acobardaba ante los fuertes.

Le sonrió.

– Me complaces mucho. Eres más de lo que cualquier hombre podría desear.

De pronto, ella recordó aquel dulce beso en la iglesia. ¿Cómo sería besarse otra vez, sin prisa? Tenía muy poca experiencia en las costumbres entre hombres y mujeres.

Edward contuvo el aliento al notar que ella le miraba la boca. Una rápida mirada al sol le indicó que aún faltaban muchas horas para tenerla sólo para sí. No comenzaría algo, que no pudiera terminar.

– Tenemos que volver a la casa – dijo bruscamente –. Nuestra conducta ya ha de haber provocado maledicencia para varios años.

La ayudó a ponerse de pie. Al tenerla tan cerca le miró la cabellera, inhalando su especiada fragancia. Sabía que el sol la había entibiado; su única intención fue aplicar un casto beso a aquellos cabellos, pero Isabella levantó la cara para sonreírle. A los pocos segundos la tenía abrazada y la estaba besando.

El escaso conocimiento que Isabella tenía sobre las relaciones sexuales provenía de sus doncellas, que reían como niñitas al comparar las proezas amatorias de un hombre y otro. Por eso reaccionó al beso de Edward no con la reticencia de una verdadera dama, sino con todo el entusiasmo que sentía.

El le puso las manos tras la nuca y la muchacha abrió los labios, apretándose a él. ¡Qué corpulento era! Los músculos de su pecho se sentían duros contra su suavidad; sus muslos eran como acero. Le gustaban su contacto, su olor, y estrechó el abrazo.

De pronto, Edward se echó atrás, respirando con jadeos breves.

– Pareces saber demasiado de besos – observó, enfadado –. ¿Has besado mucho?

La mente y el cuerpo de Isabella estaban tan llenos de sensaciones nuevas que no reparó en su tono.

– Nunca antes había besado a un hombre. Mis doncellas me dijeron que era agradable, pero es más que eso.

El la miró con fijeza; sabía reconocer la sinceridad de aquella respuesta.

– Ahora volvamos y recemos para que anochezca temprano. Ella apartó la cara enrojecida y lo siguió. Caminaron con lentitud hacia el castillo, sin pronunciar palabra.