Edwardparecía concentrar su atención en la tienda que se estaba erigiendo. Si no hubiera sujetado con tanta firmeza la mano de su esposa, ella habría pensado que la tenía olvidada.
Como miraba hacia el lado opuesto, el joven no vio a Robert Swan , que los estaba esperando. Isabella sí. Reconociendo la ira en su mirada, se preparó para enfrentarse a él.
– ¡Desgraciada! – siseó el padre –. Andas jadeando tras él como una perra en celo. ¡No quiero que toda Inglaterra se ría de mí! – Levantó la mano y la descargó de revés contra la cara de Isabella .
Edward tardó un momento en reaccionar. Nunca habría imaginado que un padre podía golpear a su hija. Cuando reaccionó, lo que hizo fue hundir el puño en la cara de su suegro, con lo cual lo dejó despatarrado en tierra, totalmente aturdido.
Isabella echó un vistazo a su marido. Tenía los ojos negros y la mandíbula convertida en granito.
– No os atreváis a tocarla nunca más – ordenó él en voz baja y mortífera –. Siempre conservo lo que me pertenece... y lo cuido.
Dio otro paso hacia Swan , pero Isabella lo sujetó por el brazo.
– No, por favor. No me ha hecho daño, y ya le has hecho pagar esa pequeña bofetada.
Edward no se movió. Los ojos de Robert Swan iban de su hija a su yerno. Tuvo la prudencia de no pronunciar palabra; en vez de ello se levantó para alejarse con lentitud.
Isabella tiró de la manga de su esposo.
– No dejemos que nos arruine el día. El nada sabe, salvo usar los puños.
Su mente era un torbellino. Los pocos hombres que conocía habrían pensado que todo padre estaba en su derecho si castigaba a una hija. Tal vez Edward sólo la considerabapropiedad suya, pero su modo de hablar había hecho que ella se sintiera protegida, casi amada.
– Deja que te mire – pidió Edward . Su voz demostraba que le estaba costando dominar su carácter.
Le deslizó la punta de los dedos por los labios, buscando magulladuras o cortes. Ella estudió la sombra de su mentón, allí donde acechaba la barba bajo la piel bien rasurada. Su solo contacto le aflojaba las rodillas. Levantó la mano y apoyó un dedo en la hendidura del mentón. El interrumpió su exploración para mirarla a los ojos. Ambos guardaron silencio durante largos instantes.
– Tenemos que regresar a la casa – dijo Edward con tristeza. La tomó del brazo para conducirla otra vez al castillo.
Habían estado ausentes más tiempo del que pensaban.
La comida había sido retirada y las mesas de caballete, desmanteladas, estaban amontonadas contra la pared. Los músicos afinaban sus instrumentos, pues estaba a punto de iniciarse el baile.
– Edward – llamó alguien –, tú la tendrás el resto de tu vida. No debes acapararla hoy también.
Isabella se aferró al brazo del mozo, pero pronto se vio atraída a un círculo de enérgicos bailarines. En tanto la llevaban y la traían con pasos rápidos y vigorosos, trató de no perder de vista a su marido. Un hombre rió entre dientes, haciéndole levantar la vista.
– Hermanita – dijo Jacob –, de vez en cuando deberías reservar una mirada para nosotros, los demás.
Isabella le sonrió; tuvo apenas tiempo de hacerlo antes de que un brazo fuerte la hiciera girar, levantándola del suelo. Cuando volvió al lado de Jacob, dijo:
– ¿Cómo ignorar a hombres tan apuestos como mis cuñados?
– Buena réplica, pero, si tus ojos no mienten, es sólo mi hermano el que enciende la luz de las estrellas en esos trozos de oro.
Una vez más, alguien se llevó a Isabella . En el momento en que giraba en brazos de otro, vio que Edward sonreía a una bonita mujer de vestido verde y púrpura. Vio también que la menuda mujer tocaba el terciopelo de la pechera masculina.
– ¿Por qué has perdido la sonrisa? – le preguntó Jacob cuando volvieron a encontrarse. Y giró para observar a su hermano.
– ¿Verdad que es bonita? – preguntó Isabella .
El joven se dominó para no soltar una carcajada.
– ¡Es fea! Parece un ratón. Edward no la tomaría. "Porque todo el mundo ya lo ha hecho", agregó para sus adentras. Y suspiró:
– Ah, vamos a tomar un poco de sidra.
La tomó del brazo para conducirla al otro lado del salón, lejos de Edward . Isabella permaneció muy quieta a su lado, observando a Edward , que guiaba a la mujer de pelo castaño por la pista de baile; cada vez que él tocaba a la mujer un dolor veloz cruzaba el pecho de su esposa. Jacob estaba absorbido por la conversación con otro hombre. Ella dejó su copa y caminó lentamente hacia fuera.
Detrás de la casa solariega había un pequeño jardín amurallado. Cada vez que Isabella necesitaba estar sola acudía allí. Tenía grabado a fuego la imagen de Edward con la mujer entre sus brazos. ¿Por qué la molestaba tanto? Apenas hacía unas cuantas horas que lo conocía. ¿Qué importaba que él tocara a otra?
Se sentó en un banco de piedra, oculto al resto del jardín. ¿Era posible que estuviera celosa? En toda su vida no había experimentado esa emoción, pero sólo sabía que no quería ver a su marido atento a otra.
– Sabía que te encontraría aquí.
Isabella miró a su madre y volvió a bajar la vista. Renne se apresuró a sentarse a su lado.
– ¿Ocurre algo malo? ¿Ha sido él poco amable contigo?
– ¿Edward ? – preguntó Isabella con lentitud, saboreando el sonido de ese nombre – Al contrario. Es más que amable. A Renne no le gustó lo que veía en la cara de su hija.
Ella también había sido así. La tomó por los hombros, aunque el movimiento afectaba a su brazo no del todo curado.
– ¡Debes escucharme! Hace demasiado tiempo que postergo esta conversación contigo. Día a día esperaba que algo impidiera este casamiento, pero no fue así. Te diré algo que tienes que saber: nunca jamás confíes en un hombre.
Isabella quiso defender a su esposo.
– ¡Pero si Edward es un hombre honorable! – dijo, terca.
Su madre dejó caer las manos en el regazo.
– Ah, sí, son honorables entre ellos y hasta con sus caballos. Pero para todo hombre una mujer representa menos que su caballo. Una mujer se reemplaza con más facilidad y cuesta menos. El hombre incapaz de mentir al más miserable de sus vasallos no duda en contar las peores fábulas a su esposa. No tiene nada que perder. ¿Qué es una mujer?
– No – dijo Isabella –. No puedo creer que todos sean así.
– En ese caso, te espera una vida tan larga y desdichada como la mía. Si yo hubiera aprendido eso a tu edad, mi vida habría sido diferente. Yo me creía enamorada de tu padre. Hasta se lo dije. El se rió de mí. ¿Sabes lo que significa para una mujer entregar su corazón a un hombre y ver que él lo recibe con una carcajada?
– Pero los hombres aman a las mujeres... – comenzó Isabella . No podía creer lo que su madre le estaba diciendo.
– Aman a las mujeres, si, pero sólo a aquellas cuyas camas ocupan... y cuando se cansan de una, aman a otra. Sólo hay un momento en que la mujer tiene algún poder sobre su esposo: cuando aún es nueva para él, cuando aún opera la magia del lecho. Entonces él la "ama" y ella puede dominarlo.
Isabella se levantó, dándole la espalda. – No todos los hombres serán como tú dices. Edward ... –
Pero no pudo terminar.
Renne , alarmada, se acercó a ella y la miró de frente.
– No me digas que te sientes enamorada de él. Oh, Isabella , mi dulce Isabella , ¿has vivido diecisiete años en esta casa sin aprender nada, sin ver nada? Tu padre también era así en otros tiempos. Aunque te cueste creerlo, yo también era hermosa y le agradaba. Es por eso por lo que te digo estas cosas. ¿Crees que me gusta revelarlas a mi única hija? Te preparé para la Iglesia, para salvarte de estas cosas. Préstame atención: tienes que afirmarte ante él desde un principio, de ese modo te escuchará. Nunca le demuestres miedo. Cuando la mujer lo deja translucir, el hombre se siente fuerte. Si planteas exigencias desde un principio, tal vez te escuche... pero pronto será demasiado tarde. Habrá otras mujeres y...
– ¡No! – gritó Isabella .
Renne la miró con gran tristeza. No podía ahorrar a su hija el dolor que le esperaba.
– Tengo que volver junto a los invitados. ¿Me acompañas?
– No – murmuró la muchacha –. Iré dentro de un momento. Necesito pensar.
Renne se encogió de hombros y entró por el portón lateral. No había otra cosa que pudiera hacer.
Isabella permaneció sentada en el banco de piedra, con las rodillas recogidas bajo el mentón. Mentalmente defendía a su esposo de lo que su madre había dicho. Una y otra vez pensó en cien maneras de demostrar que Edward era muy diferente de su padre, pero casi todas eran producto de su imaginación.
Interrumpió sus pensamientos el ruido del portón al abrirse. Una mujer delgada entró al jardín. Isabella la reconoció de inmediato, pues vestía de modo tal que la gente reparaba en ella. El costado izquierdo de su corpiño era de tafetán verde; el derecho, rojo; los colores se invertían en la falda. Caminaba con aire seguro. Isabella la observó desde su banco, oculto entre
las madreselvas. Su primera impresión, al verla en la recepción, había sido que Tanya Denali era bella, pero ahora ya no le parecía así. Tenía el mentón débil y la boca apretada, como para revelar lo menos posible. Sus ojos centelleaban como el hielo. Isabella oyó un pesado paso masculino al otro lado del muro y caminó hacia el portón más pequeño, el que había usado su madre. Quería dar a la mujer la oportunidad de recibir a su amante en privado, pero las primeras palabras hicieron que se detuviera. Ya reconocía esa voz.
– ¿Por qué me has pedido que te esperara aquí? – preguntó Edward , muy tieso.
– Oh, Edward – dijo Tanya , apoyándole las manos en los brazos – , qué frío eres conmigo. ¿No has podido perdonarme? ¿Tan fuerte es el amor por tu nueva esposa?
Edward la miró con el entrecejo fruncido y sin tocarla, pero no se apartó.
– ¿Y tú me hablas de amor? Te rogué que te casaras conmigo. Ofrecí desposarte sin dote. Ofrecí devolver a tu padre lo que debiera entregar a Vulturi . Pero te negaste.
– ¿Y me guardas rencor por eso? – acusó ella – ¿Acaso no te mostré los moretones que me hizo mi padre? ¿No te hablé de las veces que me encerró sin agua ni comida? ¿Qué podía yo hacer? Me reunía contigo cuando podía. Te di cuanto podía dar a un hombre. Y mira cómo me pagas. Ya amas a otra. Dime, Edward , ¿alguna vez me has amado?
– ¿Por qué dices que amo a otra? No he dicho eso– el fastidio de Edward no había disminuido – Me casé con ella porque era una buena propuesta. Esa mujer me aportará riquezas, tierras y también un título, como tú misma me hiciste ver.
– Pero cuando la viste... – protestó Tanya de prisa.
– Soy un hombre y ella es hermosa. Me gustó, por supuesto. Isabella quería abandonar el jardín. Aun al ver a su esposo con
la rubia quiso retirarse, pero su cuerpo parecía convertido en piedra; no podía moverse. Cada palabra que oía pronunciar aEdward era como un cuchillo en el corazón: él había suplicado a aquella mujer que se casara con él; aceptaba a Isabella por sus riquezas, a falta de otra mejor. ¡Qué tonta había sido al ver en sus caricias una chispa de amor!
– ¿No la amas? – insistió Tanya .
– ¿Cómo quieres que la ame? No he pasado con ella sino unas pocas horas.
– Pero podrías enamorarte de ella – le espetó la rubia, seca. Giró la cabeza a un costado. Cuando volvió a mirarlo había lágrimas en sus ojos: enormes y encantadoras lágrimas –. ¿Puedes asegurar que no la amarás jamás?
Edward guardó silencio.
Tanya suspiró profundamente. Luego sonrió entre lágrimas.
– Tenía la esperanza de verte aquí. He hecho que nos envíen un poco de vino.
– Tengo que volver a la fiesta.
– No te distraeré por mucho tiempo – aseguró ella con dulzura, mientras lo guiaba a un banco instalado contra el muro de piedra.
Isabella la observaba fascinada. Estaba contemplando a una gran actriz. Había visto cómo se clavaba diestramente la uña en la comisura de un ojo para provocar las lágrimas necesarias. Sus palabras eran melodramáticas. La joven recién casada la observó, mientras Tanya se sentaba en el banco con cuidado, para no arrugar el tafetán de su vestido, y le servía dos copas de vino. Con movimientos lentos y rebuscados, se quitó del dedo un anillo grande, abrió el compartimiento disimulado y dejó caer un polvo blanco en su propia bebida.
En tanto ella comenzaba a sorber el vino, Edward le arrancó la copa de la mano y la arrojó al otro lado del jardín.
– ¿Qué haces? – acusó.
Tanya se reclinó lánguidamente contra la pared.
– Querría acabar con todo, amor mío. Puedo soportar cualquier cosa si es por los dos. Puedo soportar que me casen
con otro y que tú desposes a otra, pero necesito tu amor. Sin él nada soy. – Bajó lentamente los párpados; su expresión de paz era tal que ya parecía ser un ángel del Señor.
– Tanya – exclamó Edward , tornándola en sus brazos –no puedes quitarte la vida.
– Mi dulce Edward , no sabes qué es el amor para las mujeres. Sin él ya estoy muerta. ¿A qué prolongar el tormento?
– ¿Cómo puedes decir que no tienes amor?
– ¿Me amas, Edward ? ¿Sólo a mí?
– Por supuesto. – El se inclinó para besarla en la boca, aún con restos de vino. El sol poniente intensificaba el color aplicado a sus mejillas. Las pestañas oscuras lanzaban una sombra misteriosa en ellas.
– ¡Júramelo! – pidió ella con firmeza –. Tienes que jurarme que me amarás sólo a mí, a nadie más.
Parecía poco precio por evitar que se matara.
– Lo juro.
Tanya se levantó con prontitud.
– Tengo que regresar antes de que se note mi ausencia – parecía completamente recobrada –. ¿No me olvidarás? ¿Ni siquiera esta noche? – susurró contra sus labios, hurgándole bajo la ropa. Sin esperar respuesta, escapó de entre sus manos y cruzó el portón.
Un sonido de aplausos hizo que Edward se volviera. Allí estaba Isabella , con los ojos y el vestido brillando en un reflejo del sol poniente.
– ¡Excelente representación! – dijo ella, bajando las manos –. Hacía años que no veía una igual. Esa mujer tendría que estar en los escenarios de Londres. Dicen que se necesitan buenos cómicos.
Edward avanzó hacia ella con la ira reflejada en el rostro.
– ¡Pequeña mentirosa y falsa! ¡No tienes derecho a espiarme!
– ¡Espiarte! – bramó ella –. Salí del salón para tomar un poco de aire, puesto que mi esposo – pronunció con burla esa
palabra – me dejaba sola. Y aquí, en el jardín, he visto cómo mi esposo se arrastraba a los pies de una mujer llena de afeites, capaz de manejarlo con el dedo meñique.
Edward levantó un brazo y le dio una bofetada. Una hora antes habría jurado que por nada del mundo era capaz de hacer daño a una mujer.
Isabella rodó por tierra, en un alboroto de cabellera arremolinada y seda de oro. El sol pareció arrimarle una antorcha.
De inmediato Edward se sintió contrito, asqueado de lo que había hecho, y se arrodilló para ayudarla a levantarse.
Ella se apartó, con el odio brillando en sus ojos. Su voz sonó tan serena, tan seca, que él apenas pudo entender lo que decía.
– Dices que no querías casarte conmigo, que sólo lo has hecho por las riquezas que yo te aportaba. Yo tampoco quería casarme contigo. Me negué hasta que mi padre, delante de mi vista, rompió un brazo a mi madre como si fuera una astilla. No siento amor alguno por ese hombre, pero menos aún por ti. El, por lo menos, es sincero. No jura amor eterno ante un sacerdote y cientos de testigos, para jurar ese mismo amor a otra apenas una hora después. Eres más despreciable que la serpiente del Edén. Siempre maldeciré el día en que me unieron a ti. Has hecho un juramento a esa mujer. Ahora yo te haré otro. Ante Dios juro que lamentarás este día. Puedes obtener la riqueza que ansías, pero jamás me entregaré a ti de buen grado.
Edward se apartó de Isabella , como si se hubiera convertido en veneno. Su experiencia con las mujeres se limitaba a las rameras y a su amistad con unas pocas damas de la Corte. Todas eran castas y pudorosas, como Tanya . ¿Qué derecho tenía Isabella a plantearle exigencias, a maldecirlo, a hacer juramentos con Dios como testigo? El dios de toda mujer era su marido. Cuanto antes se lo enseñara, mejor sería. Edward tomó a Isabella por la cabellera y tiró de ella hacia sí.
– Te poseeré cuantas veces lo desee y cuando quiera que se me antoje, y deberás estar agradecida. – La soltó y le dio un empujón que volvió a dar con ella por tierra.– Ahora levántate y prepárate para convertirte en mi mujer.
– Te odio – dijo ella por lo bajo.
– ¿Qué me importa? Yo tampoco te amo.
Sus miradas se encontraron: gris acero contra oro. Ninguno de los dos se movió hasta que llegaron las mujeres encargadas de preparar a Isabella para la noche nupcial.
